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Junto a los factores antes mencionados, están aquellos que guardan relación con los imaginarios políticos de la transición. Para dar cuenta de ello se han creado cuatro imaginarios38, desde los cuales se puede observar las características de la sociedad durante este periodo. En tal sentido, la figura de imaginario esta emparentada con la construcción de tipos ideales presentes en la sociología de Max Weber, en tanto no coincide con los hechos empíricos, pero trasciende la mera ficción. Responden más bien a la exaltación de ciertos rasgos a partir de los cuales pueden explicarse fenómenos de la realidad que han de aproximarse al modelo aquí presentado. En estos cuatro imaginarios se pretende exponer las principales características del malestar político de los chilenos a partir de los años 90’. Así, se ha destacado el temor al conflicto, la demonización de la política, el discurso exitista y el “nihaismo” de los jóvenes.

1.2.1. El temor al conflicto

La experiencia autoritaria marca definitivamente a los chilenos y divide la historia nacional en tres partes: antes, durante y después de 1973. Para unos, el clima de desorden e inestabilidad política y económica justifica plenamente el golpe de Estado de 1973 como única alternativa para acabar con la crisis; mientras que para otros esa fecha se asocia a los horrores vividos como consecuencia de las violaciones a los derechos humanos y a la falta de libertades durante la dictadura militar. La recuperación de la democracia, en ese sentido, significa para muchos “dar vuelta la página” y “mirar el futuro”.39

La política, vista desde esta perspectiva, se transforma en el lugar donde nuestros conflictos como sociedad se “avivan”, donde los chilenos perdemos la “unidad” y donde nos volvemos a “dividir” por cosas que “ya pasaron”. “El consenso se convirtió en una conminación al silencio.

38 Basado en Carreras, Francisco y Valenzuela, Paula, El Malestar en la Cultura: La transición Chilena y

la Desilusión Política, Manuscrito, Santiago, Noviembre del 2003.

39 “Asumir la historia implica confesar nuestra vulnerabilidad, la precariedad de las condiciones materiales de

vida y, por sobre todo, precariedad de nuestra convivencia, de nuestras identidades, de nuestras ideas y categorías. Una precariedad reñida con el exitismo”. Lechner, Norbert, Las sombras del..., p. 45

Romperlo significaba situarse en un terreno dramático, cuya violación sería atentar contra el proceso, dañarlo”. 40

El temor al conflicto se materializa en la forma evasiva en que la derecha y un sector pasivo de la sociedad justifican su opción por dar cierre definitivo a los procesos judiciales de derechos humanos con el discurso de no volver a “abrir las heridas del pasado”; “la experiencia traumática de los conflictos sociopolíticos llevó a los chilenos a desplegar un velo de silencio sobre las divisiones que atraviesan la convivencia. El miedo a revivir los conflictos pasados hizo de la propia historia un secreto de familia del cual no se habla”41

De esta manera, el primer tipo de imaginario social acerca del desencanto de la población exalta el temor a romper el silencio y enfrentar abiertamente la problemática de los derechos humanos

1.2.2. La demonización de la política

La desafección con la política tradicional nos lleva a transitar desde el discurso que acusa la inutilidad de la actividad política a uno más radical que la sindica como responsable de todos los males de la sociedad. En un país como el nuestro, con altos índices de pobreza, adquiere vigencia la oferta política ligada a la resolución de las necesidades materiales inmediatas de las personas. Sin embargo, la incapacidad de la política de controlar la economía vuelve a esta oferta apenas un conjunto de promesas “vanas” en vista de que el modelo de desarrollo económico vigente aún parece estar a la espera del tan anhelado “chorreo”. En estas condiciones, el adagio popular “da lo mismo quien esté arriba, si mañana hay que trabajar igual” hace cada vez más sentido para un número significativo de chilenos que advierte que, en lo referido a condiciones laborales, acceso a bienes básicos, demanda por aumentos salariales, etc., la política poco puede ofrecer y solucionar satisfactoriamente. Si el debate de ideas se circunscribe a una reducida elite, la actividad pública pasa a ser concebida por la ciudadanía como la lucha estéril por el poder, asociada a

40 Op.cit. Moulián, Tomás, p.9 41

Informe PNUD, Desarrollo Humano en Chile. Nosotros los chilenos: un desafío cultural, Santiago, 2002. p.82

conflictos artificiales y a la corrupción. Cabe destacar que, según el Latinobarómetro 2004, un 70 % de los chilenos cree que el país está gobernado por unos cuantos intereses poderosos en su propio beneficio.

1.2.3. El discurso exitista

La apertura democrática contribuyó a consolidar rápidamente a Chile como una de las economías más confiables de América Latina. Los índices macroeconómicos se vieron así favorecidos por la normalización y la estabilidad política, lo que despejaba los temores de los inversionistas extranjeros acerca de las presiones sociales que podían sucederse como consecuencia del fin de la dictadura. Claro símbolo de esta estrategia de “limpieza” la relata Moulián al describir el iceberg expuesto en la Feria Internacional de Sevilla, el año 1992: “Durante mucho tiempo creímos que el iceberg era un ingenioso dispositivo destinado a compararnos con la modernidad del Norte. Nos presentaba como una perfecta mimesis de Ámsterdam o de Estocolmo, ciudades de la eficiencia porque eran ciudades del frío (...) Pero el significado del iceberg no se agotaba en el gesto mercantil (...) representaba (también) el estreno en sociedad del Chile nuevo, limpiado, sanitizado, purificado por la larga travesía del mar. En el iceberg no había huella alguna de sangre, de desaparecidos. No estaba ni la sombra de Pinochet. Era como si Chile acabara de nacer”42.

Los “nuevos tiempos” que se inician bajo la administración Frei representan el comienzo de la euforia económica y la obsesión por realizar las tareas modernizadoras. Esto, en condiciones de un crecimiento macroeconómico del orden del 7%, con escasa inflación y mínimos índices de desempleo.

El imaginario exitista convive, paradojalmente, con el pesimismo colectivo y, más bien, reafirma la emergencia de un nuevo chileno, que luce orgulloso su proveniencia cuando viaja por América Latina o frente a los inmigrantes de países vecinos. Al estar arraigado en una dimensión fundamentalmente económica, el imaginario se torna inestable, a-histórico y sin relación con factores político institucionales. Tras una bandera tricolor los chilenos

podemos ahora viajar por el mundo y vibrar juntos con cada éxito deportivo, siempre y cuando nadie mencione las palabras Allende o Pinochet.

1.2.4. El “nihaísmo” de los Jóvenes

Los bajos indicadores de participación política de la juventud chilena parecen no ser más que el reflejo de una suerte de “nihaismo” político enquistado, graficado en la expresión “no estoy ni ahí”. Gran parte de los jóvenes manifiesta esta actitud de no estar “ni ahí” frente a la disyuntiva autoritarismo / democracia, o frente a la flexibilización laboral, las políticas de educación superior, por nombrar algunos ejemplos. Sin embargo, para otro sector de jóvenes el no participar en política más bien reafirmaría su compromiso para con la sociedad. Este sector defiende su “apoliticismo” como forma de “rechazo al sistema”. Esta actitud, paradojalmente, es congruente al discurso conservador. Quienes desprecian la actividad política, amparados en el pseudo anarquismo propio de muchos grupos juveniles, en la práctica poco se diferencia de la retórica antipolítica de los sectores más reaccionarios de la sociedad.

En la construcción de estos imaginarios se han exaltado rasgos de la sociedad chilena durante el proceso de retorno a la democracia, a modo de complementar el análisis del desencanto con la política en nuestro país.

De este modo, se ha rescatado una amplia gama de procesos complejos e interrelacionados, los cuales, sintéticamente, nos permiten exponer el contexto político actual en Chile desde una perspectiva crítica a los contenidos, maneras y alcances de la política. Es en este marco en el que surge e interpretamos el fenómeno en estudio, como resultado de los procesos de cambios experimentados durante los últimos años, pero también como motor de nuevos procesos.

Para finalizar esta primera parte, queremos destacar que sobre la base de lo planteado parece ser que la política en Chile se ha vuelto lo que Moulián llama una política “analfabeta”, la que describe como aquella que parte de la base de que no hay fines sobre

los que discutir: “Cuando no hay fines que discutir o sobre los cuales arbitrar, porque ya llegó la sociedad terminal del capitalismo globalizado neoliberal y de las democracias de baja intensidad ¿de qué habla la política? De nada, dando la impresión de que habla de todo.”43

. Es quizás por esta falta de objeto concreto de la política que los aspectos subjetivos de ella surgen con relevancia y, en los imaginarios sociales, las dimensiones emotivas toman fuerza y protagonismo.

A continuación expondremos tres elementos específicos necesarios para comprender el contexto a analizar. Estos aspectos guardan relación con los ejes analíticos propuestos en las hipótesis; vale decir, aquellos procesos que dan cuenta de lo que ha sido la irrupción de las mujeres en el escenario político nacional, lo que significa hoy el poder en Chile y la manera en que se ha enfrentado en democracia el tema de la resolución de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. Finalmente, expondremos brevemente algunos antecedentes biográficos y de la trayectoria política de Michelle Bachelet, necesarios para comprender el análisis posterior.

43

Moulián, Tomás, “No Creo Posible el Perdón”, Entrevista en Revista Rocinante, Nº 74, Santiago, Diciembre del 2004, p. 5.