2. DOCUMENTAL E INICIATIVAS DE MEMORIA FRENTE ACONTECIMIENTOS
3.4 LO POLÍTICO EN LOS DOCUMENTALES SOBRE LA MEMORIA
La memoria se determina por intereses a partir de la ejecución administrativa de distintos gobiernos como también por pugnas agonistas realizadas desde el poder. Estos dos aspectos coinciden con lo que Chantal Mouffe entiende por la política y lo político:
Concibo “lo político” como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político. (2011, 16)
Las víctimas sobrevivientes del conflicto armado, testigos de múltiples eventos y acontecimientos de violencia, son el interés de políticas en búsqueda de conseguir la paz. Sin embargo, existe en su representación diversas formas de asumir las secuelas del conflicto y entablar la memoria, problemas relacionados con la identidad a nivel colectivo e individual. Las políticas y lo político influyen cuando se generan narrativas de memoria, debido a que estas se han de exponer desde la diferencia. Existen subjetividades respecto a cada testigo/sobreviviente como también en las comunidades víctimas del conflicto armado.
La política detrás de la creación de una institución como el CNMH, que focaliza la generación de contenidos de la memoria histórica nacional, implica que las acciones de esta entidad desencadenen hechos políticos. En las labores de reunir y recuperar todo el material documental y testimonial por infracciones al Derecho Internacional Humanitario y/o de Derechos Humanos, ocurridas con ocasión del conflicto armado interno; subyace la creación de la imagen dominante respecto a la violencia vivida en Colombia. Estos contenidos son fuentes potenciales para el desarrollo de historiografías sobre la violencia de los años recientes.
Retomar lo expuesto por Mouffe sobre lo político se hace necesario. Ella parte de una crítica al modelo liberal por considerarlo un enfoque racionalista e individualista que impide reconocer las identidades colectivas, de naturaleza pluralista en el actual mundo social. Su
intención es demostrar que “las cuestiones propiamente políticas siempre implican decisiones que requieren que optemos por alternativas en conflicto” (2011, 16) y dichos conflictos son aquellos a los cuales no podría existir nunca una solución nacional, por eso propone una nueva política democrática pluralista.
La construcción de la identidad, tan importante para Mouffe, se puede aplicar a los discursos de la memoria, ya que estos aportan en la construcción de una nación en posconflicto y esto implica un asunto político. Destacando las ideas que critican los pluralismos nacionales, da un nuevo valor a la dimensión antagónica de lo político, ya que parte de políticas que relacionan a nosotros/ellos con amigo/enemigo dadas en diversas formas sociales. Mouffe lo expresa así:
La creación de una identidad implica el establecimiento de una diferencia, diferencia constituida a menudo sobre la base de la jerarquía, por ejemplo, entre forma y materia, blanco y negro, hombre y mujer, etc. Una vez hemos comprendido que toda identidad es relacional encontramos que en la afirmación de la diferencia es una precondición de la existencia de la identidad. Es decir, la precepción de un “otro” que constituye su “exterioridad”. (Mouffe 2011, 22)
Líneas más adelante, afirma:
En el campo de las identidades colectivas, se trata siempre de la creación de un “nosotros” que solo puede existir por la demacración de un “ellos”. Esto por supuesto no significa que tal relación sea necesariamente amigo/enemigo, es decir una relación antagónica, esto es, que se pueda convertir en una relación amigo/enemigo. Esto es cuando se percibe al “ellos” cuestionando la identidad del nosotros” y como amenaza a su existencia. (Mouffe 2011, 22-23)
El antagonismo, aplicado en las temáticas de la memoria, se da al relacionar y distinguir los puntos de vista de víctimas y victimarios, por un lado, como miembros del estado y sociedad civil, por el otro. Si bien no toda la población fue testigo directo de la violencia, hay que reconocer que la nación en general se ha caracterizado por esta.
Como factor adicional en torno a “lo político”, siguiendo a Mouffe, está la cuestión de la hegemonía, porque en la posibilidad del antagonismo está el dominio que hay en todo orden; dicho en sus palabras “toda sociedad es el producto de una serie de prácticas que intentan establecer orden en un contexto de contingencia” (2011, 24).
Durante el trascurso de esta investigación, se mencionó que desde la concepción de las actividades del CNMH no se pretende hacer una versión ni oficial ni hegemónica de la memoria, sin embargo, es implícito que lo hace. Por tratarse de una institución gubernamental existente en el marco de políticas para acabar con la violencia y la presencia de grupos armados en Colombia, lo político se hace presente. Las acciones y labores que efectúan son formas de contingencia ante la violencia del conflicto armado y, en la búsqueda de su fin, pretenden generar un nuevo orden. Un país en paz.
Desde estas posturas, el CNMH se considera como una institución hegemónica porque lidera y acompaña acciones y procesos de memoria histórica. Las acciones de esta institución, puestas en análisis a través de los documentales tratados (véanse numerales 2.2 y 3.2), son conocidas iniciativas y trabajos de memoria (tratados 2.1). Elizabeth Jelin lo entiende así: “Uno es agente de trasformación y en el proceso se trasforma a sí mismo y al mundo. La actividad agrega valor. Referirse a la memoria implica “trabajo” es incorporarla al quehacer del mundo social” (2002, 14). Noción que nos lleva a tratar un último aspecto donde se puede aplicar lo expuesto por Chantal Mouffe a los intereses de esta investigación, a saber, la relación entre lo político y lo social.
Lo social se refiere al campo de las prácticas sedimentadas, es decir prácticas que ocultan los actos originales de su institución política contingente y que se dan por sentadas, como si fuera a si mismas las prácticas sociales sedimentadas son una parte constitutiva de toda sociedad posible; no todos los vínculos sociales son cuestionados al mismo tiempo. (…) Si lo político –entendido en su sentido hegemónico– implica la visibilidad de los actos de una institución social, resulta imposible determinar a priori lo que es lo social y lo que es lo político independientemente de alguna referencia social. (2011, 24)
Las identidades colectivas, construidas y representadas a través del trabajo del CNMH, constituyen un cuerpo social en las comunidades que han vivenciado el conflicto. Esto gracias a estructuras de poder político que permiten que estas acciones e instituciones existan. La visibilidad de los procesos en gran parte se da gracias a los contenidos audiovisuales que, desde su lenguaje documental, pretenden generar una identificación por medio de una dimensión afectiva.
Desde la década de los ochenta, a la fecha, se empezó a constituir a nivel mundial una cultura de la memoria sustentada en la conmemoración y el valor y reconocimiento hacia los derechos humanos. Para el caso colombiano, la existencia de una institución como el CNMH permite cimentar una identidad en torno al posconflicto, desde la divulgación de distintos hechos de violencia para fomentar el no olvido y la no repetición de estos. Este rol institucional, que promueve un conocimiento sobre aspectos tan determinantes de la historia reciente de Colombia, implica un trasfondo moral. Desde esta noción un filósofo de corriente pragmática como Richard Rorty (1998) expone que la emergencia por constituir una cultura de los derechos humanos implica que el conocimiento moral se trasmite a través de una lectura en clave sentimental y que la educación en una cultura de la no violencia implica una dimensión afectiva. En otras palabras, la difusión de la ética se hace posible mediante una dimensión estética.
Siempre habrá de existir polarización, suscitada por preguntas como: ¿Qué se ha de representar? ¿Quiénes deben ser tratados como víctimas y bajo qué marco de referencia se da esta consideración? ¿Las iniciativas de memoria se han de entablar en torno al acontecimiento? ¿Cómo tratar fenómenos desencadenados del conflicto que no involucran un acontecimiento en sí? ¿Se deben incluir a actores del conflicto en los discursos de la memoria? ¿La memoria histórica en Colombia debe entenderse solo desde el conflicto armado o acaso hay que ampliarla a otros momentos de la historia nacional?
COMENTARIOS FINALES
Frente a la cuestión de cómo la representación documental de trabajos e iniciativas de memoria actúa en procesos de construcción de memoria histórica en Colombia se puede decir que los contenidos del CNMH muestran dos regímenes de historicidad. Con una base teórica esta investigación permite vislumbrar las particularidades del registro audiovisual de memorias individuales y colectivas en el contexto nacional, posibilitando así comprender y desarrollar la historia reciente. En síntesis, se puede destacar lo siguiente respecto a cada régimen:
El primer régimen de historicidad –determinado por la Ley de Justicia y Paz o Ley 975 de 2005– se da en el periodo de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR). Los documentales realizados entre el 2008 y 2010 sobre Trujillo, El Salado, Mampuján y Bojayá consolidan un modelo narrativo para la representación de los procesos e iniciativas de memoria. Bajo los principios de verdad, justicia y reparación se desarrolló una estrategia discursiva basada en investigar y divulgar informes sobre acontecimientos –principalmente masacres– dadas desde la década de los ochenta a principios del siglo XXI. En consecuencia, lo registrado en los filmes se relaciona de dos maneras: la primera, con la reparación simbólica bajo categorías como lugares y trabajos de la memoria como el monumento a las víctimas de Trujillo (véanse imágenes 1 y 2) y las mantas tejidas por las mujeres de Mampuján (véanse imágenes 6 y 7), y la segunda, con el acceso a la verdad por brindar conocimiento a través de formas de testimonio oral (caso del documental sobre El Salado,
véanseimágenes 4 y 5) y audiovisual (como en la obra de Bojayá, véanse imágenes 8, 9 y 10).
El segundo régimen de historicidad se entabla con la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras o Ley 1448 de 2011. Como característica principal está la generación de informes que abordan el conflicto desde ejes específicos como lo son el género, el desplazamiento, la resistencia, entre otros; tratándolos como temáticas más allá de los casos emblemáticos. Los
documentales se siguieron realizando bajo la narrativa instaurada en las obras producidas entre el 2008 y 2010, incluso varios continuaron considerando al acontecimientos como tópico principal. No obstante, otro régimen de historicidad se da cuando el CNMH se vuelve la entidad que genera estos contenidos, poniendo a las víctimas en el centro de interés como también la labor de quienes realizan las investigaciones sobre el conflicto armado.
Con respecto a las víctimas, se confirmó el riesgo mencionado por Didi-Huberman (2014) y del que se alertó desde el planteamiento de la presente monografía: la subexposición por censura y/o olvido y la sobreexposición por la saturación y exceso de imágenes mediáticas. Dos fragmentos del documental No hubo tiempo para la tristeza ejemplifican esta problemática: el de La Chorrera en la Amazonia y en los créditos de cierre, partes que ponen en juego la identidad misma de las víctimas. En el primer caso, por pretender visibilizar el exterminio de pueblos indígenas dado en el periodo de la explotación del caucho a finales del siglo XIX. Si bien el etnocidio de comunidades ancestrales es digno de trabajarse como tema desde la memoria histórica, el problema está en la manipulación de los testimonios que relatan desde la actualidad lo sucedido hace más de cien años. Dichos relatos son puestos fuera de contexto y relacionados con la presencia guerrillera en la selva que, si bien se dio, no significó un acontecimiento en el marco del conflicto armado (véase numeral 3.2). El segundo fragmento se refiere al cierre del documental donde celebridades dan datos en cifras sobre el conflicto. Entremezclada con miembros de la farándula aparece, por ejemplo, Esther Polo, líder social protagonista del documental y a quien se le da el mismo tratamiento que las figuras mediáticas (véanse imágenes 19 y 20). La identidad de los testigos/sobrevivientes al conflicto armado se torna difusa por el uso que de su imagen se da en un nivel mediático.
De este segundo régimen de historicidad se posibilitan futuras investigaciones, complementarias a esta, donde se puede trabajar el tema del testimonio femenino, por un lado, como también la representación de procesos e iniciativas a través de formatos como series web y cápsulas para redes sociales, por el otro.
Para terminar, el aporte que desde este trabajo de grado hace al estado del arte sobre documentales y memoria en Colombia radica en que se amplió la discusión centrada en el planeamiento narrativo de estas obras. Se prefirió optar por ampliar la discusión al reconocer desde categorías teóricas que en fragmentos hechos que pueden ser validados como fuentes para la generación de nuevas historiografías sobre el conflicto armado reciente. Por este motivo considero que se ha cumplido el objetivo de determinar el rol de estas imágenes ante los procesos de construcción de la memoria.
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