Los grandes narradores a menudo insertan fragmentos de humor para aliviar un ritmo dramático intenso. Así, los sepultureros de Hamlet o los cortesanos Ping, Pong y Pang en Turandot, de Puccini, nos preparan para la tortura y la muerte que se avecinan. En ocasiones, no obstante, episodios que hoy en día evocan risas o sonrisas no tenían ese propósito; el paso del tiempo ha obliterado su contexto y ha investido a sus palabras de un humor no intencionado en nuestro alterado mundo. Uno de estos pasajes aparece en medio del más celebrado y serio documento de la geología: Principios de geología, de Charles Lyell, publicado en tres volúmenes entre 1830 y 1833. En él, Lyell argumenta que las grandes bestias de antaño retornarán de nuevo para adornar nuestra Tierra:
Podrán entonces esos poderosos géneros de animales retornar, aquellos cuya memoria ha quedado preservada en las inmemoriales rocas de nuestros continentes. Podrá entonces reaparecer el enorme iguanodonte en los bosques, y el ictiosaurio en el mar, mientras que el pterodáctilo podrá aletear de nuevo a través de los umbríos bosques de helechos arbóreos.
La elección de imágenes de Lyell resulta chocante, pero el argumento resulta esencial para el tema básico de su gran obra. Lyell escribió los
Principios para plantear su concepto de uniformidad, su creencia de que la Tierra, una vez «asentada» tras los efectos de su formación inicial, habría permanecido en gran medida inmutable, sin catástrofes globales ni progreso continuado, hacia estadios superiores. La extinción de los dinosaurios parecía plantear un desafío a la uniformidad de Lyell. ¿Acaso no habían sido, al fin y al cabo, reemplazados por sus superiores, los mamíferos? ¿Y acaso no indicaba esto que la historia de la vida tenía una dirección? Lyell respondió que la sustitución de los dinosaurios por los mamíferos formaba parte de un gran ciclo (el «gran año») y no constituía un ascenso de la escalera de la perfección. Los climas son cíclicos y la vida sigue esos ciclos. Así pues, cuando llegara de nuevo el verano del gran año, los reptiles de sangre fría reaparecerían para gobernar de nuevo el mundo.
Y, no obstante, a pesar del fervor de sus convicciones uniformistas, Lyell admitió una importante excepción en su visión de la Tierra, que apareció marcando resueltamente el paso: el origen de Homo sapiens en el último momento posible del tiempo geológico. Nuestra llegada, decía, debe ser considerada como una discontinuidad en la historia de nuestro planeta: «Pretender que semejante paso, o más bien, que semejante salto pueda formar parte de una serie regular de cambios en el mundo animal es llevar la analogía más allá de todo límite razonable». Por supuesto, Lyell intentó suavizar el golpe que había administrado a su propio sistema. Argumentó que la discontinuidad suponía un acontecimiento tan sólo en la esfera moral: una adición a otro orden de cosas, no una disrupción del continuo estado de reposo del mundo puramente material. El cuerpo humano, después de todo, no podía ser considerado como el Rolls Royce de los mamíferos.
Cuando se dice que la raza humana tiene una dignidad infinitamente superior a la de cualesquiera seres que la precedieran sobre la Tierra, tan sólo se consideran los atributos intelectuales y morales de nuestra raza, no los de los animales; y no está claro, en absoluto, que la organización del hombre sea tal que le confiriera una preeminencia decisiva, si, en lugar de sus poderes de raciocinio, estuviera provisto meramente de los instintos que poseen los animales inferiores.
13. En una caricatura satírica dibujada por un colega de Lyell en respuesta al pasaje citado acerca del retorno de los ictiosaurios y los pterodáctilos, el futuro profesor Ichthyosaurus instruye a sus pupilos acerca del cráneo de una extraña criatura de la última creación.
Aun así, el argumento de Lyell es un destacado ejemplo de una tendencia desgraciadamente común entre los naturalistas: la construcción de una verja en torno a su propia especie. La verja tiene un cartel: «Hasta aquí, pero no más allá». Una y otra vez nos enfrentamos con visiones panorámicas que lo abarcan todo, desde la nube de polvo primordial hasta el chimpancé. Entonces, justo en el umbral de un sistema integral, el orgullo y los prejuicios tradicionales intervienen para asegurarle una categoría especial a un determinado primate. En el ensayo 4 ya discutía otro ejemplo del mismo fracaso: la argumentación de Alfred Russel Wallace en favor de la creación especial de la inteligencia humana, la única imposición del poder divino sobre un mundo orgánico construido en su integridad por la selección natural. La forma específica del planteamiento varía, pero su intención es siempre la misma: separar al hombre de la naturaleza. Bajo su cartel principal, la verja de Lyell proclama: «El orden moral comienza aquí»; el de Wallace reza: «La selección natural ya no opera aquí».
Darwin, por el contrario, extendió su revolución en las ideas, de una manera consistente, a la totalidad del reino animal. Más aún, la planteó explícitamente en las áreas más sensitivas de la vida humana. La evolución del cuerpo humano era ya bastante inquietante, pero dejaba al menos la mente potencialmente intacta. Pero Darwin siguió adelante. Escribió todo un libro para confirmar que las más refinadas expresiones de emoción del ser humano tenían un origen animal. Y, si los sentimientos habían experimentado una evolución, ¿acaso podían los pensamientos andar muy lejos?
La verja que rodea al Homo sapiens se apoya sobre varios soportes; los más importantes encarnan las exigencias de la preparación y la
trascendencia. Los seres humanos no sólo han trascendido las fuerzas ordinarias de la naturaleza, sino que todo lo que ocurrió anteriormente constituía, en algún sentido importante, los preparativos para nuestra eventual aparición. De estas dos argumentaciones, considero que la de la preparación es la más dudosa y la que más claramente expresa unos prejuicios, aún persistentes, que deberíamos esforzarnos por abandonar.
La trascendencia, en su versión moderna, afirma que la historia de nuestra peculiar especie se ha visto dirigida por procesos que no habían operado anteriormente en la Tierra. Como he planteado en el ensayo 7, la evolución cultural es nuestra principal innovación. Funciona por medio
de la transmisión de habilidades, conocimientos y modos de comportamiento a través del aprendizaje: una herencia cultural de caracteres adquiridos. Este proceso no biológico opera según el acelerado sistema «lamarckiano», mientras que el cambio biológico debe seguir su camino con pasos darwinianos que son, por comparación, lentos como glaciares. No considero que esta liberación de procesos lamarckianos sea una trascendencia en el sentido habitual de superación. La evolución biológica no se ve ni suprimida ni desbordada. Continúa como antes y constriñe los modelos de las culturas; pero es demasiado lenta como para que tenga excesivo impacto en el frenético ritmo de nuestras cambiantes civilizaciones.
La preparación, por otra parte, es una presunción de naturaleza mucho más profunda. La trascendencia no nos obliga a considerar cuatro mil millones de años de historia como preparativos para nuestras particulares habilidades. Podemos encontrarnos aquí por una impredecible buena suerte, y aun así encarnar algo nuevo y poderoso. Pero la idea de la preparación nos lleva a seguir la pista del germen de nuestra posterior llegada a lo largo de todas las eras precedentes de una historia inmensamente larga y complicada. Para una especie que lleva sobre el planeta aproximadamente 1/100.000 de su existencia (cincuenta mil de casi cinco mil millones de años), esto constituye una sobrevaloración gratuita del mayor calibre.
Lyell y Wallace predicaban ambos una forma de anticipación: prácticamente todos los constructores de verjas lo han hecho. Lyell pintaba un mundo en estado de reposo, esperando, o de hecho prácticamente añorando, la llegada de un ser consciente, capaz de apreciar y comprender su diseño sublime y uniforme. Wallace, que posteriormente se volvió espiritualista, planteaba la afirmación, de mayor alcance, de que la evolución física se había producido con el fin último de enlazar la mente preexistente a un cuerpo capaz de utilizarla:
Nosotros, que aceptamos la existencia de un mundo espiritual, podemos contemplar el universo como un gran todo consistente, adaptado en todas y cada una de sus partes al desarrollo de seres espirituales capaces de una vida y una perfección ilimitadas. Para nosotros, todo el propósito, la única raison d'étre del mundo (con todas las complejidades de su estructura física, con su grandioso progreso geológico, la lenta evolución de los reinos vegetal y animal, y la aparición final del hombre) era el desarrollo del espíritu humano en asociación con el cuerpo humano. Creo que hoy en día todos los evolucionistas rechazarían la versión de Wallace de la tesis en favor de la preparación: la preordenación del hombre en sentido literal. Pero ¿acaso puede existir una versión legítima y actual de esta afirmación general? Creo que puede construirse y también creo que constituye el modo equivocado de contemplar la historia de la vida.
La versión moderna abandona la preordenación en favor de la predecibilidad. Abandona la idea de que el germen del Homo sapiens
estuviera inmerso en la bacteria primordial o que alguna fuerza espiritual supervisara la evolución orgánica, esperando para infundir la mente en el primer cuerpo digno de recibirla. En su lugar, mantiene que el progreso totalmente normal de la evolución orgánica sigue determinados caminos porque su agente primero, la selección natural, construye diseños cada vez más acertados que prevalecen en la competencia contra modelos anteriores. Los senderos de la mejora están rígidamente limitados por la naturaleza de los materiales de construcción y el ambiente terrestre. Existen tan sólo unas pocas formas (tal vez tan sólo una) de construir un buen volador, nadador o corredor. Si pudiéramos retrotraernos a esa bacteria primigenia y empezar el proceso de nuevo, la evolución sería algo más parecido a darle vueltas a una cabria que a verter agua sobre una pendiente ancha y uniforme. Sigue su camino con una especie de paso marcado; cada etapa eleva un peldaño el proceso y cada uno de ellos es el necesario preludio del siguiente.
Dado que la vida empezó en la microquímica y ha alcanzado ya la conciencia, la cabria tiene una larga secuencia de pasos. Estos pueden no ser «preparatorios» en el antiguo sentido de la preordenación, pero son un tanto predecibles como etapas necesarias de una secuencia nada sorprendente. En un importante sentido, preparan el camino de la evolución humana. Después de todo, estamos aquí por un motivo, aunque ese motivo se encuentre en la mecánica de la ingeniería en lugar de en la voluntad de una deidad.
Pero si la evolución anduvo con paso marcado, el registro fósil debería mostrar un adelanto gradual y secuencial en el grado de la organización. No es así, y considero que este es el argumento más revelador en contra de la cabria evolutiva. Como planteo en el ensayo 21, la vida surgió rápidamente después de que se formara la propia Tierra; después alcanzó una meseta en su desarrollo que duró nada menos que unos tres mil millones de años, tal vez las cinco sextas partes de su historia total. A todo lo largo de este vasto período, la vida permaneció a nivel procariótico: células bacterianas y de algas verdiazules carentes de las estructuras internas (núcleo, mitocondrias y otras) que hacen posibles el sexo y un metabolismo complejo. Durante tal vez tres mil millones de años la forma más elevada de vida consistió en una estera algal: delgadas capas de algas procarióticas que atrapan y fijan sedimentos. Después, hace alrededor de seiscientos millones de años, aparecieron en el registro fósil prácticamente todos los principales diseños de vida animal en el transcurso de unos pocos millones de años. No sabemos por qué se produjo la «explosión del Cámbrico» cuando se produjo, pero carecemos de razones para pensar que tenía que producirse en ese momento ni que tenía que producirse en absoluto.
Algunos científicos han planteado que los bajos niveles de oxígeno evitaron una anterior evolución de la vida animal compleja. Si esto fuera cierto, la cabria evolutiva podría aún funcionar. El escenario estuvo dispuesto durante tres mil millones de años. El tornillo tenía que girar en un sentido determinado, pero necesitaba del oxígeno y tuvo que esperar a que los organismos procarióticos fotosintéticos suministraran el precioso gas del que la atmósfera original de nuestro planeta carecía. Efectivamente, el oxígeno era probablemente escaso o no existía en absoluto en la atmósfera original de la Tierra, pero parece ahora que habían sido generadas ya grandes cantidades de él, por medio de la fotosíntesis, más de mil millones de años antes de la explosión del Cámbrico.
Así pues, no tenemos motivo para pensar que la explosión del Cámbrico fuera nada más que un suceso fortuito que no tendría por qué haberse producido del modo en el que se produjo. Pudo ser consecuencia de la evolución de la célula eucariota (nucleada) a partir de una asociación simbiótica de organismos procariotas dentro de una única membrana celular. Pudo producirse porque la célula eucariota consiguiera desarrollar una reproducción sexual eficiente, y el sexo recombina y redistribuye la variabilidad genética requerida por los procesos darwinianos. Pero el punto crucial es este: si la explosión del Cámbrico pudo haberse producido en cualquier momento del transcurso de los dos mil millones de años anteriores al suceso en sí (esto es, durante alrededor del doble del tiempo que la vida ha invertido en evolucionar desde entonces), la cabria parece ser una metáfora especialmente pobre para aplicar a la historia de la vida.
Si hemos de dedicarnos a las metáforas, prefiero una pendiente muy ancha y uniforme. El agua gotea al azar en la parte superior y, habitualmente, se seca antes de llegar a ninguna parte. Ocasionalmente, consigue recorrer su camino y excavar un valle para canalizar flujos futuros. Esta miríada de valles podría haber surgido en cualquier lugar del paisaje. Sus posiciones concretas son totalmente accidentales. Si pudiéramos repetir el experimento, podríamos no obtener ningún valle, o bien obtener un sistema totalmente distinto. No obstante, ahora nos encontramos en la línea costera contemplando el magnífico espaciamiento de los valles y su regular contacto con el mar. ¡Cuán fácil es asumir que no podría haber surgido ningún otro paisaje!
Confieso que la metáfora del paisaje contiene un débil préstamo de su metáfora rival, la cabria. La pendiente inicial sí impone una dirección preferente al agua que cae en su parte superior, a pesar de que la mayor parte de las gotas se sequen antes de fluir, y fluyan, cuando lo hacen, a lo largo de millones de caminos. ¿Acaso no implica la pendiente inicial una leve predecibilidad? Tal vez el reino de la conciencia ocupe una extensión tan grande de la costa que, finalmente, algún valle tendría que alcanzarlo.
Pero aquí nos encontramos con otra restricción, la que sugirió este ensayo. (Aunque admito que me he tomado mi tiempo para llegar a ella). Casi todas las gotas se secan. Costó tres mil millones de años que se formara cualquier valle de consideración sobre la pendiente inicial de la Tierra. Podría haber costado seis mil millones de años, o veinte mil, por lo que podemos saber. Si la Tierra fuese eterna, podríamos hablar de inevitabilidad. Pero no lo es.
El astrofísico William A. Fowler sostiene que el Sol agotará su hidrógeno combustible central al cabo de unos diez o doce mil millones de años de vida. Acto seguido explotará transformándose en una gigante bola roja tan grande que se extenderá hasta más allá de la órbita de Júpiter, absorbiendo por lo tanto la Tierra. Es un pensamiento sobrecogedor (el tipo de idea que le hace a uno detenerse y meditar, o que le hace a uno estremecerse) reconocer que los seres humanos han aparecido sobre la Tierra aproximadamente a la mitad de la vida de nuestro planeta. Si la metáfora del paisaje es válida, con todo su azar e impredecibilidad, entonces creo que debemos concluir que la Tierra no tuvo por qué desarrollar su vida compleja. Costó tres mil millones de años el ir más allá de la estera algal. Lo mismo podría haberse tardado cinco veces más, si la Tierra hubiera existido para entonces. En otras palabras: si pudiéramos realizar el experimento de nuevo, el evento más espectacular de la historia de nuestro sistema solar, el agotamiento explosivo de su padre, igual podría haber tenido como único y mudo testigo una estera algal.
Alfred Russel Wallace consideró también la eventual destrucción de la vida sobre la Tierra (aunque, en sus tiempos, los físicos argumentaban que el Sol simplemente se apagaría y que la Tierra se congelaría). Y no fue capaz de aceptarla. Escribió acerca de «la aplastante carga mental impuesta sobre aquellos que se ven obligados a suponer que todo el lento crecimiento de nuestra raza en su lucha por nuestra vida superior, todas las agonías de los mártires, todos los gemidos de las víctimas, todo el mal y la miseria y los inmerecidos sufrimientos padecidos era tras era, todas las luchas por la libertad, todos los esfuerzos en pro de la justicia, todas las aspiraciones de la virtud, y el bienestar de la humanidad, desaparecerán de manera absoluta». Wallace optó finalmente por una solución cristiana, la eternidad de la vida espiritual: «Seres ... poseedores de facultades latentes capaces de tan noble desarrollo, están sin duda destinados a una existencia más elevada y permanente».
Yo aventuraría un planteamiento diferente. La especie media de invertebrado fósil vive entre cinco y diez millones de años, según nos cuenta el registro fósil. La más vieja podría remontarse, aunque yo por mi parte pongo en duda esta historia, a más de 200 millones de años. Las especies de vertebrados tienden a vivir unos períodos de tiempo más breves. Si seguimos estando presentes para ser testigos de la destrucción de nuestro planeta dentro de unos cinco mil millones de años o más, entonces habremos logrado algo tan sin precedentes en la historia de la vida que deberíamos sentirnos dispuestos a entonar nuestro canto del cisne con regocijo: sic transit gloria mundi. Por supuesto, también es posible que emigremos en legiones de astronaves, sólo para ser condensados poco después para el próximo big bang. Pero después de todo, nunca he sido un apasionado estudioso de la ciencia ficción.