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Los dos mesías

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parecernos muy simple. Pero en cuanto introducimos la dimensión histórica todo se enriquece y se vuelve más complejo de un modo maravilloso (Toraldo di

Francia, 1990, pág- 29).

La teoría de los mundos posibles se puede inscribir en la lógica modal, como observa Jerome Bruner (1986):

Es posible interpretar cualquier discurso -dentro de ciertos límites- según lógicas diferentes, y cada lectura es correcta en el marco de las premisas del mundo que se constituye de esta manera -en el sentido que Goodman (1978) da al término «mundo»-. El modo de interpretar nuestros dichos y nuestros hechos tiene muchas consecuencias en nuestra vida. Cambiar los fundamentos de tales

interpretaciones (premisas) es una de las condiciones para poder cambiar.

Pongamos un ejemplo. Si un padre nos dice: «Mi hijo no es autosuficiente», está expresando un enunciado con valor de necesidad, válido en todos los mundos posibles. Por su parte la afirmación: «Quizá mi hijo no sea autosuficiente» implica: «Este enunciado es posible, es decir, verdadero en algún mundo

posible»lEl trabajo terapéutico tiende a eliminar las afirmaciones con valor de necesidad para introducir afirmaciones con valor de posibilidadí Con frecuencia aplicamos el término «idea» como expresión de un mundo posible. Por ejemplo: «¿Cuándo tuvo la idea de que su hijo no es autosuficiente? ¿Cómo tuvo aquella idea? ¿Qué podría suceder para que otra idea la sustituyera? ¿Quién es, entre las personas a las que más aprecia, la que podría ayudarle a cambiar de idea sobre la autosuficiencia de su hijo? Supongamos que la idea de que no es

autosuficiente cambia dentro de un año, ¿qué cambiará entonces en su familia?», etcétera.

La lógica modal es utilizable en una perspectiva diacrónica, es decir, en _un contexto temporal que permita relacionar un enunciado con enunciados

correspondientes verificados en otros «puntos» del continuum temporal (Allwood, Anderson y Dahl, 1977). En nuestro trabajo procedemos de un modo análogo. Los mundos posibles sugeridos por las hipótesis sistémicas -formuladas y sometidas a verificación en el curso de la consulta o de la terapia- pueden no sólo

modificar el «mundo real» de los clientes, sino también ayudarles a pensar en términos de mundos posibles. Así, se puede decir que la consulta o la terapia no crean sólo un contexto de aprendizaje sino un contexto de déutero-aprendizaje (aprender a aprender).

LOS TIEMPOS DEL TIEMPO

5. LOS TIEMPOS EN LA RELACIÓN DE CONSULTA Y DE TERAPIA

En la nueva y más poderosa lógica modal, no se pregunta si una proposición es1verdadera o falsa, sino en qué tipo de mundo posible sería verdadera. En caso de que fuese posible demostrar que es verdadera en todos los mundos posibles -en el sentido en que, por ejemplo, es verdadera en todos los mundos posibles la afirmación «un soltero es un hombre que no se ha casado»-, entonces se trataría (con una certeza casi total) de una verdad que no deriva del mundo, sino de la naturaleza del lenguaje.

Cada diálogo tiene su tiempo y su ritmo, tiempo y ritmo que proceden de la interacción entre los tiempos individuales de los participantes en el diálogo. En este capítulo estudiaremos la importancia del análisis de las in

teracciones temporales en la sesión de terapia o de consulta. Nos ocuparemos, por lo tanto, de algunos aspectos relativos al tiempo de los clientes, al tiempo del terapeuta o del consejero, a los tiempos del equipo, para llegar finalmente a describir el modo en que estudiamos y utilizamos el tiempo en nuestro trabajo. CONTEXTOS DE CONSULTA Y DE TERAPIA SISTÉMICAS

Queremos describir y clarificar aquí, de un modo preliminar, los conceptos de consulta y terapia sistémica y su evolución. En el campo clínico relativo a las intervenciones sobre la familia, durante mucho tiempo se ha

hablado preferente o exclusivamente de «terapia»; en la bibliografía

especializada el término «consulta» era realmente insólito. En los años ochenta el interés por la consulta y por su relación con la terapia ha aumentado

progresivamente. Además, algunos autores, aunque trabajen en un contexto clínico con individuos, parejas o familias han renunciado tout court a la definición de «terapia» (véase Hoffman, 1988).

El libro publicado hace unos años, Systems Consultation. A New Perspective for Family Therapy (Wynne, McDaniel y Weber, 1986), ha puesto de manifiesto las razones y la utilidad del cambio de perspectiva de la terapia a la consulta en el campo clínico. Entre las razones se han aducido sobre todo las inexactitudes e inadecuaciones de las tipologías de los trastornos familiares: según algunos ningún esquema de clasificación es conceptualmente adecuado para describir los problemas de las familias. La idea de que una familia es «patológica»,

«patógena», está «enferma» y por eso necesita una terapia, tiene cada vez menos partidarios; de hecho los promotores de los movimientos de auto-ayuda, por ejemplo, no aceptan el concepto de patología familiar.

Otra razón está en el hecho de que, con cierta frecuencia, los clientes solicitan una entrevista con un experto para recibir aclaraciones sobre la superación de algunas dificultades, sobre un estado de malestar o de sufrí- 106 LOS TIEMPOS DEL TIEMPO

miento y no para someterse a un tratamiento como si estuvieran enfermos. Si el experto ofrece anticipadamente una terapia, limita su análisis a los problemas «patológicos» actuales y propone como objetivo futuro la solución de los mismos. Los clientes -si se trata de familias, algunos miembros de la familia- no están siempre dispuestos a ponerse a dialogar, a afrontar un viaje terapéutico que puede liberarles de algunos problemas, pero que puede hacerles pagar un precio demasiado alto, como la manifestación de conflictos incontrolables. Este es uno

de los motivos de las «interrupciones precoces» (drop-out) de la terapia por parte de los clientes. La consulta, por otra parte, tendría la utilidad de destacar los recursos más que los problemas, la salud más que la enfermedad. Prevé una relación de colaboración, simétrica, en la que la responsabilidad de las decisiones corresponde exclusivamente al cliente.

Como hemos expuesto en el capítulo 4, en la primera mitad de los años setenta, se acogía en un primer encuentro de consulta a las parejas y las familias que llegaban al Centro Milanese di Terapia della Famiglia. Al final del encuentro, si se consideraba necesario un tratamiento, se ofrecía a los clientes una

terapia de diez sesiones. En aquel periodo pensábamos, en coherencia con nuestra visión cibernética de primer orden, que la familia estaba «enferma», y que era necesaria una intervención para liberarla de la enfermedad.

Después, poco a poco, hemos creado un contexto más afín a la consulta que a la terapia. En el diálogo con los clientes hemos evitado cada vez más las palabras que se refieren al campo de la enfermedad, como «síntomas», «sesión»,

«diagnóstico», etcétera: hemos adoptado un lenguaje que no se centraba en las patologías, coherente con las aportaciones teóricas que encontrábamos

(cibernética de segundo orden, constructivismo, deconstruccionismo,

orientaciones postmodernas y «postMilán»).Memos dejado de proponer las diez sesiones y preferimos dar, al final de cada sesión, la fecha del encuentro siguiente.1 Por lo demás, mientras que al principio el objetivo era eliminar los síntomas mediante la «intervención final», despuéstha prevalecido el estudio de las ideas, de las emociones, de los significados observados en el diálogo con los clientes, pensando que terapeutas y clientes coevolucionan y crean juntos la realidad

Antes, en la relación entre nosotros y los clientes, la definición de terapia estaba muy clara. Hoy ya no es tan clara. Aunque normalmente vienen o son

enviados para una terapia, los clientes reciben, implícitamente, una consulta. A veces se explicita que se trata de una consulta: cuando un colega nos pide que hagamos una valoración de un caso clínico que él está tratando o cuando se nos pide que trabajemos en contextos no clínicos, por ejemplo, si surgen problemas en un equipo -privado o público- de profesionales psiquiátricos. En ocasiones nos ocupamos también de intervenciones en servicios o empresas privadas, que evidentemente, sólo pueden ser intervenciones de consulta.

A propósito de la praxis de la consulta, resulta útil recoger la interesante clasificación de las consultas propuesta, en un campo no clínico, por Ed LOS TIEMPOS EN LA RELACIÓN DE CONSULTA Y DE TERAPIA 107

gar H. Schein (1987), profesor de Management en el Massachusetts Institute of Technology. Distingue tres modelos de consulta: el modelo de la «adquisición de información o experiencia», el modelo «médico-paciente», el modelo de la

«consulta procesual». En el primer modelo el cliente (un director o un grupo de directores de una empresa) sabe ya cuál es su problema, qué tipo de ayuda es necesaria y a quién dirigirse y acude a un consejero experto para que encuentre una solución. En el segundo modelo el usuario encomienda al consejero «que busque qué es lo que no va bien, que haga un diagnóstico y que prescriba lo que hay que hacer»; el cliente depende tanto del consejero que no se siente motivado para aprender de qué modo podría resolver futuros problemas.

En la consulta procesual (que, en cierto modo, se aproxima a nuestro modo de trabajar) la diferencia más importante respecto a los otros dos modelos está no tanto en los contenidos cuanto en la forma en que el conse jero estructura la relación. «La premisa central es que el problema es del cliente y continúa siendo suyo mientras dura el proceso de consulta» (Schein, 1987, pág. 29). En último término sólo el cliente conoce bien el contexto en que se encuentra, sus peculiaridades, sus recursos y lo que podrá o no ir bien. Con la consulta

procesual no sólo se pueden resolver los problemas de los clientes, sino que «lo que es más importante es que el cliente adquiere la capacidad de solucionar los problemas, de modo que podrá seguir resolviéndolos después de que el consejero

haya concluido su trabajo» (ibíd., pág. 30). Con una terminología batesoniana podríamos decir -y así lo expresamos en nuestras terapias y consultas- que de esta manera se crea un contexto de déutero-aprendizaje (aprender a aprender). TIEMPO DE LOS PACIENTES

Una idea-guía que nos parece importante en el análisis de las interacciones humanas es la que se refiere a su coordinación. Todos los sistemas -sean vivos o no lo sean- necesitan, para subsistir, un cierto grado de coordinación entre sus componentes. En los sistemas mecánicos la coordinación debe ser muy estrecha, con escasos o nulos márgenes de variabilidad. También en los sistemas vivos más simples, por ejemplo en organismos pluricelulares, la coordinación está sometida a las leyes de la necesidad: por ejemplo en el caso del cáncer, donde el hecho de que algunas células no se sometan a la coordinación de los tiempos de

crecimiento y de evolución tiene consecuencias destructivas para todo el organismo.

Si fijamos nuestra atención no en estos sistemas, sino en los constituidos por la interacción de varios organismos, hasta llegar a las interacciones humanas, la realidad cambia. En estos casos se trata de la coordinación de entidades muy variables. Por otra parte, la variabilidad no puede superar ciertos parámetros. Es posible delimitar una gama (range) de las coordinaciones posibles; si nos desplazamos hacia los extremos la coordinación se vuelve demasiado lenta y demasiado constrictiva, y puede ocasionar disfunciones e incluso la destrucción del sistema.

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Hay que mantener la coordinación entre los tiempos, ritmos y horizontes temporales dentro de un range, de lo contrario se pueden producir bloqueos y rigideces, o bien desorden y excesiva imprevisibilidad. Como hemos visto en el caso de los tiempos sociales de la ciudad (capítulo 2), un defecto en la

coordinación de los tiempos puede tener estas consecuencias, así como en la familia puede producir descontento, sufrimiento y desarrollo de algunos

síntomas. En el ya citado Tiempos modernos de Charlie Chaplin, el obrero de la cadena de montaje pierde la coordinación con la máquina y con los otros obreros, manifestando toda una serie de tics nerviosos (este ejemplo es, además, una eficaz demostración de la tesis según la cual los síntomas son metáforas de situaciones que se dan en las relaciones humanas).

La coordinación de los tiempos en las relaciones humanas depende de factores biológicos, culturales y sociales. Cuando un grupo de personas comienza a relacionarse, se produce en el tiempo una coherencia que es el fruto de la coordinación de acciones y significados. En esta coherencia es fundamental la coordinación de los tiempos. Cuando nos ocupamos de un caso clínico tratamos de «verlo» en el contexto de su sistema significativo (familia, escuela, puesto de trabajo, etcétera), a su vez incluido en un contexto más amplio, social y

cultural. La observación de este complejo sistema, a través de la perspectiva del tiempo, lleva a descubrir armonía temporal o falta de ella dentro de cada individuo, entre el individuo y la familia, entre el individuo y los sistemas sociales -como la escuela y el trabajo-, entre la familia y la cultura

dominante. A propósito de este último grupo queremos destacar los numerosos problemas de coordinación planteados por la inmigración y las sociedades en que conviven varias razas.

Si una persona tiene problemas de tiempo -es decir, dificultades para mantener el range apropiado en la coordinación de los tiempos- puede describirlos de varias maneras. Puede considerarse incapaz de coordinar los tiempos internos subjetivos entre sí o con los tiempos externos (tiempo de trabajo, tiempo de las relaciones sociales, etcétera). O como bloqueado en el tiempo, incapaz de

evolucionar. O incapaz de vivir el presente, refugiándose en el pasado. Puede también sentir que el tiempo le oprime, se detiene, se escapa o sentirse angustiado al pensar en el futuro y en la muerte.

A continuación ofrecemos algunos ejemplos de los problemas de tiempo con los que nos enfrentamos en nuestra praxis cotidiana. No se trata, evidentemente, de una exposición sistemática, ni de una clasificación, sino simplemente de una mirada rápida sobre algunas formas posibles de vivir el tiempo como dimensión

problemática.

Falta de armonía entre tiempo objetivo y tiempos subjetivos en la vida de pareja Comenzamos con un ejemplo literario. El señor Kawai Joji, un hombre de treinta años, de aspecto e ideales bastante comunes, se casa con una muchacha de catorce años, Naomi, dulce y dócil, tranquila y modesta. Después de un par de años descubre una compleja serie de infidelidades y ex¡

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gencias crecientes por parte de su esposa, que le parece una mujer irreconocible, es más, desconocida:

Recordé de repente la imagen de nuestro primer encuentro cuando ella trabajaba todavía como camarera en el café Diamond. ¡Entonces era mucho mejor! Era

ingenua, tímida, buena y un poco melancólica. No tenía nada que ver con esta mujer desgarbada y vulgar. Me había enamorado de Naomi tal como era entonces y me había dejado llevar por la fuerza de la inercia. Sin que yo me diese cuenta, ella había ido cambiando poco a poco volviéndose una mujer insoportable y casi odiosa (Tanizaki, 1988, pág. 266).

El señor Joji no es más que un personaje creado por la fantasía de Junichiro Tanizaki. Sin embargo, actualmente aparecen problemas parecidos con más frecuencia de lo que se cree. Casos análogos se dan cada vez que uno de los miembros de una pareja se queda con una imagen del otro bloqueada en el pasado y se detiene así en un tiempo estático. Entonces se comienza a producir un

desencanto, que irá creciendo: el otro ya no es como debería ser, o como era en el pasado. Esta discordancia de percepciones es el punto de partida de un

aumento progresivo de las discordias, en que las actitudes se endurecen poco a poco. Al principio, se manifiestan pequeñas tensiones, después incomprensiones recíprocas, que pueden desembocar finalmente en un grave conflicto.

Una contraposición análoga entre imagen del presente e imagen del pasado ha sido estudiada -en el ámbito de la terapia- por el grupo de Milán que, a principios de los años setenta, se mantenía fiel a la hipótesis sistémica de la primera sesión (visión sincrónica), mientras que después ha prevalecido una visión evolutiva (diacrónica). En las relaciones personales -incluida la relación terapéutica- con frecuencia uno puede detenerse cognitiva y emotivamente en un fotograma concreto de la película de la propia vida.

El caso del matrimonio Valeri, por citar otro ejemplo, estaba lleno de

flasliback que les hacían volver continuamente a un fotograma de la vida pasada. Hacía diez años la señora Valer¡ había sido infiel a su marido. Desde entonces era cada vez más condescendiente con él para librarse de sus continuas

acusaciones. Pero cuanto más dócil se mostraba ella más le acusaba él: « ¡Jamás podrás borrar lo que has hecho! ». La culpa de la señora Valeri continúa estando presente en la vida de la pareja, perpetuándose sin posibilidad de solución. La incompatibilidad entre los tiempos individuales se puede transformar también de otras maneras en causa de malestar. El matrimonio Rossi es una pareja que comenzó con una relación óptima, pero que se va destruyendo por las continuas discusiones, y por una intolerancia aparentemente irrefrenable. En su caso la raíz del conflicto resulta ya evidente con las primeras observaciones: la señora Rossi es una mujer rápida, veloz, de movimientos repentinos, mientras que el marido es lento, plácido, pausado. Es suficiente un breve diálogo para darse cuenta de que la lentitud y los tiempos «largos» del señor Rossi exasperan a su mujer, que tiende por contraposición a volverse todavía más presurosa. Pero esto pone nervioso a su

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marido que se muestra todavía más lento. De un modo análogo a lo que pasaba en el caso de la mujer protestona y del marido encerrado en sí mismo de Watzlawick,

Beavin y Jackson (1967) a la pregunta: «¿Por qué es usted tan lento?», el señor Rossi respondería: «¡Porque mi mujer me exaspera con sus prisas! », mientras que la señora Rossi replicaría: « ¡Tengo prisa porque él me exaspera con su

lentitud!».

Giorgio y Beatrice se presentaron en nuestro Centro porque tenían un problema en su relación de pareja. Cinco años de su matrimonio habían transcurrido en un clima de relativa serenidad, hasta el día en que, poco después del nacimiento de su primera hija, Beatrice comenzó a cambiar radicalmente su propio estilo de vida. En poco tiempo había pasado de encontrarse en una posición de

sometimiento, como ángel del hogar, a tener una intensa vida social y había encontrado un trabajo. Pronto empezó a ser independiente de su marido. Éste tuvo una reacción catastrófica: primeramente, inició una relación con otra mujer; después, cuando su esposa le respondió de la misma manera, iniciando una relación con otro hombre, él se sintió realmente fracasado, cayendo en un

profundo estado depresivo. Comenzó así una especie de calvario terapéutico en el que cada uno de los cónyuges era tratado por su psicoterapeuta individualmente. Dos años después Beatrice dio a luz otra niña y concluyó con éxito la terapia, mientras que Giorgio había llegado ya al séptimo año de terapia, cuando su psicoterapeuta le aconsejó finalmente que le convenía una terapia de pareja. Las primeras sesiones con la pareja pusieron de manifiesto el núcleo fundamental de las dificultades, consistente en la liberación de Beatrice de su situación de

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