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Metodología

In document Las cofradías en el Madrid del siglo XVIII (página 110-122)

En el epígrafe correspondiente al estado de la cuestión se plantean los aspectos metodológicos más debatidos por la historiografía reciente: el concepto de “religiosidad” frente al de “religión’ e, incluso, “piedad”; el origen de la definición de lo “popular” frente a lo culto y, concretamente, su aplicación al ámbito de la teoría y la práctica religiosa; la interrelación entre ambas; su dependencia de la dinámica social, e incluso su papel respectivo en la configuración del mundo moderno. Como se dice en ese mismo lugar, el factor ideológico ha dado lugar a metodologías si no totalmente opuestas, sí a análisis interpretativos a menudo simplistas e irreconciliables.

Nada más lejano de la complejidad que, como cualquier realidad humana, es la nota distintiva de las cofradías. Dejaremos de lado por tanto esquemas que, si en un principio pudieron presentar el atractivo de la novedad (y, sobre todo, de la facilidad, ofreciendo explicaciones universales), en realidad no hacen sino ocultar la realidad íntima de las cosas. En el caso del estructuralismo, por ejemplo, la dicotomía social entre clases dominantes y clases dominadas (que usan las formas de agregación propias y todas sus manifestaciones como formas de contestación y resistencia) parece un

concepto ampliamente superado por estudios que demuestran la

heterogeneidad de las relaciones sociales establecidas dentro de las hermandades, así como la complejidad de su interrelación con el no tan sencillo entramado social y político del Antiguo Régimen.

Digamos de paso que aplicar el esquema de lucha clasista a una sociedad estamental no deja de ser un anacronismo, por no decir un despropósito. En el caso concreto que nos ocupa, bastaría la variedad de argumentos aducidos por la corriente reforniadora para poner en solfa la identificación de las cofradías con la llamada “religión popular” y con las fantasmagóricas (por lo inconcretas) “clases dominadas”. ¿Cómo conciliar, por ejemplo, el exceso de gastos, aducido constantemente por la minoría “culta” “reformadora” (que, curiosamente, no suele ser reconocida como “dominante”, a saber por qué) con la hipotética situación de subordinación socloeconónilca de los miembros de las cofradías?

Claro está que descartar un enfoque metodológico no implica necesariamente abrazas el contario: usar un argumento ilustrado, como acabamos de hacer, no signilica adoptar su punto de vista, que puede ser tan simplificador y maniqueo como el que más. De lo que se trata, en definitiva, es de comprender el fenómeno, sin usarlo como arma arrojadiza. Y de comprenderlo en su complejidad.

Frente a una visión excesivamente pobre de las cofradías como manifestaciones de una “religiosidad popular” en oposición a estructuras dominantes (más desde un punto de vista social, político y económico, que estrictamente cultural o religioso, a decir verdad), se trata, por tanto, de examinar su inserción dentro de] entramado social, y analizar en lo posible la dinámica de sus relaciones con el poder. Con los poderes: otra de las características del Antiguo Régimen es precisamente la pluralidad de jurisdiciciones, aunque aquí nos limitaremos a la civil (es decir, en términos de la época, la real) y la eclesiástica. Esta última tampoco es tan monolítica

como pudieraparecer, dada la diversidad de situaciones en su interior: la sola existencia de las órdenes religiosas y los conflictos a que dan lugar en el siglo

XVIII

son buena prueba de ello. Las cofradías, además, como cuerpos de

laicos con funciones religiosas, oscilan siempre en el límite entre ambas jurisdicciones, cuyo enfrentamiento no deja de aumentar a lo largo de la

Edad Moderna.

La cuestión de las relaciones con el poder resulta particularmente interesante durante “la crisis del Antiguo Régñnen”. Parte integrante del mismo, ¿se puede considerar la invectiva contra las cofradías como uno de los síntomas de la crisis? ¿Se puede afirmar rotundamente que estos organismos comienzan su decadencia en el siglo XVIII? ¿Hasta qué punto se trata de organismos anquilosados, y en qué medida se muestran receptores y artffices del reformismo tridentino? ¿Cuál es su estado real en el momento en que se emprenden las reformas que, a la postre, darán al traste con el mismo sistema que las promueve? ¿Cuál es el origen de las resistencias a la reforma? ¿Qué impulsos que promueven esta última? Los términos en que se plantean estos interrogantes revelan ya que se trata de un fenómeno europeo (no tendremos la pretensión de decir universal), y que por tanto un enfoque meramente localista no conduce a ninguna parte, si no está subordinado a una visión más amplia. Cualquier tema carece de interés si no se relaciona con las grandes cuestiones de fondo y al contrario, la anécdota más trivial adquiere sentido si se la inserta en el marco apropiado.

El estudio de las cofradías, acometido con el debido respeto a su complejidad, puede por tanto contribuir a aclarar en último término el alcance real de la refonna tridentina y, por usar un término cada vez más

exitoso, su impulso evangelizador. Como cuerpos constitutivos del Antiguo Régimen, sus relaciones de amor-odio con el poder (de todo hay, como se tendrá ocasión de examinar) y su estado en el momento en que se emprende su reforma, pueden igualmente revelar aspectos inéditos de la crisis del sistema. ¿Hasta qué punto éste era capaz de auto-reformarse sin sucumbir? Autores como Chátellier, según se ha visto, apuntan a la posible contribución de estos organismos en el desmoronamiento del Antiguo Régimen, al constituir verdaderas escuelas de práctica democrática (en el extremo contrario se situarían, contemporáneamente, las cofradías que resisten a la empresa revolucionaria de descristianización). Sin llegar tan lejos en el caso español, la mera supervivencia de estas organizaciones al Estado que pretendía su reducción (más que su supresión total, se trataba, en efecto, de reducirlas en número y a la razón), resulta cuando menos inquietante. Si le sobreviven, ¿hasta qué punto formaban parte del Antiguo Régimen? ¿No podría ser la semilla de novedad implantada después de Trento (apane de la consabida inercia social) la causa de su vitalidad, a pesar de todos los pesares?

Abusos, despilfarro, supersticiones, “exterioridad”: las cofradías no eran sólo eso. El mismo hecho de que el Estado (ilustrado primero, liberal después) asuma paulatinamente muchas de las funciones que consideraba en principio “positivas” en las cofradías (como la mutualidad o la beneficencia), ¿no sIgnificará- al -mismo--tiempo--potenciar aquellos-- aspcttos qUe más censuraba? La pervivencia hasta nuestros días de las grandes manifestaciones de piedad hubiera sido serio motivo de reflexión para los enardecidos reformadores. Podría también pensarse que a través de los cambios sociales y

políticos, más que de las reformas especificas, las cofradías llegaron a “purificarse” en el sentido deseado por los reformadores y que, en el fondo, vendría a coincidir con las líneas fundamentales de Trento. Pero ¿de verdad merecían tantas críticas?

Todo lo dicho bastaría ya para explicar la acotación del tema del presente trabajo.

Objeto de la investigación

1. Por qué el siglo XVIII

Se suele prestar panicular atención a las cofradías medievales y a las de la primera Edad Moderna. Después del Concilio de Trento, su auge como una de las formas características de la reforma y, por qué no decirlo, la espectacularidad de las formas de culto y ejercicios de piedad que promueven, han conducido directamente al uso y abuso del adjetivo “barroco” aplicado a una realidad que, efectivamente, alcanza en ese periodo gran desarrollo (con el apoyo, no lo olvidemos, del poder tanto civil como eclesiástico), aunque, según comienzan a demostrar los estudios referidos a Francia y centro Europa, lejos de consolidarse en el

siglo barroco por excelencia, lo hará a finales de la centuria.

En este como en otros casos, el “siglo de las luces”, aparentemente tan alejado de] “barroco” y su sensibilidad, recogerá, en realidad, sus mejores frutos (baste pensar en la música). El siglo XVIII es, no hace falta repertirlo después de todo lo dicho, un siglo

conflictivo. La pervivencia (mejor, la plena vigencia) de estos frutos del barroco y su choque con actitudes que, según está demostrado, hunden sus raíces en los mismos manantiales de] humanismo resulta de por sí un fenómeno atrayente.

Igual interés ofrece su estudio cuando el Antiguo Régimen, en cuyo tejido social se insertan las cofradías, alcanza su apogeo e inicia la curva de su decadencia. En España se suele considerar el reinado de Carlos III como la máxima expresión de] movimiento reformador ilustrado. Pero no olvidemos que e] momento de auge reformista es casi simultáneo en las diferentes monarquías, y que las iniciativas convergen y se solapan en toda Europa con una unanimidad verdaderamente asombrosa. Aunque la reforma de las cofradías tenga lugar en el reinado de Carlos III (y dure en realidad más de veinte años), el examen de la situación en otros momentos contribuye a enriquecer la visión de la evolución de las cofradías, y su estado general durante el siglo.

2. Por qué Madrid

a) Una sociedad compleja

Visto que interesa el fenómeno de las cofradías en la complejidad de su relación con la sociedad, es claro que un ambiente urbano presenta, por definición, mayor variedad de situaciones que el ambiente rural (donde, por el contrario, se suelen centrar los estudios acometidos desde el punto de vista etnológico y estructural). La circunstancia concreta de la capitalidad aumenta además de forma

considerable la complejidad de las mismas cofradías y de su relación con el entorno.

No tendremos ya, por tanto, sólo cofradías de pobres labradores, más o menos homogéneas en su tipología y composición. La diversificación llega en la Corte al máximo, y los reformadores toman buena nota. Las mismas cofradías gremiales (con una fuerte componente asistencial y devocional, no se olvide), en su variedad, son de por si un espejo de la sociedad: junto a la hermandad de los Escribanos de Cámara encontramos a la de los pobres ciegos, por poner un ejemplo entre los muchos posibles.

b) La presencia del poder

La Corte constituye una plataforma inmejorable para observar las relaciones de los diversos organismos de agregación con el poder. Dada su proximidad, estas relaciones son especialmente “fuertes”, casi en el sentido físico de la palabra: como en un campo magnético, la intensidad guarda relación con la distancia. Es lo mismo que sucede con la percepción del poder por parte de los habitantes de cualquier capital: se ve como algo inmediato y accesible. Se ve al Rey por la calle. Ello implica poderse dirigir a él, establecer con él relaciones de otro modo imposibles (de hecho, en una monarquía de las dimensiones de la española, la distancia fue siempre una preocupación que se intentó superar a base de rituales y ceremoniales complejos).

Además el poder, como se ha dicho, no es único. En la Corte conviven la cúspide del poder civil y eclesiástico, no siempre en armonía: aunque el Arzobispo lo sea de Toledo, en Madrid siempre habrá un vicario, y, sobre todo, está la residencia del Nuncio. La Corte será la palestra de una época especialmente conflictiva, y los hermanos cofrades lo saben y aprovechan para dirimir sus conflictos internos dirigiéndose a uno u otro tribunal.

Por supuesto, la proximidad puede revelarse incómoda: las posibilidades de vigilancia e intromisión se multiplican, los conflictos no se lmuitan al párroco o a los grados inferiores de la administración de la justicia. Si los cofrades se dirigen cuando les conviene a las más altas instancias, saben también que en cualquier momento éstas pueden extender su mano. Pero hasta que esto sucede, no hay motivos de alarma. Las cofradías se integran todo lo posible en la

Monarquía, llegando a asumir importantes funciones de

representación (que serán su salvación en los momentos críticos) y adaptándose, en general, a los ritmos de vida de la Corte, con sus mayordomos ausentes en servicio del rey, sus devociones en función de los horarios de los Consejos, o sus altibajos en las rentas debidos a la necesidad de aposentos. Las mismas reales personas serán devotos y cofrades, protegiendo y fomentando determinadas devociones.

c) Un banco de pruebas

La Corte es, sobre todo en un sistema altamente centralizado, el centro de recepción de noticias de toda la Monarquía. Y estas noticias revierten en primer lugar sobre la ciudad misma. Lo que sucede a leguas de distancia, tiene más probabilidades de repercutir aquí que en el punto de origen: un desorden en un pueblo perdido de Castilla provoca una reacción inmediata en la Corte, donde además son mayores las posibilidades de observación. Los infinitos pleitos y quejas de y sobre las cofradías rurales provocan inmediatamente un aumento de la atención del poder hacia sus homólogas madrileñas.

Éstas son además, en sí mismas, objeto de interés, desde varios puntos de vista. En primer lugar, y ya antes de que la o]eada de motines produzca la definitiva desconfianza del poder hacia los

cuerpos, son vistas como fuente de conflictividad. Pero es que

también se plantea inmediatamente su papel dentro del modelo de sociedad racional propugnado por los ilustrados: sin cuerpos (y, por tanto, sin gremios y sin frailes, dos instancias que impulsaban la creación de cofradías), sin bienes de manos muertas, con un sistema de asitencia pública que garantizase la pública felicidad.

A la observación sigue inmediatamente (en realidad, casi la precede) la intervención. Madrid se convierte en un inmenso laboratorio donde se experimenta la política que se deberá aplicar después en todo el Reino. La reforma de las cofradías de la Corte se propone como un modelo que pronto se somete a prueba. Se intenta la coordinación de iniciativas: desde los alcaldes de barrio y los

párrocos hasta el Fiscal del Consejo de Castilla, pasando por el vicario eclesiástico y e] arzobispo de Toledo, e] éxito o fracaso de cada una de estas instancias de poder influirá en e] planteamiento definitivo de la reforma. La Corte quedará paradójicamente excluida de la misma, tras servir como modelo, en virtud de sus circunstancias particulares.

3. Las cofradías de la Villa y Corte

El mismo Consejo de Castilla, con todos sus eficientes funcionarios, no consiguió jamás saber a ciencia cierta cuántas cofradías había en Madrid. La verdad es que le interesaba relativamente. En su elaboración de un modelo de recogida de datos y de aplicación de la reforma, le bastaron los casos que consideró suficientemente representativos o, por lo menos, accesibles.

La misma abundancia y dispersión de las fuentes obliga a una selección, siempre que se quiera evitar el estudio monográfico o el de tipo cuantitativo (en cuyo caso, parece obligado agotar toda la documentación). De todo lo dicho hasta ahora, se deduce que no es mi objetivo elaborar largas series ni complicados gráficos que, dicho sea de paso, serán siempre defectuosos, habida cuenta de la imperfección con que nuestros antepasados se dedicaron a consignar datos. Sólo los secretarios burócratas de oficio se hallaban en condiciones de hacerlo. En efecto, uno de los reproches más frecuentes en las visitas eclesiásticas a las cofradías es precisamente el de no llevar al día los libros o llevarlos mal. Y no me refiero sólo a las

cuentas: las listas de congregantes no son una cosa frecuente, ni se especifica siempre el nombre y calidad (a veces, ni el número) de los nuevos miembros. Quizá quiera esto decir que les interesaban más otras cosas. Y de eso se trata: de ver las cofradías desde dentro, remontando las acusaciones de los reformadores. Interesa (me

interesa) el qué, el cómo y el por qué. El sentido de las cosas.

Fines de la investigación.

Una vez aclarado el qué o el objeto de la investigación, los fines de la misma se pueden enunciar en los siguientes puntos:

1Determinar los distintos aspectos de la imbricación de las cofradías madrileñas en la Corte, y que constituyen una de sus características propias.

2. Establecer los puntos fundamentales de la polémica ilustrada contra

las cofradías y su relación con otras medidas reformistas, aclarando los términos en que se planteó la reforma.

3. Encuadrar la reforma de las cofradías en el contexto europeo y

determinar las distintas corrientes que confluyen en el movimiento reformista.

4. Precisar el alcance del influjo eclesiástico en la reforma, enlazándola

con algunas de las principales iniciativas post-tridentinas, subrayando el papel concreto de la jerarquía española y la complejidad de las relaciones entre las hermandades y las autoridades eclesiásticas.

5. Analizar las distintas fases de la reforma de las cofradías en Madrid, relacionando las circunstancias paniculares que confluyen en la Corte, con el planteamiento del proyecto genera] de reforma.

2. Fuentes

El planteamiento de la investigación en los términos mencionados

requiere el uso de fuentes manuscritas e impresas bastante heterogéneas. Atendiendo a su origen, se puede distinguir entre la documentación procedente de las propias cofradías, la de origen eclesiástico, y la dimanada por las distintas instancias del poder civil (comprendido el local). A veces, este tipo de documentos se halla disperso en distintos archivos o secciones. Pero es posible encontrarlos también reunidos: el Expediente General de Cofradías que se conserva en el Archivo Histórico Nacional reserva esta y otras sorpresas. En cuanto a las fuentes impresas, se refieren sobre todo a textos de los reformadores laicos y eclesiásticos, aunque también se puedan incluir en este capftulo algunos de los libros de ordenanzas, cuya impresión se fue generalizando a lo largo del siglo.

In document Las cofradías en el Madrid del siglo XVIII (página 110-122)

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