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2. El comportamiento mágico-religioso entre los primeros hombres

2.6. Las primeras grandes religiones

2.6.8. Los Griegos

Los antiguos griegos eran politeístas y veneraban un panteón integrado por dioses, semidioses, héroes, espíritus y fuerzas sobrenaturales. Originalmente, la geografía sagrada de Grecia no fue homogénea sino que estuvo plagada de elementos propios de cada región. Sin embargo, con el desarrollo político y cultural se produjo también una expansión de ideas religiosas comunes. “Los pueblos helénicos se sentían especialmente unidos por la comunión étnica, lingüística, cultural y religiosa que los llevaba a dividir el mundo entre griegos y bárbaros”[52].

A lo largo de los siglos, la tradición oral y la intervención de poetas y filósofos fueron constituyendo el panteón de dioses. Éstos residían en el lejano Olimpo pero intervenían directamente en los asuntos terrenos, llegando incluso a engendrar hijos con los humanos.

Zeus era el dios por excelencia, según lo describieron Homero, Hesíodo y otros autores. Era de origen celeste y se cree que fue introducido por los invasores indoeuropeos. Sin embargo, no se lo consideraba el creador del universo ni pertenecía a las divinidades originales.

Los griegos contaban con un mito especialmente violento que explicaba el origen del mundo y la separación del cielo y la tierra. En él, Zeus se imponía a otros dioses primordiales después de una descarnada lucha. Con la derrota de los llamados “Titanes” quedó cerrada la etapa precosmogónica. El triunfo de Zeus equivalía, tal como ocurría en otras religiones, al fin del caos y al comienzo de una nueva organización del universo.

Entre otras cosas, los mitos cuentan que Zeus hizo suyas a las diosas locales prehelénicas y cerró así el proceso de simbiosis de los tiempos remotos. Sin embargo, muchas de las divinidades originales no desaparecieron sino que fueron absorbidas e incorporadas a la nueva religión.

El culto a Zeus fue muy popular y logró atravesar toda la geografía de la antigua Grecia, tal como lo atestiguan el gran número de santuarios dedicados a su culto.

La cosmogonía relatada por Hesíodo cuenta que los dioses y los mortales tenían un origen común. En un tiempo primordial, los hombres vivían en una suerte de paraíso, libres de enfermedades y en constante fiesta. Pero a causa de sus pecados, Zeus decidió aniquilarlos. Así fue creando distintas generaciones de hombres que se fueron aniquilando sucesivamente. Luego de varias frustraciones, los hombres fueron separados definitivamente de los dioses.

Esta distancia del mundo sagrado tuvo un impacto muy fuerte en la religión griega. El pesimismo y la añoranza del tiempo original fueron un rasgo central que acompañó a los pueblos helénicos durante muchos siglos. Éstos consideraban a la vida como una suerte de castigo debido a que el hombre no es en estricto sentido una criatura de los dioses. “La sabiduría comienza con la conciencia de la finitud y la precariedad de toda vida humana. Se trata, por consiguiente, de sacar provecho de todo cuanto pueda ofrecer el presente: juventud, salud, goces materiales y ocasiones de mostrar la propia valía”[53]. La existencia humana era por definición algo efímero y sobrecargado de miserias. El

bien no recibía recompensa y el mal no era castigado. Por eso, daban mucha importancia al “gozo de vivir”, una forma de existencia que sobrevaloraba el presente. Los griegos también creían que la muerte consistía en una existencia ulterior disminuida y humillante en el Hades, o inframundo.

Después de Zeus, el dios más venerado por los griegos era Apolo. Como su culto se extendió también por varias regiones de Asia, los historiadores creen que era de origen asiático y sólo llegó tardíamente a la Grecia continental.

Otro dios muy popular era Hermes, cuyo atributo principal era su habilidad para mezclarse con los hombres. Se lo veneraba como protector de los caminos y fue uno de los pocos que no desapareció con la crisis de la religión clásica griega ni con la aparición del Cristianismo.

Un rasgo que distinguió a los griegos de otros pueblos fue que su panteón femenino era tan importante como el masculino. Muchas de estas diosas descendían de mujeres que habían sido desposadas por Zeus. Algunas de las más importantes fueron Hera, diosa de la fecundidad y Artemis, diosa virgen por excelencia.

Sin embargo, la que más destacó fue Atenea, divinidad de la guerra, guardiana de la ciudad, de la democracia y de la sabiduría. Era también la protectora de ciertos oficios que implicaban un uso particular de la inteligencia, de la habilidad técnica y de la política.

Una tercera categoría de seres, aparte de los dioses y los hombres, eran los héroes. Recibían sacrificios y habían habitado en una época primordial, después del triunfo de Zeus. Descendían de las divinidades pero a su vez tenían una paternidad humana. No se los tomaba por humanos, pero morían y continuaban actuando desde el otro mundo. El héroe gozaba de una inmortalidad de orden espiritual, de gloria y de perennidad a través de su nombre.

Tenían rasgos ambivalentes y se comportaban de modo errante. Incluso llegaron a enfrentarse a los dioses. Los relatos de sus acciones revelaban como nada el carácter caótico de los tiempos originales.

En las ciudades griegas, la religión oficial era un aspecto central que hacía a la formación de la conciencia ciudadana. “Lealtad al dios protector equivalía a lealtad a la ciudad, y en el trazado de la urbe, templo y ágora (plaza pública) eran los espacios privilegiados”. [54]

Los griegos también otorgaron mucha importancia a los sacrificios, principalmente de animales. Realizaban ampulosas ceremonias que comprendían oraciones, procesiones y ofrendas además de otros actos, como la adivinación a través de oráculos.

La antigua religión y mitología griega persistieron durante trescientos años tras la llegada del Cristianismo, pero finalmente fueron absorbidas. De cualquier manera, su mayor éxito radica en que algunos de sus elementos fueron incorporados y subsisten en los grandes sistemas de creencias de Occidente.