Sacó entonces sus pies, y continuó su trabajo fabricando dos lar gas piernas. Las hizo caminar, y viendo que andaban rápidamente les fabricó un cuerpo redondo al que cubrió con escamas como las de los cocodrilos. Pero tal figura se doblaba hacia adelante. Entonces el Gran Espíritu cogió una serpiente negra, se la metió en el cuerpo y lo colgó de un arbolito cercano, con lo cual no solamente mantuvo el cuerpo derecho sino que esto le permitió agregarle una fuerte cola. Entonces el Gran Espíritu le construyó los hombros anchos y fuertes, como los de un búfalo, cubriéndolos con pelo y haciéndole el cuello corto y grueso. Todo esto lo había construido rápidamente y sin pensarlo mucho, pero cuando llegó a la cabeza, reflexionó largo tiempo.
Cogió una bola de barro y trabajó en ella con mucho cuidado. La bola quedó ancha y baja. Y acordándose de las travesuras de los puc kwudjinnies y de los nibanabas que habían hecho huecos y túneles en la cabeza del anterior animal, concluyó por hacerle los ojos como los de las langostas para que la criatura pudiera ver hacia todas partes. La frente la creó ancha y baja, y en las quijadas puso dientes de marfil,
La nariz era como la de los cuervos. Con un moño grueso como el del puercoespín, le hizo la cabellera.
Entonces el Gran Espíritu descansó y miró la horrenda criatura que había hecho: los ojos remolineaban, las quijadas se abrían y se cerra ban, el pico aparecía agudísimo. El Gran Espíritu se hallaba entristeci do. En ese momento se aproximó la noche y una tempestad se levantó. Gruesas nubes oscurecieron la Luna y el viento sopló furiosamente so bre la isla. Las bestias del bosque rugían y los murciélagos revolaban por doquiera. Una pantera se aproximó y con una pata en alto se inclinó ante la imagen y le olió las patas que eran como las suyas. Un cuervo llegó también y acometió al pico de la imagen, pero el Gran Espíritu lo apartó. Entonces vinieron un puercoespín, una lagartija y una serpiente. El Gran Espíritu veló su rostro por muchas horas mientras la tormenta se mantenía rugiente.
Pensó después que lo semejante atraía a lo semejante y pensó en las nuevas criaturas que podría hacer. Y reflexionó en ello durante algunos días.
Vio después un murciélago volando sobre la imagen; lo cogió y puso sus alas sobre la cabeza de la imagen. Desde entonces el murciéla go duerme con la cabeza hacia abajo. Pero el Gran Espíritu lo mató y le arrancó las alas solamente para utilizarlas en la imagen.
Entonces siguió trabajando con la cabeza. Le hizo la barbilla y los labios, de m anera que cuando la imagen tuviera vida pudiera sonreír. Solamente la faltaban los brazos, y se los creó, con bellas manos.
La imagen ya estaba terminada, pero el Gran Espíritu no se hallaba contento con ella. Pensaba que no debía haberle hecho las manos. ¿Y si al darle vida estas manos se rebelaban contra él?
Al fin, decidió llevar la imagen al fuego, para que sus rojas llamas la lamieran. Pero el fuego no da la vida. Su aspecto entonces era terrible. Sus ojos de langosta parecían carbones encendidos y las escamas que cubrían su cuerpo brillaban con una luz feroz.
El Gran Espíritu abrió un costado de la imagen pero no entró en ella a verla por dentro. Le ordenó que caminara alrededor de la isla para ob servar sus movimientos. Entonces puso un poquito de vida en ella; pero no la llevó al fuego. Y vio que la criatura de tan terrible aspecto podía sonreír de tal modo que esto apagaba su fealdad.
La observó detenidamente. Después decidió que una criatura hecha con pedazos de tantas bestias no debía vivir.
Tomada esta decisión se fue al lugar de los fragmentos, a la caverna
de Roncommon, y allí la echó. Pero al Gran Espíritu se le había olvida do quitarle la vida que había dado a la imagen. La caída de la imagen fue muy grande, y quedó en el suelo inmóvil por un largo tiempo, entre las creaciones que había rechazado el Gran Espíritu.
Después de unos días ocurrió que el Gran Espíritu escuchó un gran ruido en la caverna de Roncommon, y mirando hacia allí pudo ver que la horrible imagen se había sentado y trataba de poner en orden los fragmentos de las criaturas desechadas.
Llegó entonces a la caverna de Roncommon y le cerró la boca con grandes rocas. El ruido se hizo mayor. Y al cabo de unos días la Tierra comenzó a temblar, y un humo caliente comenzó a salir de ella.
Por primera vez en su vida al Gran Espíritu se le había olvidado quitar la vida a una imagen desechada y echada a la caverna. Entonces se fue a Roncommon para observar el resultado de su error. Iba acom pañado por m illares de pequeños manittos aterrorizados.
Cuando llegaron a la caverna, de pronto se elevó un enorme surtidor de arenas y piedras, y el cielo se oscureció por el polvo que revolvían furiosos vientos. El fuego barría las tierras y las aguas eran elevadas a grandes alturas por el viento.
Acobardados, los manittos escaparon cuando la imagen, con un gran estruendo, salió de la caverna. La vida había crecido dentro de ella, alimentada por el fuego. Cada criatura terrenal que la viera comen zaba a temblar y a gritar mientras corría para esconderse. Los manittos desaparecieron de la isla. M ientras escapaban iban gritando:
¡Matchí manitto! ¡Matchí manitto!
Así se originó el Espíritu del Mal.