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Literatura romántica en los países eslavos

El Romanticismo en otros países europeos

4. Literatura romántica en los países eslavos

a) El Romanticismo polaco

La literatura polaca había conocido ya un excelente cultivo en épocas anteriores al Romanticismo, con una evolución en todo pareja a la del resto de las literaturas europeas; fue así posible que en el siglo XVIII Polonia experimentara una notable influencia francesa: se produjo entonces un interesante renacimiento universitario y se fundaron diversas sociedades científicas.

Curiosamente, la verdadera literatura romántica polaca surge a raíz del desastre nacional de 1831, cuando el territorio nacional se distribuye entre Alemania, Austria y Rusia; los escritores emigraron en su mayoría y la literatura, propensa en muchas ocasiones a un tono profético esperanzado, desempeñó un decisivo papel como voz de la conciencia de un pueblo oprimido. Entre los precursores de esta literatura claramente romántica sobresalen Kazimierz Brodzinski (1791-1836), autor de poemas breves y muy influyente en los planteamientos de Mickiewicz con sus obras

Clasicismo y Romanticismo y Las aspiraciones de la literatura polaca; y Antoni

Malczewski (1793-1826), poeta aristocrático que prefirió los asuntos amorosos y guerreros, generalmente contrapuestos como dos modos de vida caballeresca.

Pero el arquetipo de la literatura romántica polaca lo personifica Adam Mickiewicz (1798-1855); emigrado durante largos años por Rusia, Alemania y Francia, supo hacer de su amor por la patria perdida el motor de su obra, constituyéndose así en ejemplo a seguir por el resto de los autores polacos. Sus primeras obras, sin embargo, están presididas por el amor a Maryla —Baladas—, como sus Sonetos compuestos en Rusia son aún un pálido calco de la más manida literatura romántica europea; tras su partida de Rusia, Mickiewicz compone lo mejor de su obra: el drama Antepasados (1832), donde traspone su figura martirizada de poeta a la imagen de una Polonia maltratada; y su novela en verso El señor Tadeo (Pan Tadeusz, 1834), una delicada epopeya en la que funde su destino personal con el de su patria mediante una lírica evocación de su paisaje natal lituano.

Al lado de Mickiewicz, Juliusz Slowacki (1809-1849) pasó con menor gloria a pesar de haber dejado una obra que hoy nos parece más madura; se inicia Slowacki en la poesía imitando las composiciones byronianas sobre personajes marginales de la sociedad, aunque aporte ya rasgos característicos de su obra, especialmente por su notable talento dramático. En este género compuso Slowacki Kordjan, un drama de corte nacional que puede citarse entre lo más reseñable de su producción y cuyo

sorprendente final acaso quisiera explicar las razones del fracaso histórico de Polonia; más extraño aún es su drama Rey Espíritu, donde se sirve de una leyenda griega — documentada en Platón— para la composición de una pieza fantasmagórica que, sin embargo, más nos recuerda la tramoya barroca que el efectismo romántico. Menos actual, Zygmunt Krasinski (1812-1859) es autor de una obra extraña entre la que sobresale su No-Divina Comedia, un intento —entre poético y dramático— de superación de la visión teocéntrica dantesca por otra de tipo humanitarista basada en principios revolucionarios románticos; quizá más interés revista su drama Iridion, especialmente por su galería de retratos femeninos según los entendía el Romanticismo europeo.

Como resistiéndose a toda clasificación en esta época, Cyprian Kamil Norwid (1821-1883) es más que un romántico rezagado: poeta «maldito», iconoclasta, crítico para con su época y su patria, nos recuerda por su actitud y su formación —fue también pintor, actividad que lo arrastró por toda Europa— a los poetas franceses «fin de siècle». Sus poemas y sus relatos breves —en una condensada prosa poética — intentan ser tanto un medio de conocimiento último de la realidad del mundo como una superación de ésta y un subterfugio para la fuga del mundo circundante.

b) El Romanticismo en Hungría

En el caso de Hungría, también el Romanticismo supuso el despertar de una conciencia nacional que se estaba produciendo ya para finales del siglo XVIII: así, el oficial Carl Kisfalndy, prisionero de los franceses, reacciona contra la influencia gala y compone algunas de las primeras obras que se tienen por románticas en Hungría.

Pero el verdadero iniciador del Romanticismo en Hungría es Mihály Vörösmarty (1800-1855), cuyo poema heroico —en hexámetros, sin romper totalmente con las formas clasicistas— La fuga de Zaban se tiene por manifiesto del nuevo movimiento, especialmente por la recuperación de las tradiciones autóctonas y por su imbricación de historia y mitología; pero, aunque Vörösmarty compusiera otros poemas épicos, hoy se le recuerda especialmente por su obra lírica, género en el que consiguió una plasticidad expresiva pocas veces superada en lengua húngara. Por su sentido del patriotismo, que trasciende lo estrictamente literario, el adalid del Romanticismo húngaro es Alexander Petöfi (1823-1849), cuya obra aún se enarbola como grito en favor de la libertad nacional; su producción lírica, extensa pese a su breve vida, es netamente romántica por su insobornable expresión de un espíritu fuerte y audazmente individualista, que se traduce tanto en inflamados cantos patrióticos como en delicadas y simbólicas evocaciones del paisaje magiar.

Entre los autores húngaros que cultivaron la literatura de corte popular podríamos citar a Mihály Tompa (1819-1868) con sus Tradiciones populares; y a Arany Janos (1817-1882), cuya trilogía Toldi evoca el pasado caballeresco medieval.

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