Es esta la única ciudad entre las incluidas en el catálogo, aunque se podría incluir también Villajoyosa, para la que desconocemos el nombre original romano, asunto sobre el que volveremos más adelante. Por ello la identificamos con el nombre actual del yacimiento, conocido por el paraje en el que se ubica, “Val de Bañales”.
Topografía de la ciudad:
Se sitúa en las coordenadas 42º 18’N – 1º 13’W y a 525 m. sobre el nivel del mar. La zona es de relieve suave, con algunas elevaciones, como el cerro de El Pueyo, de 561 m. sobre el nivel del mar, en torno al cual se levantó la ciudad romana, sobre el valle. Este cerro, asiento de un poblado considerado por unos autores prerromano y por otros plenamente romano, como se reseñará más abajo, presenta unas condiciones estratégicas muy favorables: una pared casi vertical en su lado noroeste, gran inclinación de los flancos este y sur, y un cortado casi inexpugnable cerca de la cima en su lado occidental (Galiay 1949, 20) (Fig. 3).
Fig. 3: fotografía aérea del cerro de El Pueyo, orientado hacia el norte. Se ha señalado con un cuadrado las termas y dentro de un círculo el macellum (SigPac).
La ciudad se hallaría próxima a una calzada romana importante, aquella que uniera Asturica Augusta y Tarraco, con la que enlazaba descendiendo por la vía que unía Pompaelo con Caesaraugusta, y atravesaba las poblaciones de la actual comarca de “Las Cinco Villas” (Sofuentes, Castiliscar, Sádaba, etc.), de la que quedan restos entre “Los Bañales” y el mausoleo conocido como “La Sinagoga” de Sádaba, y miliarios en Castiliscar y Sádaba, que documenta y describe Galiay (1944, 22; 1949, 14-16). Por otra parte, ascendiendo por esta vía en sentido contrario, hasta Pamplona, se podía continuar viaje por el Summus Pyreneus hasta Burdigala, siguiendo la vía que venía desde Asturica Augusta. Es probable que desde la ciudad partiera hacia el norte una vía que enlazara con la que iba de Osca a Pompaelo (Pérex 1986, 228, láms. XLIX y L).
Historia de la ciudad:
El origen del asentamiento, según las hipótesis más recientes7, acontece
posiblemente en época prerromana, hacia el s. IV a.C., sobre el cerro de El Pueyo, en cuya ladera, en una terraza a media altura, se excavó un poblado. Sin embargo, Beltrán (1977a, 63) lo considera ya de época romana, al menos del s. II d.C., cronología que corrobora M. Beltrán Lloris (1986, 28), quien considera que la técnica constructiva de las casas, cuya planta no corresponde al modelo romano, es del s. II d.C., siendo los materiales del s. I e inicios del s. II, aunque su origen podría situarse en el s. I a.C. En cualquier caso, su época de máximo desarrollo y vitalidad, a tenor de los materiales cerámicos estudiados, acaece en el s. I y II, aunque pudo perdurar hasta el s. IV d.C., abandonándose entonces.
En el lado este del cerro, junto a las termas y al supuesto “templo”, arranca una rampa de acceso de grandes losas pétreas, que se eleva hasta la terraza media, donde se ubica el poblado. Galiay (1949, 22) sitúa al final de la rampa un acceso al mismo, que describe de la siguiente manera: “unas piedras que bordean el terreno y dejan libre un espacio señalan una posible entrada al poblado por el ángulo noroeste del monte, punto singularmente estratégico y de fácil defensa por su particular topografía”. Los muros de las casas, de los que se conservan los zócalos, con una altura de 80-90 cm., son de sillarejo trabado con barro, en los que se insertan en vertical bloques toscamente escuadrados a distancias regulares (ca. 1 m.), para dar mayor consistencia a la construcción, siendo la anchura de los muros de 0,5 m. Estos bloques toscamente cuadrados
7 Hernández Vera (1996-1997, 78) desecha las afirmaciones de Galiay (1949, 30) acerca del inicio de la
ocupación del lugar en la Edad del Bronce, ante la falta de pruebas. Hernández Vera, sigue los últimos estudios, como el realizado por Aguarod sobre la cerámica, que apuntan a la primera ocupación de “El
sirven también de jambas y umbral, quedando señalada así la presencia de puertas, próximas a las esquinas. El alzado de las viviendas sería, presumiblemente, de adobe o tapial (Galiay 1949, 22-27). Es posible que hubiera existido alguna población celtibérica anterior, de la que no quedan restos arquitectónicos, y sí escasos vestigios cerámicos, monetales y una placa de cerámica.
En torno al cerro se desarrolló la ciudad romana. También en lo más alto del mismo, donde existe un edificio en opus quadratum parcialmente excavado en la roca, quizás de uso militar o religioso (Beltrán Lloris 1976, 162), así como plantas de habitaciones excavadas en la roca. Desde época Augustea, la vía
Caesaraugusta-Pompaelo sirvió de vehículo a la romanización y en torno a ella se
concentra el hábitat (Beltrán Lloris 1986, 27).
Casado (1975, 142) es de la opinión de que la ciudad fue “creada como foco importante para la comercialización del cereal y, por tanto, de gran actividad económica al servicio de un grupo de gentes que habitaban los alrededores de estos edificios públicos en las numerosas «villae»”. Francisco Beltrán Lloris redunda en esta idea al afirmar que la ciudad “responde a los intereses de una oligarquía urbana triguera”, en cuyas manos estarían las villas en el entorno más inmediato de la ciudad, que ya existirían en época altoimperial, actuando así la ciudad “como núcleo centralizador y difusor de la producción económica de su «hinterland»” (Beltrán Lloris 1976, 153, 156-157). Lostal (1980, 83) vuelve sobre esta idea, pues se trata de “una ciudad de tipo residencial, ocupada por gente de un estrato social o económico elevado: posiblemente terratenientes de toda la zona triguera del sur”, con un hábitat disperso. Por consiguiente, la economía de la ciudad sería principalmente el cultivo del trigo y del olivo, quizás también de hortalizas junto al río Riguel, completándose con su comercio, la artesanía y los servicios en el núcleo urbano (Beltrán Lloris 1976, 156-157, 163). De hecho, el terrero no era muy apto para un asentamiento y carecía de agua, y el poblado prerromano era pobre y desprovisto de murallas, aunque presenta buenas comunicaciones viarias, lo que lleva a pensar a Beltrán Martínez (1977b, 94) “en una ciudad creada para la comercialización de los cereales, mediatizada por un pequeño grupo de hombres de negocios o funcionarios con potencia económica suficiente para establecer una red de captación de las exiguas cantidades de agua de la zona, construyento un acueducto de más de 300 metros de longitud”. Si estas ruinas pudieran finalmente identificarse con Tarraga, entonces el foedus que firmó con Roma debió de reportar a ésta última alimentos (Pérex 1986, 232). En opinión de Pérex (1998, 486) no sería una ciudad propiamente dicha, sino un conjunto de edificios públicos que cumplirían funciones comerciales y de ocio para los
agricultores y la oligarquía terrateniente que poblaría una amplia zona en derredor.
Actualmente se desconoce la ciudad romana a la que estas ruinas pudieran corresponder. En caso de poder identificarse con Tarraga o la Terracha del
Anónimo de Rávena, su estatus sería el de ciudad foederata, único caso de la
Tarraconense. Habría surgido como un conciliabulum, es decir, un forum o centro de comercio de los asentamientos de los alrededores, pero con administración casi municipal, que se evidencia por la existencia de un foro, un templo, unas termas y el macellum (Pérex 1986, 242). Labaña, a principios del s. XVII, las identifica con “Clarina”, según información aportada por los habitantes de Egea y Sádaba (Galiay 1944, 7). Posteriormente, Zurita, Ceán Bermúdez y Osorio la denominan “Atiliana” y “Muscaria” aunque sin fundamento alguno tampoco (Zapater y Yánez 1995, 13). Aguarod y Lostal conjeturan acerca de su identificación con Teracha, pues es una mansio del Anónimo de Rávena situada entre
Seglam (Ejea de los Caballeros) y Carta (Santacara), según menciona Hernández
Vera (1996-1997, 81). Por su parte, Pérex (1986, 228-232 y 242, lám XLV; id. 1998, 486) también apoya la hipótesis de la Tarraga de Plinio y Ptolomeo o la
Terracha que figura en el Anónimo de Rávena, siendo la misma población, que sitúa
en Los Bañales. M. Beltrán Lloris recoge la anotación del Anónimo de Rávena, así como las dudas existentes (Beltrán Lloris 1986, 27 y 108). Sus razones es el orden en que aparece mencionada en el Anónimo de Rávena y los numerosos restos romanos hallados en el lugar y en su entorno. Por su parte Mª Ángeles Magallón (1986, 108; 1995, 40-41) expone la identificación de Teracha con Los Bañales, aunque propone su ubicación al norte de Ejea, incluso pudiéndose identificar con Lárraga, en Navarra, por homofonía, ciudad que, sin embargo, queda lejana de la calzada en la que el Anónimo de Rávena incluye Teracha.
La ciudad quedó enclavada en el convento caesaraugustano. Durante época altoimperial se levantarían los edificios públicos actualmente visibles en la
civitas o centro urbano propiamente dicho. Entre éstos destaca el foro, dotado de
una plaza y un templo (al que corresponderían las dos columnas de orden toscano aún en pie), el macellum adyacente, así como las termas y un arco de triunfo.
El arco que Labaña (1895, 18-19) vio a 50 pasos a la derecha del foro, había desaparecido ya en el s. XX, siendo buscados infructuosamente sus cimientos por Galiay (1944, 19), quien finalmente lo ubica por intuición más bien junto la rampa de acceso a “El Pueyo”. Francisco Beltrán Lloris (1976, 160) es el primero que propone su ubicación en el lugar ocupado hoy por la ermita, erigida en 1740, pues el dibujo del mismo efectuado por Labaña muestra
semejanzas con las puertas laterales del edificio religioso, en las que se habrían reutilizado los elementos constructivos del arco.
El mal llamado “Templo”, situado a los pies del cerro de El Pueyo, junto a la vía de acceso a su parte alta y al poblado prerromano, parece tratarse, más bien, de una basílica, según su planta. Un poco más hacia el sureste se ubica un edificio termal de mediados del s. I, erigido en opus quadratum, que conserva el
apodyterium en toda su altura, habiendo perdido la bóveda de cubierta. Queda
precedido por un primer vestíbulo, una sala de espera a la que se accede mediante varios escalones, dotado por bancos adosados a la pared, y un segundo vestíbulo. Otras salas con las que cuenta el edificio es un frigidarium con piscina, un tepidarium, un caldarium, un laconicum, las latrinae, espacios para los ejercicios físicos y los correspondientes praefurnia, según el plano de Beltrán Martínez (1977b).
F. Beltrán Lloris (1976, 154) considera que la ciudad no presenta planta hipodámica, ni calles que se crucen en ángulo recto. Bien es cierto que el yacimiento no ha sido excavado en extensión, sino que los trabajos se han centrado a lo largo de los años en algunos edificios públicos sobre todo (foro, supuesto templo, termas, macellum), aunque los pocos hallazgos de calles que se han sacado a la luz parecen contradecir este punto. En primer lugar, ante las dos columnas de orden toscano del foro y la cabecera del macellum parece correr una calle rectilínea, que separa una y otra estructura8. Esta calle viene a encontrarse
con otra perpendicular, alineada con el eje mayor del macellum, que muere en su cabecera. A su vez, el macellum queda delimitado en su lado derecho por otra calle paralela a la anterior. Y con relación al urbanismo privado, las casas excavadas en la terraza media de El Pueyo se distribuyen en manzanas, separadas por calles rectilíneas que se cortan perpendicularmente, como se constató mediante excavación.
El acueducto que abastecía de agua a la ciudad desde el río Arba de Luesia sería construido en el s. II y de él son aún visibles 35 pilares de gran altura en las proximidades del yacimiento, coronado posiblemente por un specus de madera. Con anterioridad al tramo aéreo el canal se hallaba excavado en la roca, completándose con balsetas y ramales que hacían llegar el agua hacia las villas del entorno urbano (Beltrán Lloris 1976, 160).
8 Antonio Beltrán Martínez (1977b, 92 y 94) interpreta estas dos columnas como parte de una “plaza
porticada o «macellum»” y de “un mercado con pórticos”, cuando en realidad, como ya hemos visto, correspondería a la plaza del foro. El macellum, no descrito o identificado en este artículo, se hallaba muy próximo y fue ya citado en otro estudio, aunque también en relación a las dos columnas (Beltrán 1977a, 63).
Se ha localizado una necrópolis próxima a la ciudad, cerca del camino de Biota, de donde se había levantado una estela funeraria. Próxima a ella, Galiay menciona la existencia de una casa de muros de opus quadratum. Igualmente, aparecieron otras cuantas lápidas funerarias en diversos puntos de la ciudad y otra posible necrópolis junto al camino que se dirigía al oeste, hacia el monumento funerario de los Atilios (Galiay 1944, 21; 1949, 12).
Se conoce la existencia de varias villas pertenecientes a la ciudad: una villa en la ladera suroeste del cerro de Pueyo, localizada por materiales cerámicos y restos constructivos; y varias villas suburbanas en el flanco oriental del mismo. Rodeando El Pueyo por el sur se halló un sarcófago con inscripción, sillares, un mosaico en blanco y negro, 2 basas de columnas, un escalón, un basamento,
tegulae, imbrices, revestimientos marmóreos en blanco y negro y cerámica. En
otra elevación situada en esta zona al este de las termas se localizaron muros, sillares con entalles, una basa de columna, un capitel de pequeña pilastra y cerámica romana. Frente al anterior y en otra elevación fueron vistos también sillares, una basa de columna y restos cerámicos. Al otro lado del camino otra elevación conserva aljibes excavados en la roca, quizás relacionado con la traida de aguas hasta las termas. Otra construcción se halla en torno al camino de Biota, por lo que posiblemente sea la casa que Galiay mencionaba: en su parte norte y frente al Puy Foradado los restos son escasos, pero al sur abunda la cerámica. La vida de estas villas se extiende, según Casado, entre el cambio de era y fines del s. III. Otras villas se hallan algo más alejadas: Corral de Valero (con Campaniense B y cerámica romana, con cronología entre la República y fines del Imperio),
Bodegón (ubicada a 1,5 km. al norte de Los Bañales, visible por restos de cerámica
romana, sillares y un hachita pulimentada), El Huso y la Rueca (ésta a unos 600 m. al sur de las termas, con aljibes o entalles en la roca para captar y almacenar agua), Corral de la Pesquera, y Corral del Puyarraso (dotada de termas y con aljibes tallados en la roca en sus proximidades) (Casado 1975, 142-148; Beltrán Lloris 1976, 156-160; T.I.R. K-30, 60). A 300 m. del “Mausoleo de los Atilios” son visibles muros de sillarejo, un enlosado en arenisca, fustes de columnas, correspondientes a una villa asociada al monumento funerario, y una presa (Beltrán Lloris 1976, 158). Galiay (1949, 11-12) comenta el pésimo estado de conservación de todas estas villas, dado el trabajo agrícola intensivo desarrollado en los terrenos donde se asentaban, aunque aún se apreciaban grandes piedras para moler el trigo y piedras cónicas para aplastar la aceituna. Estas villas parecen tener su época de máximo esplendor contemporáneamente a la decadencia de la ciudad (Hernández Vera 1996-1997, 82).
Galiay (1944, 20) avanza la hipótesis de un abandono voluntario de la ciudad, dada la escasez de objetos con la que se encontró en sus excavaciones.
Descarta, así, su destrucción violenta. La ausencia de niveles de incendio o destrucción en el área del foro excavada en los años 70 parecen confirmarlo (Hernández Vera 1996-1997, 82).
Fuentes antiguas:
La ciudad fue citada por Plinio (nat. 3.24) dentro del convento caesaraugustano; por Ptolomeo (geog. 2.6.67), como la ciudad vascona de IVÕÖ"("; y por el “Anónimo de Rávena” (311.11), que la denomina como la mansión de Terracha en la vía entre Caesaraugusta y Pompaelo (Pérex 1986, 228). Fuentes modernas:
En época moderna, el primero que describe la ciudad es Juan Bautista Labaña, cosmógrafo portugués al que la Diputación del Reino encarga a principios del s. XVII el Mapa del Reino de Aragón (Labaña 1895, 18-19). Describe el arco hoy desaparecido, pero entonces algo arruinado ya; las columnas del foro a 50 pasos a la izquierda del arco; las termas, a las que denomina “casa”; y el acueducto, e identifica el yacimiento con la ciudad de Clarina, tesis actualmente desechada. Esta hipótesis fue mantenida por Ceán Bermúdez en 1832 (p. 153) y Mélida en 1925 (p. 30). Con Atiliana y Muscaria la identificaron Zurita, Ceán Bermúdez y Osorio, igualmente sin prueba alguna (Galiay 1944, 5- 7; Galiay 1949, 14; Zapater y Yánez 1995, 13).
Intervenciones modernas:
El yacimiento fue declarado como perteneciente al Tesoro Artístico Nacional por Decreto de 3 de junio de 1931 del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, según consta en la Gaceta de Madrid nº 155, de 4 de junio de 1931. El yacimiento fue también declarado Bien de Interés Cultural con la categoría de “Monumento” (Zapater y Yánez 1995, 35-36).
El lugar no comienza a excavarse hasta el siglo XX, en que D. José Galiay Sarañana, entonces director del Museo de Zaragoza, realiza excavaciones y “labores de reconocimiento” en 1942 (brevemente) y 1943, publicadas en 1944 (Galiay 1944) en la serie Informes y Memorias, nº 4, bajo responsabilidad de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas; y posteriormente una segunda campaña en 1946-1947 (Galiay 1949) en el nº 19 de la misma serie. En
1943 comenzaron a estudiar el acueducto, del que se describe su estructura y recorrido, así como la presa romana llamada “El Puente del Diablo”. Igualmente, en los Informes y Memorias de 1944 se realiza una prolija descripción de las termas, en las que se llevaron a cabo excavaciones. En cuanto al foro, donde también se excavó, se describen las 2 columnas que siguen aún en pie, y los cimientos próximos, que se datan en época tardía, junto con otro edificio más pequeño alineado y ubicado más al sudoeste y una escalera de 12 peldaños en el lateral oeste del espacio foral. Se descubrió una rampa enlosada que permitía el acceso al poblado ubicado en el cerro de “El Pueyo”. Finalmente, se sacó a la luz parte de un edificio al pie de la mencionada rampa, interpretado entonces como un templo, aunque probablemente se trate de una basílica, punto que habrían de confirmar futuras excavaciones y estudios. La descripción de las estructuras exhumadas, así como un croquis de las mismas, fueron publicados por Galiay al año siguiente de su descubrimiento. A tenor de los datos aportados por Labaña sobre el arco, cuyos cimientos Galiay buscó en el yacimiento, lo ubica finalmente al inicio de la rampa y próximo, por tanto, al supuesto “templo” que acabamos de mencionar (Galiay 1944, 9-19 y figs. 4 y 15).
En 1946, el grueso de los trabajos centraron su atención en las termas (Galiay 1949, 7-11). Continuaron en el poblado de “El Pueyo”, descubriendo al final de la rampa localizada en la campaña anterior un posible acceso de fácil defensa. Al final de la campaña se sacaron a la luz dos calles que se cortaban perpendicularmente, así como varias casas. Finalmente, a mayor altura respecto al poblado descubrió los cimientos de una construcción romana. Galiay, en función de sus hallazgos, data el hábitat sobre el cerro en la Edad del Bronce, con continuidad hasta la Edad del Hierro y la época romana (Galiay 1949, 22-28, fig. 25, 30). Al año siguiente Galiay exploró el lado noroeste del cerro, en el que describió un muro y una columna, que interpretó como una cámara funeraria (Galiay 1949, 28-29).
Desde 1972 los trabajos estuvieron al cargo de D. Antonio Beltrán Martínez, a la sazón director del Museo de Zaragoza. Duraron hasta 1975 y desde entonces no ha habido ninguna intervención más hasta el año 1998 (Zapater y Yánez 1995, 14), exceptuando las intervenciones de F. Beltrán y F. Burillo en 1976 en El Pueyo. Durante el año 1973, Beltrán procedió al reestudio del poblado de El Pueyo de Los Bañales, concluyendo, tras analizar los materiales excavados por Galiay y limpiar la rampa y la puerta de acceso al poblado, que no era indígena, sino romano de, al menos, el s. II (Beltrán 1977a, 63). También describió y restauró las termas y se centró en el estudio y descripción del acueducto. Procedió a buscar, como Galiay, el arco romano, del que no halló rastro, y explora el área de las columnas, identificando, por vez primera, el