• No se han encontrado resultados

Me llamo Carlos Scheifler y puedo decirlo porque sé quien soy

El abuelo de Carlos, Don Otto Scheifler, fue un inmigrante que junto con su padre Federico fueron co-fundadores de Puerto Rico.

“La historia de Puerto Rico se remonta a principios de este siglo. El 12 de octubre de 1919 ingresaron al país don Federico Scheifler y su hijo Otto con un permiso oficial otorgado por el Superior Gobierno de la Nación. Llegaron por barco-Vapor Iberá-en esa época no había puerto, los barcos llegaban a San Alberto y de allí por picada se ingresaba a Puerto Rico.

Ellos construyeron una casa de madera-Quinta 68-hasta poder concluir con la vivienda donde actualmente funciona el “Museo Raíces de Puerto Rico”, cediendo la anterior vivienda al funcionamiento de la Primera Escuela Nº 114 fundada el 22 de mayo de 1922 bajo la dirección de la Sra. Delicia de Krieger. La vivienda en donde actualmente funciona el museo fue construida entre los años 1916 y 1918 con el primer árbol que se apeó en Puerto Rico y que fue el sostén y pilar de la casa. Fue en ésa época que Don Federico Scheifler culmina la casa y decide radicarse definitivamente en 1920 con su familia, a la que trae del Brasil.

La actividad laboral en un principio era la de abastecer los barcos-Iberá, Sal- to Ituzaingó, Lumps, entre otros con leñas para las calderas, y dichos barcos llevaban desde Posadas alimentos solicitados previamente por las personas que estaban radicadas o trabajaban allí, como galleta, harina, sal, carne seca, etc. Así de a poco esa casa se transformó en un almacén de ramos generales. En un último párrafo se sostiene….“Esta propiedad es actualmente patrimo- nio de todo Puerto Rico y adquiere gran significación para que las futuras generaciones observen en ella y en el museo, la historia y el pasado de quienes fueron los pioneros y fundadores de una comunidad admirada por su trabajo, desarrollo y prosperidad.” 1

1 Extraído de los fundamentos que se esgrimen en el Proyecto para declarar de interés provincial

el “Museo Raíces” de Puerto Rico de noviembre de 1995, de autoría del entonces diputado Edmundo Soria Vieta de la Cámara de Representantes de la Provincia.

Carlos nació en Posadas, el 21 de septiembre, “día de la primavera” de 1958 y vivió los primeros años de su niñez junto a su familia en el Barrio Villa Sarita, recuerda que al salir a la vereda de su casa veía la cancha del Club Guaraní Antonio Franco.

Luego se mudaron a Puerto Rico. El domicilio en el que residían en esa lo- calidad de la zona centro de Misiones estaba situado en las Av. San Martín y Culmey detrás de la Farmacia Kot.

En 1976, Carlos Scheifler era un joven que tenía 17 años y vivía con su padre Alfredo, con su abuela Otilia Martínez y su única hermana de 14 años de nom- bre Rosa Isabel. De su madre solo recuerda que le dijeron que murió cuando él tenía 4 años, nunca preguntó más. Su abuela falleció cuando era chico, ella era oriunda de El Alcázar

Su padre Alfredo pasaba sus días trabajando como mecánico en un taller, pero también era chofer y Carlos lo ayudaba mientras continuaba con sus estudios primarios. Jugaba al fútbol en un campo cercano conocido como el de Avia- ción.

De como transcurría su vida en ese tiempo, Carlos recuerda

“En aquella época tanto mi padre como yo éramos simpatizantes del Movi- miento Agrario Misionero de pequeños y medianos productores que comenza- ron a movilizarse en defensa de sus derechos, para reclamar por lo que creían justo. De aquel tiempo recuerdo que participábamos de reuniones reservadas en el Club Victoria, en las que se convocaban infinidad de productores que como nosotros estaban firmes cuando era necesario pegar carteles a la noche o a la madrugada a cualquier hora… ahí estábamos, siempre dispuestos!… no había problemas. Para mí era como una diversión y me sentía muy cómodo entre los agricultores. La verdad que no recuerdo nombres de los que partici- paban eran tantos, y además yo era muy joven y pasaron tantos años… Cuando se armaba una reunión era impresionante la gente que se juntaba.”

Mi primer desgracia

“Fui detenido de manera sorpresiva en los primeros días de mayo de 1976, en horas de la mañana cuando transitaba con mi bicicleta cerca del arco de en- trada de Puerto Rico, allí fui interceptado por 6 miembros del ejército quienes me solicitaron mis documentos, los retuvieron y allí nomás me agarraron me

ataron las manos y encapucharon y a la rastra me subieron y tiraron arriba de un camión del ejército a quienes pude identificar por los cascos que llevaban puesto y además por la insignia en la puerta de los unimog que era un escudo. A partir de ese momento quedé en calidad de detenido desaparecido.

Arriba de unimog había más milicos quienes me recibieron a los golpes, creo que viajamos tres horas más o menos. En el camino ellos iban parando y su- bían a más personas, que las iban tirando sobre los que ya estábamos tirados en el piso y ellos nos pisaban con sus borceguíes en la espalda, la cabeza, las piernas no importaba donde, nosotros íbamos boca abajo.”

Mi paso por el Centro Clandestino de Detención

“Nos bajan en un lugar tipo galpón, se escuchaba cuando entraban los autos y el ruido de una puerta que se cerraba, se escuchaban gritos en todo momen- to, ahí permanecíamos colgados de las muñecas durante todo el día, no podía ver a nadie porque estaba encapuchado, parece que era de noche cuando llegamos a ese lugar , hasta tiros escuchábamos de madrugada, todo los días permanecíamos colgados..

Yo en todo momento escuchaba los gritos, cuando a mi no me tocaban las torturas escuchaba los lamentos de los torturados que llegaban a pedir que los maten ante tanta tortura, yo no sé que le preguntaban seguro que lo mismo que a mí, que me acusaban de subversivo y querían saber ¿Dónde están las armas? y yo nunca había visto ninguna. Recibimos tantos golpes en todo ese tiempo, que sinceramente yo no le deseo a nadie que pase por lo que pasamos nosotros todo era muy feo, en esos tres meses fuimos permanentemente tortu- rados, colgado de las muñecas al techo, apenas apoyábamos la punta de los dedos del pie el suelo, era un martirio. Nos descolgaban para picanearnos en el piso nomás, sobre trastos que en alguna ocasión sirvió también para cubrirnos

Por primera vez cuento que el que me ponía siempre las inyecciones que me dormían, me decía “tranquilo vos vas a salir de acá, tenés que contar todo lo que sabés así te largan pronto”, pero de qué iba a hablar si no sabía nada. Cada vez que me aplicaba una inyección, sentía la aguja y después ya queda- ba listo se ve que era algo fuerte porque te despertabas al otro día. Tenía una capucha permanente en la cabeza que me ataban al cuello y un solo agujero tenía a la altura de la boca para poder tomar agua y poder respirar.

Nunca nos permitieron asearnos solo nos tiraban agua.

decían” ése también pertenece a “Peczak” y ahí nomás se escucho otra voz fuerte que venia de afuera que les dijo “a ése no, a ése no, al de allá” y seguí escuchando el ruido de varios borceguíes corriendo tras la presa señalada. Te picaneaban todos los días, tengo cicatrices en las nalgas y en la pierna producidas con la punta de una bayoneta, y una marca en la nariz de un cula- tazo que me pegaron con una itaka. Una vez estaba sediento y les rogaba por favor que me traigan agua y vino uno de ellos y me orinó en la boca.

La comida era una galleta o un pedazo de pan, a veces te descolgaban y cuan- do te preparabas para dormir te daban una descarga eléctrica con la picana y luego te ponían una inyección en el brazo que nunca supe de que se trataba, pero te dormía y al otro día te despertabas ya colgado de nuevo. Siempre se dirigían con voz de mando, hablaban fuerte.

Vivías alerta todo el tiempo no sabiendo cuando iba a terminar todo ese ho- rror, los nervios estaban presentes siempre.

No escuché en ese lugar voces de mujeres, de hombres sí o sea para mi eran hombres que gritaban, ante cada tortura se escuchaban los lamentos, yo a lo mejor gritaba también.

Cuando escuchaba que torturaban a los otros… eso era peor…, era más la tortura que te producían cuando escuchabas los gritos de otros que cuando te judeaban a vos, yo pedía siempre a Dios que me lleven a mí para no escuchar y a veces me acobardaba y decía que no.”

La libertad y el comienzo de la segunda parte de mi desgracia

“Habían pasado tres meses de mi secuestro cuando mis carceleros decidieron liberarme, me dijeron “vení para acá” y me pusieron nuevamente una inyec- ción y perdí el conocimiento, luego me metieron en el baúl de un auto, y cuan- do me bajaron yo estaba muy mareado , me dijeron “acá esta tu documento y me pusieron en el bolsillo de la camisa, de ésta te salvaste, pero por tu casa no te queremos ver por que tu familia y vos van a ser boleta” eso fue bien clarito!, era de noche, me dejaron tirado a la vera de la ruta 14 cerca de San Vicente allí me soltaron las manos pero permanecía encapuchado. Esperé un buen rato para que se alejaran con el auto y luego me saqué las vendas de los ojos. Al otro día cuando empezaba a clarear me levanté y empecé a caminar sin saber que hacer, no se precisar por cuanto tiempo anduve hasta que escuché ruido de agua y encontré un arroyo, allí tomé con muchas ganas agua con las manos y me lavé la cara. Estaba bien tonto y me recosté un buen rato, luego empecé a reaccionar y seguí caminando sin rumbo fijo y en un momento me

siento y miro mi documento y me encuentro con la desagradable sorpresa de que si bien la foto era la mía mi nombre me fue cambiado y todos los datos personales eran de otra persona y allí entendí porque ellos me prohibían vol- ver a mi casa. Y lamentablemente el miedo no me permitió volver, durante todo este tiempo tenía muchas ganas de ir a ver a mi padre pero sinceramente no me animé.

Todavía tenía las heridas abiertas que me fueron producidas con una bayoneta en la nalga y en una pierna cerca de la ingle, aún hoy conservo las marcas.”

34 años de vida con identidad falseada

Me metí en la primer tranquera que encontré pedí trabajo y me dieron, Tenía una sola muda de ropas al principio, de noche lavaba mis prendas y de día de nuevo al trabajo.

Así empecé esta vida que durante 34 años me tuvo casi siempre metido entre los montes y realizando las tareas más pesadas en los obrajes.

La vida de los obrajeros es muy sacrificada, semanas enteras internado den- tro de los montes, viviendo bajo precarias carpas de plástico para realizar desmonte o forestación de eucalipto o pino. Cargando en la espalda la moto- sierra que pesa 14 kg., con el bidón de nafta en la mano buscando la madera del árbol requerido, caminando entre arroyos que concentran infinidad de mariposas multicolores en verano, atravesando cerros, piedras, conviviendo con chanchos del monte, monos tití, víboras como la yarará crucera, la coral y viendo siempre, por suerte, solo los rastros de los yaguaretés. La comida habitual es el reviro, los guisos, el poroto y estamos acompañados permanen- temente por el molesto mbarigüí misionero. Fin de semana es sagrado y se destina para visitar a la familia.

Recuerdo que trabajé también para Carlos Weber, durante 6 o 7 años en Puer- to Libertad, estuve en los obrajes en Fracrán, Colonia Oasis, en Jardín Amé- rica, en Cerro Corá en la forestación de Don Bernardo Lagier, en todos esos lugares trabajé y en algunos tuve recibo de sueldo con mi identidad falseada. Hasta el día de hoy siento dolores en las muñecas a causa de haber estado col- gado, cuando trabajo con la motosierra se acentúan estos dolores y me tengo que hacer masajes permanentemente.

El miedo fue más fuerte

obrajes en PuertoLibertad, en los años 90 una vez conté a mis compañeros de trabajo y les manifesté que quería recuperar mi identidad, pero ellos me dije- ron que no me iban a creer y que me iban a pedir testigos y a mí me detuvieron solo, nadie presenció mi secuestro es decir yo no pude ver a nadie para tenerlo como testigo… y eso a mí me acobardó además el recuerdo del horror por el que había pasado siempre estuvo presente…...

El año pasado estaba mi suegro con otros compañeros changarines en el obraje en San Pedro en donde trabajo y él contó esta historia y fue un Sr. de apellido Cantini quien le dijo que en el Paraje Las Minas distante a treinta kilómetros, conocía a una persona que con su familia habían pasado por una situación parecida. Un día de lluvia un cuñado se ofreció a acompañarme y fuimos a lomo de caballo hasta el destino señalado, atravesamos montes, pi- cadas, arroyos durante varias horas y llegamos a la casa de Mili de Olivera, quien nos contó de los padecimientos de su familia a causa de la dictadura cuando vivían en Pindaití, Aristóbulo del Valle y luego me facilitó el teléfono de su hermana Beatriz de Olivera que residía en Posadas.

La verdad que en Beatriz encontré una buena compañera que me escuchó por teléfono con atención y respeto y me dijo que viajaría a San Pedro. Unos días después cumplió con su palabra y llegó hasta mi lugar de residencia y me explicó que debía hacer la denuncia de los hechos que padecí en el Juzgado de Posadas. Luego conocí a través de ella a Graciela, a la historiadora Yoly y al Doctor Canteli quien ahora me defiende, a todos ellos mi agradecimiento por su ayuda”.

En búsqueda de mi identidad robada

En el mes de mayo del 2011 y con un fuerte apoyo de mi familia, viajé a Posa- das y me presenté a testimoniar esta historia para poder recuperar mi identi- dad ante la Fiscalía Federal en Posadas y fui atendido por el Dr. Diego Sther. Luego aproveché para ir a ver en esa misma Ciudad a la hermana de mi padre de nombre Rosa Epifania Scheifler que tiene 70 años a la que no veía hacía 34 años, ella primero se estremeció al verme, se emocionó mucho, no sabía que hacer, me contó que mi padre siempre me buscó, sin entender mi ausen- cia, pero de esa búsqueda no quedaron registros, no hay nada escrito luego él se enfermó mucho y ella lo cuidó hasta el final. Hace unos meses a ella le dio un derrame y ahora esta delicada de salud y yo no la quiero molestar más con preguntas. La última vez que vi a mi padre él tenía 44 años.

Tengo otra tía de nombre Dolores Schiefler que vive en El Alcázar y pronto voy a ir a verla, también esta muy viejita.

Hoy volví a ser un hombre feliz

Luego de 7 meses fui informado, que fueron corroboradas todas las pruebas por mí aportadas, mi nombre, el número de documento nacional de identidad y mis huellas dactilares coincidían y a través del juez Federal Claudio Chávez en un acto muy emotivo en el Juzgado Federal me restituyeron la identidad otorgándome un nuevo DNI y volví a ser Carlos Scheifler.

Mi pesadilla, 34 años después llegó a su fin.

Ahora debo inscribir a mis hijos con mi apellido, recuperar el vínculo con mi familia y con mi hermana que ya me han informado que están todos en Misio- nes y después empezar de nuevo mirando hacia delante.

Lo único que les pido es que no dejemos que la democracia se caiga, yo escu- cho decir a mucha gente que desea que vuelvan los militares para que se ter- minen los vagos, pero los jóvenes por falta de oportunidades de trabajo están horas sin hacer algo. En San Pedro por ejemplo podes hacer changas en la época de cosecha del tabaco, o sino tu destino está en los obrajes, internarte en los montes y sacar los pesados rollos, otra cosa no hay y que esperanza puede tener un joven con esta realidad.

Algo tan esperado como fue recuperar mi identidad, me permite decir que a pesar de todo el infierno que he vivido, he vuelto a ser un hombre feliz.

Carlos Scheifler junto a su esposa Ana y su hijo Tomás.

¿A quienes beneficiaron