En tiempos de la conquista ni habia Dios de los cristianos ni rey de España ni habia justicia y asi dieron en hurtar y robar los españoles y los indios y asi hubo mucha hambre y se murió mucha gente en todo el reino.
Felipe Guarnan Poma, Nueva
Coronica y Buen Gobierno (1614)
Como todos los estados en proceso de expansión, el español recurrió a métodos de conquista y ocupación. La recuperación de Nápoles para la corona de Aragón y la incorporación de Navarra a la de Castilla no habrían tenido lugar sin el recurso al ejército y sus correspondientes consecuencias: muerte, desorden y destrucción. Sin embargo, las campañas italianas ya habían demostrado que Castilla contaba con escasos recursos para un programa expansionista. En el Nuevo Mundo, la naturaleza de la empresa descartó desde el principio cualquier uso de la fuerza militar por parte de la corona. Ni Fernando ni Carlos V consideraron la aventura americana como una «conquista». Cuando los españoles dedicaron sus energías a las tierras de ultramar, no las conquistaron —a pesar de las orgu- llosas afirmaciones de sus cronistas—. La ocupación y explotación del Nuevo Mundo no fue un mero acto de sometimiento, sino algo un poco más complejo.
Ni un solo ejército español fue empleado en la «conquista». Cuando los españoles consolidaron su dominio, lo hicieron mediante los esfuerzos esporádicos de pequeños grupos de aventureros que más tarde la corona trató de someter a su control. Por lo general estos hombres, que asumieron con orgullo el título de «conquistadores», ni siquiera eran soldados. El grupo que capturó al Inca en Cajamarca en 1532 estaba compuesto por artesanos, notarios, comerciantes, marineros, hidalgos y campesinos; pequeño botón de muestra de los inmigrantes americanos y, en cierta medida, reflejo de la propia sociedad peninsular. Grupos similares entraron en acción en otros lugares del Nuevo Mundo. La mayoría de ellos, y especialmente sus cabecillas, eran «encomenderos» (lo eran, en efecto, 132 de los 150 aventureros que acompañaron a Valdivia en Chile). Esto significaba que se habían comprometido con la expedición en virtud de una «encomienda» concedida por la corona, es decir, de un contrato que daba a su beneficiario derecho a emplear como trabajadores a los indígenas y exigirles tributos, obligándole a su vez a servir y a defender la corona y a instruir a los nativos en la fe cristiana. Con frecuencia, los términos de este con- trato concretaban cierta modalidad de servidumbre feudal, «con armas y un caballo»1, evidenciando con ello
que se trataba de un acuerdo militar. Gracias a la encomienda la corona pudo organizar operaciones militares en el Nuevo Mundo sin necesidad, lo que por otro lado habría sido imposible, de enviar un ejército. La dependencia casi total de la iniciativa privada durante el periodo de «conquista» ya fue señalada por Oviedo, historiador que, como hemos visto, comentó: «casi nunca sus majestades ponen su hacienda en estos descubrimientos». Era éste un aspecto de suma importancia que los encomenderos no olvidaron.
Además, la llamada «conquista» de las Américas no llegó a completarse jamás. Los encomenderos nunca estuvieron en posición de sojuzgar a las poblaciones nativas sistemáticamente ni de ocupar más que un fragmento de las tierras en las que se internaban. Eran demasiado pocos y sus esfuerzos demasiado dispersos. Transcurridos más de dos siglos desde el periodo de la llamada conquista y mucho después de que los
cartógrafos trazaran mapas en los que prácticamente toda América se consideraba «española», los españoles, en realidad, no controlaban más que una pequeña porción del continente, principalmente las fértiles zonas costeras del Caribe y del Pacífico. Este hecho es fundamental para comprender la naturaleza del papel de España en América. El imperio de ultramar era una frágil empresa que producía muchos e importantes beneficios —sobre todo gracias a las minas de plata y de oro—, pero que los españoles nunca lograron controlar por entero.
Por ultimo, los primeros españoles en llegar al Nuevo Mundo insistían en que habían conseguido lo que habían conseguido mediante el tradicional derecho, reconocido en las sociedades del Viejo Mundo, de «conquista», pero pronto se desengañaron de esta idea. El clero que aconsejaba a la corona declaró que los españoles no tenían derecho a irrumpir como ladrones, tomar cuanto deseaban y proclamar que lo habían «conquistado». El domingo previo a la Navidad de 1511, Antonio Montesinos, fraile dominico, se dirigió al púlpito de la iglesia de Santo Domingo, en La Española, y denunció a aquellos españoles que tenían encomiendas sobre los indios. Otro clérigo notable, Bartolomé de las Casas, también dominico, se unió posteriormente a la campaña. En 1512, el rey Fernando sancionó la promulgación de las Leyes de Burgos, que intentaban regular la actividad de los colonizadores y las condiciones de vida de los indios. En la incipiente colonia nadie prestó atención a las leyes, pero de ellas surgió un documento especial redactado por un miembro del Consejo Real, Juan López de Palacios Rubios; fue conocido por el nombre de «requerimiento» y estipulaba que los derechos de la autoridad española se basaban no en la simple conquista sino en la donación de los nuevos territorios a España por parte del papa.
Este documento debía ser leído en público a los indios que no aceptaban las demandas de España. Empleado en numerosas ocasiones por las expediciones españolas, afirmaba que Dios había otorgado el mundo al papado, que el papa, a su vez, había cedido «estas
islas y tierra firme» a ¡os soberanos de España y que si los nativos no aceptaban la obediencia a España y a la religión cristiana, serían tratados como rebeldes, desposeídos de sus propiedades y esclavizados. Cuando leyó el documento, Las Casas comentó que no sabía si era cosa «de reír o de llorar». Ciertamente, para muchos españoles el Requerimiento era ridículo2. El propio autor
del texto se percató de que era absurdo. Fernández de Oviedo registra que Palacios Rubios «se reía muchas veces cuando yo le contaba lo que algunos capitanes después habían hecho». En efecto, Oviedo había criticado personalmente un caso específico, el de Pedrarias Dávila, primer gobernador de Castilla del Oro (Tierra Firme), uno de cuyos capitanes leyó el documento a un grupo de indios que quedaron perplejos. «Paréceme», dijo Oviedo a Dávila, «que estos indios no quieren escuchar la teología de este Requerimiento, no vos tenéis quien se la dé a entender; mande V M. guardarle hasta que tengamos algunos indios de éstos en alguna jaula, para que despacio lo aprendan»3. En un informe destinado a Carlos V, Alonso
Zuazo explicaba de qué manera leían el documento: «el Requerimiento fue leído en español, del que los indios no entendían una palabra. Además, se leyó desde tal distancia que aunque hubieran entendido la lengua, no podrían haber oído lo que se estaba diciendo»4. Cuando
era factible, el documento era traducido en provecho de quienes lo escuchaban. Puesto que los propios intérpretes no comprendían lo que decía, el resultado final era poco menos que grotesco.
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Resulta tentador considerar la llegada de los europeos a raíz de su éxito final. Con mucha razón, las crónicas tradicionales han hecho hincapié en los factores que parecían concederles superioridad. Se da por hecho que los españoles poseían una civilización políticamente avanzada, una mentalidad religiosa especialmente vi- gorosa y un ardiente deseo de combatir al infiel. Sus logros se han explicado por la superioridad de su tecnología y su obstinada búsqueda de oro. Sin duda, algunos de estos factores intervinieron en el proceso, pero no necesariamente culminaron con éxito, porque la historia de los españoles estuvo también llena de
grandes reveses. En perspectiva, sin embargo, muchos de los que participaron en la conquista se negaron a admitir cualquier fracaso. Viejo, ciego y en el modesto retiro de sus propiedades guatemaltecas, el historiador y conquistador Bernal Díaz recordaba: «A menudo me de- tengo a considerar las heroicas acciones de aquel
tiempo. Me parece verlas presentes ante mis ojos, y creo que las llevamos a cabo no por propia voluntad sino mediante la orientación de Dios»5. Los propios cronistas
españoles coincidieron en fomentar el mito de una fructífera conquista guiada por Dios. La realidad fue más compleja: hubo «éxitos» concretos, pero el panorama global mostraba una necesidad de adaptarse a muchas circunstancias que no siempre eran favorables. Entre el éxito y el fracaso, la empresa española en el Nuevo Mundo, la primera de su clase que afrontaba una nación europea, poseía características propias.Desde el Caribe los españoles emprendieron, de manera esporádica, diversas expediciones hacia el norte y hacia el sur. En el sur establecieron contacto, desde 1509 en adelante, con la población indígena del continente (al que llamaban Tierra Firme) y encontraron pruebas del uso de metales preciosos. En el norte, colonizaron nuevas islas (Cuba, por ejemplo, en 1511) y establecieron contacto con el continente a través de México. Desde Cuba, el go- bernador Velázquez envió expediciones en dirección norte, a las costas del Golfo de México y a Yucatán (que Ponce de León alcanzó en 1513). En esta zona del Caribe el acontecimiento más decisivo fue el éxito de Cortés al descubrir y someter (1519-1521) a una rica y poderosa civilización en el interior del continente. México cayó en manos españolas un cuarto de siglo después del
descubrimiento de América. La hazaña dio pie a una auténtica fiebre entre otros grupos de inquietos
españoles que se dispersaron por todo el continente en busca de riquezas. Esta segunda fase de la era de los conquistadores, durante la que se hicieron algunos de los descubrimientos más espectaculares de su tiempo, se prolongó durante otro cuarto de siglo.
El continente americano era el hogar de algunas civilizaciones muy extendidas y desarrolladas que en el México central y en los Andes adoptaban la forma de «imperios» en los que las comunidades locales pagaban regularmente tributos a los caudillos supremos: los mexicas6 en su ciudad isla de Tenochtitlán (centro de
una confederación nahua que dominaba los pueblos de México) y los incas en los Andes. En estos imperios la clase noble gozaba de privilegios especiales, la religión desempeñaba un papel ceremonial omnipresente y los bienes raíces solían estar controlados por órganos comunitarios (llamados calpulli en México y ayllu en el Pe- rú). Fuera de estas áreas imperiales, el enorme territorio americano estaba habitado por numerosos pueblos sedentarios y no sedentarios que los españoles apenas llegaron a conocer.
El compañero de armas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, registraba en sus crónicas: «En Jueves Santo de la Cena de mili e quinientos y diez y nueve años llegamos con toda la armada al puerto de San Juan de Ulúa. Y dende obra de media hora que hobimos surgido vinieron dos canoas grandes. Y fueron derechos al navio y entran dentro y hicieron mucho acato a Cortés y le dijeron que fuese bien servido, e que un criado del gran Mon- tezuma su señor les enviaba a saber que hombres éramos e que buscábamos, e que si algo hobiésemos menester para nosotros y los navios, que se lo dijésemos, que traerán recaudo para ello»7. Con este
mensaje tan cortés recibieron los mexicanos a la pequeña expedición que había zarpado de Cuba pocos meses antes, abriéndose camino a través de la costa de Yucatán. En febrero, la expedición encontró por casualidad a otro español, Jerónimo de Aguilar, que después de naufragar en Yucatán, se había establecido en la zona, casándose con una mujer maya. Poco después, un jefe maya local regaló a los españoles veinte esclavas. Una de ellas, a la que los españoles llamaron Marina, era mexica y tenía el náhuatl como len- gua natal pero había aprendido el dialecto maya local
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durante el cautiverio. Aguilar y Marina fueron para Cortés como un regalo del cielo. Al tratar con los mayas, Aguilar servía de intérprete a los españoles. Cuando contactaban con los nahuas, Marina —que aún no había empezado a aprender español— interpretaba lo que de- cían y Aguilar traducía sus palabras a Cortés.
Desde hacía algún tiempo, los indios recibían información fiable sobre los extraños llegados a sus costas. Sin embargo, abrigaban muchas dudas respecto al modo de recibirlos. Cortés había desembarcado con cuatrocientos soldados, dieciséis jinetes, algunas piezas de artillería y la firme convicción de que la tierra que pisaba pertenecía por derecho a su rey soberano. Los nativos abrumaron a Cortés y a sus hombres con regalos, grandes cantidades de oro y ornamentos; «fueron tantas cosas que como ha ya tantos años que pasó no me acuerdo de todo», recordaba Bernai Díaz. Para Cortés, sin embargo, los regalos sólo servían para afirmarlo en su principal objetivo, que los mexicas reconocieran a los soberanos de Castilla como señores. De lograrlo, este objetivo reforzaría su propia posición. Poco después de su llegada, decidió soslayar la autoridad de Velázquez y confiar exclusivamente en el apoyo de la corona de España. Así comenzó la fascinante cadena de acontecimientos por la que los españoles se abrieron paso a través de México, aliándose con algunas tribus y atemorizando a otras, hasta que finalmente, en el mes de noviembre, entraron en la imponente ciudad de Tenochti- tlán, que contaba con una población de al menos un cuarto de millón de habitantes, y se enfrentaron al gran Moctezuma.
Una respetable tradición histórica ha presentado a los mexicas como abrumados por las dudas y el temor ante la llegada de los dioses blancos. Las fuentes nativas, escritas una generación después de la conquista, se muestran impacientes por explicar, por medio de símbolos y augurios, por qué se produjo el derrumbe de su civilización. «Diez años antes que viniesen los españoles desta tierra, pareció en el cielo una cosa maravillosa y espantosa y es que pareció una llama de fuego»8. Los relatos náhuatl hablan de la
existencia de ocho augurios —el ocho era una cantidad estándar en la tradición nahua—, aunque éstos aparecen
más como una especie de prólogo al relato que como símbolos de un destino inminente. Los primeros contactos, como indica Bernal Díaz en el texto anterior, fueron cordiales. Durante el avance hacia Tenochtitlán, los españoles hicieron muchos amigos. En Cempoala, su primera escala en la costa, establecieron, al desafiar a los emisarios de Moctezuma, una alianza con los totonacas. En agosto de 1519 llegaron a Tlaxcala, ciudad nahua tradicionalmente hostil hacia Tenochtitlán, donde los cabecillas opusieron resistencia frente a los españoles hasta que se percataron de que los recién llegados no eran ni mucho menos aliados del odiado Moctezuma. Al cabo de tres semanas de negociaciones y contactos con los tlaxcaltecas, los españoles se las arreglaron para sellar una alianza que tendría consecuencias decisivas. Los tlaxcaltecas deseaban utilizar a los extranjeros para que les ayudaran en su propósito de despojar de su hegemonía a los mexicas. En cambio, reacio a convertirse en simple instrumento en manos de los tlaxcaltecas, Cortés insistió en decidir su propia ruta a Tenoch- tidán, y sus hombres, acompañados por un gran contingente de cinco mil tlaxcaltecas, se encaminaron a la ciudad de Cholula.
Los chololtecas, fieles aliados de los mexicas y enemigos de los tlaxcaltecas, ya habían planeado, junto a los representantes de Moctezuma, una trampa para los españoles. Cortés, ajeno a cualquier peligro, creyó que también podría ganarse a los chololtecas, pero al cabo de tres días de estancia en la ciudad comenzó a tener sospechas y se dirigió a sus hombres: «debemos estar alerta», dijo, «porque nos están preparando algún engaño». Por fortuna, los emisarios de Cempoala y Tlaxcala que lo acompañaban pudieron revelar algunos detalles de las iniciativas secretas emprendidas por los chololtecas. Al día siguiente, Cortés y sus hombres dieron señales de partida y congregaron a los guerreros chololtecas en un patio central. Entonces, los españoles y sus aliados pusieron en marcha su propia trampa y lanzaron un ataque implacable. «Comentaron a lancearlos y mataron todos quantos pudieron y los ami- gos indios de creer es que mataron muchos mas. Los chololtecas ni llevaron armas offensivas ni deffensivas, desta manera murieron mala muerte». Miles de tlaxcaltecas irrumpieron en la ciudad y ejecutaron una
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sangrienta venganza sobre sus enemigos hasta que Cor- tés pudo arreglárselas para detener la matanza. Es posible que en cinco horas de lucha murieran más de tres mil chololtecas.
La masacre causó honda impresión en toda la zona. «Toda la gente acá en México y donde venían los españoles en todas las comarcas andava la gente muy alborotada y desasosegada; parecía que la tierra se movía, todos andavan espantados y atónitos». Cortés quería dejar atrás una Cholula pacífica y amistosa y, en pocos días, no sólo estabilizó la situación, sino que concertó la paz entre chololtecas y tlaxcaltecas. Ahora tenía a su lado las ciudades clave de la llanura e hizo planes para avanzar sobre México. Lo hizo, sin embargo, valiéndose de una estrategia que podría haber supuesto el fin de los españoles. Prefirió acercarse a Tenochtitlán con un contingente relativamente pequeño: los 450 españoles que lo acompañaban, apoyados por unos mil indios que actuaban como guías y porteadores. «Los españoles con todos los indios sus amigos venían gran multitud en esquadrones con gran ruydo y con gran polvo- reda y de lexos resplandecían las armas y causavan gran miedo en los que miravan». Su entrada en la legendaria capital, atravesando la ciudad de Ixtapalapa, ha sido descrita por muchos autores, tanto nahuas como españoles. Cortés iba precedido por cinco hileras de soldados españoles, la última de ellas formada por los arcabuceros, que «al entrar en el gran palacio dispararon repetidas veces sus arcabuces. Estos explosionaban, escupían, tronaban. El humo se esparció, se hizo la noche con aquel humo, todos los rincones se llenaron de humo»9. Tras los españoles marchaban
«aquellos que provenían del otro lado de las montañas, los tlaxcaltecas, el pueblo de Tliliuhquitepec, de Huexotzinco, marchaban detrás. Venían vestidos para la guerra ... iban agachados, golpeándose la boca con las manos y gritando, cantando al estilo de los chololtecas, silbando, sacudiendo la cabeza. Algunos arrastraban grandes cañones, que se apoyaban en ruedas de madera, haciendo gran ruido al avanzar».
Moctezuma les dio el tradicional saludo de bienvenida, que Cortés describió a su emperador como un discurso de homenaje. El discurso de Moctezuma fue,
en efecto, tan efusivo que permitía tal interpretación. «Aquí está vuestra casa y vuestros palacios», dijo a Cortés, «tomadlos y descansad en ellos con todos vuestros capitanes y compañeros». En los seis meses que a continuación pasaron en la ciudad, los españoles controlaron a Moctezuma de manera eficaz, pero en realidad se encontraban en una posición completamente vulnerable. Los caciques mexicas, resignados pero indignados y resentidos, se sintieron ultrajados cuando Cortés ordenó la destrucción de sus estatuas. En este punto, Moctezuma informó a Cortés de la llegada de más españoles a Vera Cruz. Se trataba de dieciocho bajeles que al mando de Pánfilo de Narváez habían partido de Cuba enviados por el gobernador Velázquez con la mi- sión de arrestar a Cortés y ocupar su puesto. Sin más dilación, Cortés decidió abandonar Tenochtitlán para dirigirse a la costa. Se llevó con él a la mayoría de sus