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Los acercamientos del Magisterio de la Iglesia

Aproximación desde la historia de la teología, la espiritualidad y el Magisterio

4. Los acercamientos del Magisterio de la Iglesia

La enseñanza magisterial sobre la vida oculta de Jesús es verdaderamente escasa; de hecho, hasta finales del siglo XIX no hemos hallado ningún documento de interés. Debemos señalar asimismo que el Magisterio no ha realizado apenas interpretaciones dogmáticas de este misterio, sino que se ha referido a él de forma más bien colateral, poniéndolo en relación con diversas cuestiones, especialmente el trabajo y la familia.

El primer documento pontificio que contiene alguna alusión relevante a nuestro tema es la Rerum novarum (1891), carta encíclica de

L

EÓN

XIII

sobre la situación de los

obreros. En pleno conflicto social, el Papa señala con firmeza los principios cristianos que deben arbitrar las relaciones entre patronos y trabajadores, y presenta a Cristo Obrero como modelo para quienes se ganan la vida en condiciones de mayor dureza:

«Los que, por el contrario, carezcan de bienes de fortuna, aprendan de la Iglesia que la pobreza no es considerada como una deshonra ante el juicio de Dios y que no han de avergonzarse por el hecho de ganarse el sustento con su trabajo. Y esto lo confirmó realmente y de hecho Cristo, Señor nuestro, que por la salvación de los hombres se hizo pobre siendo rico; y, siendo Hijo de Dios y Dios él mismo, quiso, con todo, aparecer y ser tenido por hijo de un artesano, ni rehusó pasar la mayor parte de su vida en el trabajo manual» (RN18).

No volvemos a encontrar datos magisteriales pertinentes hasta que el

C

ONCILIO

V

ATICANO

II

, en la constitución dogmática Gaudium et spes 22, cite la vida nazarena de

Cristo al exaltar la dignidad de la naturaleza humana asumida por el Verbo:

«En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado».

Un poco más adelante, en el número 32, la misma constitución conciliar comenta la índole comunitaria de la naturaleza humana y afirma que esta

«se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. [...] Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria, santificó los vínculos humanos, principalmente los de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra».

Durante su peregrinación a Tierra Santa en 1964,

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ABLO

VI

subrayó que Nazaret

«es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su evangelio». Las lecciones que el Papa extrae de esta etapa de la vida de Jesús son el silencio como vía hacia la interioridad, la unión familiar y el valor redentor del trabajo.

El Magisterio de

J

UAN

P

ABLO

II

ha sido más abundante en alusiones al misterio de la

vida oculta, debido en parte a su gran interés por la cuestión social y la familia. Al trazar en Laborem exercens (1981) los rasgos de la espiritualidad del trabajo, el Pontífice propone a Cristo como fundamento de la misma:

«Esta verdad, según la cual a través del trabajo el hombre participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmentepuesta de relieve por Jesucristo. [...] En efecto, Jesús no solamente lo anunciaba, sino que ante todo, cumplía con el trabajo el “evangelio” confiado a él, la palabra de la Sabiduría eterna. Por consiguiente, esto era también el “evangelio del trabajo”, puesel que lo proclamaba, él mismo era hombre del trabajo,del trabajo artesano al igual que José de Nazaret» (LE26).

En sus otros dos grandes escritos sociales, Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991), no vuelve a recuperar Juan Pablo II el misterio de Nazaret. Sí lo evoca, sin embargo, al final de Familiaris consortio (1981), proponiendo como modelo a la Sagrada Familia:

«Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió en una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas» (FC86).

La encíclica Redemptoris Mater (1987) contiene ricas enseñanzas sobre la fe de María en Nazaret. Para el Pontífice, esta fe, que alcanzará su pleno significado en la hora de la cruz, constituye la vía de encuentro entre la Madre y el misterio del Hijo:

«A lo largo de la vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret, también la vida de María está “oculta con Cristo en Dios”(cf. Col 3,3),por medio de la fe.Pues la fe es un contacto con el misterio de Dios. María constante y diariamente está en contacto con el misterio inefable de Dios que se ha hecho hombre. [...] De este modo María, durante muchos años,permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús “progresaba en sabiduría ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52)» (RM17).

Juan Pablo II dedicó en 1989 una exhortación apostólica a la figura de San José para reconocer la importancia de su misión en la vida de Cristo y de la Iglesia. Este documento, Redemptoris Custos, menciona la fe de José en Nazaret y se refiere a él como «depositario singular del misterio» (RC 5), junto con María. El Papa subraya cómo «la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella “condescendencia” inherente a la economía de la encarnación» (RC 8). En otro sentido, comentado la perícopa de Lc 2,41-52, ve una conexión estrecha entre la obediencia de Jesús a sus padres y la ley humana del trabajo: «esta “sumisión”, es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José» (RC 22).

En los grandes textos magisteriales de

B

ENEDICTO

XVI

no se advierte la presencia

de este misterio, y tampoco en su producción homilética. Se observa aquí, en este sentido, lo que ya hicimos notar cuando apuntamos la escasez de comentarios referentes a la vida oculta en las homilías de los Padres: al haber quedado excluido este misterio de las celebraciones del año litúrgico, la predicación pasa habitualmente de la epifanía al bautismo, sin detenerse en los años de Nazaret. Más significativo resulta el hecho de que la obra dedicada por Benedicto XVI a La infancia de Jesús tampoco considere este misterio, a pesar de que el Papa pretende completar su trilogía presentando «una antesala a los dos volúmenes precedentes sobre la figura y el mensaje de Jesús de Nazaret». De este modo, el misterio de la vida oculta de Jesús no parece encontrar cabida en la reflexión teológica del Pontífice, más allá de que este comenta sucintamente, en torno a Lc 2,41-52, que tras el episodio del templo «Jesús vuelve a la situación normal de su familia: a la humildad de la vida sencilla y a la obediencia a sus padres terrestres».

La exhortación apostólica Evangelii gaudium aparece salpicada de guiños a lo cotidiano, superficie que constituye para el

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APA

F

RANCISCO un lugar privilegiado para el

anuncio del Evangelio:

«Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. [...] Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús, y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (EG127).

Al poner en valor «el lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios», el Papa acude a la fundamentación cristológica de esta realidad, ya que Cristo mismo «se hizo pobre» (2 Cor 8,9). Francisco no olvida colocar, junto al misterio de Belén, el misterio de Nazaret, subrayando el hecho de que Cristo «creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan» (EG 197).

Teniendo en cuenta la escasez y dispersión de los datos magisteriales sobre el misterio de la vida oculta, sorprende gratamente que el Catecismo de la Iglesia Católica (1997) contenga apuntes de gran calado en el comentario al tercer artículo del credo. En primer lugar, describe la vida en Nazaret como «la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios (cf. Gal 4,4), vida en la comunidad» (CEC 531). En segundo lugar, vincula la obediencia nazarena a la obra de la salvación: «la obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido» (CEC 532). Por último, presenta este misterio como lugar privilegiado de identificación con Cristo: «la vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana» (CEC 533).

5. ¿Un misterio en peligro?

Al contemplar la impronta del misterio de la vida oculta a lo largo del segundo milenio, el saldo vierte algunos resultados interesantes. Hemos visto cómo, en los albores, la Devotio moderna supone un punto de inflexión fundamental; su valoración de la humanidad de Cristo invita a reconocer en la vida oculta el carácter propio de misterio, de donde se sigue el interés creciente de los autores hacia esta etapa de la vida de Jesús. Ciertamente, los comentarios de esta época continúan teniendo un fuerte sabor ejemplarizante, pero son más extensos que en el primer milenio y se difunden en la piedad popular a través del género vita Christi. Ha sido necesario, con todo, esperar hasta el siglo XVII para franquear la puerta de acceso a la interpretación netamente dogmática de nuestro tema, y lo hemos hecho de la mano de Bérulle, en cuyos textos hallamos por vez primera la expresión literal «vida oculta», y cuya hermenéutica vincula ontología e historia, ocultamiento en la divinidad y en la oscuridad de Nazaret. Sin embargo, estos brotes iniciales ven bruscamente frenado su crecimiento con la emergencia del racionalismo, que llevará a la teología a cerrar trincheras en posturas defensivas.

Por ello, durante el siglo XIX y hasta el Vaticano II, los comentarios sobre la vida oculta no incorporan los avances de la investigación histórico-crítica, ni hacen prospecciones teológicas sugerentes, sino que más bien se ciñen a visiones de cuño espiritual que responden en gran medida a la inquietud de la Iglesia por la descristianización de la clase obrera. Jesús Obrero en su taller se presenta como modelo de imitación para los trabajadores, en tanto que la Sagrada Familia, cuya festividad es introducida por León XIII en 1893, es propuesta como «maravilloso ejemplo» al pueblo cristiano. No es casual que precisamente en esta época encontremos las primeras enseñanzas magisteriales en torno a este misterio, vinculadas a la cuestión social y en particular al trabajo. El imaginario de la vida oculta que va penetrando a partir de aquí denota un cierto carácter ocasional y está teñido de consideraciones espirituales sin suficiente rigor crítico ni profundidad teológica.

Aunque cabría esperar que la reflexión posterior al Vaticano II hubiese recuperado este misterio, leyéndolo desde las nuevas claves de la teología de la revelación y de la cristología, e integrando los «signos de los tiempos» (Gaudium et spes 4), de hecho tal cosa no ha sucedido. Por el contrario, prácticamente hasta nuestros días continuamos sin encontrar una teología de la vida oculta de Jesús que dé cuenta del potencial revelador y salvífico de esta realidad de la existencia del Señor.

Se corre el riesgo de que este misterio, si permanece asociado a la cuestión obrera, desaparezca del escenario teológico sin apenas haberlo rozado, una vez que la situación social y cultural se ha transformado notablemente. Sin embargo, en los dos mil años de teología que hemos recorrido brevemente hasta ahora hallamos un preciado material para

ensayar en adelante comprensiones más amplias e integradoras.

1. A. ORBE, Cristología gnóstica. I: Introducción a la soteriología de los siglos I-II, Madrid 1976, p. 462.

2. Ibid., p. 488.

3. J. LECLERCQ, Consideraciones monásticas sobre Cristo en la Edad Media, Bilbao 1999, p. 116.

4. B. SESBOÜÉ, Jesucristo, el único mediador. Ensayo sobre la redención y la salvación. Tomo II: El relato de

Capítulo 6

¿Cómo ilumina hoy nuestra cotidianidad