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Los discursos de la economía

colaborativa

Al principio del capítulo anterior decíamos que las plataformas de intercambio son tan antiguas como Internet, y que las primeras en popularizarse fueron mercados de segunda mano que funcionaban como tablones de anuncios online. Junto a ellos, surgieron otras iniciativas basadas en intercambiar y compartir recursos materiales que operaban desde lógicas no comerciales y que frecuentemente trasladaban a la Red prácticas sociales y culturales originadas fuera de ella. Un buen ejemplo de ello es HomeLink, una red de intercambio de casas nacida en 1953 en el contexto universitario del norte de Estados Unidos (HomeLink, s/f). También lo es la organización belga sin ánimo de lucro TaxiStop, fundada en 1975 para promocionar el autostop y que en la actualidad gestiona una red de 150.000 usuarios a los que ofrece varios servicios de intercambio entre particulares (Gordo y Rivera, 2015). Otro notable ejemplo del giro digital dado por iniciativas colaborativas son las redes de hospitalidad fundadas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial para promover la paz, el intercambio cultural y la solidaridad internacional.

Sin embargo, en la actualidad la mayoría de aquellas prácticas han perdido fuerza, superadas con creces por la capacidad de movilización de las grandes plataformas comerciales. Por este motivo, hablar hoy en día de plataformas de intercambio tiene menos que ver con las economías alternativas—como la del don (Cheal, 1988) o el apoyo mutuo (Kropotkin, 1902/1998)—que con el poder de la tecnología para habilitar nuevas formas de consumo. En otras palabras, el énfasis analítico y conceptual está ahora en las posibilidades de la tecnología para reorganizar la economía, quedando en segundo plano la reflexión sobre las lógicas detrás del modelo económico al que contribuyen. Por ello la sociología de las instituciones digitales tiene que volver a poner en el centro el análisis de la naturaleza económica y social de las diferentes prácticas, sin olvidar por ello la relevancia de la innovación tecnológica. A este respecto, tenemos que configurar un marco analítico

que aborde tanto el estudio de las affordances tecnológicas, como de las motivaciones económicas y lógicas culturales que impulsan estos proyectos de consumo.

En este sentido, es interesante rescatar la explicación que la socióloga Juliet Schor (2014) ofrece del éxito de las primeras webs de segunda mano a mediados de los 90. Según describe, su popularidad está relacionada con el exceso de productos de consumo baratos que inundaron el mercado norteamericano a partir de la década de los 80, lo que a su vez fue consecuencia de la deslocalización de la industria hacia Asia, que empezó a mediados de los años 70. De este modo, Schor ubica el fenómeno en un contexto histórico, explicando estas innovaciones tecnológicas y sociales como parte del proceso más amplio de la economía global. Este tipo de interpretaciones recuerdan que el desarrollo tecnológico no es independiente de otros factores, ni tampoco es una fuerza que impulsa la sociedad hacia el progreso (Winner, 1987), sino que responde a procesos sociales más amplios, atravesados por intereses económicos (Noble, 2001) y motivaciones culturales (Mumford, 1967/2010).

Siguiendo el ejemplo de Schor, la explicación sociológica de la nueva oleada de la economía digital requeriría ponerla en relación con el devenir actual del capitalismo global. A este respecto, resulta lógico establecer una conexión con el modo en que la crisis financiera de 2008 ha obligado a la población a buscar nuevas vías de ingreso y formas de consumo más económicas, reformulando así las prácticas comerciales. En esta línea, son varios/as los/as autores/as que han establecido con claridad la relación entre la búsqueda de rentabilidad del capital financiero y las grandes iniciativas tecnológicas (Zuboff, 2019; Rushkof, 2016; Morozov, 2018; Rivera, 2019).

Sin embargo, en la explicación del éxito de las plataformas de consumo colaborativo, las explicaciones que lograron destacar en el discurso público carecían de una perspectiva histórica o sociológica adecuada. En consecuencia, los debates posteriores en torno al fenómeno, incluso en ámbitos académicos o legales, han estado lastrados por la influencia de estas interpretaciones tempranas. Así, aún aquellos aquellos que disentían de la interpretación hegemónica se han visto obligados a lidiar con ella, aceptando al hacerlo ciertos aspectos de su marco teórico de referencia.

En el capítulo 2 introdujimos una breve explicación de la teoría del consumo colaborativo, desarrollada por Rachel Botsman y Roo Rogers en 2010 con la publicación de What's Mine Is

Yours: The Rise of Collaborative Consumption. Su idea central es que existe un nuevo modelo de

materiales, y dotado de un gran potencial para transformar la sociedad y resolver problemas como la crisis económica y ambiental. Como ya hemos dicho, esta teoría ha enmarcado la forma de entender el fenómeno, contando para ello con el apoyo de organizaciones como Ouishare o NESTA que han contribuido a la amplificación de sus interpretaciones (ver introducción capítulo 2).

Por otro lado, la centralidad de la teoría del consumo colaborativo en la proliferación de determinadas interpretaciones del fenómeno queda constatada en el trabajo de Chris Martin (2016), dedicado a los marcos discursivos de la economía colaborativa. Martin comienza su investigación con un análisis cuantitativo de la aparición de esta temática en los medios de comunicación. Para ello contabiliza la presencia en prensa los términos más utilizados en inglés para referirse al fenómeno: Sharing Economy, Collaborative Economy y Collaborative Consumption. En la figura 3.1. mostramos el resultado.

Figura 3.1. Número de apariciones de términos de la economía colaborativo. Fuente: Martin,

2016. p. 153

Fig. 2. Number of newspaper articles referring to the ‘Sharing Economy’, ‘Collaborative Consumption’ and the ‘Collaborative Economy’ by year. Results were obtained from searches of the LexisNexis database of newspaper articles.

Este gráfico establece en 2010 el inicio de los discursos relacionados con estas prácticas, coincidiendo con la publicación del libro de Botsman y Rogers, y con término elegido por ellos para describirlo: Collaborative Consumption. Antes de esa fecha las referencias al fenómeno era prácticamente inexistentes. En los años siguientes, a medida que el concepto se afianza, aparecen otros enfoques, terminando por imponerse terminológicamente el uso de Sharing Economy. Al respecto, Martin nos recuerda que este término era usado con anterioridad para “describir el creciente fenómeno de ciudadanos que libremente compartían sus habilidades y conocimientos en entornos colaborativos en línea, como Wikipedia o el desarrollo de software de código abierto (Ito, 2004)” (Martin, 2016, p. 151). Sin embargo, a partir de 2011 el término Sharing Economy se

redefine para venir a significar lo mismo que consumo colaborativo. De este modo, aunque Botsman y Rogers no consiguieran afianzar su propuesta terminológica, lo cierto es que su contribución marcó el inicio de los discursos empresariales sobre la economía colaborativa.

Por este motivo vamos a dedicar el presente capítulo al análisis crítico de la obra seminal de Botsman y Rogers, con el objetivo de deconstruir las teorías hegemónicas sobre estas plataformas de consumo, condición necesaria para desarrollar nuevas interpretaciones. Posteriormente, recuperaremos otras formas de encuadrar el fenómeno y valorar su impacto sobre la sociedad.

Estudio crítico de la teoría del consumo colaborativo

En What’s mine is yours, Botsman y Rogers (2010) definen el consumo colaborativo a través de la presentación de múltiples ejemplos. El libro comienza con varias páginas dedicadas a la descripción detallada de los orígenes de Airbnb, presentada como prototipo del modelo, pasando después a otras iniciativas relacionadas con “compartir”, “cooperar” o “colaborar” en la red. De este modo enuncian la existencia de un movimiento común que aúna todas estas iniciativas dispersas y que denominan como “consumo colaborativo”. A continuación reproducimos el fragmento donde aparece la primera definición del fenómeno:

The more we examined these trends, the more convinced we were that all of these behaviors, personal stories, social theories, and business examples pointed to an emerging socioeconomic groundswell; the old stigmatized C’s associated with coming together and “sharing”— cooperatives, collectives, and communes—are being refreshed and reinvented into appealing and valuable forms of collaboration and community. We call this groundswell Collaborative Consumption. (Botsman y Rogers, 2010, p. 12)

[Cuanto más examinamos estas tendencias, más nos convencemos de que todos estos comportamientos, historias personales, teorías sociales y ejemplos de negocio apuntan a una oleada socioeconómica emergente; los modelos viejos y estigmatizados asociados a juntarse y compartir—cooperativas, colectivos, y comunas—están siendo refrescados y reinventados como formas atractivas y valiosas de colaboración y creación de comunidad. Nosotros llamamos a esta oleada Consumo Colaborativo (traducción propia)]

En esta definición confluyen tres elementos que podemos identificar como las ideas clave de la teoría. El primero de ellos es el concepto de “oleada socioeconómica”, usado tanto en esta definición como en la que se da un poco más adelante, así como en el título de la parte del libro que agrupan los capítulos dedicados a profundizar en la descripción del fenómeno. Esta repetición hace

pensar que la elección del concepto es más que un recurso retórico. Por un lado, la imagen de la oleada parece que refuerza la validez del procedimiento inductivo que utilizan para describir el fenómeno a partir de múltiples tendencias dispersas, relacionadas de algún modo con el habito de “compartir en red”. Por otro lado, esta imagen apela a una fuerza de la naturaleza, rompedora e inapelable, capaz de incorporar cualquier elemento a su paso, y con la que no tiene sentido discutir. El segundo elemento clave es la promesa de recuperar la experiencia comunitaria, sobre la que descansa gran parte del atractivo del fenómeno. A este respecto, es significativo que los/as autores/as definan este valor positivo en contraposición a las formas comunitarias tradicionales (“cooperativas, colectivos y comunas”), a las que califican de “viejas y estigmatizadas”. Como veremos más adelante, la estigmatización de estos modelos tiene que ver con la amenaza que suponen para la libertad individual que se expresa a través de las elecciones de consumo.

Por último, el tercer elemento, cuya mención está implícita en el fragmento reproducido, es la potencia de las tecnologías digitales para “renovar y refrescar” las formas cooperativas del pasado, y en términos generales, para impulsar el progreso de la humanidad hacia mejores sistemas sociales y económicos.

Cada una de estas ideas clave merece una exploración pormenorizada, a lo que vamos a dedicar los siguientes epígrafes, aunque cambiaremos el orden de exposición del segundo y tercer elemento para favorecer un relato más coherente.

Oleada de crecimiento económico

Collaborative Consumption is not a niche trend, and it’s not a reactionary blip to the 2008 global financial crisis. It’s a growing movement with millions of people participating from all corners of the world. Many of these participants may not even realize that they are part of this groundswell. To illustrate the explosive rise of Collaborative Consumption, let’s first look at the growth stats behind a few mainstream examples: … (Botsman y Rogers, 2010, p. 13).

[El consumo colaborativo no es una tendencia de nicho, ni tampoco una reacción temporal a la crisis financiera global de 2008. Es un movimiento creciente que cuenta con millones de personas que participan desde todos los rincones del mundo. Muchos de estos participantes ni siquiera se dan cuenta de que son parte de esta oleada. Para ilustrar la emergencia explosivo del consumo colaborativo, vamos a echar un vistazo a las estadísticas de crecimiento detrás de los ejemplos más conocidos: (traducción propia)…] .

Volvemos encontrar la metáfora de la oleada, asociada esta vez de forma más directa al ideal del crecimiento económico. Tras los dos puntos con los que termina esta cita, el texto presenta una

trepidante sucesión de cifras de negocio relativas al éxito comercial de la tendencia que describen. Así, para “ilustrar la emergencia explosiva del consumo colaborativo” recurren a la descripción de su crecimiento económico, como si eso fuera suficiente para justificar el entusiasmo acrítico por el fenómeno.

La imagen de la “oleada” permite además soslayar la necesidad de ubicar el fenómeno en el contexto de la crisis del capitalismo, describiéndolo como “un movimiento creciente de personas que participan desde todos los rincones del mundo”. Así, aunque reconocen que “la necesidad económica ha hecho que las personas estén más abiertas a buscar nuevos caminos para de satisfacer sus necesidades” (p.15), rechazan la idea de que sea una reacción a la crisis, especialmente si eso quiere decir que es algo pasajero (a reactionary blip). En este sentido, su tono indica que el consumo colaborativo es más una solución innovadora a la crisis que una consecuencia a la misma6.

Igualmente, cuando describen las condiciones de posibilidad del fenómeno, la importancia de la necesidad económica se minimiza en relación a otros factores, como apreciamos en la siguiente cita:

The convergence of social networks, a renewed belief in the importance of community, pressing environmental concerns, and cost consciousness are moving us away from the old top-heavy, centralized, and controlled forms of consumerism toward one of sharing, aggregation, openness, and cooperation. (Botsman y Rogers, 2010, p. 16)

[La convergencia de redes sociales, la renovada creencia en la importancia de la comunidad, la preocupación por las presiones ambientales y la mentalidad ahorrativa están alejándonos de las viejas formas de consumismo, pesadas, centralizadas y controladoras, para acercarnos a otras basadas en compartir y agregar, abiertas y cooperativas (traducción propia).]

Los dos primeros factores—(1) las redes sociales digitales y (2) la revitalización del concepto de comunidad—hacen referencia a las dos ideas clave que vamos a analizar más adelante; mientras que los dos últimos—(3) las presiones ambientales y (4) la mentalidad ahorrativa—se introducen como problemas a los que la oleada viene a dar solución. En primer lugar, la promesa de un modelo de consumo más ecológico es uno de los principales señuelos del consumo colaborativo, bajo el argumento de que las soluciones basadas en “compartir” son más eficientes. En segundo lugar, llama la atención la expresión usada para referirse a los condicionantes económicos. Al hablar de 6 Es una perspectiva que recuerda al relato schumpeteriano de la innovación como fuerza para superar las crisis del capitalismo. En Nacimiento de la biopolítica, Foucault (2007) realiza una excelente descripción de esta dialéctica entre el discurso de la innovación y el análisis marxista de la tasa decreciente de rendimientos del capital. En él nos explica que los neoliberales asumen la superación de las crisis “por el lado de lo nuevo y la innovación” (p. 272).

“mentalidad ahorrativa” (cost consciousness) psicologiza los problemas económicos, describiendo comportamientos motivados por la precariedad y el desempleo como el desarrollo de nuevos criterios de consumo inteligente. Por otro lado, es significativo que las cuestiones materiales aparezcan en último lugar, tanto en lo relativo a la economía como a la ecología, priorizando los condicionantes tecnológicos y culturales.

De cualquier modo, la primera idea fuerza que identificamos en la teoría del consumo colaborativa es que se trata de un fenómeno emergente y sorpresivo—representado en la la imagen de la “oleada socioeconómica”—que viene a solucionar los problemas materiales de la humanidad, desde la degradación ecológica hasta la precariedad económica. La clave para lograrlo está, principalmente, en el poder de la tecnología para abrir nuevos caminos y aprovechar el potencial de las prácticas basadas en compartir para generar un modelo de consumo más eficiente.

El desarrollo tecnológico como condición de posibilidad

El paradigma del desarrollo tecnológico tiene una importancia central en Botsman y Rogers. Para ellos, el consumo colaborativo es el resultado de un proceso evolutivo de la cultura digital, que primero nos enseñó el valor de compartir información, para ayudarnos después a extender la actitud de compartir a los “aspectos físicos de nuestra vida cotidiana” (Botsman y Rogers, 2010, p. 16). Así lo explican en el siguiente fragmento:

The phenomenon of sharing via increasingly ubiquitous cyber peer-to-peer communities such as Linux, Wikipedia, Flickr, Digg, and YouTube is by now a familiar story. Collaborative Consumption is rooted in the technologies and behaviors of online social networks. These digital interactions have helped us experience the concept that cooperation does not need to come at the expense of our individualism, opening us up to innate behaviors that make it fun and second nature to share. Indeed, we believe people will look back and recognize that Collaborative Consumption started online—by posting comments and sharing files, code, photos, videos, and knowledge. And now we have reached a powerful inflection point, where we are starting to apply the same collaborative principles and sharing behaviors to other physical areas of our everyday lives (Botsman y Rogers, 2010, p.16).

[El fenómeno de compartir por medio de las crecientes y ubicuas cibercomunidades de pares, tales como Linux, Wikipedia, Flickr, Digg y Youtube, es ya una historia conocida. El consumo colaborativo hunde sus raíces en las tecnologías y comportamientos de las redes sociales online. Estas interacciones digitales nos han ayudado a experimentar el concepto de que cooperar no implica necesariamente renunciar a nuestro individualismo, abriéndonos así a los comportamientos innatos que hacen divertido y natural compartir. De hecho, creemos que la gente mirará hacia atrás y reconocerá que el consumo colaborativo empezó online—publicando comentarios y compartiendo ficheros, código, fotos, vídeos y conocimiento—. Y ahora hemos

llegado a un potente punto de inflexión en el que estamos empezando a aplicar estos mismos principios colaborativos y comportamientos basados en compartir a otros aspectos físicos de nuestras vidas cotidianas (traducción propia)] .

Desde una perspectiva sociológica, diríamos que el proceso de socialización digital comienza con las instituciones de la atención, que ayudan a cristalizar en una serie de actitudes y comportamientos, que se extienden después a las relaciones de consumo. Sin embargo, en ausencia de una mirada institucional, Botsman y Rogers producen un discurso simplista en el que la complejidad de los procesos de socialización queda reducida a la idea de que hemos aprendido que “cooperar no implica necesariamente renunciar a nuestro individualismo, abriéndonos a comportamientos innatos que hacen divertido y natural compartir” (p. 16).

En otras palabras, el problema de su planteamiento es que ve la tecnología es un campo ausente de tensiones. Asumen que el desarrollo tecnológico es la expresión del progreso natural de la sociedad, desoyendo todos los estudios que demuestran la relación entre conflicto social y cambio tecnológico (Noble, 2001; Winner, 2014). Esta visión simplificada queda patente en la lista de proyectos digitales que agrupan, “Linux, Wikipedia, Flickr, Digg, and YouTube” (Botsman y Roger, 2010, p. 17), haciendo de ellos un totum revolutum que presentan como una positividad incuestionable. Utilizan aquí el mismo recurso retórico que en sus referencias a la oleada del crecimiento: eliminan los matices para reforzar su argumento, asumiendo el valor positivo por defecto de todo lo socialmente exitoso. Además, de ese modo niegan la pertinencia del análisis crítico y la categorización de las diferencias.

Por otro lado, su argumento enfrenta un problema técnico aún más difícil de resolver, y es que pasa por alto que el práctica de compartir en la Red se sustenta sobre la propiedad específica de la información digital para ser replicada y transmitida con un coste marginal ínfimo7. Esta propiedad

es condición de posibilidad de la abundancia comunicativa que dio lugar a la cultura de libre circulación de información, que algunos autores describieron como sharing economy (Ito, 2004; Lessig, 2004; 2008). Sin embargo, resulta técnicamente imposible trasladar la dinámica de compartir gratuitamente información digital hacia el intercambio de bienes y servicios, cuya naturaleza material comporta siempre un coste marginal significativo. En otras palabras, la