La prosa inglesa en el Romanticismo
2. Prosa de creación
Aunque el siglo XVIII había dejado muestras en Inglaterra de la más incipiente novela burguesa, el peso de la prosa en la tradición anterior, así como el mismo uso de ésta para fines seudonarrativos, determinarán la aparición en el Romanticismo de fórmulas híbridas, a caballo entre lo estrictamente novelístico y lo más eclécticamente narrativo. En consecuencia, los autores que se sirvieron de este medio de creación literaria, hicieron de la prosa su medio expresivo, sin alcanzar por ello su producción la categoría de novela: se trata, más bien, de un género libre por definición, en el que concurren elementos librescos, culturales y autobiográficos; un género en el que Inglaterra va a dar grandes cultivadores y que se continuará de forma preferente entre los últimos años del XIX y los primeros del XX, originando algunas de las más curiosas producciones de este siglo.
El más curioso de los ensayistas románticos ingleses es, sin duda, Thomas De Quincey (1785-1859), cuya actitud vital y producción literaria preludia el decadentismo de la poesía posterior —Baudelaire fue uno de sus grandes admiradores —; su obra se caracteriza por la exploración en alucinados estados de conciencia, influido en buena medida por la escuela de poesía «lakista» —concretamente por Coleridge—, en una continua búsqueda de nuevas formas de expresión para una existencia entre lo divino y lo maldito. Aunque intentó zafarse de la droga, en la que buscó remedio para sus males y terminó siendo fuente de placentero dolor, curiosamente su obra es una lúcida y alucinante exploración de sus efectos físicos y psicológicos, que intentó emular más tarde con la experiencia intelectual metafísica.
Por ello, el libro más popular de los de De Quincey fue Confesiones de un
consumidor inglés de opio (Confessions of an English Opium Eater, 1821 y 1856); en
él nos refiere con pasmosa sinceridad sus inicios en el mundo de la droga, los efectos en forma de pesadillas —quizá la parte más deslumbrante del relato— y su abandono del hábito; lo más destacable del libro es, sin duda, la nueva forma, entre experimental y barroca, que le proporciona a la expresión de esta vivencia, posibilitando así la incursión en nuevas formas narrativas que van a ser puestas en práctica años más tarde. Intención parecida, la exploración en formas de conciencia alienantes y oníricas, tiene su Suspiria de profundis, donde entre lo alucinado y lo metafísico reflexiona sobre aspectos existenciales —conocimiento, Dios, dolor, muerte…— enmarcados en un ámbito misterioso y mágico muy influido por el Kubla
Khan de Coleridge (Epígrafe 2.b. del Capítulo 1).
Entre el resto de sus obras sobresale su Autobiografía, un intento de rememoración de la infancia como estadio de conciencia primigenio —en una vía muy similar a la de poetas como Blake o Wordsworth—; pero el grueso de su producción lo constituye una serie de volúmenes donde se recopilan sus trabajos periodísticos: en el campo de la crítica, De Quincey fue voluble y caprichoso — aunque respetuoso siempre con los «lakistas», de los que nos ha dejado una estampa inolvidable en Recuerdos de los poetas ingleses de los Lagos (Reminiscences of the
English Lake Poets)—; se le debe recordar sobre todo por su labor de difusión del
idealismo alemán de carácter más irracionalista, claro preludio de actitudes intelectuales estrictamente contemporáneas: Kant, Jean Paul y Schiller fueron algunos de sus maestros, e incluso muchos de sus artículos juegan ya con ese escepticismo criticista tan kantiano que habrá de presidir la liquidación del siglo XIX y los albores del XX. En lo formal, De Quincey oscilaba entre lo ampulosamente retórico y la trivialidad más desnuda, respondiendo en todo momento a los caprichos de su propio carácter —que sobresale por la agilidad, el humor (a veces macabro) y la pasión—; aun así, se le debe reconocer su labor de búsqueda de nuevas formas de expresión, así como la disciplina interna a la que sometía su escritura.
b) Peacock
El Romanticismo más arquetípico, tanto social como culturalmente, encuentra su crítico más lúcido en Thomas Love Peacock (1785-1866), gran continuador de la prosa satírica inglesa tan en boga en el siglo anterior. Como muchos de los más capaces intelectuales ingleses contemporáneos, Peacock se sirve de un molde que podríamos denominar novelístico para la expresión de su disconformidad con los modelos de comportamiento de su época: entre lo irónico y lo conversacional (de «diálogos dramáticos» se ha calificado a sus obras), estas «novelas» arremeten contra la política conservadora —en forma de leyenda céltica en Las adversidades de Elphin (The misfortunes of Elphin)— y el oportunismo político en general (Headlong Hall), contra la moda literaria de los romances caballerescos —La doncella Mariam (Maid
Mariam)— y de la novela gótica —La abadía de la pesadilla (Nightmare Abbey)— y
contra la misma familia, la educación —Granja Gryll (Gryll Grange)— y la concepción de la sociedad en general (Melincourt). Igualmente, y a pesar de ser amigo de Shelley, fue uno de los más mordaces críticos de la poesía inglesa contemporánea en Las cuatro edades de la Poesía (The four ages of Poetry, 1820), a la que Shelley respondió con su Defensa de la Poesía.
c) Landor
El menos romántico de los cultivadores del género fue Walter Savage Landor (1775-1864), una especie de neoclásico rezagado que con su esteticismo sobriamente clasicista fue muy influyente en autores posteriores; expulsado de Oxford por sus ideas republicanas, vivió largo tiempo en Italia hasta su muerte en Florencia. Admirador de la Antigüedad clásica —compuso, junto a poemas en inglés, otros en latín, generalmente de erudición arqueológica—, prefirió el género del diálogo como había sido entendido en Roma y Grecia, y según había sido continuado por el Renacimiento y el Neoclasicismo europeos: según tal molde compuso sus
Conversaciones imaginarias (Imaginary Conversations, 1824-1853), donde recrea
imaginativamente unos diálogos ficticios entre personajes de la Antigüedad, ya sean históricos, literarios o míticos; aunque no es desdeñable su emotividad en la reconstrucción del pasado —en una filiación claramente romántica—, interesa sobre todo por la verosímil subjetividad que sabe imprimirle, por el vivaz reflejo de la psicología de los personajes.