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NARCO POLO

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Must be the money.

NELLY, Ride W ith Me Ciudad de México

2006

Keller bebe un sorbo de vino blanco y mira por encima del vaso a la exquisita mujer que le sonríe desde el otro lado del vestíbulo del cine.

Yvette Tapia está deslumbrante con su vestido plateado corto, su media melena morena y su pintalabios de un rojo oscuro y atrevido. Si pretendía evocar los años veinte, a una Zelda Fitzgerald que combina sofisticación y atractivo en un entorno mexicano, ha aprobado con nota. Como una de las inversoras de la película, se mueve con elegancia entre la multitud, sonriendo, conversando y haciendo gala de su encanto.

«Los hombres desesperados —piensa Keller— toman decisiones desesperadas». Y él está desesperado.

La búsqueda de Adán Barrera se halla en punto muerto, congelada en una tundra en la que no hay pista alguna, atorada en la entropía burocrática. Sus compañeros del Comité de Coordinación Barrera están empantanados en otro lugar, demasiado ocupados intentando lidiar con guerras simultáneas en Baja, Tamaulipas y ahora M ichoacán.

Keller debe reconocer que la violencia no tiene precedentes. Incluso en la cúspide (¿en lo más profundo?) de la guerra de Barrera contra Güero M éndez en los años noventa, los enfrentamientos eran esporádicos —breves y repentinos picos de violencia—, no algo cotidiano. Y no se propagaron por tres zonas extensas del país con varios antagonistas interconectados.

La Alianza combatiendo con Teo Solorzano en Baja.

La Alianza combatiendo con el CDG y los Zetas en Tamaulipas.

La Familia (aparentemente con ayuda de la Alianza) combatiendo con los Zetas en M ichoacán.

En los noventa, participaban en la guerra unas pocas docenas de combatientes. Ahora los cárteles cuentan literalmente con centenares de hombres, tal vez miles, en su mayoría veteranos del ejército, policías retirados o en activo. En cualquier caso, son soldados entrenados.

La AFI y la SEIDO están intentando ponerles freno.

«A menos que creas a Ochoa —piensa Keller—, en cuyo caso, la alineación parece un poco distinta». La Alianza y el gobierno federal enfrentándose a Teo Solorzano en Baja.

La Alianza y el gobierno federal enfrentándose a los Zetas en Tamaulipas.

La Familia (aparentemente con ayuda de la Alianza) y el gobierno federal enfrentándose a los Zetas en M ichoacán.

Keller se niega a creerlo. ¿Hubo una confabulación oficial en la fuga de Barrera de Puente Grande? Sin duda. ¿Complicidad en sus huidas por los pelos? Probablemente. ¿Una corrupción arraigada que lo protege allá donde esté «escondido»? Indiscutiblemente.

Pero ¿ha habido una campaña federal coordinada para ayudar a Barrera a dominar el tráfico de drogas en todo M éxico? Eso es una loma resbaladiza que Keller no es capaz de escalar.

Pero él y Ochoa sí coinciden en una cosa. «Empiece por los Tapia».

«No tengo otro sitio por donde empezar», piensa Keller mientras observa a Yvette acercarse a él por el vestíbulo.

Es un incumplimiento directo de su acuerdo de trabajo con la DEA y los mexicanos. «No ha venido a cultivar sus propios recursos, emprender acciones independientes o realizar tareas de vigilancia ni recabar información».

«Sí, bueno —piensa Keller—. Tampoco estoy aquí para sentarme de brazos cruzados mientras vosotros trabajáis en cualquier cosa menos en Barrera. Si no se cambia nada, nada cambia, así que ha llegado el momento de realizar un pequeño movimiento».

Ha utilizado un contacto en la embajada para acceder al estreno de la película, que incluye una invitación a la recepción posterior, en la que todo el mundo anda pensando cosas agradables que decir. Keller busca a Yvette, la halaga por la película y entablan conversación.

—Yvette Tapia —dice ella—. M i marido, M artín, y yo hemos ayudado a financiar la película. —Art Keller.

Si le suena el nombre, no lo demuestra.

—¿Y qué hace usted en Ciudad de M éxico, Art? —Trabajo para la DEA.

Hay que reconocer que ni se inmuta. Sus familiares políticos son unos de los traficantes más grandes del mundo y ni siquiera parpadea. Por el contrario, esboza una sonrisa cautivadora y dice:

—Pues debe de estar muy ocupado.

Hablan un rato de banalidades y luego Yvette se va a atender a los asistentes. Ahora vuelve y le dice: —Art, vamos a celebrar una posfiesta en casa. Todo muy informal. ¿Quiere venir?

—Estoy solo —responde Keller—. No quiero ir de aguantavelas.

—Habrá otros veinticinco aguantavelas —dice ella. Se acerca su marido y se vuelve hacia él—: M artín, tenemos a un pobre diplomático solitario que está resistiéndose a mi invitación. Haz que venga.

M artín Tapia parece cualquier cosa menos un narco. Lleva un traje azul marino a medida, camisa blanca y corbata, y la palabra que le viene a la mente a Keller es «pulido». M artín le tiende la mano.

—M i mujer ha invitado a los sospechosos habituales, así que un poco de sangre fresca sería más que bienvenida. —Siempre me ha gustado ejercer de transfusión —dice Keller—. ¿Dónde...?

—En Cuernavaca —dice M artín.

«Hola, Cuernavaca», piensa Keller al recordar la serie de llamadas telefónicas que provocaron la emboscada en Atizapán. —No he traído el coche.

—Estoy seguro de que alguien podrá llevarle —dice M artín.

Así que Keller se monta en un coche con un representante cinematográfico y se dirige a una moderna casa situada en una comunidad vallada en las colinas de Cuernavaca.

La pequeña multitud solo puede ser descrita como «centelleante». Literalmente en el caso de las actrices con vestidos de lentejuelas —cree reconocer a una que aparece en películas estadounidenses— y metafóricamente en el de escritores, productores y financieros. Lleva allí unos diez minutos cuando se le acerca Yvette.

—Veamos —dice, escrutando la sala—. ¿Quién sería adecuada para usted? Sofía no. Es una actriz maravillosa, pero está bastante loca... —Quizás una actriz no.

—Entonces una escritora —dice Yvette—. Ahí está Victoria. Es increíble, ¿no le parece? Creo que es periodista especializada en economía, pero juraría que está casada y, en todo caso, vive en Juárez...

—No tiene que hacer de celestina, de verdad.

—Pero me encanta —dice Yvette—. Y no privaría usted a una señora casada y formal de sus pequeños placeres, ¿verdad? —Por supuesto que no.

—Pues venga —dice, agarrándolo del brazo—. Permítame que le presente a Frieda. Escribe críticas de cine y nos tiene a todos aterrorizados, pero...

En un hábil gesto, Yvette lo deja a solas con Frieda. Keller y la crítica de cine hablan mientras él observa a Yvette ir de un invitado al otro, encandilando a todos. «Pero está aquí para hacer precisamente eso», piensa Keller.

Y su marido también.

M artín Tapia es un próspero y joven emprendedor en auge y su negocio consiste en hacer contactos de alto nivel. «O el negocio de su hermano», piensa Keller. Los Tapia podrían ser el enlace de Diego con las altas esferas mexicanas. Y si son el enlace de Diego, bien podrían ser el de Adán.

No es gran cosa, pero es lo único que tiene. Sin embargo, Keller reconoce que hay que tener pelotas para colarse en casa de los Tapia y se pregunta qué pensaría Adán si supiera que está allí.

Quizá ya lo sepa.

Keller mantiene una educada conversación con la crítica de cine y se va a buscar otra copa de vino. —Parece tan perdido como yo.

La mujer que está junto a él es deslumbrante. Tiene un rostro en forma de corazón, pómulos altos, unos ojos marrones resplandecientes, un cabello castaño rojizo que le llega a los hombros y una figura que Keller no puede evitar intuir debajo del vestido negro de corte clásico.

—No sé cómo se siente usted, pero sí; yo me siento perdido —contesta Keller tendiéndole la mano—. M e llamo Art Keller. —M arisol Cisneros —dice ella—. ¿Estadounidense?

—Trabajo en la embajada.

—La formación de español que dan es mejor que antes —dice M arisol—. ¿La Piedra de Rosetta en versión latinoamericana? —M i madre era mexicana —dice Keller—. Aprendí antes el español que el inglés.

—¿Es amigo de los Tapia?

—Los he conocido en el estreno de la película —responde Keller. —Yo no los conozco de nada. He venido de acompañante.

Keller se sorprende al sentir una ligera punzada de decepción hasta que la oye decir: —Creo que la ha conocido. ¿Frieda?

—La temible crítica de cine.

—Todos los críticos son temibles —observa M arisol—. Por eso me hice directora de pompas fúnebres. —No parece usted...

—Soy médico —dice ella—. Es lo más parecido a trabajar en una funeraria. Keller la ve sonrojarse.

—Lo siento —dice M arisol, riéndose entre dientes—. Es un chiste malo. Creo que estoy nerviosa. Esto es una especie de fiesta de presentación para mí. —¿Presentación?

—Tras mi divorcio —dice M arisol—. De eso hace seis meses y opté por concentrarme en el trabajo. Frieda me ha traído a rastras. No me siento muy cómoda con la gente guapa.

«Pues tú lo eres», piensa Keller. —Yo tampoco.

—Ya se nota. —Vuelve a sonrojarse—. Allá vamos otra vez con mi ineptitud social. M e refería a... No sé... No parece... —¿Gente guapa?

—Lo decía como un cumplido, lo crea o no.

—Así me lo tomaré. —Se quedan allí quietos, incómodos, hasta que a Keller se le ocurre una pregunta—. ¿Vive en Cuernavaca? —No, en la ciudad. Condesa. ¿La conoce?

—Vivo allí.

—Después del divorcio me fui de Polanco —dice—. M e gusta Condesa. Hay librerías, cafeterías... Uno no se siente tan... patético... yendo a esos lugares solo. Keller no se la imagina pasando mucho tiempo a solas. Si lo hace, es por voluntad propia.

—La otra noche estaba leyendo mientras cenaba solo en un restaurante chino y el libro hablaba de un hombre tan solitario que va a comer solo a restaurantes chinos.

—¡Qué triste! —Pues se está riendo. —Bueno, también es divertido.

—M e levanté y me fui —dice Keller—. Totalmente desmoralizado.

—El último Día de San Valentín —explica M arisol—, pedí una pizza. M e senté en casa y vi Sabrina y lloré. —Es bastante triste.

—No tanto como su restaurante chino. Se miran un segundo y Keller añade:

—Creo que este es el momento en que yo le pido el número de teléfono. Para poder llamar... llamar... —Correcto.

M arisol mete la mano en el bolso. —Lo recordaré —dice Keller. —¿Seguro?

—Sí.

M arisol le recita el número y Keller lo repite. Entonces ella dice que debe recoger a Frieda y volver a la ciudad. Tiene consultas por la mañana. —Ha sido un placer conocerla.

—Igualmente.

Cuando se dispone a marcharse, Keller le pregunta: —¿Anne Hathaway o Audrey Hepburn?

—Audrey Hepburn, por supuesto. «Por supuesto», piensa Keller. Por supuesto.

—¿Qué te parece el estadounidense? —pregunta M artín Tapia al salir de la ducha esa noche.

Yvette está sentada delante del espejo, quitándose minuciosamente el maquillaje y comprobando si tiene arrugas en los ojos, unas arrugas tan inevitables como indeseables. «Puede que haya llegado el momento —piensa— de hablar con mi cirujano plástico de Botox o de una operación».

—¿Keller? —dice—. Es bastante agradable. —No le tomes cariño. Adán lo quiere muerto. —Es una lástima —dice Yvette—. Podría ser útil. —¿En qué sentido?

—Déjame preguntarte una cosa —dice Yvette al meterse en la cama—. ¿Confías en Adán?

Keller se pone manos a la obra con M artín Tapia a la mañana siguiente.

A todas luces, el mediano de los Tapia es un próspero emprendedor que hace lo que hacen los prósperos emprendedores.

Casi a diario, M artín sale de casa a media mañana y se dirige al centro. M antiene reuniones y comidas y después más reuniones aún. Juega al golf en el club de campo de Lomas. Visita bancos y oficinas de empresas. Algunas noches, normalmente con su encantadora mujer del brazo, se deja ver en restaurantes de moda, en el teatro, en el ballet o en la ópera. Otras noches se quedan en casa y disfrutan de una cena tranquila —la piscina, el jacuzzi, la pista de tenis— y se retiran temprano.

Los domingos, él e Yvette van a tomar un brunch en el hotel Aristo con otras parejas adineradas. Su lista de amigos, conocidos y socios es un «quién es quién» de la capital. Pero, tras un mes de vigilancia, Keller no ve a M artín citarse con ningún policía o político.

«Quizá esté equivocado —piensa—. Quizá M artín no esté involucrado en los negocios de su hermano. O quizá haya cogido un poco de dinero y lo haya utilizado para empezar un negocio legítimo».

Quizá.

Keller desvía su atención hacia Yvette.

Y, una vez más, a todas luces hace lo que haría la esposa de un próspero emprendedor. Se levanta y practica yoga o natación y asiste a clases de tenis con un profesor privado. Sale a almorzar con otras esposas y participa en comités benéficos.

Juega al golf.

Yvette Tapia se lo toma en serio. Va a jugar al golf dos o tres veces por semana en el club de campo La Vista. Keller no puede seguirla hasta el interior, ya que le impiden el paso en la entrada, pero aparca al otro lado de la calle. Cambiando de coche de alquiler más o menos a diario, se hace una idea de su calendario: cada lunes, miércoles y viernes va al club en su M ercedes blanco, juega nueve hoyos y normalmente se va a casa, a menos que decida tomar algo con sus amigas.

«Quizás esté equivocado», piensa Keller de nuevo.

La tarde siguiente, Keller no sigue a Yvette desde su casa, sino que espera frente al club a que acabe. Esta vez no se va a casa ni a un restaurante, sino a una calle residencial que flanquea el club de golf.

Keller ve el M ercedes blanco detenerse en un camino para vehículos. Toma nota de la dirección: 123 de Vista Linda.

«Debe de ser una amiga», piensa.

Pasa por delante de la casa y por el retrovisor ve a Yvette salir del M ercedes, sacar una pequeña maleta del asiento del acompañante y acercarse a la puerta principal. Luego él se detiene al otro lado de la calle mientras ella entra utilizando una llave.

«Dios —piensa—. ¿Tendrá una aventura?».

Pero no hay más coches en el camino. Quizás el hombre haya sido prudente y haya aparcado más adelante, o tal vez haya ido caminando. Sintiéndose como un ruin detective privado, apaga el motor y espera.

Si Yvette está teniendo una aventura, no hay mucha pasión, porque sale al momento. Sin el maletín.

Entre seguir a Yvette o quedarse allí, se decanta por lo segundo.

Una hora después, aparece un Audi azul y un hombre bien vestido de unos treinta y cinco años entra en la casa. Al cabo de unos minutos sale con el maletín y se va.

Keller le da una ventaja de varios cientos de metros e inicia la persecución. Yvette Tapia no está teniendo una aventura.

Ejerce de correo.

A Keller le vendría bien un poco de ayuda. La vigilancia no es trabajo para un solo hombre.

Es difícil seguir a un coche y no perderlo o ser descubierto, y todavía más difícil seguirlo por el laberinto del tráfico de la zona metropolitana de Ciudad de M éxico, sobre todo cuando uno es relativamente nuevo en la región y no conoce sus entresijos. Al menos el Audi no intenta darle esquinazo. El conductor parece tranquilo, complaciente, ajeno a que tal vez estén siguiéndolo.

Eso ayuda, pero Keller sabe que una operación de vigilancia exitosa precisa de un equipo: dos o tres coches para seguir una pista, un helicóptero, comunicaciones y apoyo logístico. Podría conseguirlo todo a través de la SEIDO o la AFI, pero...

... no es posible.

Por un lado, se supone que no debe realizar ninguna investigación por su cuenta, y mucho menos una vigilancia activa. Por otro, no sabe en quién puede confiar. ¿En Vera? ¿En Aguilar?

Cada vez —cada vez— que se ha acercado a Barrera, se ha escabullido. Luego estuvo la emboscada de Atizapán. ¿Lo sabían uno u otro? ¿Lo sabían ambos? Keller podría recabar apoyos en la DEA, pero no puede ir allí porque: a) se supone que no está haciendo esto; b) querrían saber por qué no está trabajando con los mexicanos, y c) no sabe quién es de fiar.

A su juicio, esto podría ser un ardid y el Audi azul podría estar conduciéndolo a una trampa. «Soy un cebo —piensa Keller—. Puede que ahora me hayan preparado el cebo a mí».

Keller se plantea abandonar la persecución. Tiene la matrícula y seguramente podría realizar una búsqueda a través del EPIC sin llamar demasiado la atención, averiguar quién es el conductor y proceder a partir de ahí.

No es mal plan. Tal vez sea más inteligente que perderle la pista ahora o, peor aún, ser descubierto. O caer en una emboscada.

El Audi tuerce a la izquierda. Es una oportunidad para dejarlo. Keller le sigue.

El hombre lanza las llaves al aparcacoches apostado frente al M arriott y entra con el maletín en la mano.

Ahora es cuando Keller verdaderamente necesitaría un compañero que entrara por él. Si alguien en ese vestíbulo le reconoce, se habrá terminado. Pero no tiene más opción, así que entrega al aparcacoches las llaves y unos cuantos pesos.

—Déjalo cerca.

Keller entra en el vestíbulo y va directo al bar. Su hombre está sentado con el maletín a los pies. —Una Cucapá, por favor —dice Keller.

Puede ver a su hombre por el espejo. Pide una copa y el camarero le sirve lo que parece un gin-tonic. El hombre apura la bebida, deja unos billetes encima de la mesa y se va.

El maletín sigue allí.

Segundos después, otro hombre —de unos cuarenta y tantos, con un traje de color carbón— se sienta, mira fugazmente a su alrededor, coge el maletín y se marcha. Keller pagaría por una vigilancia fotográfica.

Abona la cuenta apresuradamente, se dirige a la puerta y ve al hombre sentarse al volante de un Lexus blanco. Es demasiado tarde para llegar hasta su coche y seguirlo, pero anota la matrícula.

A la mañana siguiente, Keller remite ambas matrículas al EPIC. La primera, perteneciente al Audi azul que recogió el maletín en el número 123 de Vista Linda, está registrada a nombre de un tal Xavier Cordunna, un socio júnior de un banco de inversión de Ciudad de M éxico.

La segunda, correspondiente al Lexus que recogió el maletín en el hotel, pertenece a un tal M anuel Arroyo. Un comandante de la AFI.

Keller marca el número de M arisol Cisneros.

—Empezaba a pensar que lo habías olvidado —dice al responder.

Su voz suena un poco tensa. Esa mujer no está acostumbrada a que la ignoren y te lo hace saber.

—No quería hacerme pesado —dice Keller—. Lo siento, estoy un poco desentrenado en esto de las citas. Ya no conozco las normas. —Te enviaré el manual.

—¿En serio?

—Otra broma fruto de los nervios. Es una mala costumbre.

—Bien —dice Keller—. Estaba pensando en ir a cenar solo, así que podríamos ir solos juntos. —Eso ha estado muy bien —dice M arisol entre risas—. ¿Lo has ensayado?

—Un poco.

—M e siento halagada. —Entonces..., ¿sí? —M e encantaría.

Ahora su voz es profunda y sincera, cálida, y le provoca un ligero sobresalto. —¿Dónde te gustaría ir? —pregunta Keller.

—Podríamos volver a tu restaurante chino —propone M arisol— y redimirte ante los camareros. —Es un tugurio. Podríamos probar un sitio más decente.

Deciden ir a un pequeño restaurante italiano que ambos conocen en Condesa y quedan allí en lugar de que él la recoja.

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