The blues is my business And business is good.
TODD CERNEY, The Blues Is My Business Nuevo Laredo
2006
Ha estallado una guerra civil en Nuevo Laredo.
Keller va allí porque Adán Barrera ha anunciado su presencia, literalmente desde los tejados.
Todo el mundo sigue esperando que Barrera haga aparición en la ciudad. Un rumor, repetido al punto de convertirse en un «hecho», es que sus hombres entraron en un restaurante de Nuevo Laredo, confiscaron todos los teléfonos móviles, cerraron las puertas y, educadamente, anunciaron que nadie podía marcharse. Cuentan que luego llegó Barrera, cenó en la sala posterior, pagó la cuenta de todo el mundo y se fue. Los teléfonos fueron devueltos a sus propietarios y después los dejaron marchar.
Keller sabe que es mentira, pero le parece revelador que algo así pueda considerarse cierto. Sabe que Adán Barrera no se acercará a la zona de guerra hasta que los disparos hayan cesado.
Las batallas de Adán las libran suplentes como los Negros y los Tapia, y puede que sean una ruta para llegar hasta él.
«En su día... —piensa Keller—, en mis tiempos... —admite—, los narcos disparaban ellos mismos cuando había un enfrentamiento. Raúl, el hermano de Adán, estaba en primera línea en todas las peleas. Ahora tienen “ejércitos”. El CDG cuenta con los Zetas y Tapia con los Negros. En Juárez, Fuentes tiene algo conocido como la Línea. Los cárteles se convierten en pequeños estados y los narcos en políticos que mandan a otros hombres a la guerra».
Una guerra civil en este caso. Violencia de policías contra policías.
El CDG tiene a la policía municipal de Nuevo Laredo en el bolsillo y sus aliados, los Zetas, están luchando contra la alianza de sangre de Barrera y los federales. No es que estas dos entidades se hayan unido, sino que, cuando Gerardo Vera envió a un comandante de la AFI a restablecer el orden en Nuevo Laredo, la policía pagada por el CDG le tendió una emboscada cuando volvía de hacer unas compras al otro lado del puente, acabó con su vida e hirió a su mujer, que estaba embarazada.
Keller había tenido la cortesía de no regodearse en la resurrección de Barrera, y tanto Vera como Aguilar habían tenido la decencia de reconocer que se equivocaban, que lo que habían tachado de rumores sobre la creación de una alianza de sangre por parte de Barrera en realidad era cierto.
Al igual que la predicción de Keller, según la cual, Barrera estaba a punto de trasladarse a Laredo. «Al espacio que creamos para él —no puede evitar pensar Keller—, cuando detuvimos a Contreras».
El jefe del CDG apenas había entrado en su celda cuando Barrera movió ficha, así que habían sido años de planificación, puede que incluso antes de la huida de Puente Grande. ¿Estaba Adán esperando a que cayera Contreras o tuvo algo que ver con ello y utilizó a la AFI como sus agentes, lo supieran ellos o no?
Y ahora el CDG mata a un comandante de la AFI.
«¿En represalia por la detención de Contreras o porque ven a la AFI como los aliados de Barrera?», se pregunta Keller. Los informativos mencionaron que la policía de Nuevo Laredo estaba «buscando hasta en el último recodo» para dar con los asesinos.
—No debería costarles mucho —dijo Vera—. Lo único que tienen que hacer es mirar en su propia comisaría.
Estaba pálido de furia. El hombre al que había elegido estaba muerto y su mujer herida. Organizó él mismo una rueda de prensa en la que declaró: —Esto ha sido nada menos que un ataque al gobierno y al pueblo de M éxico. Y os juro que no quedará impune.
Aquel mismo día, agentes de la AFI y policías de Nuevo Laredo cruzaron disparos en las calles. Era una guerra civil.
Eddie se halla frente al restaurante Otay.
La calle está tranquila un miércoles a la una y cuarto de la madrugada.
A través de la ventana, Eddie ve a tres policías, los únicos clientes, sentados a la misma mesa tomando la típica cena del turno de noche. Se vuelve hacia los cuatro hombres que lo acompañan.
—¿Habéis visto El padrino? Todos lo miran desconcertados. —Ya me figuraba —dice Eddie.
Son salvadoreños, miembros de M ara Salvatrucha —M S-13—, una banda más célebre por su carácter despiadado que por sus conocimientos cinematográficos. Es probable que esos chicos ni siquiera sepan qué es el papel higiénico. Lo que sí conocen son los tatuajes y los asesinatos. Eddie se cercioró de esto último cuando los reclutó para los Negros.
—Pues básicamente vamos a actuar como Al Pacino —dice Eddie, más para sí mismo que para ellos—. ¿Entendido? Por supuesto que no.
—Yo soy el palabrero. ¿Eso sí lo entendéis? —pregunta Eddie.
Palabrero es la denominación salvadoreña del «jefe».
Todos asienten.
Están nerviosos. «Probablemente —concluye Eddie—, más por entrar en un restaurante que por matar a tres hombres». Lo cierto es que él también está nervioso. Nunca ha matado a nadie, al menos intencionadamente.
Pero los policías que hay dentro no son precisamente inocentes. Son los que tirotearon a un comandante de la AFI. Joder, dispararon a una mujer embarazada. Ahí se fue un millón y medio de dólares que él y Diego habían pagado para que el comandante los protegiera.
Ni siquiera podía protegerse a sí mismo. Pero ahora habrá revancha.
—De acuerdo, vamos —dice Eddie. Cruzan la calle.
Eddie es el primero en entrar en el restaurante.
Los policías —un comandante, un teniente y un agente de a pie— levantan la cabeza, pero vuelven a concentrarse en la seria actividad de la ingesta. «Jamás te interpongas entre un poli y papeo gratis», piensa Eddie.
El propietario dice: —Ya no servimos.
—¿Podemos usar el baño? —pregunta Eddie.
El propietario les indica que está en la parte trasera. Sería peor echar a la calle a esos gamberros que dejarles echar una meada. —Gracias —dice Eddie.
Pasa junto a la mesa de los policías, se da la vuelta, saca la pistola y dispara al comandante en la nuca. Los M S-13 hacen lo mismo con el teniente y el agente, y los cinco salen al exterior, dejando cuarenta y tres casquillos de bala en el suelo del restaurante.
Se acerca un todoterreno blanco y se montan.
—En la película —dice Eddie—, Pacino lo hace al salir del lavabo, pero he pensado: ¿qué coño? Los otros lo miran inexpresivos.
—M ierda —dice Eddie.
Tiene el polo nuevo manchado de sangre.
Ochoa y Forty están sentados debajo de un ramaje en un rancho situado a cinco kilómetros de la autopista que pasa por el sur de M atamoros.
Al otro lado se encuentran el gobernador de Tamaulipas y dos miembros de su gabinete. Junto a la mesa hay diez maletines con dos millones y medio de dólares en cada uno.
Ochoa sabe que la guerra ya no se limita a Nuevo Laredo. Ahora se extenderá a todo el estado de Tamaulipas. Aparentemente, ese capullo de Gordo Contreras está al mando del CDG, pero, a menos que los sinaloenses y los federales tengan carnitas en las manos, Gordo no va a perseguirlos con demasiado ahínco.
El gobernador y sus hombres se van con los maletines.
—Defiende Nuevo Laredo —dice Ochoa a Forty—. Ahora llevas tú las riendas. Conserva la ciudad. —Deberíamos haber matado a ese Eddie cuando lo teníamos —responde Forty.
«Deberíamos —piensa Ochoa—. Quemamos al tío equivocado». —M átalo ahora —dice.
Dos días después, la legislatura del estado de Tamaulipas pide ayuda al gobierno federal contra una «invasión» de gánsteres salvadoreños de M ara Salvatrucha. Al cabo de una semana aparecen los cuerpos de cinco miembros del M S-13 en un descampado, uno de ellos con una nota encima: «Adán Barrera y Diego Tapia: mandad más pendejos como estos para que los matemos. Los Zetas».
Eddie les toma la palabra.
Se dirige a M atamoros con cuatro supervivientes salvadoreños, un exfederal sinaloense y dos sicarios de Diego procedentes de Durango. —Vamos a jugar un rato en su campo —dice Eddie.
Llegan a un club llamado The Wild West, frente al cual está aparcado el Jeep Wrangler de Segura, justo donde les dijeron que estaría. «Qué descuidado —piensa Eddie—. El de la granada es dejado y complaciente cuando juega en casa.
»Perfecto».
Los dos mexicanos entran en el club y al salir informan de que Segura está bebiendo y bailando con tres chicas adolescentes. «Fantástico —piensa Eddie—. ¿Son las cuatro y media de la madrugada y el pervertido de Segura de fiesta con unas niñas?».
Pero lo importante es que está allí. Eddie todavía puede oler la carne quemada de Chacho y ver el terror y la angustia en sus ojos. El mantra de Eddie: Segura, Forty, Ochoa.
Tres nombres.
Ha llegado el momento de que sean dos.
Eddie indica a los salvadoreños que entren por la parte trasera. Están ansiosos; ellos también tienen una venganza que cobrarse. Esta vez no serán pistolas, sino AK y AR-15. No van a correr el riesgo de verse superados armamentísticamente.
Los salvadoreños tuercen por el callejón hacia la parte posterior. Dos minutos después, Eddie oye un tiroteo y gritos. Segura sale disparando por la puerta principal. Las niñas van detrás, tambaleándose sobre sus tacones y aterrorizadas.
Los cuatro se montan en el Jeep. Eddie revienta las ruedas.
Segura pone en marcha el motor, pero Eddie y los Negros lo acribillan como si fuera el coche de Bonnie y Clyde. El Jeep se bambolea como un yonqui con el mono.
Segura grita al ser alcanzado por las balas. —¡Pareces una niña! —exclama Eddie.
Introduce un cargador nuevo en su AR y se aproxima al vehículo. La puerta está abierta y sobresale medio cuerpo de Segura.
—¿Te acuerdas de Chacho, enfermo hijo de puta? —le pregunta Eddie—. Esto es por él.
Segura intenta quitar la anilla de la granada que lleva colgada del cuello, pero la ráfaga de Eddie le arranca la mano. Sus dedos inertes siguen agarrando la anilla.
Los salvadoreños se acercan al Jeep desde el otro lado y miran en el asiento trasero. Dos de las chicas están heridas y gimen.
La tercera, salpicada de sangre, está gritando.
Los salvadoreños abren fuego; uno de ellos se ríe a carcajadas: —¡M ira cómo bailan!
Eddie se obliga a mirar. Luego se aleja. Segura, Forty, Ochoa. Uno menos.
Nuevo mantra: Forty, Ochoa.
Dos noches después, los Zetas encuentran la casa de Eddie en Nuevo Laredo y la queman hasta los cimientos. Eddie no está allí.
Su familia tampoco. Teresa se ha quedado en el otro Laredo. Eddie sabe que no va a volver y, tal como están las cosas, es lo mejor. No es vida para una familia.
Los Zetas ofrecen una recompensa de un millón de dólares por él, así que va de piso franco en piso franco, de hotel barato en hotel barato, que básicamente convierte en barracones con quince o veinte miembros de los Negros en cada uno.
O en la mayoría.
Los Zetas atacan una de las casas en una ofensiva militar, atrapan a quince Negros, los meten en camiones y se los llevan. Eddie sabe que ellos tampoco volverán.
No vuelven.
Los conducen a un rancho aislado situado cerca de la frontera y, allí, Forty los tortura para obtener información. El tema principal es el paradero de Eddie Ruiz. Cuando les han sacado todo lo que saben, los hombres de Forty rocían los cuerpos con gasolina y los queman.
El siguiente paso de Eddie bate un récord de valor y cojones, incluso en los legendarios anales de los traficantes de narcóticos.
Publica un anuncio a toda página en El Norte, el diario más importante de Nuevo Laredo.
En una carta abierta al presidente de M éxico, Eddie le implora que «intervenga para resolver la inseguridad, la extorsión y el terror que imperan en el estado de Tamaulipas, y especialmente en la ciudad de Nuevo Laredo, todo ello obra de un grupo de desertores del ejército que se hacen llamar los Zetas».
El anuncio continúa: «¿De verdad que el ejército mexicano, los federales y el fiscal general carecen de medios y herramientas para enfrentarse a esa gente? Yo no soy un ángel, pero me responsabilizo de mis actos».
Y lo firma.
«Atentamente, Edward Ruiz». El anuncio despierta interés. Se gana el apodo de Eddie el Loco. Cosa que a Eddie no le gusta.
También le granjea una atención no deseada, así que Diego decide que Eddie se tranquilice una temporada y traslade su puesto de mando a Acapulco, situada en el sudoeste.
Eddie se relaja en la playa y en un apartamento ubicado en una séptima planta con vistas al Pacífico. Dos dormitorios, jacuzzi, televisor de pantalla plana y PlayStation.
Dirige a los Negros desde allí, ya que el 867 es demasiado arriesgado para él y el valor publicitario de su muerte supondría una victoria excesivamente grande para los Zetas. Así que Eddie salta de un apartamento a otro, juega al tenis y a videojuegos y, como si de Call of Duty se tratara, dirige su parte de la guerra por control remoto.
Acapulco está tranquila porque ahora es territorio Tapia. Diego tiene discotecas, burdeles, restaurantes y policías, y Eddie y él se llevan bien. Una docena de miembros de los Negros le vigilan el trasero y Diego también tiene a los federales locales alerta.
Ahora la vida es extraña, pero está bien, si obviamos que nunca ve a su mujer y sus hijos porque él y Teresa están oficialmente separados. Con todo, ella y su familia continúan enganchados al dinero, así que mamá sigue llevando dinero en avión, lo cual también resulta extraño.
Eddie echa muchísimo de menos a sus hijos, pero ¿a Teresa? Nah...
Lo cierto es que Eddie está follando más de lo que puede, por así decirlo.
Es un hombre atractivo y hay coñitos de turismo en todos los bares y discotecas, e incluso en la playa. Los cruceros descargan coños como si fueran mercancía, así que Eddie no tiene problemas para pescar algo. M exicanas, estadounidenses, francesas, suecas, españolas, británicas... Todas vienen en busca de sol, arena, margaritas y sexo vacacional.
Así que, cuando encuentran a un hombre rubio, de ojos azules y aspecto duro que habla su idioma, las lleva a las salas VIP y no repara en gastos con ellas, les encanta. Pero si no le apetece esforzarse, va a una de las discotecas o prostíbulos de Diego y paga. Allí las profesionales son increíbles. Esas chicas pueden dar la vuelta al mundo en veinte minutos.
Y el dinero no es problema.
Haya guerra o no, el dinero no deja de circular. Cocaína en el norte, dinero en el sur.
En Acapulco, Eddie vive a lo grande.
Pero echa de menos a Chacho. Debería estar allí para disfrutar de toda esa mierda. Porque lo que no tiene Eddie son amigos. Tiene recaderos y parásitos, pero amigos no. Tampoco los quiere, porque a los amigos los asesinan. M anda a sus lacayos a hacer recados: a buscar más champán o a traer chicas. Un día les entrega miles de dólares en efectivo y les dice que compren todos los videojuegos que encuentren y se pasa una semana solo en su apartamento machacando esos botones.
Un domingo, Eddie está relajándose en casa, viendo un poco de fútbol y tomando un par de cervezas, cuando uno de los federales de Acapulco se deja caer por allí. —¿Te apetece una cerveza? —pregunta Eddie.
El federal la acepta y Eddie le pregunta qué tal va todo. El hombre no ha ido para ver a los Boys echar por tierra su ventaja en el último cuarto. —Han venido unos hombres a Zihuatanejo —dice el federal—. Zetas.
Zihuatanejo es un pequeño centro turístico del litoral. —¿Qué quieren? —pregunta Eddie.
Como si no supiera lo que quieren. La plaza.
Y a él.
—¿Dónde están? —pregunta. —Tienen un piso franco en la playa.
Pero la casa no es un lugar seguro. Federales y policías municipales entran justo antes del amanecer y detienen a cuatro Zetas. Al parecer, uno de ellos creía que podría atacar a Eddie y de paso disfrutar de unas pequeñas vacaciones, porque se había llevado consigo a su mujer y a su hijastra de dos años. «¿Qué coño es esto? — piensa Eddie—. ¿Estoy viviendo en Disney World? ¿Y ahora qué hago con la mujer y la niña?».
Ordena que los lleven a una casa de cuatro plantas que tiene cerca de la playa en Acapulco. Deja a la mujer y la niña en el primer piso, y a su marido y los otros tres Zetas los encierra en la planta superior. Eddie pide a sus hombres que corten bolsas de basura negras y cubran con ellas el suelo y las paredes, porque la cosa se pondrá desagradable y las manchas de sangre no mejoran el valor de reventa.
Entonces se le ocurre una de esas ideas suyas. Si un anuncio a toda página fue genial...
Sube las escaleras con una Glock y una cámara Sony.
Los Zetas están sentados sobre el plástico negro con la espalda pegada a la pared y las manos atadas. A Eddie no le parecen supermachos de la élite; más bien, unos capullos asustados. Le han llegado voces de que los Zetas están reclutando civiles y entrenándolos en campamentos del desierto y se pregunta si estos hombres tan siquiera han recibido la instrucción básica.
supuesto, les han dado una buena paliza.
—Lo de venir aquí ha sido una mala idea, chicos —les dice Eddie mientras monta la cámara en el trípode y prepara el plano. Encuadra de modo que los cuatro aparezcan en pantalla y pone en marcha la cámara.
—Esto es el mundo real, ¿eh? ¿Os llega la M TV? ¿No?
«Si la gente cree que los Zetas son héroes —piensa Eddie—, les demostraré que se equivocan». Enfocando al hombre situado más a la izquierda, pregunta:
—¿Cuándo entraste en los Zetas y a qué te dedicas?
Lleva una camiseta verde descolorida que deja entrever su panza («¿Dónde hizo la instrucción? —se pregunta Eddie—. ¿En M cDonald’s?»), pantalones cortos de color caqui y zapatillas de deporte sin calcetines. M ira a Eddie con incredulidad y empieza a hablar.
—Tengo contactos en el ejército —dice— y aviso a los Zetas sobre patrullas y operaciones.
Eddie enfoca al segundo. Camiseta roja y vaqueros, un bigote horrendo y pelo negro rizado. El hombre sonríe a Eddie, como si pensara que esto es una broma, que aquí todos son amigos.
—Soy reclutador —dice. —¿A quién reclutas?
—Ya sabes —responde—. A gente que necesita trabajo. —¿Soldados?
—A veces. Y a veces policías. A veces gente normal.
«Como nosotros», piensa Eddie. Enfoca al siguiente. No lleva camiseta; solo unos pantalones cortos desgastados y sandalias. —Yo soy un halcón —dice.
—¿Y eso qué es? —pregunta Eddie. —Ya sabes.
—Ya sé —dice Eddie, imitando a un presentador de televisión—. Pero puede que nuestro público no.
—Un halcón es una especie de explorador —explica el hombre—. Vigilo la calle. Les digo dónde pueden encontrar a gente. —¿Y entonces qué?
—Los recogemos. —¿Y...?
—Y entonces el jefe me dice si les hacemos el guiso o no —responde. —¿Qué es el guiso? —pregunta Eddie.
—Es cuando secuestran a alguien —dice el hombre— y lo torturan para obtener información sobre movimientos de drogas o dinero. Luego lo llevan a un rancho o