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Lleváis a Dios en vuestro espíritu

In document JJ Benitez - El Testamento de San Juan (página 40-42)

Os preguntaréis por qué vuelvo una y otra vez sobre lo mismo. Por qué este anciano parece obsesionado por la búsqueda individual de Dios. No es que aborrezca las bienintencionadas directrices de vuestros jefes espirituales, pero observo con preocupación cómo la mayoría de los fieles creyentes se entrega leal y sinceramente a esa constelación de normas y prohibiciones, anulando su maravillosa potestad de escuchar su propia conciencia. ¿Y qué es en verdad la conciencia? Hijos queridos, ¿es que habéis olvidado que el pensamiento humano puede alcanzar los más altos niveles de inteligencia espiritual? ¿Es que no recordáis que la chispa divina se instaló en cada uno de vuestros espíritus por obra y gracia del Padre? Es Dios quien mora en el alma del hombre y, en consecuencia, estáis en disposición de elegir, de juzgar y de buscar por vosotros mismos. Lleváis a Dios con vosotros. ¿Por qué someteros entonces a la teología de otros pensamientos? ¡Salid al mundo con valentía! Participad, si así lo deseáis, de las inquietudes de una comunidad de creyentes, pero no os dejéis anular por el rigorismo de las instituciones. Sobre vosotros empiezan a gravitar muchos más deberes que derechos. Y lo que es más grave: vuestro principal derecho — ser

hijos del Padre Celestial— está siendo ignorado. El que en verdad se sabe hijo de Dios no necesita de leyes y mandamientos. El más importante (el único), va encerrado ya en ese inamovible derecho: hacer la voluntad del Padre, nuestro Padre. El que, al fin, descubre que es hijo de Dios ama a sus semejantes (a los amigos y a los enemigos) y cumple con las leyes de la naturaleza. El que en verdad hace suya esa esperanzadora realidad de la fraternidad humana nada tiene. Y el amor del Padre compensa esa generosidad con el ciento por uno. El que ya ha descubierto su origen y destino divinos sólo se teme a sí mismo. Ese derecho implica caridad, justicia y tolerancia.

Es por ello por lo que os animo a la incesante búsqueda personal del Padre. Cuando el niño descubre un día su propia identidad, nada puede igualar a la alegría de semejante hallazgo. Pues bien, esto es lo que os pido: que os detengáis en el camino de la vida y comprendáis que sois hijos de un Dios. ¿Qué puede importar entonces todo lo demás?

Me preguntaréis con razón: ¿qué pruebas tengo de que soy un hijo de Dios? ¿Cómo saber que esa chispa divina mora en mí? Os daré tres señales. La primera se llama amor. Los animales se hacen gregarios, ciertamente, protegiéndose así de los peligros. Pero, decidme, ¿son altruistas? Sólo un intelecto habitado por la chispa divina puede concebir el altruismo. Sólo un espíritu habitado por el propio Padre Universal es capaz de amar incondicionalmente.

La segunda señal se llama sabiduría. Al descubrir que el espíritu se halla tocado por el dedo de Dios, el intelecto humano está en condiciones de aceptar que la naturaleza es siempre bondadosa.

La tercera prueba reside en esa permanente e insaciable necesidad del hombre de colmar su insatisfacción espiritual. Mirad a los animales. ¿Alguno ha sido capaz de postrarse ante la Divinidad? Sólo el espíritu que ha recibido la chispa divina puede aspirar a Dios.

Lleváis a Dios en vuestro espíritu y eso os hace inmortales. Estáis obligados a evolucionar y a ser felices. Pero no os engañéis: esa experiencia es individual. Será a través de esa luz divina que habita en cada uno de vosotros como llegaréis a amar generosa y espiritualmente. Será por ese don del Padre por el que reconoceréis los valores morales y la bondad del Universo. Sólo de la mano del Padre —a través de ese mensajero que habita en vosotros— podréis distinguir el bien del mal, lo humano de lo divino, el tiempo de la eternidad y la verdad del error. Los hombres, las religiones humanas y las falsas teologías pueden haceros olvidar temporalmente que esa chispa divina habita en vosotros. Sin embargo, tarde o temprano, el aliento del Padre movilizará vuestras conciencias, haciendo posible el gran descubrimiento. Mirad hacia vuestro interior. Escuchad la voz sutil del mensajero que se ha instalado en vosotros. Él aguarda que despertéis. Él espera vuestras preguntas. Él es Él. Él es la revelación. ¿De qué os sirve escuchar cansinos discursos sobre el amor, la lealtad, la justicia, la castidad, el bautismo o la penitencia si no habéis aprendido primero a dialogar con el mensajero celeste que os habita? Es en el contacto con ese morador divino como aprenderéis a distinguir y valorar la belleza, la alegría, el amor y, muy especialmente, el esperanzador futuro que os aguarda. Ni la ciencia, ni la filosofía ni la teología podrán colocar jamás esos atributos humanos en una balanza y mucho menos atribuirse su paternidad. Los judíos supimos crear una religión con una suprema moral. Los griegos han divinizado a la belleza, y Pablo y sus sucesores han fundado una religión basada en la fe, la esperanza y la caridad. Ninguno, sin embargo, nos ha revelado al Padre. Sólo el Justo lo ha hecho. Sólo él nos ha traído una religión cimentada en el amor. Sólo el Señor ha abierto nuestros ojos a la auténtica fraternidad y ha señalado hacia el interior de nuestros corazones: ahí está el gran tesoro. Buscad el mensajero del Padre y el resto se os dará por añadidura.

Tengo miedo por vosotros y por esta nueva iglesia de Jesucristo, que se inclina peligrosamente hacia el poder y las conveniencias humanas. Esta iglesia, hijos amados, nació muerta. Resucitadla vosotros, instalando en el centro de vuestras vidas y de vuestros corazones el único principio que importa y que nosotros, los íntimos del Señor, no supimos

desvelaros: el de la Paternidad Divina y la fraternidad entre los hombres.

In document JJ Benitez - El Testamento de San Juan (página 40-42)

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