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DE NUEVO PILTDOWN

In document El pulgar del panda, Stephen Jay Gould (página 42-47)

Nada resulta tan fascinante como un misterio añejo. Muchos connoisseurs consideran The Daugther of Time, de Josephine Tey, la mejor historia de detectives jamás escrita, porque su protagonista es Ricardo III, no el moderno e insignificante asesino de Roger Ackroyd. Las viejas historias son imperecederas fuentes de apasionado y estéril debate. ¿Quién era Jack el Destripador? ¿Shakespeare era Shakespeare?

Mi profesión, la paleontología, ofreció su aportación a las primeras filas de los acertijos históricos hace un cuarto de siglo. En 1953, el hombre de Piltdown fue desvelado como un fraude, perpetrado por un estafador muy incierto. Desde entonces, jamás ha decaído el interés. Personas incapaces de distinguir un Tirannosaurus de un Allosaurus tienen formada opinión acerca de la identidad del falsificador de Piltdown. En lugar de plantear simplemente quién lo hizo, este artículo aborda lo que considero un aspecto intelectualmente más interesante: ¿por qué, de entrada, llegó alguien a aceptar al hombre de Piltdown? Me vi forzado a hablar del tema a causa de unas recientes y destacadas informaciones de la prensa que añadían (con pruebas abismalmente pobres, en mi opinión) otro sospechoso más de relieve a la lista. Además, como inveterado lector de novelas de misterio, no puedo reprimir el deseo de expresar mis propios prejuicios; pero todo a su debido tiempo.

En 1912, Charles Dawson, un abogado y arqueólogo aficionado de Sussex, llevó varios fragmentos de cráneo a Arthur Smith Woodward, encargado del departamento de Geología del Museo Británico (Historia Natural). El primero, según él, había sido desenterrado por unos trabajadores de una cantera de grava en 1908. Desde entonces había estado buscando entre los montones de desperdicios y había encontrado unos cuantos fragmentos más. Los huesos, desgastados y profundamente coloreados, parecían procedentes de la antigua grava; no eran los restos de un enterramiento reciente. Y, no obstante, el cráneo parecía tener una forma notablemente moderna, aunque los huesos eran inusualmente gruesos.

Smith Woodward, tan excitado como podía llegar a estarlo un hombre tan mesurado, acompañó a Dawson a Piltdown y allí, junto con el padre Teilhard de Chardin, buscó más rastros en los montones de desperdicios. (Sí, lo crean o no, es el mismo Teilhard de Chardin que, como científico y teólogo moderno, se convirtió en una figura de culto hace unos quince años con su intento de conciliar la evolución, la naturaleza y a Dios en El fenómeno humano. Teilhard había ido a Inglaterra en 1908 para estudiar en el colegio jesuita de Hastings, cerca de Piltdown. Conoció a Dawson en una cantera el 31 de mayo de 1909; el maduro abogado y el joven jesuita francés se hicieron buenos amigos, colegas y coexploradores).

En una de sus expediciones conjuntas, Dawson encontró la famosa mandíbula inferior. Al igual que los fragmentos del cráneo, la mandíbula estaba profundamente teñida, pero parecía tener una forma tan simiesca como humana era la del cráneo. No obstante, tenía dos molares desgastados de un modo similar al que se ve en los seres humanos, pero nunca en los monos. Desafortunadamente, la mandíbula estaba rota precisamente en los dos lugares que podrían haber dejado sentada definitivamente su pertenencia o no al cráneo: la región de la barbilla, con todas sus marcas distintivas entre el mono y el ser humano, y el área de la articulación con el cráneo.

Armados de fragmentos de cráneo, la mandíbula inferior y una colección asociada de pedernales y huesos tallados, además de una serie de fósiles de mamíferos, para determinar la edad como muy antigua, Smith Woodward y Dawson saltaron a la palestra ante la Sociedad Geológica de Londres el 18 de diciembre de 1912. Hubo división de opiniones, aunque en términos generales su acogida fuera favorable. Nadie sospechó un fraude, aunque la asociación de un cráneo tan humano con una mandíbula tan simiesca indicara, según algunos críticos, que tal vez se hubieran mezclado los restos de dos animales totalmente distintos en la cantera.

En el transcurso de los siguientes tres años, Dawson y Smith Woodward contraatacaron con una serie de nuevos descubrimientos que, en retrospectiva, no podían haber estado mejor programados para desarmar a la oposición. En 1913, el padre Teilhard encontró el todopoderoso diente canino. También éste era de forma simiesca, pero estaba marcadamente desgastado al modo humano. Entonces, en 1915, Dawson convenció a la mayor parte de sus detractores encontrando la misma asociación de dos gruesos fragmentos craneales humanos con un diente simiesco desgastado como los humanos en una segunda excavación a tres kilómetros de los descubrimientos originales.

Henry Fairfield Osborn, distinguido paleontólogo norteamericano y crítico converso, escribió:

Si existe una Providencia pendiente de los asuntos de los hombres prehistóricos, no hay duda de que se puso de manifiesto en este caso, porque los tres fragmentos del segundo hombre de Piltdown encontrados por Dawson son exactamente aquellos que hubiéramos escogido para realizar una comparación con el espécimen original... Puestos uno al lado del otro, con los fósiles correspondientes al primer hombre de Piltdown, concuerdan con precisión; no hay ni sombra de diferencia.

La Providencia, aunque sin saberlo Osborn, caminaba en forma humana en Piltdown.

Durante los siguientes treinta años, Piltdown ocupó un lugar incómodo pero reconocido en la prehistoria humana. Entonces, en 1949, Kenneth P. Oakley aplicó su prueba del flúor a los restos de Piltdown. Los huesos absorben flúor en función del tiempo que hayan pasado en un depósito y del contenido en flúor de las rocas y tierra que les rodean. Tanto el cráneo como la mandíbula de Piltdown contenían cantidades difícilmente detectables de flúor; no podían haber pasado mucho tiempo en las gravas. Oakley no sospechó la existencia de una falsificación. Propuso que Piltdown, después de todo, había sido un enterramiento relativamente reciente en gravas muy antiguas.

Pero, pocos años más tarde, en colaboración con J. S. Weiner y W. E. le Gros Clark, Oakley tomó finalmente en consideración la alternativa obvia: que el «enterramiento» había sido realizado en el presente siglo con el propósito de engañar. Descubrió que el cráneo y la mandíbula habían sido artificialmente teñidos, que los pedernales y los huesos habían sido trabajados con herramientas modernas y que los mamíferos asociados, aun siendo fósiles genuinos, habían sido traídos de algún otro lugar. Más aún, los dientes habían sido limados para simular un desgaste humano. La vieja anomalía (una mandíbula simiesca con un cráneo humano) fue resuelta del modo más prosaico imaginable. El cráneo sí pertenecía a un ser humano moderno; la mandíbula era de un orangután.

Pero ¿quién había promovido tan monstruoso engaño contra unos científicos tan ansiosos por un hallazgo así que permanecieron ciegos ante la resolución obvia de sus irregularidades? Del trío original, Teilhard fue exonerado como un joven incauto y sin malicia. Nadie ha sospechado jamás (y correctamente en mi opinión) de Smith Woodward, el hombre recto como una vara que entregó su vida a la realidad de Piltdown y que, con más de ochenta años de edad y ciego, dictó desde su retiro su último libro que llevaba el título chovinista de The Earliest Englishman («El primer inglés») (1948).

Las sospechas se han concentrado en Dawson. Dispuso, sin discusión posible, de oportunidades, aunque nadie haya establecido jamás un motivo satisfactorio. Dawson era un aficionado altamente respetado, con varios hallazgos importantes en su haber. Era entusiasta y poco crítico, tal vez incluso un poco desaprensivo en sus tratos con otros aficionados, pero no existe evidencia directa alguna acerca de su complicidad en el caso. No obstante, las pruebas circunstanciales son de mucho peso y fueron bien resumidas por J. S. Weiner en The Piltdown Forgery («El fraude de Piltdown») (Oxford University Press, Londres, 1955).

11. Cráneo del Hombre de Piltdown (cortesía del American Museum of Natural History).

Los seguidores de Dawson han mantenido siempre que debía estar implicado algún científico más profesional, al menos como corresponsable, dado que los hallazgos estaban muy inteligentemente falsificados. Yo siempre he considerado éste un pobre razonamiento, planteado por los científicos en gran medida para aplacar su vergüenza ante el hecho de que un engaño de concepción no excesivamente brillante no hubiera sido detectado con anterioridad. La tinción, desde luego, había sido consumadamente bien realizada. Pero las «herramientas» habían sido malamente talladas y los dientes limados sin sutilezas: en el momento en que los científicos examinaron las piezas con la hipótesis adecuada en mente, se descubrieron marcas de arañazos. Le Gros Clark escribió: «La evidencia de una abrasión artificial saltaba inmediatamente a la vista. De hecho, parecía tan obvia que bien podría uno preguntarse cómo fue que escapó anteriormente a la inspección». La principal habilidad del falsificador consistió en saber qué dejar a un lado: prescindir de la barbilla y la articulación.

En noviembre de 1978, Piltdown reapareció destacadamente en las noticias de la prensa porque había sido implicado otro científico más como presunto corresponsable. Poco antes de su muerte a los noventa y tres años, J. A. Douglas, profesor emérito de geología en Oxford, realizó una grabación en cinta en la que sugería que su predecesor en el cargo, W. J. Sollas, era el culpable. Para apoyar esta aseveración, Douglas ofrecía tan sólo tres datos que, según mi libro, escasamente podrían catalogarse como evidencia: 1) Sollas y Smith Woodward eran enemigos acérrimos (¿Y qué? La Academia es un nido de víboras, pero las disputas verbales y los fraudes elaborados son respuestas de diferente magnitud; 2) En 1910, Douglas le dio a Sollas algunos huesos de mastodonte que podrían haber sido utilizados como parte de la fauna importada (pero este tipo de huesos y dientes no son escasos); y 3) Sollas recibió una vez un paquete de bicromato potásico y ni Douglas ni el fotógrafo de Sollas fueron capaces de imaginar para qué podía quererlo. El bicromato potásico fue utilizado en la tinción de los huesos de Piltdown. (También era un producto químico importante en fotografía, y la supuesta confusión del fotógrafo de Sollas no me parece un signo de que el profesor tuviera en mente utilizaciones nefandas). En resumen, la evidencia en contra de Sollas me parece tan débil que me pregunto por qué las principales revistas científicas del Reino Unido y Estados Unidos le concedieron tanto espacio. Yo excluiría a Sollas por completo, si no fuera por la paradoja de que su famoso libro Ancient Hunters apoya los puntos de vista de Smith Woodward acerca de Piltdown en términos tan obsequiosos y brillantes que podrían interpretarse como un sutil sarcasmo.

Para mí, sólo tres hipótesis tienen sentido. En primer lugar, Dawson era visto con sospecha y desagrado generales por parte de algunos arqueólogos aficionados (e igualmente aclamado por otros). Algunos compatriotas lo consideraban un falsario. Otros estaban amargamente celosos de su posición entre los profesionales. Tal vez alguno de sus colegas concibiera esta compleja y peculiar forma de vengarse. La segunda hipótesis, y para mí la más probable, mantiene que Dawson actuó solo, ya fuera en pos de la fama o para demostrar al mundo de los profesionales todo lo que no sabemos.

La tercera hipótesis es mucho más interesante. Convertiría a Piltdown en una broma que llegó demasiado lejos en lugar de en una falsificación maliciosa. Representa la «teoría favorita» de muchos paleontólogos de vertebrados que conocían bien al hombre. Yo he tamizado toda la evidencia, intentando echarla abajo. He de admitir que la he encontrado consistente y plausible, aunque no sea la favorita. A. S. Romer, antiguo jefe del museo en el que trabajo en Harvard y el mejor paleontólogo de vertebrados de Norteamérica, a menudo me confiaba sus sospechas. Louis Leakey también creía lo mismo. Su autobiografía hace referencia a un anónimo «segundo hombre», pero la evidencia interna implica claramente a un cierto individuo para todo aquel que esté al corriente.

A menudo resulta difícil recordar a un hombre en su juventud, una vez que la edad ha impuesto una persona diferente. Teilhard de Chardin se convirtió en una figura austera y casi divina para muchos en sus años finales; fue ampliamente reconocido como un profeta destacado de nuestra era. Pero, una vez, fue un despreocupado joven estudiante. Conocía a Dawson hacía tres años cuando Woodward entró en escena. Pudo haber tenido acceso, en un trabajo anterior en Egipto, a los huesos de mamíferos (probablemente procedentes de Túnez y Malta) que formaban parte de la fauna «importada» de Piltdown. Me resulta fácil imaginar a Dawson y Teilhard, tras muchas horas de campo y de pub, concibiendo un plan con diferentes fines: Dawson para dejar al descubierto la credulidad de los pomposos profesionales; Teilhard para frotar por las narices a los ingleses una vez más el hecho de que su país carecía de fósiles humanos legítimos, mientras que Francia se regocijaba en una superabundancia de ellos que la convertía en la reina de la antropología. Tal vez trabajaran juntos, sin esperar en ningún momento que las lumbreras de la ciencia inglesa se aferraran a Piltdown con tanto entusiasmo. Pensaban dejar las cosas en claro y no pudieron.

Teilhard abandonó Inglaterra para convertirse en camillero durante la primera guerra mundial. Dawson, según esta versión, perseveró y completó el trabajo con un segundo hallazgo en Piltdown en 1915. Pero, a partir de ahí, la broma se le escapó de las manos convirtiéndose en una pesadilla. Dawson enfermó inesperadamente y murió en 1916. Teilhard no podía regresar antes del fin de la contienda. Por aquel entonces, las tres lumbreras de la antropología y la paleontología británicas (Arthur Smith Woodward, Grafton Elliot Smith y Arthur Keith) habían apostado sus carreras por la autenticidad de Piltdown. (De hecho, acabaron siendo dos sir Arthur y un sir Grafton, en gran parte por su participación en poner a Inglaterra sobre el mapa antropológico). Si Teilhard se hubiera confesado en 1918, su prometedora carrera (que posteriormente incluyó un papel de importancia en la descripción del auténtico hombre de Pekín) hubiera terminado abruptamente. De modo que se atuvo a los salmos y al lema de la Universidad de Sussex, posteriormente establecida a unos pocos kilómetros de Piltdown («Mantente silencioso y sabe...») hasta el día de su muerte. Posible, tan sólo posible.

¿cómo había podido creer nadie, para empezar, en Piltdown? Ya desde el comienzo se trataba de una criatura improbable. ¿Por qué se había admitido en nuestro linaje un ancestro con un cráneo totalmente moderno y la mandíbula sin modificar de un mono?

De hecho, a Piltdown nunca le faltaron detractores. Su reino temporal nació del conflicto y fue alimentado hasta su fin por la controversia. Muchos científicos siguieron creyendo que Piltdown era un arquetipo compuesto por dos animales accidentalmente entremezclados en el mismo depósito. A principios de los años cuarenta, por ejemplo, Franz Weidenreich, tal vez el mejor anatomista humano del mundo, escribió (con devastadora precisión, visto a posteriori): «El Eoanthropus [«hombre del alba», la designación oficial del Piltdown] debería ser borrado de la lista de fósiles humanos. Es una combinación artificial de fragmentos de cráneo humano moderno con una mandíbula y dientes similares a los del orangután». A esta apostasía replicó sir Arthur Keith con amarga ironía: «Éste es uno de los métodos usados para librarse de hechos que no encajan en una teoría preconcebida; el método usado habitualmente por los hombres de ciencia no consiste en prescindir de hechos, sino en configurar teorías en las que encajen».

Más aún, si alguien se hubiera sentido tentado a llevar el asunto más allá existían motivos publicados para sospechar de un fraude desde el principio. Un anatomista dental, C. W. Lyne, afirmó que el canino encontrado por Teilhard era un diente joven, recién salido antes de la muerte de Piltdown, y que la intensidad de su desgaste no podía conciliarse con su edad. Otros manifestaron serias dudas acerca del origen primitivo de las herramientas de Piltdown. Entre los aficionados de Sussex, algunos colegas de Dawson llegaron a la conclusión de que Piltdown tenía que ser un engaño, pero no publicaron sus conclusiones.

Si queremos aprender algo acerca de la naturaleza de la investigación científica en el caso Piltdown (en lugar de limitarnos a disfrutar de los gozos del chismorreo) tendremos que resolver la paradoja de su inmediata aceptación. Creo que puedo identificar al menos cuatro categorías de motivos para explicar la bienvenida que recibió semejante incongruencia por parte de todos los más grandes paleontólogos ingleses. Las cuatro contravienen la mitología habitual acerca de la práctica científica: que los hechos son «duros» y primarios y que la comprensión científica aumenta por la paciente recolección y criba de estas porciones objetivas de información pura. Por el contrario, ponen al descubierto a la ciencia como actividad humana, motivada por la esperanza, los prejuicios culturales y la búsqueda de la gloria, que, no obstante, se va tambaleando en su camino errático hacia una mejor comprensión de la naturaleza.

Imposición de una fuerte esperanza sobre una evidencia dudosa. Antes de Piltdown, la paleoantropología británica estaba empantanada en un limbo que hoy ocupan los estudiosos de la vida extraterrestre: interminables terrenos de especulación y carencia absoluta de evidencia directa. Más allá de algunas «culturas» del sílex de manufactura dudosamente humana y algunos huesos de los que se sospechaba que eran producto de recientes enterramientos en gravas antiguas, Inglaterra no sabía nada de sus antepasados más antiguos. Francia, por otro lado, disfrutaba de una superabundancia de neandertales, cromañones y sus herramientas y arte asociados. Los antropólogos franceses gozaban pasándoles por las narices a los ingleses esta exagerada disparidad de evidencias. Piltdown no podría haber sido mejor diseñado para darle la vuelta a la tortilla. Parecía ser muy anterior al neandertal. Si los fósiles humanos tenían un cráneo enteramente humano cientos de miles de años antes de la aparición del cejijunto neandertal, entonces Piltdown debía ser nuestro antecesor y los neandertales franceses tan sólo una rama colateral. Smith Woodward proclamó: «La raza de Neanderthal era un brote degenerado del hombre primitivo del cual el cráneo de Piltdown aporta la primera evidencia descubierta». Esta rivalidad internacional ha sido a menudo mencionada por los comentaristas de Piltdown, pero también parecen haber pasado inadvertidos toda una serie de factores de igual importancia.

Reducción de las anomalías por ajuste a los prejuicios culturales. Un cráneo humano con una mandíbula de simio nos parece hoy en día algo lo suficientemente incongruente como para levantar graves sospechas. No era así en 1913. En aquel tiempo, un gran número de antropólogos de primera línea mantenían una preferencia apriorística, en gran medida de origen cultural, en favor de la «supremacía del cerebro» en la evolución humana. Por lo tanto, en nuestra evolución, un cerebro agrandado debía haber precedido e inspirado toda ulterior alteración de nuestro cuerpo. Deberíamos esperar encontrar antepasados de los seres humanos con el cerebro agrandado, tal vez casi humano, y un cuerpo distintivamente simiesco. (Irónicamente, la naturaleza siguió el camino opuesto. Nuestros antecesores más primitivos, los australopitecos, caminaban totalmente erguidos, pero tenían aún un cerebro pequeño). Así, Piltdown casi encajaba en un resultado ampliamente esperado. Grafton Elliot Smith escribió en 1924:

El interés fundamental del cráneo de Piltdown está en la confirmación que supone del punto de vista de que en la evolución del hombre, el cerebro fue el que abrió el

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