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Mitos sobre el origen del fuego

In document Mitología Americana (página 190-200)

(coleccionados por G eorge Jam es Frazer)

A m érica del Sur

1. (lengua)

Los indios lengua del Chaco paraguayo cuentan la siguiente historia sobre el origen del fuego entre los hombres. Dicen que en los primeros tiempos, incapaces de producir fuego, los hombres se veían obligados a comer cruda su comida. Un día un indio salió de caza toda la mañana, pero sin éxito alguno; por ello, hacia el mediodía, para apaciguar las punzadas del hambre, acercóse a un pantano para recoger caracoles. M ientras los estaba comiendo, atrajo su atención un ave que salía del pantano con un caracol en el pico. Pareció depositarlo cerca de un gran árbol, un poquito más lejos. Luego volvió al pantano y sacó otro ca­ racol, repitiendo la maniobra varias veces. El indio observó también que del lugar en que el ave ponía los caracoles, salía algo así como una columna de humo. Despertóse su curiosidad y la próxim a vez que se alejó el ave, acercóse cautelosamente hacia el lugar donde se levantaba el humo. Allí observó muchos palos, dispuestos punta con punta, con un extremo todo rojo y que daba mucho calor. Arrimándose más vio algunos caracoles puestos junto a los palos. Como estaba hambriento

probó los caracoles cocidos y, encontrándolos deliciosos, decidió que nunca más comería caracoles crudos.

Así, pues, tomó algunos de los palos y se fue con ellos a su aldea, donde contó a sus amigos su descubrimiento. Enseguida aquéllos co­ gieron cantidad de leña seca en el bosque para mantener con vida la inestimable adquisición, que desde entonces llamaban tabla de fuego. Aquella noche cocieron la carne y las verduras por primera vez, y gra­ dualmente encontraron nuevos usos para su descubrimiento.

Pero cuando volvió el ave al lugar en que había dejado los caraco­ les y descubrió la pérdida del fuego, sintióse llena de rabia y resolvió vengarse del ladrón, con tanta más rabia cuanto que no podía ahora producir más fuego. Remontándose en el espacio, describió círculos en busca del ladrón, y con gran sorpresa descubrió a las gentes de la aldea sentadas en tom o al tesoro robado, gozando del calor y cociendo con él sus alimentos. Llena de pensamientos de venganza, retiróse a la selva, donde hizo una tormenta de truenos acompañada de terribles rayos, que hicieron mucho daño y aterrorizaron al pueblo. Por esto, cada vez que truena, es signo de que el ave del trueno está enojada y trata de castigar a los indios con el fuego del cielo; pues desde que el ave perdió el fuego ha tenido que comer cruda su comida.

2. (bakairi)

Los bakairi, una tribu india del Brasil central, relatan cómo en los primeros días del mundo los dos grandes hermanos gemelos Keri y Kami consiguieron el fuego por orden de su tía Ewaki. En aquel tiempo el Señor del Fuego era un zorro silvestre que los naturalistas llaman

canis vetulus. Este zorro había preparado una trampa para peces. Keri y

Kami fueron a la trampa y encontraron en ella un pez jéjum y un cara­

col caramuju. Se disfrazaron de tales, metiéndose en dichos animales:

tomando Keri la forma de pez y convirtiéndose Kami en caracol. Poco después acudió el Señor del Fuego canturreando y prendió el fuego. Luego miró la trampa y encontrando un pez y un caracol, los sacó y los puso en el suelo para asarlos. Pero los dos hermanos disfrazados de pez y caracol echaron agua al fuego. Furioso, el zorro trató de agarrar al caracol, pero éste saltó al río, trajo más agua y echándola en el fuego casi lo apagó. El zorro de nuevo tiró un manotazo al caracol y lo habría hecho trizas contra un leño, pero el caracol se deslizó de sus garras y

cayó lejos. Esto era más de lo que el zorro podía soportar y se alejó furioso. Pero Keri y Kami avivaron el fuego moribundo y lo llevaron a su tía Ewaki.

3. (tem bé)

Los tembé, una tribu india del noreste del Brasil, provincia de Grao Pará, dicen que el fuego estaba primeramente en posesión del buitre rey; por eso los tembé tenían que sacar al sol la carne que querían co­ mer. Resolvieron, pues, robar el fuego del buitre y a ese objeto mataron un tapir. Lo dejaron tirado y después de tres días estaba podrido y lleno de gusanos. El buitre rey llegó con su tribu. Se sacaron sus vestidos de plumas y aparecieron con form a humana. Habían traído un tizón consigo y con él encendieron una gran fogata. Recogieron los gusanos, los envolvieron en hojas y los asaron. Los tembé, que estaban en ace­ cho, se echaron sobre la presa, pero los buitres escaparon llevándose el fuego a un lugar seguro. Los indios se afanaron así por tres días, pero en vano. Luego construyeron un puesto de caza o albergue junto a la carroña, y un viejo curandero se escondió en él. Los buitres volvie­ ron nuevamente y encendieron el fuego junto al escondite. «Esta vez - s e dijo el viejo-, si salto sobre ellos rápido, obtendré un tizón.» Así, cuando los buitres hubieron dejado sus vestiduras de plumas y estaban asando los gusanos, el viejo saltó sobre ellos. Los buitres se lanzaron sobre sus vestidos de plumas, y mientras tanto, el viejo agarró un tizón; las aves recogieron el resto de la fogata y huyeron. El viejo metió el fuego en todos los árboles de los cuales ahora los indios lo sacan por fricción.

4. (taulipang)

Los indios taulipang, otra tribu del Brasil septentrional, dicen que en tiempos lejanos, cuando los hombres en general no tenían fuego, vivía cierta vieja llamada Pelonosamo, que tenía fuego en su cuerpo y le producía cada vez que deseaba tostar sus tortas de mandioca. Pero los demás tenían que tostar sus tortas de mandioca al sol. Un día una muchacha vio cómo la vieja producía fuego de su cuerpo y se lo contó al pueblo. Así, pues, fueron a pedirle a la vieja que les diera fuego. Pero

ella se negó diciendo que no lo tenía. Entonces la tomaron y le ataron manos y pies; y después de haber recogido mucha leña, la pusieron junto a ella y apretaron su cuerpo con sus manos hasta que salió el fue­ go. Pero el fuego se convirtió en las piedras llamadas wato, que al ser

golpeadas dan fuego.

5. (guarao)

Los indios guaramos o warrau, de la Guayana Británica, cuentan

una historia para explicar cómo el fuego está en la madera y puede ser sacado de la misma fricción. Dicen que dos muchachos gemelos, Makunaima y Pia, nacieron de una madre que murió justamente cuando el nacimiento. Los niños fueron tiernamente alimentados por una vieja llamada Nañobo, nombre de una especie de rana grande. Cuando se hicieron mayores, los niños acostumbraban ir a la ribera en busca de caza y pesca. Cada vez que obtenían pesca, la vieja les decía: «Deben secar el pescado al sol y nunca en el fuego». Pero, muy curiosamente, los mandaba siempre a recoger leña y al tiempo de regresar con ella, encontraban el pescado muy bien cocido y listo para ellos. La verdad es que ella acostumbraba vomitar fuego por la boca, cocer los víveres y luego tragarse el fuego antes de que los niños regresaran, de modo que nunca tenían un fuego ardiendo que ellos pudieran ver. Como esto ocurriera día tras día, los niños fueron teniendo sus sospechas: no po­ dían comprender cómo lograba la vieja hacer fuego y, por consiguiente, resolvieron vigilar. Así, pues, la próxima vez que se les envió a buscar leña, uno de los mellizos se transformó en lagarto, regresó y trepó al techo, desde donde podía ver muy bien todo lo que ocurría. Así vio a la vieja vomitar fuego, usarlo y engullirlo de nuevo. Satisfecho con lo que había presenciado, bajó del techo y corrió en busca de su hermano. Dis­ cutieron el asunto cuidadosamente y decidieron matar a la vieja. Para eso desmontaron un campo dejando en medio un lindo árbol, al que ataron a su vieja y bondadosa madrastra. Luego, rodeando a ella y al árbol de leños, pusieron fuego a todo. A medida que la vieja dama iba siendo consumida por el incendio, el fuego que solía estar en su cuerpo pasaba a los leños que la rodeaban. Esos leños eran de la madera que los indios llaman hima-heru y de la cual todavía sacan fuego frotando

dos trozos de la misma.

6. (jíbaro)

Los jíbaros, una tribu india del Ecuador oriental, dicen que sus an­ tiguos antepasados ignoraban el uso del fuego y preparaban su comida calentando la carne en la axila, calentando yuca (raíces comestibles) en sus quijadas y cociendo huevos al rayo del sol ardiente. El único que tenía fuego era cierto jíbaro llamado Tacquea, que sabía cómo hacer fuego frotando dos maderos, pero que al estar enemistado con los otros jíbaros no les daba fuego ni les hubiera enseñado cómo hacerlo. M u­

chos jíbaros vinieron volando (pues parece que en aquellos tiempos los jíbaros eran aves) y trataron de robar el fuego de la casa de Tacquea, pero no pudieron, porque el muy astuto de Tacquea mantenía la puerta un poco entreabierta, y cada vez que un ave intentaba introducirse ce­ rraba con un portazo y la aplastaba entre la puerta y la jamba.

Finalmente, el pequeño picaflor levantóse y dijo a las otras aves: -Iré y robaré el fuego de la casa de Tacquea.

Así, pues, se mojó las alas y se tendió en medio del camino ha­ ciendo como que no podía volar y tiritando como de frío. La m ujer de Tacquea, volviendo de su plantación, vio al pájaro mojado y se lo llevó a la casa para secar su plumaje empapado junto al fuego, pensando en hacer del pájaro su falderillo. Después de poco tiempo el picaflor, ha­ biéndose secado un poco, trató de alzar vuelo, pero no pudo. La mujer de Tacquea lo tomó de nuevo y lo puso junto al fuego. Como el picaflor, por ser muy pequeño, no podía llevarse un tizón, paseó su cola por las llamas de modo que las plumas se encendieran, y con la cola en fuego, voló a un árbol alto de corteza muy seca que los jíbaros llaman mukuna.

La corteza del árbol, a su vez, se encendió y con un poco de la corteza en llamas, el picaflor voló a una casa gritando a los otros:

-¡A q u í tenéis el fuego! Tomadlo pronto y llevadlo todos. Ahora po­ dréis cocinar bien vuestra comida; ahora no necesitáis calentarla bajo el brazo.

Cuando Tacquea vio que el picaflor había escapado con el fuego, se enojó y se lo reprochó a su familia, diciendo:

-¿P o r qué dejaron que entrara el pájaro a robar el fuego? Ahora todo el mundo tendrá fuego. Ustedes son los responsables del robo.

Desde entonces los jíbaros han tenido fuego y aprendieron el arte de encenderlo frotando dos pedazos de madera de algodón.

A m érica del N orte

1. (cora)

Los indios coras, de Nuevo México, cuentan cómo antiguamente la iguana, una especie de lagarto, estaba en posesión del fuego, y cómo habiéndose peleado con su esposa y su suegra, se retiró al cielo lle­ vándose consigo el fuego. No hubo más fuego en la Tierra, porque la iguana se lo había llevado todo y lo conservaba escondido allá arri­ ba. Estaban así las gentes muy necesitadas del fuego y se reunieron en asamblea para deliberar sobre cómo obtenerlo. Los viejos y los jóvenes deliberaron cinco días, sin comer, ni beber ni dormir, y pensando y re­ pensando afanosamente noche y día. Finalmente, después de cinco días supieron dónde estaba el fuego.

-A llí en el cielo -d ije ro n - está el fuego. La iguana lo escondió. La iguana fue al cielo, allí está.

Luego deliberaron: «¿Cómo podríamos traer el fuego?». Y dijeron: -A lguien debe subir y traer el fuego -entonces encargaron al cuervo para intentar la faena y le dijeron:

-Vete, cuervo, y haz la prueba de trepar al cielo.

Una colina se alzaba cerca del lugar y el cuervo fue a ella y empezó a treparla. Estaba trepando y había llegada a la mitad del camino, cuan­ do resbaló y cayó. Allí se quedó chato y despanzurrado. El cuervo se había hecho trizas; el cuervo había fracasado.

Entonces las gentes llamaron a otro, llamaron al picaflor y éste fue. Pero tampoco pudo hacerlo. Cuando llegó a la mitad, cayó. Cayó y se salvó apenas. También él regresó al suelo. Cuando estuvo de vuelta, dijo a los ancianos:

-E s imposible subir hasta allá; hay allí una catarata; no hay acceso». Luego otro fue. Partió y siguió del mismo modo, pero no pudo llegar arriba. El también regresó y bajó a la Tierra. Cuando hubo vuelto dijo a los ancianos:

-E s imposible no hay medio de llegar arriba.

Así todas las aves hicieron la tentativa, pero ninguna de ellas logró llegar al cielo. Entonces convocaron a la comadreja. Al principio no quiso, pero cuando se hizo la idea de ir, les dijo:

- S i es posible llegar arriba, hagan así. Si yo puedo llegar arriba, m iren atentam ente. Fíjense cuando el fuego llegue abajo, porque voy a arrojarlo. Espérenlo con m antas, y cuando llegue abajo no

le dejen caer al suelo, porque si no la Tierra será consum ida por el fuego.

Entonces la comadreja partió y subió y subió y llegó hasta la mitad. Allí crecía un árbol de texcallame y allí descansó la comadreja. Luego

trepó más arriba. El camino era muy liso y la comadreja cayó a la cata­ rata. A duras penas pudo zafarse y, sacudiéndose, proseguir su ascenso, empapada hasta los huesos. Cuando estuvo arriba miró y vio el fuego. Acercóse a él, y allá junto al fuego estaba sentado un viejo. La coma­ dreja lo saludó:

-¡B u en día, abuelo! El viejo se levantó y dijo: -¿Q uién me habla? La comadreja contestó:

-Y o, su nieto - y le pidió que la dejara calentarse. Al principio el vie­ jo no quiso, pero la comadreja argüyó-: Tengo mucho frío, me gustaría calentarme.

Entonces el viejo le contestó:

-Caliéntate, pero no te lleves el fuego.

Así, pues, la comadreja se sentó y el viejo se recostó y se quedó dor­ mido. M ientras dormía, la comadreja envolvió con la cola un tizón y lo sacó sin problemas del fuego. Entonces el viejo se despertó.

-¿T e estás llevando el fuego, nieto? -preguntó. -N o, estoy aventándolo -contestó la comadreja.

De nuevo el viejo se quedó dormido y esta vez del todo. Mientras dormía, la comadreja se levantó suavemente, y tomando el tizón em ­ pezó a llevárselo a rastras, con lentitud. Lo había halado así un buen trecho y estaba cerca del abismo, cuando el viejo se despertó y lo vio todo. Levantóse, pues, y le dio caza. Pero la comadreja había llegado ya al abismo y había arrojado hacia abajo el fuego. Cuando el viejo volvió arriba con la comadreja, le dio una paliza que la dejó azul y negra, y la arrojó luego abajo a la Tierra. Y hecho esto, fuese diciendo:

-N o me quitarás el fuego, comadreja.

Ahora bien, las gentes de la Tierra estaban al acecho del fuego y éste llegó abajo. Esperaban envolverlo en sus mantas, pero el fuego no cayó sobre ellos sino en el suelo. Este se encendió y toda la Tierra ardió inmediatamente. M ientras ellos estaban tratando de apagar el fuego, la comadreja cayó a plomo y quedó m uerta en el suelo. Enton­ ces ellos la cubrieron y la arroparon con sus mantas. Un rato después la comadreja empezó a moverse bajo las mantas, volvió a la vida, se

levantó con dificultad y se sentó derecha. Cuando volvió en sí, pre­ guntó:

-¿L legó el fuego? Yo lo arrojé hacia abajo. Mi abuelo me mató, ¡me dio una paliza!

Ellos contestaron:

- E l fuego cayó aquí. Nadie pudo agarrarlo cuando caía. Cayó en el suelo y la Tierra está ardiendo. ¿Cómo podremos apagarlo ahora? Es imposible para nosotros apagarlo.

Luego invocaron a nuestra madre, la diosa Tierra, y ella apagó el fuego con su leche. Así apagaron el fuego y quedó allí.

2. (sía)

Los indios sía, de Nuevo México, dicen que la araña, a la que lla­ man sussistinnako, fue la creadora de los hombres, animales, aves y

todos los seres vivientes. Vivía en una casa bajo tierra, y allí hacía fuego frotando una piedra de punta dura contra otra chata y redonda. Pero habiendo encendido el fuego, lo mantuvo en su casa, y puso una serpiente, un puma y un oso para guardar la primera, la segunda y la tercera puertas, de modo que nadie pudiera entrar y ver el fuego. Así, pues, las gentes de la Tierra no poseían el fuego; el secreto del mismo no había sido revelado al mundo de arriba. Con el tiempo se cansaron de mordisquear la hierba como el ciervo u otros animales; así, pues, re­ solvieron enviar al coyote a robar el fuego para ellos en el mundo sub­ terráneo. El coyote consintió en ejecutar el trabajo. Cuando llegó a la casa de la araña, a medianoche, encontró a la serpiente, que guardaba la primera puerta, durmiendo en su puesto; así, pues, se deslizó pasando junto a ella. El puma, que guardaba la segunda puerta, estaba también dormido, y lo mismo el oso que guardaba la tercera. Pasándolos, el coyote llegó a una cuarta puerta, y el guardián estaba también dormido; así, pues, el coyote entró al cuarto. Allí encontró a la araña dormitando tranquilamente; de modo que se acercó con rapidez al fuego, encendió en él la ram a de cedro atada a su cola y luego escapó presurosamente. La araña despertó restregándose los ojos precisamente a tiempo para advertir que alguien salía del cuarto. «¿Quien anda ahí? -g ritó -. A l­ guien anduvo aquí.» Pero antes de que pudiera hacer levantarse a los guardianes de las puertas para detener al ladrón, el coyote estaba lejos con el fuego para el mundo de sobre la Tierra.

3. (navajo)

Los navajos, una tribu india de Nuevo México, dicen que sus pri­ meros antepasados, seis hombres y seis mujeres, brotaron de la tierra en medio del lago que está en el valle de M ontezuma. En su ascensión a través del suelo fueron precedidos por la langosta y el tejón; a decir verdad, al llegar a la superficie de la Tierra encontraron los mismísimos animales que ahora la habitan, excepto el ciervo y el alce, que no ha­ bían sido creados todavía. No sólo eso, los animales estaban en cierto sentido mejor que los hombres, pues poseían el fuego, mientras no lo tenían los hombres ni las mujeres. Pero entre los animales, el coyote, el murciélago y la ardilla eran amigos muy especiales de los navajos y convinieron en ayudarse el uno al otro para conseguir el fuego para aquéllos. Así, pues, mientras los animales estaban jugando al juego del mocasín o zapato junto a una fogata, el coyote fue al escenario del juego con algunas astillas de pino resinoso atadas a su cola; y mien­ tras la atención de los animales estaba absorbida en el juego, corrió rápidamente a través del fuego de modo que las astillas se prendieron. Entonces escapó perseguido por todos los animales; y cuando estuvo fatigado, el murciélago, conforme a lo antes convenido entre ellos, lo relevó, tomando a ambos, el fuego y el corredor. Volando de aquí para allá y esquivando a un lado y a otro, el murciélago escapó a sus perse­ guidores por un tiempo, y cuando estaba por caer entregó el fuego a la

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