Para extender y ampliar las monarquías han
sido necesarios los descubrimientos y las
conquistas, porque debajo de ellas se han ensanchado, y los príncipes se han hecho
poderosos y ganado estimación.
Bernardo de Vargas Machuca,
Milicia y descripción de las Indias
(1599)1
En la segunda década del nuevo siglo, cuando murió Fernando de Aragón, el Atlántico era, virtualmente, un océano virgen, apenas tocado por el puñado de navios que se habían aventurado en él. Los primeros pioneros fueron los portugueses, que establecieron el primer imperio europeo de ultramar2, pero los participantes
activos de la empresa naval provenían de todas las naciones, y entre ellos había italianos, vascos, catalanes y franceses. Desde el siglo XV, el principal atractivo de la
ruta marítima del sur era la posibilidad de encontrar oro en África. A finales del mismo siglo, los navegantes se habían lanzado hacia el oeste, a través del océano, y
habían llegado a Madeira y las Azores, obteniendo un
conocimiento preciso de los vientos y corrientes de la
zona. El viaje de Colón en 1492 y el de Vasco da Gama al doblar el sur de África seis años más tarde dieron a los
europeos una decisiva iniciativa en el Atlántico sur y
occidental.
En 1516, a la muerte de Fernando, los tronos de Castilla y Aragón pasaron a manos de su nieto, el archiduque Carlos de Habs- burgo, hijo de Juana y Felipe
el Hermoso. Carlos, que nació en 1500 en Gante y fue
criado por su tía en los Países Bajos, era el arquetipo de príncipe renacentista: culto, pío y educado en el arte de la guerra. En 1516, fue proclamado en Bruselas monarca de los reinos españoles (su madre, todavía reina legítima de Castilla, fue tratada como tal hasta su fallecimiento) y en el otoño de 1517 emprendió viaje para hacerse cargo de su herencia. Soberano extranjero con escaso conocimiento de la lengua castellana, llegó acompañado por sus consejeros, neerlandeses en su mayor parte. Diversos malentendidos con sus nuevos subditos provocaron una sucesión de agravios que, en Castilla, pronto acabaron en rebelión. Para entonces, 1520, el nuevo rey había abandonado España y se había des- plazado a Alemania, donde fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano. Fue coronado en Aquisgrán en octubre.
El título de emperador de Carlos convirtió a España en fiel compañera de su destino universal y con él, el monarca reunió en sus manos más reinos que ningún otro soberano europeo hasta la fecha: todo el patrimonio borgoñón, centrado en los Países Bajos; la inmensa herencia de los Habsburgo, que incluía a Austria dentro del Imperio y a Hungría fuera de él; toda la España peninsular y los territorios italianos de Nápoles y Sicilia; y el continente americano. Sus deberes lo llevaron a todas partes: en su abdicación, que tuvo lugar en Bruselas en 1555, recordó que había efectuado viajes por tierra y mar a todos los países de Europa occidental y a África. Pasó viajando uno de cada cuatro días de su
reinado: «mi vida», dijo más tarde, «ha sido un largo viaje».
Sin embargo, el imperio de Carlos no era el imperio de España, y los españoles lo sabían muy bien. Los castellanos en particular dejaron muy clara su postura durante la revuelta de los Comuneros. Habían tenido hacía poco un rey extranjero, Felipe el Hermoso, de modo que no se oponían a Carlos en tanto que extranjero. Más bien se oponían a los privilegios que concedió a los extranjeros, que consideraban excesivos. Sobre todo, y después de la omnipresencia de Fernando e Isabel, se oponían a los viajes del rey a tierras forá- neas. Un soberano, insistían, debía residir en sus territorios, tema recurrente en todas las Cortes de Castilla celebradas durante su reinado. «La prolongada ausencia de Vuestra Majestad de sus dominios españoles», escribió el Almirante de Castilla en 1531, «es algo con lo que vuestros súbditos difícilmente pueden conciliarse». Con el tiempo, castellanos y españoles comenzaron a aceptar su destino internacional y el propio Carlos llegó a hispanizarse en cierta medida (por ejemplo, sólo eligió como confesores a clérigos españoles). Los españoles se introdujeron en el mundo político y cultural de Europa. Llegaron a optar a honores extranjeros: a partir de 1516, diez puestos de la famosa orden borgoñona del Toisón de Oro estaban reservados para ellos. El rey hizo el importante gesto de aprender castellano, que pronto se convirtió en su segundo idioma tras el francés, su lengua materna.
Durante la mayor parte del reinado de Carlos, los reinos españoles continuaron con el limitado papel mediterráneo que habían heredado de Fernando el Católico y no quisieron verse arrastrados a un papel imperial en el norte de Europa, papel que no compren- dían y para el que no estaban preparados. Tras su visita a Alemania para ser coronado emperador, Carlos
regresó a la Península en julio de 1522 y allí permaneció durante siete años, la mayor de sus estancias con sus súbditos españoles. En abril de 1526, se casó en Sevilla con su prima, la hermosa princesa Isabel de Portugal, que, en mayo de 1527, dio a luz en Valladolid a su único hijo varón, el príncipe Felipe.
Durante las ausencias del emperador, Isabel asumió, en seis de los diez años que transcurrieron antes de su prematura muerte en 1538, las tareas cotidianas del gobierno. Su correspondencia con Carlos revela bien a las claras los horizontes que aún definían la visión del mundo que se percibía desde Castilla3. En
sus cartas, apenas menciona a los Países Bajos y las alusiones al Nuevo Mundo son muy escasas. A las tierras del reino de Castilla se refiere como «estos reinos», y a las de la corona de Aragón las llama «aquellos reinos». El mundo exterior se reduce casi exclusivamente al Mediterráneo: sus puertos, sus barcos y sus defensas. No hay referencias al mundo del norte de la Península: Cantabria o el País Vasco o los mares del norte de Europa. Y el único tema recurrente es la preocupación de la emperatriz por su marido, sus ausencias, su seguri- dad, sus guerras e, inevitablemente, la escasez de sus cartas. Le pide (en 1531) que «sea servido de dar orden cómo de aquí adelante no se pase tanto tiempo sin screvirme, sino que de 20 en 20 días yo sepa de V. M.».
Francisco de los Cobos, principal administrador de Carlos en la Península, se opuso resueltamente a los costosos compromisos del emperador en Alemania y apoyó tácitamente las constantes negativas de las Cortes castellanas a prestarle ayuda financiera4. Mucho
después de la derrota de los Comuneros y más de una generación después de los viajes de Colón, la mayoría de los españoles mostraban poco interés en los nuevos horizontes que se abrían en
Europa y al otro lado del Atlántico. Sólo unos pocos humanistas —los que estaban al servicio de la corona, como Mir, consejero catalán, o Pedro de Soto, confesor de Carlos— demostraban ávido interés por las nuevas oportunidades que ofrecía el contacto internacional. A pesar de la indiferencia dominante, el reinado del emperador fue decisivo en la importancia de Castilla, porque creó todos los mecanismos que más tarde posibilitaron que su hijo Felipe II definiera los trazos de un poder imperial específicamente español. También sirvió para conceder, en el interior de la Península, primacía a Castilla, que se convirtió, como confirman los documentos oficiales de la época, en «cabeza de estos reinos», y, por tanto, en el lugar donde residían los administradores del emperador y del cual dependía la corona en lo referente a tropas y dinero. El destacado papel de Castilla dio pie, en cierto modo, a que se mostrara más dócil ante la intensa actividad internacional de Carlos V. Se produjo, además, una circunstancia que rápidamente le otorgó una importancia que jamás había esperado: la importación regular de metales preciosos del Nuevo Mundo, de los territorios conocidos con el nombre oficial de «las Indias de Castilla».
Carlos ostentaba el título de emperador sólo en Alemania, en el resto de sus reinos gobernaba según el poder que le correspondía en cada uno de ellos. El factor que mantenía ligados sus territorios era (como anteriormente había ocurrido con Fernando) el derecho dinástico, el mismo derecho que le permitió, al final de su reinado, repartir sus reinos entre los miembros de su familia. Como averiguó cuando, en 1517, tuvo que negociar con las diversas Cortes de sus reinos peninsulares, España contaba con pocos recursos financieros y ninguno que le sirviera de ayuda en sus empresas internacionales. Desde el principio tuvo que confiar más en los hombres de negocios europeos que
en los peninsulares. Los grandes centros de la banca europea se encontraban en los Países Bajos, Alemania central y el norte de Italia, y fue allí adonde Carlos dirigió su mirada con el fin de pedir préstamos que más tarde podría devolver con los impuestos recaudados en todos sus reinos. Aunque acababa de comenzar su reinado, acumuló deudas rápidamente, sobre todo en Alemania, donde trataba de allanar el camino para su elección como emperador en 1519. También obtuvo ayuda de los nobles flamencos más eminentes, que le entregaron grandes sumas a cambio de privilegios en el Nuevo Mundo. Los miembros de su corte obtuvieron derechos que les permitirían especular en el Nuevo Mundo y ocuparse de materias comerciales. Al cabo de unos meses de la ascensión de Carlos al trono, los horizontes de Castilla comenzaron a extenderse hasta límites imprevistos gracias a la ayuda de la financiación internacional.
Muy despacio, los españoles comenzaban a identificarse con un destino más amplio. Algunos, como funcionarios, obispos y cronistas, lo hicieron porque se les pagaba para servir al emperador. El secretario encargado de la correspondencia en latín de Carlos, Alfonso de Valdés, presentó a su señor como la culminación de las aspiraciones de paz y unidad entre los pueblos: «fiet unum ovile et unus pastor», escribió. En las calles, otros cedieron a un sincero entusiasmo popular. Cuando el emperador visitó Sevilla para contraer matrimonio con Isabel, un arco triunfal proclamaba: «la campaña que os guió hasta aquí con tanto bien os pondrá en Je- rusalén». A medida que pasaron los años, los propagandistas dedicaron a Carlos los mismos apelativos que habían dedicado a Fernando. En 1538, la localidad de Gibraltar afirmó que el destino del rey era liberar Jerusalén, «como está pronosticado por santos varones»5.
Los castellanos llegaron a ver a Carlos como su propio emperador, como a alguien que hablaba su propia lengua, la cual había aprendido con prontitud y soltura. No obstante, aunque aceptaban al emperador abrigaban serias dudas sobre la idea de un «imperio». La realidad era que ni siquiera el propio Carlos tuvo nunca una ima- gen grandiosa de lo que sus territorios pudieran significar y dejó la formulación de la teoría «imperialista» en manos de sus consejeros, más en particular a abogados como su canciller, el noble pia- montés Mercurino Gattinara. Para Gattinara, admirador de los éxitos de los romanos, la palabra «imperio» significaba la capacidad de ejercer sin límites el poder soberano. Pero nunca tuvo ninguna connotación relativa a la expansión internacional. De hecho, Gattinara, al parecer, no consideraba el Nuevo Mundo como parte relevante del «imperio» de su señor6. Por su parte, los autores
castellanos siguieron el precedente establecido por Nebrija y rechazaron enérgicamente las pretensiones del imperio «germánico». Era una forma de reclamar la autonomía para España dentro de la monarquía universal de Carlos. Muchos miembros de la orden dominica en España7 continuaron oponiéndose durante
largo tiempo al concepto de monarquía universal si éste amenazaba la integridad de su tierra natal.
En 1525, contemplando la magnitud de la tarea que se presentaba ante él, el joven Carlos fue consciente de que no debía fracasar. «Veo y siento que el tiempo pasa, y nosotros con él, y no quisiera perderlo sin dejar recuerdo de mi fama. Teniendo todo esto presente, nada encuentro que me impida hacer algo grande si la gracia del Señor me asiste para que disfrute con paz y sosiego»8. No tomó en serio la idea de un grupo de
administradores que pudieran supervisar los términos generales de su política; el Consejo de Estado, que podría haber desempeñado tal labor, era puramente honorífico. Por otro lado, estaba profundamente
preocupado por la gestión eficiente de las transacciones
entre sus estados. Tenía tres prioridades fundamentales: contar con la posibilidad de obtener dinero cuando y donde fuera necesario, mantener vías de comunicación fiables para la emisión de órdenes y la circulación de su correspondencia, y poder disponer de tropas. Todo esto requería la creación de una red internacional sin la cual el poder imperial no podía gestionarse. Los limitados recursos de que había dispuesto Fernando el Católico no eran suficientes y Castilla no podía acometer la tarea en solitario. Había que esperar aún menos ayuda de Alemania, territorio disperso con miles de pequeños príncipes y carente de administración central. La atención del emperador a las necesarias tareas de gobierno no sólo fue pionera, representó un gran paso hacia la organización de la sociedad europea y permitió hacer frente con recursos muy limitados a la en apariencia imposible tarea de controlar unos territorios que ocupaban más de la mitad del mundo conocido.
La primera de sus innovaciones consistió en facilitar los desplazamientos de capital a escala internacional9.
Evidentemente, el suministro de fondos, del que nos ocuparemos en detalle más adelante (véase Capítulo VII), era fundamental. Al trasladarse a España, el emperador llevó con él a sus propios banqueros, de manera que, al principio, la presión sobre los recursos peninsulares no fue excesiva. Sin embargo, los castellanos pronto descubrieron que tendrían que competir con los poderosos intereses económicos exis- tentes entre los cortesanos. Fernando el Católico había administrado sus asuntos con un pequeño equipo de banqueros que lo seguían a todas partes, asegurándose de encontrar efectivo siempre que lo deseara. Con Carlos, los banqueros y sus negocios adquirieron una dimensión completamente distinta. «El caso de España bajo los Austrias es el ejemplo más completo y terminante de superposición de unos capitales y unos
capitalistas extranjeros, cosmopolitas, a los que recurre el trono»10. Carlos estableció los primeros contactos con
los banqueros alemanes de las casas Fugger y Welser. Más tarde, más o menos a partir de 1560, los banqueros genoveses entraron en escena de manera poderosa.
La segunda innovación importante fue la relativa al problema de las comunicaciones. En el mundo premoderno, decisiones vitales para la guerra, la política y el comercio se retrasaban y frustraban porque había problemas para que la información llegara a tiempo. El barco, el caballo y el carruaje eran los tres medios de transporte de la época y su eficacia era diversa. Los tres eran lentos y, lo que era peor, inseguros. Desde la década de 1490, el gobierno había empleado en Bruselas como administrador de postas a un hombre notable, Frangois de Tassis, miembro de la destacada familia de los Tasso, que procedía originalmente de las cercanías de Bérgamo. En el siglo XV, algunos miembros
de esta familia se afincaron en los Países Bajos (donde el apellido se escribía «Tas- sis») y Alemania (allí se escribía «Taxis»). Alrededor de 1450, habían organizado para el emperador lazos postales desde Viena hasta Italia y Bruselas. En torno a 1500, su éxito en la financiación de las comunicaciones postales les había reportado riquezas y el rango nobiliario. Al acceder, en 1516, al trono de España, Carlos confirmó a Tassis y a sus asociados (miembros de su familia procedentes directamente de Italia) como administradores generales de postas para todos los territorios gobernados por él. Se trataba de un monopolio inmenso. Las Cortes de Valladolid de 1518 protestaron con firmeza contra la concesión a unos extranjeros del servicio postal de Castilla, y protestaron para que «no se diese a extranjeros oficios ni beneficios ni dignidades ni gobiernos ni cartas de naturaleza»11. Hubo similares
protestas contra los Tassis en Aragón, pero esta familia mantuvo sus privilegios sin incomodo, conservando una
enorme red postal que unía Viena, Bruselas, Roma y los dominios españoles hasta Nápoles. En Castilla, se convirtieron en miembros distinguidos de la aristocracia. Los españoles se dieron cuenta de que una empresa internacional como la de las comunicaciones requería más conocimientos, experiencia y recursos de los que ellos por sí solos poseían. Las tareas del imperio eran globales y exigían soluciones globales. Aunque los Tassis nunca perdieron su posición prominente, pronto se les unieron agentes postales españoles12, que tomaron
parte junto a funcionarios de otras naciones en la empresa común de transmitir noticias e información de una parte a otra de Europa.
Al mismo tiempo, era esencial desarrollar y ampliar los contactos con otros estados mediante embajadores que pudieran hablar en nombre del emperador y mantenerle informado. El servicio diplomático de Carlos estaba centrado en los Países Bajos, pero sus representantes eran reclutados en todos sus territorios. Los españoles, inevitablemente, sólo desempeñaron un pequeño papel en una red que abarcaba toda Europa.
Carlos se hizo cargo de aquellos que habían servido a Fernando13, pero durante su reinado, los representantes
más importantes procedían por lo general de Bor- goña (es decir, los territorios que en la actualidad forman Holanda, Bélgica, Luxemburgo, el Franco-Condado y otras regiones que pertenecen a Francia y Alemania) o de Italia. Hasta que Felipe II creó la estructura de un imperio específicamente español, los diplomáticos castellanos (que rara vez hablaban otra lengua moderna aparte de la suya) desempeñaron un papel secundario en los asuntos internacionales14. Al principio, la elite
administrativa y militar del emperador procedía casi exclusivamente del norte de Europa, lo que explica la queja que un oficial del ejército español en Nápoles dirigió al marqués de Pescara: «el emperador sólo asciende a los flamencos, y sólo a ellos otorga los
puestos principales; españoles e italianos no pueden esperar de él grandes favores»15. Pero españoles e
italianos pronto demostraron su valor y alcanzaron los más altos puestos de la jerarquía militar.
La tercera área importante de innovaciones en la gestión fue la relativa a la dispersión de riesgos económicos, que se conseguía ofreciendo a comerciantes y financieros los recursos del estado como garantía. Sin embargo, fueron los propios financieros quienes pudieron, al aceptar las condiciones y los altos tipos de crédito, gestionar sus fondos de un modo desconocido en el mundo medieval. Se estaba convirtiendo en algo frecuente en círculos comerciales que los navieros abonaran primas para cubrir los riesgos en el mar. De igual manera, los financieros necesitaban protegerse de los gobiernos que no pagaban sus deudas. Carlos se encontraba en la posición quizás única de poder ofrecerles la seguridad no de un solo estado, sino de muchos. En años posteriores llegaría a confiar cada vez más en el dinero que procedía de América, pero en las primeras décadas de su reinado los reinos no españoles contribuyeron en gran medida a financiar los costes y por lo tanto a dispersar los riesgos. Como Lannoy, su virrey en Nápoles, le recordó: «desde que dejasteis España [en 1520], sólo habéis retirado plata de aquí y de Flandes»16.
En cuanto los compromisos de la corona adquirieron una dimensión global, defenderlos se convirtió en una