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El mundo de la cruz

In document JJ Benitez - El Testamento de San Juan (página 121-124)

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Y esto fue escrito en la séptima página: «¡Gloria a Micael, Hijo del Hijo Eterno! Yo, Gavalia, jefe de las Estrellas de la Tarde de Nebadon, escribo por orden de Gabriel. Éste es el misterio de la séptima y última encarnación de Micael: aquella que maravilló al universo.»

Y así dice la séptima página:

«Fue preciso que Nebadon esperase millares de años para asistir al gran prodigio. Nadie en el universo conocía el lugar, ni el día, ni la hora, ni la forma en que se registraría la séptima encarnación del Hijo Creador. Hasta que, hace treinta y cinco mil años del tiempo de la Tierra, la Brillante Estrella del Alba proclamó el deseo de Micael de hacerse uno con la carne humana y mortal. Las sospechas de las criaturas de Nebadon eran fundadas. Y el nombre de un ínfimo y lejano mundo material — "Iurancha"— resonó en el reino. "Iurancha", vuestra Tierra, había sido escogida como escenario de la más increíble de las aventuras experienciales de un Dios. Hace treinta y cinco mil años del tiempo de "Iurancha", los Hijos Materiales (Adán y Eva) enviados para elevar el nivel de vuestras razas evolucionarías fracasaron en su

sagrada misión. Aquél era un mundo confuso y confundido, víctima de la rebelión de Lucifer, con un Príncipe Planetario destronado, incomunicado con el resto del universo y sin aparente futuro. Y Nebadon puso sus ojos en la Tierra, estremecido ante la idea de que un Hijo Creador pudiera descender hasta una esfera tan precaria y convulsionada. Pero la gloria, la magnificencia y el valor de Micael no conoce límites. Y el misterio de su encarnación desconcertó a la creación. En las efusiones precedentes, Micael siempre había aparecido como una criatura perfectamente desarrollada. En la Tierra, al nacer como un ser indefenso, en todo igual al resto de los mortales, rompió normas y previsiones, alcanzando así, desde el comienzo, un máximo de gloria y provocando la admiración de sus criaturas celestes subordinadas. Su nacimiento en la aldea de Belén causó sensación en Nebadon. Y está escrito: "Fue en todo igual a sus hijos y hermanos mortales, excepto en el misterio de su encarnación." Nadie en Nebadon puede penetrar este insondable misterio de su encarnación como criatura humana del tiempo y del espacio. Sólo Él y el Paraíso lo conocen. Y durante un tercio de siglo del tiempo de "Iurancha", el reino asistió conmovido, maravillado y aterrado al ejemplar y titánico empeño del llamado Hijo del Hombre por conocer de cerca a las criaturas más limitadas, humildes e indefensas. Nebadon lo comprendió: esta última y peligrosa experiencia de Micael, transformándose en carne y sangre, podía acarrear violentos sufrimientos e, incluso, la muerte al Hijo del Paraíso. Pero también estaba escrito: si el Hijo del Hombre superaba la gran prueba, su autoridad y soberanía sobre el reino de Nebadon serían ya indiscutibles.

»Y Micael se hizo carne y habitó entre vosotros. Su concepción y nacimiento en nada difieren de los de cualquier mortal. Como fue dicho, sólo la técnica de su encarnación ha quedado sumida en el misterio. Años más tarde, cuando los hombres de "Iurancha" escribieron la historia de Dios hecho hombre, sus muchos errores han contribuido a deformar esta excelsa e inimitable etapa de la divina existencia del Hijo del Paraíso. Sus padres terrenales, aunque previamente elegidos por Gabriel, fueron en todo normales. Y la vida del llamado Jesús ben Joseph fue igualmente similar a las de sus hermanos de raza y de mundo. Él reveló a la Tierra y a todos los mundos materiales de Nebadon el supremo mensaje de la paternidad de Dios. Jesús de Nazaret pudo haber abandonado la Tierra, sin necesidad de haber gustado el primer sueño de la muerte. He aquí una parte de su historia que vosotros ignoráis. Su misión jamás fue de rescate. Micael no pretendía saldar una vieja y absurda deuda de los hombres con el Padre Universal. Los hombres no son responsables de la rebelión de Lucifer y de Caligastía, vuestro Príncipe Planetario o del fracaso de la pareja de Hijos Materiales. Sois sus víctimas.

El llamado Jesús de Nazaret, una vez cumplida la misión de revelar al Padre y, una vez enriquecido con la experiencia del contacto directo y personal con sus criaturas evolucionarías, pudo haber regresado a su trono. Su soberanía estaba garantizada. Pero, sublimando su propia encarnación, eligió hacer la voluntad del Padre del Paraíso hasta el final. Era preciso que la criatura humana recibiera la gran prueba de la vida después de la vida. He ahí la justificación a su muerte. Y desde su gloriosa resurrección de entre los muertos, todos los seres mortales del reino de Nebadon han crecido en su fe y fortaleza. Y ahora saben que su Creador también pasó por el primer sueño de la muerte. Y hoy no temen a la muerte.

»A su regreso a la sede-capital del universo, Micael fue definitiva y oficialmente aceptado por los Ancianos de los Días y por la Deidad del Paraíso como Jefe Soberano de Nebadon. Sus siete encarnaciones habían sido culminadas. Habían transcurrido mil millones de años del tiempo de la Tierra. Micael es, pues, la Suprema Autoridad de su universo. Padre e Hijo Eterno le hicieron Creador, pero su soberanía es fruto de su experiencia. Hoy, merced a la prodigiosa gesta de Micael, vuestro mundo —"Iurancha"— brilla con luz propia en el firmamento de Nebadon. La Tierra es un templo simbólico, la mansión humana de un Dios y

el planeta más envidiado. Y es llamado el Mundo de la Cruz, en recuerdo de la muerte del Hijo Creador. Así es y así figura en la séptima página que he escrito por mandato de Gabriel.»

Y al devorar el libro de la historia de mi Señor fui parte de su historia. Y, conmigo, todos los hombres. Y esa historia tiene siete páginas, siete nombres y siete lugares en el universo. Y cada uno es una revelación. Y en cada página aparece el nombre de Cristo Micael, rey de Nebadon, ministro Melquizedek, salvador Sistémico, redentor Adámico, compañero Seráfico, asociado de los Espíritus Ascendentes, ser Moroncial e Hijo del Hombre.

Y de nuevo caí a los pies de mi Señor, entonando su gloria:

«Tú eres mi hermano y mi Dios. Tú nos has revelado al Padre y al Hijo Eterno y Original, segunda persona de la Trinidad. Tú estás en mí y más allá del primer sueño de la muerte.»

Y mi alma se abrió de nuevo y el espíritu de Dios penetro en ella como el viento del Este. Y éste fue el final de la sagrada revelación sobre la segunda fuente del Paraíso: el Hijo Eterno, el que ocupa el segundo trono.

In document JJ Benitez - El Testamento de San Juan (página 121-124)

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