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Memorias de Beatriz de Olivera

Fue en el año 1976, no recuerdo la fecha exacta, pero fue a fines de septiembre, inicios de octubre, cuando a las 6 de la mañana se acercó una ca- mioneta a mi casa.

Yo tenía 17 años y vivía en Aristóbulo del Valle, Paraje Mavalle. Me levanté a ver cuando escuché que aceleraba el auto frente a mi casa, pensando que ve- nían a buscarme para una reunión de catequesis, pero en el momento en que me levanté la camioneta se fue. Volví a acostarme. En mi casa estaban mi papá, mi mamá y mis hermanos durmiendo. Había pasado una hora cuando escuchamos que habían llegado dos camiones y la camioneta de los militares. Tumbaron la puerta y nos sacaron a los empujones. A mi papá lo tenían con las manos arriba como si fuera un delincuente. Revisaron todo, rompieron los colchones, tiraron las cosas al piso.

Nosotros en ese momento vivíamos en un galpón, porque estábamos hacien- do la casa nueva. Mientras rompían todo sólo preguntaban por Pedro Peczak. Cuando se fueron escuchamos unos tiros en la casa de Adán Holot, entonces

mi papá nos dijo a mamá y a mí que vayamos a su casa, que quedaba a 7 km., a ver qué pasó. Mientras caminábamos hacia allá, vimos tantos militares que nos asustamos y decidimos volver a casa. Antes de llegar a nuestra chacra me detu- vieron. La zona estaba llena de militares. Ahí supimos que habían encontrado en nuestro monte la carpa de Pedro Peczak y una foto de una mujer muy pare- cida a mí. A mi mamá la dejaron ir. A esa altura en mi casa, ya habían torturado a mi papá con la picana eléctrica y lo habían golpeado mucho.

Me llevaron a la casa que estábamos construyendo y me dejaron ahí encerrada. En ese momento, yo me acerqué a una puerta y vi a Adán Holot en una camio- neta y a Leonardo Da Silveira tirado en el suelo, los ojos vendados y las manos atadas atrás. Lo estaban golpeando y pateando. Entonces vi que también Adán estaba atado. En ese momento entraron dos jefes a la habitación donde yo es- taba y comenzaron a tocarme. Adán vio y fue hacia el volante de la camioneta y comenzó a tocar la bocina con la cabeza. Uno de los jefes salió y lo golpeó tan fuerte que cayó en el asiento. Cuando este jefe volvió a entrar, me violaron entre los dos. Yo sólo tenía 17 años, no sabía ni lo que era dar un beso a un muchacho y en ese momento me destrozaron la vida. Y me dejaron ahí, sin permitir que me vaya con mis hermanos y mi mamá. Entonces llegaron como 11 camiones militares y tiraban muchísima gente al suelo, con los ojos venda- dos, como si fuesen animales. Era cerca del mediodía. Escuché que le dijeron a uno: “Vamos a jugar un rato con Zaremba”, y lo llevaron a un monte a 50 metros de mi casa y lo torturaron tanto… con él siguieron todo el día, y el día siguiente, y al otro día, al medio día, lo escuché por última vez. Después vi que lo tiraron en una camioneta, parecía muerto. Desde entonces no lo volví a ver. El ejército estuvo 3 días acampando en mi casa. Eran miles de militares. No- sotros teníamos que matar para los grandes jefes los mejores chanchos, las mejores gallinas y hacerles pan casero y teníamos que servirles… disfrutaban con tanta felicidad. Fueron tres días que se les atendió a los jefes y a los cons- criptos, como si estuvieran en su casa o mejor. Después de eso se fueron, antes le dijeron a mi papá que no se lo llevaban porque fuimos muy buenos con ellos, pero que estuviera preparado para cualquier cosa, porque en cualquier momento volvían por él.

Pasaron 15 o 20 días y lo buscaron. Quedamos sin saber nada de él, después nos enteramos que estuvo en la jefatura de Posadas.

A mi me llevaron también a los poquitos días. Estuve en el destacamento de Pindayti, donde por suerte estaba un amigo de mi papá. Pero igual fui tor- turada, golpeada y violada reiteradas veces. El amigo de mi papá trataba de esconderme lo más que podía cuando llegaban los jefes y lo único que me pre-

guntaban es dónde estaba Pedro Peczak, que sabían que yo era su mujer porque era la de la foto de la carpa. Yo les decía que no sabía nada y me decían que no mienta más y me golpeaban. Pasé así 29 días en el destacamento de Pindayti, fueron los peores días de mi adolescencia.

Lo único que quiero es que no le pase esto a mis hijos, ni a mis nietos… a nadie, porque es lo mas doloroso en la vida. Una no quiere recordar, pero hay momentos en que no se puede olvidar lo pasado. Por eso pido y digo: que haya justicia para todas las personas que en ese entonces sufrieron tanto. Gente ino- cente, que no sabía nada, sufrió cosas que no debía sufrir. Por eso quiero que nadie sufra más. Quiero Justicia.

A mi papá lo conocían como “Nene”, ese era su apodo. Extraño tanto a mi papá, porque era una excelente persona como hombre y como padre, tenía muchísi- mas amistades, con todas las personas. Era un buen vecino y me siento tan or- gullosa de él porque cuando comenzaron las reuniones del MAM (Movimiento Agrario Misionero), nosotros lo acompañábamos en las reuniones de las colo- nias y también en las grandes concentraciones que se hacían en Oberá, Campo Grande y otras grandes reuniones en distintas partes. Llegado el momento, él fue el delegado del MAM y los vecinos estaban muy contentos con él porque

Geraldo de Olivera (derecha) y su señora en ocasión del bautismo de un sobrino.

andaba por todos lados y programaba las reuniones vecinales para hablar del té y yerba mate. Muchas veces lo acompañé a las reuniones vecinales y también a las concentraciones que se hacían en distintas partes. A mi papá lo apodaban “el Nene”, pero su nom- bre era Geraldo de Olivera.

La lucha agraria prendió