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I.) Sobre el concepto de intelectual

1.6. Los intelectuales europeos en el periodo de entreguerras

El final del siglo XIX supuso para Europa la constatación de los límites de un modelo, el del expansionismo colonial, que parecía permitir presentarse al capitalismo como el bálsamo capaz de superar los enfrentamientos entre clases. La crisis finisecular del siglo XIX trae consigo la crisis política del liberalismo de la mano de un replanteamiento cientifista racionalista que dará lugar al naturalismo que competirá con el viejo idealismo y sentará las bases de la posterior respuesta irracionalista65.

El siglo XX verá crecer y asentarse modelos sociales que desprecian los usos parlamentarios como mecanismos de poder al servicio de una burguesía calificada de decadente. Y en todo este proceso el papel de los intelectuales será crucial; sin sus ideas la realidad política, social y cultural como venimos indicando hubiera sido otra, muy distinta. Su responsabilidad descansa en ese hecho. Sus obras se alimentan del clima social de la época y alientan nuevas respuestas en momentos de crisis, y este, sin duda, lo es.

Eric Hobsbawm, hace comenzar en 1914 lo que denomina como el siglo XX corto y lo finaliza con el hundimiento de la Unión Soviética en 1991. La época de los extremos66 se

inicia, en su opinión –que compartiremos plenamente- con la Primera Guerra Mundial que marcó el derrumbe de la civilización occidental del siglo XIX. Y será esa Primera Guerra Mundial la verdadera línea divisoria de la historia europea del siglo XX.

65 ZWEIG, S. (2004), El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona, Acantilado.

66 HOBSBAWM, E. J. (1995). Age of Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1941. Londres,

Richard Vimen67 hace hincapié en el corte generacional que

supuso la gran guerra. La generación más joven europea tendrá el conflicto bélico como uno de los ejes que vertebrará toda su acción política. Juventud, generación de la guerra y masculinidad fueron elementos claves del fascismo, pero no sólo de éste -como analizaremos-, el mito del Hombre nuevo del comunismo bebe de esas mismas fuentes. Los dos totalitarismos coincidirán en las proclamas de Mussolini (de ese Hombre nuevo que se abre paso en la historia): “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado” pero para ello debían ser capaces de dominar plenamente lo que en España, tras la derrota de la IIª República, se denominará como el Estado Nuevo.

Las nuevas generaciones reclamaban un movimiento

verdaderamente diferente que se enfrentara a una generación tachada de caduca. Según estos planteamientos los conservadores, los socialistas o los liberales eran incapaces de dar respuestas a una realidad cambiante. En la cultura política de entreguerras se irá haciendo cada vez más presente la apelación a una violencia que asiente la

revolución, ya sea esta tildada de conservadora,

contrarrevolucionaria, o revolucionaria: la proletaria68.

En la historiografía contemporánea se tiende a plantear, cada vez de una forma más clara, la tesis de que las dos guerras mundiales serían una sola guerra69 y que el espacio

que dista entre el final de la Primera Guerra Mundial, 1918, y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, es un periodo de fuerte agitación y movilizaciones

67 VIMEN, R. (2002), Europa en fragmentos. Barcelona, Península.

68 DEL REY, F. (2011) Palabras como puños. La intransigencia política en la II República española.

Madrid, Tecnos. Y GONZÁLEZ CALLEJA, E. (2011) Contrarrevolucionarios. Madrid, Alianza.

revolucionarias que darán al traste con buena parte de las democracias del momento.

Como recoge Julián Casanova70 , en 1920, de los veintiocho

Estados europeos todos menos dos (La Rusia bolchevique y la Hungría del dictador derechista Miklós Horthy), podían clasificarse como democracias, con sistemas parlamentarios y gobiernos elegidos en los que se garantizaban, si quiera fuera mínimamente, los derechos individuales y la presencia de partidos políticos. Cuando menos se podía decir que en todos ellos existía un sistema parlamentario restringido. A comienzos de 1939 más de la mitad, incluida España, habían sucumbido ante dictaduras con poderes absolutos. Siete de las democracias que quedaban fueron desmanteladas entre 1939 y 1940, tras ser invadidas por el ejercito alemán e incorporadas al nuevo orden nazi, con Francia, Holanda o Bélgica como ejemplos más significativos. A finales de 1940, sólo seis democracias permanecían intactas: Reino Unido, Irlanda, Suecia, Finlandia, Islandia y Suiza.

La creación de sistemas de partido único, que excluían la lucha parlamentaria, llevó a la exaltación de los líderes. En Alemania, el mito del Fuhrer configuró la imagen de Adolf Hitler como un hombre destinado a superar las debilidades del sistema democrático. En Rusia, el cirujano de hierro, Iósif Stalin, fue festejado en la propaganda de los años treinta como el salvador de la revolución de Lenin. El culto a esos líderes fue aceptado por una parte importante de la población que veía en ellos una salvaguarda del ideal de orden de uno u otro signo más allá de los sistemas represivos totalitarios. Sus proyectos utópicos, o distópicos, – la construcción del socialismo en un solo país, una Volksgemeinschaft germana o la España y

la Italia imperial – proyectaban, como ha señalado en sus obras Mark Mazower71, imágenes positivas de naciones nuevas

e integradas. Una idea de totalidad que llevaba a la nación a elevarse por encima de las diferencias de clases y de los partidos políticos tradicionales del viejo, y tipificado como caduco, parlamentarismo liberal.

Siguiendo a Eduardo González Calleja72 pocas dudas caben a

estas alturas sobre el carácter de encrucijada que tuvo la Primera Guerra Mundial para el mundo cultural europeo. Tras medio siglo de primacía casi incontestada, el positivismo y el cientifismo dejaron paso franco a una vigorosa respuesta irracionalista y vitalista que, con profundas raíces en la

compleja crisis finisecular y con manifestaciones

intelectuales no menos variadas, condujo, por ejemplo, al redescubrimiento de la dimensión religiosa por parte de figuras de la letras como Charles Péguy, Gilbert Keith Chesterton o Miguel de Unamuno; a una toma de conciencia tradicionalista en Maurice Barres o Ramiro de Maeztu; una huida hacia el esteticismo en André Gidé o Paul Valéry, o una mística de la acción en David Herbert Lawrence, Antoine de Saint-Exupéry o Gabriele D'Annunzio73.

Como señala Eduardo González el idealismo místico germano representado por Spengler consideraba irremediable la decadencia de Occidente y buscaba los motivos de supervivencia en la reconciliación entre Asia y Europa, a través de la comunión entre la filosofía alemana y el misticismo ruso. Por otro lado, la reacción defensiva europea, defendida, entre otros, por Cocteau, Chesterton o Valéry proponía el restablecimiento en todos sus términos

71 MAZOWER, M. (2001), La Europa negra. Barcelona, Ediciones B.

72 GONZÁLEZ CALLEJA, E. (1993), Los intelectuales filofascistas y la «Defensa de Occidente»

de la civilización occidental grecolatina (que Gravelli y otros autores italianos identificarían deliberadamente con la «romanidad» cristiano-pagana) como síntesis del espíritu continental y premisa ideal de universalidad. En España acabó vinculándose a la defensa de la raíz cristiana de occidente, y esta, en la base de la creación del Estado Nuevo franquista en su versión nacionalcatólica.

Siguiendo a González Calleja no es en absoluto casual que, en la misma época en que Jacques Maritain habla del

crépuscule de la civilisation, Albert Demangeon de Le déclin de l'Europe (1920), Oswald Spengler de Untergang des Abenlandes (La decadencia de Occidente, 1922), Nicolai

Berdiaeff de Una nueva Edad Media (1924) y Daniel Halévy del Déclin de la liberté, hombres de convicciones tan diversas como Jules Romains, Julien Benda, Henri Massis o Pierre Drieu La Rochelle en Francia; Johan Huizinga en los Países Bajos; Gugliemo Ferrero en Italia; José Ortega y Gasset en España; Ziegler o Keyserling en los países de lengua alemana, y Arthur Salter e Hilaire Belloc en Gran Bretaña, coincidan también en tratar el problema de la «crisis de la cultura occidental» como una cuestión candente y de vida o muerte para el futuro del continente. En la mayoría de los casos el diagnóstico —lastrado por un fuerte idealismo que ya supone todo un programa de intenciones— es idéntico: culminación de la decadencia espiritual de Europa y peligro de desaparición como entidad cultural diferenciada.

Es también destacable que dichos autores describan la decadencia europea con similares tintes sombríos y que sus conclusiones vayan dirigidas preferentemente a la búsqueda

73 HUGHES-HALLETT, L. (2014), El gran depredador. Gabriele D'Annunzio emblema de una

de instrumentos para organizar la defensa de la «cultura

occidental» entendida como paso previo para un

«renacimiento» que pusiera de nuevo a la producción espiritual europea en el camino de la expansión universal.

LA FRANCIA DE ENTREGUERRAS

Durante el período de entreguerras, y de la posterior postguerra, Francia, como analizaremos es el país donde, de una forma más nítida, se va a desarrollar buena parte de las cuestiones centrales que giran alrededor del quehacer

reflexivo de los intelectuales. En esa etapa de

entreguerras se van a recomponer los dos campos

intelectuales ya perfilados en 1898. Pero si durante el

«affaire Dreyfus» la alternativa radicó entre el

nacionalismo chauvinista a ultranza y el universalismo de los «droits de l'homme», en los años de entreguerras la polémica circulará en torno a las ideas de patria y revolución74.

Como destaca Eduardo González Calleja, Henri Massis, uno de los más destacados activistas de la derechista Acción Francesa desde una actitud de marcada defensa de un nacionalismo intelectual de base maurrasiana75, pasó a

analizar la situación cultural de Occidente a la luz de la polémica obra de Spengler, criticada como una «teoría catastrófica de la historia». Massis hizo público el 19 de julio de 1919 en el diario «Le Fígaro» un manifiesto Pour

un Parti de l'lntelligence, contra sendos manifiestos de

Romain Rolland (Pour I'Internationale de l'Esprit, 15 de

74 Ibídem.

75 MASSIS, H. (1927), Défense d l’Occident. París, Librairie Plon. Maurras fue el máximo exponente del

marzo de 1918, y la Déclaration de indépendance de

l'Esprit, del 26 de junio de 1919) y la intención de Henri

Barbusse de constituir una Internationale de la Pensée («L'Humanité», 10-11-1919). Rolland y Barbusse acusaban a los intelectuales franceses de haber degradado el pensamiento, poniéndolo al servicio de la Patria. Para Massis y los firmantes del contramanifiesto (Charles Maurras y Jacques Bainville, entre otros) se trataba de organizar «la defensa de la inteligencia francesa» y «de la civilización entera» y luchar contra la «internacional del pensamiento» apoyándose sobre bases nacionales: «La inteligencia nacional al servicio del interés nacional: este es nuestro primer principio», La «Revue Universelle», creada en abril de 1920 bajo la dirección de Jacques Bainville, correligionario de Charles Maurras con Massis como redactor-jefe, trató de aplicar los principios del manifiesto Pour un Parti de l' lnteligence, proponiendo contra las ideas del comunista Henri Barbusse una «fédération intellectuelle du monde par la pensée

francaise», que «uniese las fuerzas de la inteligencia

contra las potencias de disolución, de la ignorancia y del dinero que amenazaban la razón y el orden del universo».76

La solución propuesta por Massis a la «crisis de la conciencia europea» resulta muy similar a la que expondría el español Ernesto Giménez Caballero77 un lustro después:

regeneración nacional interna mediante la sustitución de los valores de la modernidad por los del catolicismo tradicional.

Francesa). El ideario político de Maurras se centraba en un intenso nacionalismo (que el mismo describió como "nacionalismo integral") y en la creencia de una sociedad ordenada y elitista.

76 La Revue Universelle, núm. 1, abril 1920.

77 SELVA, E. (1999), Ernesto Giménez Caballero. Entre la vanguardia y el fascismo, Valencia. Pre-

Texto. Y tremendamente sugerente el análisis de Rafael Conte La obra imposible de Ernesto

González Calleja señala que distintos autores han

polemizado sobre la naturaleza y alcance de la

«impregnación» fascista que caracterizó las actitudes de algunos intelectuales franceses venidos mayoritariamente del campo maurrasiano desde la órbita de Acción Francesa78

a finales de los años veinte y en los años treinta79. La

«fascinación» por el fascismo —más que «fascistización» efectiva que impregnó a este sector minoritario de la intelectualidad gala, que se ha venido en denominar «los inconformistas de los años treinta», tenía su origen en un común rechazo de la filosofía de las Luces y del legado de la Revolución francesa, y en su afanosa busca de un sustituto de la democracia burguesa (vinculada con el parlamentarismo, el liberalismo y el capitalismo) y de sus

fundamentos filosóficos y culturales. Entre sus

características figuraban las ya mencionadas exaltación de la juventud; la obsesión por frenar la «descomposición» de la nación; la repugnancia por desarrollar el debate en términos de izquierda o derecha y la tendencia a conformarse como minorías de agitación, a ser pequeñas comunidades que aspiran a convertirse en una nueva «élite de sustitución» de aquellas que legitimaban ideológicamente la república parlamentaria80.

Una de las características del fascismo francés (y, por extensión, de los «inconformistas» atraídos o simplemente interesados en mayor o menor medida por él, también fuera

78 Action française fue un movimiento político francés de tipo monárquico fundado en 1898 a raíz del

caso Dreyfus por Henri Vaugeois, profesor de Filosofía, y Maurice Pujo, escritor y periodista. Charles Maurras convenció, a principios del siglo XX, a los miembros del movimiento de la necesidad de una restauración de la Monarquía en Francia, en la práctica se transformo en un republicanismo reaccionario. Se trataba de un movimiento que tuvo una influencia notable a lo largo de toda la Tercera República Francesa, con fuertes repercusiones en Italia, España y Europa Oriental. Charles Maurras concibió una combinación de nacionalismo, que hasta el caso Dreyfus era sinónimo de republicanismo, con el realismo y el catolicismo.

79 MILZA, P. (1987), Fascisme français, passé et présent. París, Flammarion. Y JULLIARD, J.

(1984), Sur un fascism imaginaire: à propos d’un livre de Zeev Sternhell. Annales ESC. Vol.39. Núm.4.

de Francia como veremos) es su retorno a lo espiritual: el hombre nuevo, la sociedad nueva que sueñan estos intelectuales es el producto de una revuelta del espíritu y de los instintos contra la herencia intelectual sobre la que vivía Europa desde hacía más de dos siglos81.

El ala fascistizante de dicho colectivo de jóvenes tradicionalistas quedó vinculado de forma laxa a través de efímeras publicaciones de difusión muy limitada, antes de que surgiese el semanario «Combat», dirigido por Thierry Maulnier, colaborador habitual de Acción Francesa, que contó con la participación, entre otros de Marcel Déat, Bergery o Bertrand de Juvenel82. Publicado desde enero de

1936, «Combat» proponía una revolución espiritual contra la Francia burguesa y decadente. Pero, sin duda, como destaca Eduardo González Calleja, la publicación más eficaz en el desprestigio de la democracia republicana sería la publicación «Je suis partout», fundada en 1930 por Pierre Gaxotte bajo la tutela de las Éditions Arthéme Fayard, «Je

suis partout» fue adoptando rasgos fascistizantes, consagrando en 1932 un número especial a la Italia mussoliniana, y mostrando sus simpatías por líderes fascistas tan variopintos como Degrelle, Mosley, Codreanu o Hitler.

Una de las figuras más interesantes de ese periodo en Francia es, sin duda, Robert Brasillach. Brasillach en «Notre avant-guerre» (notas escritas entre septiembre de 1939 y mayo de 1940)83, describe minuciosamente su proceso

de fascinación ante el ascenso gradual del fascismo francés, con el punto central en el motín antiparlamentario

80 MILZA, P. (1987), Fascisme français, passé et présent. París, Flammarion. Pág.201. 81 Ibídem. Pág.34.

82JULLIARD, J. y WINOCK, M. (1996), Dictionnaire des intellectuels franÇais. Paris, Seuil. 83 BRASILLACH, R. (1941), Notre avant-guerre. París, Plon.

del 6 de febrero de 1934, unos disturbios que en esencia fueron una manifestación antiparlamentaria organizada en París por grupos de extrema derecha que finalmente pasa a convertirse en un motín en la plaza de la Concordia. Sus recuerdos pasan por sus visitas a la España franquista y al «Parteitag» nazi de Nuremberg84.

Brasillach va forjando una idea de Francia y de la civilización occidental con base en la Grecia antigua (idea compartida, entre otros, por Paul Valéry), que le hacía, en su opinión, intelectualmente superior al nacionalismo

chauvinista y la defensa cerrada del orden social que

realizaba la anti-germana Action Francaise.

Las disputas entre el Vaticano y la Acción Francesa de Maurras confundieron a la Francia católica85 y dieron un

fuerte impulso a los sectores más radicales de la derecha86.

Durante los años treinta, Brasillach soñó con colaborar en la fundación de un fascismo a la francesa, estatal y totalitario, capaz de homologarse con las realizaciones de

Mussolini y Hitler. De ahí su apuesta por una

fascistización sin fisuras del régimen de Vichy, del que se transformó en gran inspirador hasta su captura por la Resistencia, y el juicio y su posterior ejecución el 6 de febrero de 1945.

84 Las concentraciones anuales realizadas por miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán

(NSDAP), celebradas entre 1923 y 1938. Lograron reunir alrededor de 500.000 miembros del partido nazi en todo el periodo. El principal centro de atención fueron los discursos de Adolf Hitler y los desfiles de todas las organizaciones importantes del estado nacionalsocialista en el "Reichsparteitagsgelände" (terreno de los congresos nacionales del Reich) y en el casco antiguo de Nürnberg. Excelentemente reflejados en la obra El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl.

85 JULLIARD, J. y WINOCK, M. (1996), Dictionnaire des intellectuels franÇais. Paris, Seuil.

86 La condena de Action française por Roma tendrá lugar el 29 de diciembre de 1926. El papa Pío XI

condena al movimiento que, a sus ojos, ejerce demasiada influencia sobre la juventud católica. Los libros de Maurras, al igual que su Diario, son incluidos en el índice por Decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sucesora de la Santa Inquisición. Y el 8 de marzo de 1927, se llega a prohibir el rito del sacramento a los militantes del partido. Ello supuso un duro golpe contra el movimiento y traumatiza a parte de la derecha católica que le apoyaba.

Como subraya González Calleja87 tanto el grupo de

intelectuales forjado alrededor de la revista «Jeune

Droite» como «Ordre Nouveau» y «Esprit» condenaron

explícitamente los totalitarismos triunfantes en la Europa de los años treinta por distintas razones. Del fascismo rechazaron su estatismo, aunque reconocían la fascinación que ejercía en la juventud su fuerza vital, su pretendida modernidad y sus potencialidades «revolucionarias». La «Jeune Droite» marcó pronto sus distancias con el nacionalsocialismo alemán y mantuvo por más tiempo sus afinidades con el fascismo italiano, aunque, eso sí, resulta evidente la deriva pro-nazi de alguno de sus más destacados representantes a finales de los años treinta. Los intelectuales filofascistas prefirieron, o asumieron acríticamente, posteriormente una Francia mutilada por la ocupación, pero en su opinión regenerada, trasformada en la guardiana de la civilización e imbuida en una nueva misión histórica de carácter transnacional: la de participar activamente en la gran cruzada antimaterialista que se insinúa tras el «Nuevo Orden» europeo propuesto por el nazismo.

Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945) representa el caso más acabado de intelectual filofascista y colaboracionista. Tras una primera juventud llena de frustraciones, Drieu vio confirmado su espíritu bélico (profundamente révanchard en este caso) en 1914, compartía con Hitler su sensación de fracaso como artista plástico y el carácter melancólico. El campo de batalla le transfiguró en un hombre de acción, un líder en potencia, obsesionado con el heroísmo de la guerra ideal. Ese combate idealizado es el que siempre deseará

87 GONZÁLEZ CALLEJA, E. (1993), Los intelectuales filofascistas y la «Defensa de Occidente»