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Vida oculta de Jesús y decrecimiento: alternativa de transformación social

¿Cómo ilumina hoy nuestra cotidianidad el misterio de la vida oculta de Jesús?

9. Vida oculta de Jesús y decrecimiento: alternativa de transformación social

Como detectamos al estudiar el desarrollo histórico de este misterio en el capítulo 5, la vida oculta de Jesús ha dado pie a comprensiones de muy diverso signo. Mirando a Jesús en Nazaret, muchos le han considerado como maestro de vida retirada del mundo, otros han visto en Él al prototipo de trabajador, abundan también quienes subrayan su obediencia y humildad en el seno de la Sagrada Familia, e incluso alguno ha hallado en su figura el más excelso modelo para la educación de los príncipes. Sin incurrir en lecturas anacrónicas, debemos sin embargo señalar que en determinados momentos de la historia las explicaciones de este misterio han servido para justificar y mantener situaciones estructurales opuestas al designio amoroso de Dios sobre toda la humanidad. A partir del recorrido realizado hasta aquí, quisiéramos apuntar algunos rasgos de la capacidad de transformación social que destila este misterio.

Regresemos por un momento a la exégesis de Flp 2,6-11 ofrecida por Sergio Rosell y recordemos que Pablo plantea a la comunidad de Filipos un modelo contracultural de imitación: frente al cursus honorum, o carrera de honor vigente en el estrato superior del Imperio Romano, los filipenses son invitados a recorrer, siguiendo a Cristo, el cursus pudorum o carrera de ignominia. La exhortación a compartir los sentimientos de Cristo trasciende el ámbito de los sentimientos para traducirse en opciones históricas concretas.

Aunque nos separan dos mil años de la organización social del Imperio Romano, y a pesar de que los códigos de honor han cambiado sus formulaciones, tal vez el fondo de nuestra cultura occidental no sea tan distinto. El concepto «crecimiento», que sustenta el capitalismo rector de nuestras sociedades ricas, representa la panacea universal y alcanza a todas las esferas de la vida personal y política. Invertimos ingentes recursos en un «crecimiento personal» que favorezca la auto-realización del individuo, al mismo tiempo que basamos nuestra seguridad en un «crecimiento económico» que proponemos como paradigma inalcanzable al resto del planeta. Semejante crecimiento genera efectos darwinistas; mientras que los más fuertes resisten, crecen y suben, son muchos los sujetos, colectivos, pueblos y ecosistemas que quedan al margen y sufren las consecuencias de un proyecto de desarrollo invasivo e injusto. «Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia» (Evangelii gaudium 54). Con todo, ni siquiera quienes logran los objetivos impuestos por el sistema alcanzan por eso la felicidad. Las leyes del mercado son implacables y, para mantener los niveles de crecimiento adquiridos y poder superarlos, hace falta adoptar un ritmo de vida esclavizante, saturado de horas de trabajo, plagado de estrés y cimentado en una competitividad que deshumaniza las relaciones.

Flota, pues, sobre nosotros un mandato que nos gobierna sin piedad: «subid». Bajo su égida contemplamos una vez más a Sísifo, cargando con la piedra aplastante ladera

arriba, encubierto por distintas figuras: el norte rico que esquilma a los pobres y marca las normas, y el sur empobrecido que se ve continuamente expoliado; las clases medias y altas que pasan por la crisis sin que esta les roce, y los ciudadanos de a pie que van viendo cómo sus posibilidades se reducen a pasos agigantados; los pobres y excluidos que hace tiempo quedaron en la cuneta, y cuyas filas parecen cada vez más largas. Puede observarse que la piedra no pesa lo mismo para unos que para otros, pero la condena se cierne sobre la humanidad en su conjunto. El pecado estructural exhibe abiertamente su «modo de estructurar la convivencia humana y la sociedad, egoísta y no solidario, monologal y no dialogal, para unos solos y no para todos»22.

La bomba de relojería ya ha estallado y algunas teorías políticas proponen como vía alternativa el denominado «decrecimiento», entre cuyos pilares Carlos Taibo enuncia la sobriedad y simplicidad voluntarias, la defensa del ocio frente al trabajo obsesivo, el reparto del trabajo y el incremento de la vida social en lugar del consumo ilimitado y la lógica de la propiedad:

«Si se trata de enunciar el argumento de manera rápida, afirmaremos que hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas. Lo anterior ha de ser así en el buen entendido, naturalmente, de que los cambios que deben operarse en nuestro estilo de vida no están llamados a ser los mismos en el caso de las clases pudientes que en el de las que padecen, también entre nosotros, la explotación y la exclusión»23.

El misterio de Nazaret alberga una fuerza insospechada para impulsar los procesos de transformación de la realidad que venimos describiendo; la acción de los cristianos, que habrá de alinearse con los esfuerzos de todos los que trabajan por la justicia, puede adquirir en la vida oculta de Jesús una motivación y un sentido singulares. En la encarnación, Dios «decrece» voluntariamente despojándose de su forma Dei, y tal decrecimiento supone una palabra de revelación. La vida oculta manifiesta a un Dios que elige unas coordenadas muy concretas, que le vinculan estrechamente a la suerte de los pobres. En vez de instalarse en los centros de poder político, religioso y cultural, desde donde podría haber actuado la salvación tal vez con menor esfuerzo, Dios opta por la periferia y la irrelevancia; a estas realidades baja y, al identificarse con ellas, las convierte en «camino, verdad y vida» (Jn 14,6).

Comprender la entraña de la vida oculta significa descubrir a Jesús como centro y sentido de nuestra propia cotidianidad y encontrar en este misterio una motivación profunda para comprometernos en la transformación de las estructuras que generan

marginación y pobreza. Jesús de Nazaret es el lugar donde ocurre todo cambio auténtico y todo progreso del reino de Dios entre nosotros. Su cotidianidad abre paso a una forma de construir la justicia que Jesús mismo expresará con las imágenes del grano de mostaza y la levadura (cf. Mt 13,31-33). Se trata de preferir, frente a las seducciones inmediatistas del mundo, los ritmos lentos y sostenidos, el valor de lo que en apariencia no rinde resultados, el respeto hacia las demás criaturas, la esperanza contra toda esperanza y una fe con ojos bien abiertos para detectar pequeños signos de vida latentes bajo las formas de muerte que todavía nos atenazan personal y colectivamente.

La cotidianidad de Jesús revela también que la vida humana no se realiza en proyectos individualistas y yoicos, ni en la resignación pasiva ante un destino impuesto desde fuera; por el contrario, en Nazaret observamos que el proyecto de Dios incorpora la relación, la familia, el vecindario, la comunidad. «Ante Dios y ante los hombres» va aconteciendo el crecimiento de Jesús; también nuestro incesante caminar de pueblo peregrino, siempre en busca de un mundo más acorde con el designio original de su Creador, recibe su impulso de la vida oculta de Jesús, «pues el propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. [...] Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria, santificó los vínculos humanos, principalmente los de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra» (Gaudium et spes 32).

Desde este punto de vista, una comprensión de la vida oculta que se reduzca a la imagen estática de Jesús en su taller representa una grave deformación del misterio que consideramos. Lo mismo ocurre con la indiferencia quietista que puede derivarse de una interpretación deficiente de Nazaret, como si durante treinta años Jesús hubiese estado en el mundo sin implicarse en él, ajeno a sus inquietudes y búsquedas. Según hemos tenido ocasión de mostrar, el dato revelado apunta a que la basileia, el reino de Dios que se narra durante la vida pública mediante palabras y signos, ya había sido experimentado por Jesús en Nazaret. Eso significa que los años nazarenos suponen para Jesús la toma de contacto personal con toda forma de sufrimiento, incluidas aquellas situaciones de opresión social y religiosa que son ajenas al plan de Dios y que demandan su intervención salvífica. En este sentido, la vida cotidiana en Nazaret representa para Jesús el lugar privilegiado donde se gesta el conflicto con el código de valores de su mundo, y que servirá de base al programa absolutamente alternativo del reino de Dios.

En resumen, el misterio de la vida oculta de Jesús es portador de un mensaje desafiante, cuyas implicaciones sociales y políticas serán diversas en función de la vocación personal de cada uno. Lejos de conducir a la comodidad de un recogimiento descomprometido, Nazaret incorpora al creyente a las claves más profundas de la acción de Jesús: la voluntad salvífica del Padre que alcanza a todas las regiones de la realidad creada, el descubrimiento progresivo de los valores del reino, la asimilación del conflicto

provocado por tales valores, el reto de un decrecimiento y una bajada absolutamente contraculturales, y la asunción de la paradoja como dinámica propia del crecimiento del reino entre nosotros. Hay que volver muchas veces a Nazaret para que la vida vaya siendo configurada por este misterio y para que nuestras estructuras personales y comunitarias vayan haciendo realidad la exhortación siempre actual del Apóstol: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).