Mientras que en los mitos personales y familiares, al igual que en los
culturales, los personajes son «figuras» estáticas y estilizadas, reducidas a unos rasgos esquemáticos, en las historias no míticas los personajes son «caracteres» reales, de carne y hueso y pueden ser descritos de una manera dinámica, libre, abierta al cambio.
Una distinción más, en la que vamos a fijarnos, es la que se da entre sistema y narración. «Sistema», por definición, exige necesariamente una dimensión
espacial, pues se refiere a un grupo de elementos que están en relación recíproca dentro de unos límites (boundary). Como diremos en el capítulo
siguiente, a principios de los años setenta hemos trabajado con el planteamiento sistémico-cibernrnético de Palo Alto, que se basaba principalmente en la
dimensión sincrónica. Después hemos introducido el tiempo. La narración, por el contrario, se refiere propiamente a la temporalidad, más que a la dimensión espacial. En ella el devenir humano es historia que acontece en el tiempo. Por esta breve descripción resulta claro que para nosotros ha sido fácil aceptar también el pensamiento narrativo. Podemos decir que hoy nos servimos de ambas perspectivas en una «visión binocular», que nos permite orientarnos en el tiempo y en el espacio." Como afirmó Bateson: dos puntos de vista son mejor que uno. En los primeros capítulos de este libro hemos presentado, de un modo general, nuestra visión del tiempo. Hemos elegido el tiempo copio clave de lectura, perspectiva privilegiada para observar las relaciones humanas, dejando en un segundo plano otros puntos de vista como el inconsciente, el poder, las
emociones o el conocimiento. ¿Por qué el tiempo y no el espacio? El tiempo tiene necesidad del espacio y el espacio del tiempo. Kant en el ámbito de la
filosofía, Piaget en el de la psicología, y Einstein en el de la física -por ejemplo-, han concebido el tiempo y el espacio como realidades estrechamente vinculadas. En este libro hablamos pocas veces del espacio de forma explícita, pero el espacio está presente en todas nuestras reflexiones. Cuando hablamos de «mundo interno», «mundo externo», «horizonte», «perspectiva», «dimensión
temporal», «sistema», «estructura», etcétera, estos -y otros muchos- conceptos presuponen una representación, un marco espacial, necesarios para el
conocimiento.
Es normal que ya otros autores hayan considerado el tiempo como una dimensión importante también en la psicoterapia; pero nosotros lo hemos elegido como punto central de nuestra investigación, como óptica para observar las interacciones. En la perspectiva de la cibernética de segundo orden podemos decir que esa óptica representa una premisa epistemológica o un pre-juicio (bias, en inglés) del observador.
Para nosotros, el tiempo no es sólo un medio para estructurar las sesiones o un ritmo que se deba seguir para establecer contacto con los clientes, sino la meta de nuestras intervenciones, que pretenden favorecer la armonía y posibilidad de evolución, cuando éstas -como sucede frecuentemente en los casos con que nos encontramos- faltan: ¿cómo cambiar un horizonte temporal? ¿Cómo introducir movilidad en el tiempo detenido de un deprimido? ¿Qué hacer para recrear las
conexiones diacrónicas perdidas en la historia fragmentaria de un
esquizofrénico? ¿Cómo devolver la capacidad de evolución a personas que parecen haber perdido la noción de futuro? Y finalmente, ¿cómo se puede usar la
perspectiva temporal para observar y comprender la sincronía y la falta de la misma entre individuos, familias, sistemas sociales?, ¿cómo podemos favorecer la armonía entre los diversos tiempos individuales y sociales?
86 LOS TIEMPOS DEL TIEMPO
Nosotros estudiamos las relaciones desde la perspectiva de la terapia sistémica. Observar las relaciones a través de la óptica del tiempo puede iluminar aspectos olvidados en la actividad terapéutica. Nos ocuparemos a continuación de algunas aplicaciones del planteamiento sistémico a la consulta y a la psicoterapia. LA CONSULTA Y LA TERAPIA SISTÉMICAS
Contaremos brevemente la historia del planteamiento sistémico, tal como lo puso en práctica el grupo de Milán (Mara Selvini Palazzoli, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y Giuliana Prata) con el fin de orientar al lector para que pueda seguir el desarrollo de las ideas de los últimos veinte años. Somos conscientes de que esta descripción es la nuestra y que, por hacerla en el momento presente, vendrá a ser algo pasado para nuestros lectores, que a su vez la interpretarán desde su propio presente. Y sabemos además que, como todos los relatos, también el
nuestro describe de nuevo el pasado, interpretándolo según los sistemas de significado del presente. De manera que contar nuevamente esta historia es un modo, por un lado, de renovar viejas acciones y, por otro, de construir puentes que se proyectan hacia el futuro. De este modo entramos en el «anillo
autorreflexivo» de pasado, presente y futuro en el momento preciso en que escribimos nuestra historia .2
A principios de los años setenta, el grupo de Milán, después de un periodo de terapia de la familia de orientación psicoanalítica (1967-1971), adoptó el método llamado de Palo Alto, un modelo sistémico influido por las ideas de Gregory Bateson, Jay Haley, Don Jackson, Milton Erickson (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967; Haley, 1963). En este primer periodo de actividad del grupo, que duró hasta 1975, la terapia se ofrecía siempre a toda la familia en la que se había presentado un problema, aunque el problema fuese de uno solo de sus miembros (el «paciente designado»).
1Un espejo unidireccional separaba la sala de terapia de la sala de observación. El equipo terapéutico se reunía normalmente antes de cada sesión, para formular una hipótesis de trabajo a partir de las informaciones recibidas previamente. Después el terapeuta -y, con más frecuencia, una pareja de terapeutas- daba inicio a la sesión mientras que el resto del equipo observaba detrás del espejo. Tanto los terapeutas como el equipo de observación podían interrumpir la sesión; en ambos casos el terapeuta y el equipo se reunían brevemente en la sala de observación, para tener un intercambio de ideas. Al final de la sesión el terapeuta y el equipo se reunían durante un tiempo más largo, a veces incluso durante una hora, tiempo en el que el trabajo de equipo consistía en
lalformulación de una serie de hipótesis, que desembocaban en una hipótesis sistémica que daba un sentido a los comportamientos observados, relacionados con el síntoma4 Después, a partir de la hipótesis sistémica, se preparaba una
«intervención final», que podía consistir en una reformulación, una prescripción con una tarea que había que realizar en casa, o un ritual. Luego el terapeuta o la pareja de terapeutas tenían que explicar a la familia la intervención final. í
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El método de Palo Alto estaba basado en el modelo sistémico y en la cibernética de primer orden o cibernética del sistema observado. Para ello era necesario un observador separado de la realidad observada. El equipo trataba de formular una hipótesis sistémica sobre la forma en que la familia se había organizado al manifestarse el síntoma o los síntomas; la hipótesis correspondía, por tanto, a lo que se definía como «juego familiar». Para que resultara eficaz, había que
formular la hipótesis sistémica ad hoc, es decir, representar el juego familiar o, al menos, corresponder de alguna manera a él, como una llave encaja en su cerradura.
En la mayor parte de los casos al equipo le resultaba posible llegar fácilmente a un acuerdo sobre la hipótesis sistémica y proponer tratamientos eficaces. De hecho, muchas familias sin miembros psicóticos concluían la terapia después de unas pocas sesiones. Incluso en algunos casos de psicosis aguda resultó posible alcanzar éxitos evidentes; pero en los casos de psicosis crónica la terapia se bloqueaba fácilmente, y solía superar las diez sesiones, número máximo previsto por el contrato inicial.
El libro Paradoja y contraparadoja (Selvini Palazzoli, Boscolo y otros, 1975), que describe el trabajo realizado con quince familias, que tenían un miembro diagnosticado como esquizofrénico, cuenta que establecer una relación con aquellas familias era como entrar en un laberinto. Era difícil encontrar hipótesis que tuviesen un sentido para todos los miembros del equipo; el
resultado era un sentimiento de confusión y frustración. Como Bowen (1978), el grupo estudiaba los síntomas dentro de un juego de tres generaciones. En este juego, el paciente designado ocupaba una posición especial, en la que se
concentraba el máximo grado de disconformidad, con la consiguiente incertidumbre sobre la percepción de sí mismo y de los demás, sensación de insensatez y
confusión. Para la comprensión del síntoma psicótico era fundamental la teoría del doble vínculo (Bateson, Jackson y otros, 1956), de la que hemos hablado en el capítulo 3, basada en las paradojas resultantes de la confusión de los niveles lógicos.
El objetivo de la terapia era eliminar las configuraciones rígidas de
comportamientos «disfuncionales», dejando espacio a la posible aparición de configuraciones más funcionales. Tal objetivo se conseguía por medio de la connotación positiva de todos los comportamientos, fueran sintomáticos o no (reformulación paradójica), y por medio de los rituales familiares.3
La publicación de los trabajos de Bateson en el libro Steps to an Écology of Mind (1972a) descubrió al grupo nuevos horizontes en torno a 1975. El modo de pensar y trabajar cambió radicalmente. Se intentaba llevar la epistemología cibernética de Bateson a la praxis clínica, y pensar de un modo sistémico para actuar de un modo sistémico.
Respecto a las posiciones del Mental Research Institute de Palo Alto, los escritos originales de Bateson representaban un modelo sistémico más puro y, a la vez, mas complejo. La distinción entre el mapa y el territorio, las
categorías lógicas del aprendizaje, el concepto de mente como sistema y de sistema como mente, la noción de epistemología cibernética, y la introducción de la semántica asumieron una posición central. La aplicación
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de estas ideas a la praxis clínica dio origen al desarrollo de un nuevo método de recogida y tratamiento de informaciones y de intervención en los sistemas humanos. Se enunciaron tres principios con los que dirigir una sesión:
formulación de hipótesis, «circularidad» y neutralidad, que llegaron a ser el rasgo distintivo del modelo (Selvini Palazzoli, Boscolo y otros, 1980b).
La formulación de hipótesis organiza los datos provenientes de la observación. Se considera que una hipótesis es sistémica si tiene en cuenta todos los
componentes del sistema analizado, y propone una explicación de sus relaciones, que no es ni verdadera ni falsa, sino sencillamente un medio para la
investigación. El terapeuta examina la plausibilidad de las propias hipótesis a partir de las retroacciones verbales y no verbales de los clientes.
La circularidad es precisamente el principio mediante el cual el terapeuta se apoya en tales retroacciones para verificar las propias hipótesis y proponer otras nuevas. Es importante seguir cambiando las propias hipótesis para evitar la trampa de la «hipótesis verdadera», que provocaría rigidez en la interacción y daría término al proceso. Las hipótesis proceden de la interacción recursiva
entre terapeuta y familia. En este sentido, «ser realmente seguidor de Bateson» significa atribuir la formulación de hipótesis, no al terapeuta o a los clientes por separado, sino a ambos a la vez. Bateson (1979) se preguntaba: cuando un hombre corta un árbol, ¿dónde está su mente? Y respondía que la mente es el circuito que vincula al hombre, al hacha y al árbol. Con otras palabras: mente y sistema son sinónimos. De un modo análogo, uno puede preguntarse ¿dónde está la hipótesis?, ¿en la mente del terapeuta o en otro lugar? En los años setenta se decía que la hipótesis se hallaba en la mente del terapeuta, mientras que hoy decimos que se encuentra, sin dudajen el contexto de la interacción.
Las preguntas circulares -que no se han de confundir con el concepto de circularidad que se acaba de exponer- se definían, en la medida en que el
terapeuta hacía preguntas a los miembros de la familia sobre los comportamientos de dos o más de sus componente Estas preguntas se habían planteado para obtener informaciones -y no tantb datos-: Bateson, de hecho, sostenía que una
información es «una diferencia que produce una diferencia», es decir, una relación, y en esto se distingue de un dato.
Las preguntas circulares tienen también otra consecuencia importante: sitúan a cada miembro de la familia como observador de los pensamientos, emociones y comportamientos de los otros de esta forma, crean en la terapia una comunidad de observadoreslPor medio de tales preguntas se cuestiona nuestro egocentrismo: cada miembro de la familia es dicho -en lugar de decir, escucha la opinión que el otro tiene sobre él y, de esta manera, tiene más posibilidades de conocerlo Para conocer con mayor prsundidad el proceso podemos decir que la información obtenida con las preguntas circulares es recursiva. Tanto la familia como el terapeuta, mediante las preguntas, cambian constantemente su propia comprensión, a partir de la información ofrecida por la otra parte. Las preguntas circulares contienen información sobre diferencias, nue
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vas conexiones entre ideas, significados y comportamientos¡ Estas nuevas conexiones pueden cambiar la epistemología o las premisas personales, los
postulados inconscientes (Bateson, 1972) de los diversos miembros de la familial Las preguntas circulares han pasado a ser, por sí mismas, una intervención, tal vez la más importante para el terapeuta sistémico.
Las preguntas circulares, propuestas inicialmente en el artículo «Hypothesizing- Circularity-Neutrality», pasaron a ser después objeto de estudio y de una
clasificación más precisa por parte de diversos autores, entre los cuales se encuentran: Hoffman (1981), Penn (1982, 1985), Tomm (1984, 1985, 1987a,b, 1988), Deissler (1986), Fleuridas, Nelson y Rosenthal (1986), Borwick (1990).
Trataremos brevemente dos de estas clasificaciones.
Karl Tomm, uno de los primeros estudiosos de las preguntas circulares, las ha clasificado en diversas categorías, según sus objetivos y sus características. Nos limitaremos a la primera clasificación de Tomm que,,tomando en consideración la intención del terapeuta al plantear las preguntas, las ha dividido
er*reguntas circulares informativas y preguntas circulares reflexivas: Las primeras tienen principalmente el objetivo de recoger información, las segundas el de provocar cambio (estos dos objetivos no se excluyen mutuamente y, con frecuencia, las preguntas tienen un carácter mixto). La diferencia entre
preguntas informativas y preguntas reflexivas está, no tanto en la formulación, cuanto en el lugar que las preguntas ocupan en el timing del diálogo: una misma pregunta, dependiendo del momento en que se plantea, puede asumir un carácter informativo o reflexivo (Tomm, 1985,1988).
Tanto las preguntas informativas como las reflexivas tienen una función análoga: investigar y poner de manifiesto diferencias y, por tanto, relaciones. Las diferencias tenidas en cuenta por Tomm pueden ser categóricas («la
contraposición dialéctica entre una percepción, o un concepto, y otra percepción u otro concepto», Tomm, 1985, pág. 39) o temporales.
Las preguntas sobre las diferencias temporales son, de alguna manera, más
complejas. Se concentran en una diferencia entre diferencias categóricas en dos momentos distintos, es decir, se concentran en un cambio [...1 Si se detecta un cambio, el terapeuta puede hacer preguntas sobre los sucesos que pueden haberlo motivado, teniendo en cuenta que los recuerdos del pasado están en el presente (pág. 41).
Klaus Deissler, que ha definido su modelo sistémico como PST (basado en las tres coordenadas: persona, espacio, tiempo), ha destacado también la importancia de las diferencias temporales. En su modelo las preguntas «explicativas», centradas en el pasado, tienen un efecto de auto-confirmación de las premisas de los clientes; las de «conservación», centradas en el presente, pueden tener un efecto de confirmación, aunque también pueden crear una situación nueva; pero son las preguntas «de solución», centradas en las perspectivas futuras, las que tienen mayor posibilidad de producir situaciones nuevas.
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La neutralidad es el principio que resulta más difícil de comprender fuera de una visión diacrónica. Del mismo modo que «es imposible no comunicar», resulta también imposible ser neutral en el momento de la acción. Por ejemplo, cuando el terapeuta pide a un miembro de una familia que describa las emociones y los comportamientos de otros miembros de la familia, lo sitúa en una posición
activa, con frecuencia ventajosa respecto de los otros. La neutralidad, tal como la definió originariamente el grupo de Milán, es un proceso que se desarrolla en el tiempo4El terapeuta no crea alianzas o coaliciones, ni con los miembros de una familia ni con sus ideas,INaturalmente, esto se ha de considerar en su dimensión diacrónica. Por ejemplo, en el curso de una sesión el terapeuta, para no perder su propia espontaneidad y para evitar un bloqueo, puede ponerse a favor de una de las partes; pero después -con la ayuda de sus colegas que están detrás del espejo o, si trabaja solo, por medio de la reflexión en el intervalo entre una sesión y otra- puede conseguir de nuevo la neutralidad. Que es una posición relacional favorecida por una visión circular de la realidad; es una posición de curiosidad (Cecchin, 1987), que favorece la aparición de diversas ideas y puntos de vista.
Con el desarrollo de las teorías sistémicas ha sido necesario revisar la noción misma de neutralidad. Este concepto, tal como se comprendía en los años setenta por la cibernética de primer orden, presuponía la separación entre observadores y observados. Al terapeuta le resultaba posible colocarse en el punto de llegada o «meta» a la que tenían que dirigirse los clientes. La asunción posterior de la cibernética de segundo orden cambió la situación. Es imposible la separación entre observador y observado; el sistema tiene que incluir las dos partes, con lo cual el terapeuta no puede ser realmente «neutral»; porque, al formar parte del sistema, no puede ser neutral respecto de sí mismo, de sus propios
prejuicios, de sus propias ideas. Lo mismo vale para el equipo, que tiene un punto de vista más abstracto que el del terapeuta que se encuentra en la sesión, pero que, a su vez, no puede dejar de verse condicionado por sus propias
premisas.
Se han propuesto muchas ideas para integrar o corregir el concepto de neutralidad, entre ellas la de «curiosidad» (Cecchin, 1987) o la de
«multiparcialidad» (Hoffman, 1988). Nosotros preferimos actualmente hablar de una tendencia a la neutralidad, una tendencia que debe ser una especie de asíntota ideal para el terapeuta o para el equipo terapéutico, pero que, por definición, es inalcanzable.
En 1979 el grupo de Milán se dividió. Selvini Palazzoli y Prata dejaron el Centro para continuar su investigación sobre la familia. Dicha investigación, basada en la cibernética de primer orden, trataba de «descubrir» posibles organizaciones familiares («juegos») específicas, pertenecientes a síndromes específicos, como la anorexia o la psicosis. Después, en 1983, Mara Selvini Palazzoli, Stefano Cirillo, Matteo Selvini y Anna Maria Sorrentino formaron un
equipo para continuar la investigación sobre las tipologías familiares, cuyos resultados se publicaron en el volumen I giochi psicotici nella famiglia [Los juegos psicóticos en la familia] (1988).
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Boscolo y Cecchin continuaron su propia investigación, que siguió un proceso distinto, bastante marcado por un cambio de contexto. En 1977 los dos terapeutas habían comenzado a impartir un curso de formación sobre la terapia familiar sistémica, dirigido a grupos de diez a quince profesionales provenientes de los ámbitos más diversos (en su mayoría de los centros públicos). Uno o dos
terapeutas, que eran normalmente alumnos, atendían a las familias, mientras que