11. Documentación dimanada por las cofradías
1.1.1. Libros de ordenanzas y de acuerdos5 ~
Las constituciones pueden presentarse impresas pero también manuscritas. En este caso, suelen incluir al principio y al final otro tipo de documentos, como e] auto de aprobación eclesiástica o pleitos varios emprendidos por la cofradía, lo que resulta útil a la hora de reconstruir su historia, especialmente en sus momentos iniciales. Gran interés reviste la existencia de series distintas de ordenanzas de una misma cofradía, que obedece bien a impulsos internos o externos de reforma, bien a conflictos internos entre diferentes grupos de cofrades. La exigencia de la aprobación civil por parte del Consejo podía ser una buena ocasión para reformar las antiguas ordenanzas, pero también era posible que las observaciones de la autoridad civil o la eclesiástica durante los trámites de aprobación se
tradujeran en un cambio más o menos significativo en los estatutos presentados.
No menor interés presentan los libros de acuerdos, aunque cabe observar en ellos mayor heterogeneidad en cuanto a la presentación y el contenido. Ello depende en definitiva de los medios de la cofradía y de las capacidades de su secretario. Por poner un ejemplo, existe una abismal diferencia entre los libros de la congregación de Nuestra Señora del Olvido, primorosamente adornados con orlas y dibujos, y los de los Afligidos o los ciegos de la Visitación y Santa Isabel. Uno de los reproches de los vicarios eclesiásticos en sus visistas es el descuido o la falta de libros de acuerdos y cuentas. Dicho sea de paso, las autoridades eclesiásticas demuestran mayor eficacia en el control de la documentación de las cofradías que el más alejado y siempre atareado Consejo, desbordado por su planteamiento centralizado del trabajo.
Los libros de acuerdos recogen normalmente los acuerdos adoptados en las juntas, aunque pueden incluir ocasionaimente cuentas, escrituras y
traslados de documentos legales de variada índole (donaciones,
vinculaciones, compra-ventas, pleitos con otras hermandades, etc.). De la frecuencia de las juntas depende en cierta medida la cantidad de información suministrada. En general, la única junta que se celebraba regularmente por todas las cofradías era la de elección de oficios, siendo algunas hermandades bastante remisas a la hora de reunirse para tratar de otras cuestiones. Incluso la celebración de este tipo de juntas está sometida a grandes variaciones, pues no siempre los oficios son de duración anual. La junta de elección era una ocasión importante de sociabilidad. De las actas referentes a su
celebración pueden recabarse datos interesantes sobre las relaciones de poder dentro de la cofradía, el contenido honorifico de algunos oficios, ]a capacidad de renovación o la endogamia. Si a los nombres de los oficiales acompañan datos sobre su estatus social y profesional (cosa no tan frecuente como cabría esperar), la información sobre este tipo de juntas resulta de por
sí bastante completa.
No siempre suele consignarse en los libros de acuerdos la admisión de nuevos miembros, y mucho menos su nombre y calidad. Tampoco se hace constar regularmente el pago de cuotas o, por el contrario, los “atrasos” de
los congregantes. Dependiendo siempre del tipo de cofradía y del secretario se registra la asistencia a los hermanos enfermos y a los difuntos, así como las entradas, gastos y deudas anuales de la hermandad, de forma genérica o detallada, independientemente de] libro de cuentas. El capitulo económico descrito con mayor puntualidad es el referido a las fiestas, uno de los puntos focales de la vida de las cofradías. A veces su celebración se reseña de forma escueta, y otras se le dedican páginas enteras, por lo que el tipo de datos que pueden extraerse es también variable. Por mínima que sea la información, sin
embargo, siempre se puede reconstruir el “calendario festivo” y,
normalmente, la mayor o menor suntuosidad del acontecimiento, así como la impronta devocional de la congregación. Las descripciones más completas incluyen datos sobre los problemas de organización, ceremonial, asistentes, objetos- de culto-empleados; contratación--de- serviciosvarios, tramitación de permisos e incluso publicidad (en ocasiones se imprimían carteles anunciando el evento, ya se tratara de novena, procesión o función de iglesia).
En realidad, se dejaba poco espacio a la improvisación, ya que en muchas de las ordenanzas se especificaba la forma en que habían de celebrarse tanto las fiestas como las conmemoraciones funerales. A pesar de ello, como es lógico, el factor económico incidía en la supresión o, al contrarío, el aumento de la magnificencia de las fiestas. El examen de series largas de libros de acuerdos revela que estos avatares no eran infrecuentes en el seno de una misma cofradía. Las crisis, además, ponen de manifiesto un orden de prioridades que a veces puede resultar chocante, privilegiando la celebración de honras fúnebres sobre la asistencia a los enfermos, por ejemplo. La “escasez de los tiempos” o el aumento de fondos se traduce también en el deterioro, conservación o eventual incremento del patrimonio “mueble” de la hermandad: insignias, cera, estandartes, imágenes, cuadros, retablos e incluso libros, estampas o medallas. Todo lo relacionado con su adquisición, renovación, restauración, tasado y venta encuentra espacio entre las páginas de estos libros, ofreciendo una compleja visión de las relaciones de las cofradías con el variado mundo de los artesanos.
En fin, hasta los secretarios menos puntillosos apuntan los incidentes producidos durante las fiestas o las juntas, y los roces con las diversas instancias del poder eclesiástico o civil. Para concluir, el día a día de las hermandades aparece reflejado de forma tan puntual en algunos libros de acuerdos que, si no fuera por su absoluta ausencia en otros, induciría a creer en la universal minuciosidad y espíritu burocrático de nuestros antepasados. Un motivo más para considerar que cualquier trabajo basado exclusivamente en un enfoque cuantitativo ha de ser por fuerza incompleto, y para acometer la tarea de reconstrucción a modo de mosaico.
1.1.2. Libros de cuentas
Todo lo dicho en ]as lineas prcedentes sirve para los libros de cuentas, cuyo descuido es censurado en tonos ásperos por los visitadores eclesiásticos. En materia tan delicada como la económica, las ordenanzas
suelen ser bastante concretas a la hora de atribuir encargos y
responsabilidades, prefiriendo la designación de personas honestas y capacitadas. No menos exigentes se muestran los cofrades en las juntas que se celebran para tratar de estas cuestiones: las irregularidades provocan a veces verdaderas batallas campales (el ejemplo más claro es el de la cofradía de sastres de Madrid). Pero la educación y el status de los implicados puede producir también ocultarniento de datos: los escribanos de Cámara “corren un tupido velo” ante la desaparición del arca, sin duda por pensar que estaba en juego su reputación como cuerpo.
Es rosible qUe los librós de cárgo y data’ se hallen incorporados a los de acuerdos, pero también se da el caso de se encuentren dispersos, y en distinto paradero. El hecho tiene varias explicaciones, apane de las que resultan de los avatares que rodean la formación de los fondos de los archivos. Una de ellas es que (como reflejan los libros de acuerdos) el tesorero o los contadores guardaran en sus casas estos libros. Otra es su presentación a las autoridades para su revisión.
Un libro de cuentas (bien llevado, claro está) registra los distintos ingresos de las cofradías, desde las cuotas de sus miembros a las rentas procedentes de censos y casas, pasando por las limosnas, donativos y herencias. Los gastos comprenden, como se ha visto, capítulos tan variados como las fiestas, los funerales, la asistencia a los enfermos, viudas y
huérfanos, los ocasionales préstamos y todo lo referente a la adquisición y manutención de los bienes patrimoniales de la hermandad. No faltan, claro está, referencias a aspectos más pintorescos como los convites y refrescos que con motivos varios se celebraban, aun de forma totalmente inocente, para escándalo de los adustos clérigos y gobernantes ilustrados. Que, dicho sea de paso, demostraban a veces más interés por el aspecto económico de las cofradías que por los devocionales y asistenciales.
1.1.3. Documentaciónvaria recogida por la Administración
El tipo de fuentes citadas hasta ahora podía ir a parar (como de hecho fue) a los distintos órganos de la administración. Pero ésta recogió u originó otro tipo de documentos, relacionados con la aprobación de las cofradías, organización de sus actividades, pleitos varios e incluso protestas y reclamaciones por las disposiciones adoptadas’.
El Consejo de Castilla solía ordenar todo esta documentación en expedientes particulares sobre alguna hermandad o asunto determinado, que después agregaba a otros de mayor alcance, como el Expediente General de Cofradías.
Una completa y cuidada tipología de la documentación de las cofradías es la elaborada
por Antonio 1. LÓPEZ GUTIÉRREZ y Joaquín RODRÍGUEZ MATEOS en el capítulo IV de su obra Los archivos de las hermandades religiosas, Sevilla, G.E.A., 1993.
1.2. Documentación de procedencia eclesiástica
Los documentos dimanados de la Iglesia presentan también gran variedad, en función, en primer lugar, de su destinatario. Así, en los libros de ordenanzas y de acuerdos se encuentran los decretos de aprobación eclesiástica, acompañados de los informes del párroco y del visitador. También pueden incluirse en estos libros los siempre interesantes resultados de las visitas apostólicas. Además, teniendo en cuenta que las cofradías de consideraban (excepto por el poder civil) cuerpos eclesiásticos, dependían de esta jurisdicción para los asuntos más variados.
Las mismas autoridades eclesiásticas podían dirigierse sin embargo a las civiles a propósito de las cofradías, solicitando o rechazando su intervención. De hecho, fríe la representación de] obispo de Ciudad Rodrigo
la que desencadenó la formación del Expediente General de Cofradías. Dentro del mismo, ha de señalarse la importancia de los informes que los obispos elaboraron a petición del Consejo. Esta última fuente ha de someterse a la misma crítica que la mayoría de los “informes” que componen el Expediente. No se trata de respuestas precisas a una encuesta o formulario detallado, sino más bien de pareceres u opiniones de carácter general, lo que no excluye la mención de casos particulares. Por otra parte, revelan cuestiones tan interesantes como la concepción eclesial y devocional de los prelados, o las fuentes de su pensamiento. Algunos llegan a ofrecer ideas al Consejo sobre el modo de acometer la reforma. En resumen, se puede decir de estos informes lo que de los demás elaborados en esta época: que sí
desilusionaron a sus destinatarios por su imprecisión estadística, ofrecen en cambio otro tipo de datos en el fondo más reveladores.