Al analizar los levantamientos populares bolivianos entre 2000 y 2005, acaecidos en Cochabamba, el altiplano aymara, la ciudad de El Alto y los caminos y carreteras de Boli- via, Zibechi realiza una lectura heterodoxa de los movimientos sociales que los protago- nizaron, desde una mirada que tiene como referente principal las formas de vida sociales y no el Estado. En consecuencia, propone “partir de las relaciones sociales creadas abajo para la sobrevivencia, digamos de las relaciones ‘premodernas’ o familiares, y tomar como punto de partida los movimientos de esta sociedad, sus flujos, sus deslizamientos” (2009: 128). En la base de las movilizaciones ubica una sociabilidad primaria, preestablecida, y no una sociabilidad orientada específicamente hacia las acciones colectivas que constituirían los movimientos. De esta forma, rechaza lo que denomina la “visión hegemónica en la sociología de los movimientos sociales” (124), la cual pondría su énfasis en la organización, la identidad colectiva y los repertorios de la movilización. Los estudios de García Linera y todas las concepciones que Zibechi considera estatistas, por priorizar lo instituido sobre lo instituyente, quedan incluidos en su crítica.
Como fundamento de estos movimientos sociales, Zibechi identifica a las comunidades,6 6 En el epílogo al libro de Zibechi, el Colectivo Situaciones explica: “La comunidad es el
nombre de un código político y organizativo determinado como tecnología social singular. En ella se conjuga una aptitud muy particular: la del advenimiento, a través de la evocación de imágenes de otros tiempos –y de otro imaginar el tiempo mismo–, de unas energías co- lectivas actualizadas. La comunidad, en movimiento, ella misma movimiento, se desarrolla, así, como una eficacia alternativa, donde podemos percibir una inusual gratuidad en los vín- culos. La comunidad nombra de este modo una disponibilidad hacia lo común siempre aler- ta, siempre generosa. Es indudable que esta manera de concebir la forma-comunidad está llevada aquí a su límite positivo. El texto ha extremado sus rasgos, su potencia emancipativa para desarrollar combates urgentes contra su anacronización modernizante, pero también para revelar, por contraste con otras formas actuales de vida, la existencia de fuerzas sensi- bles y políticas que la ponen en movimiento. La comunidad opera, entonces, en este texto, como nominación de las formas de la acción colectiva, y lo hace con toda la intención de circular a contrapelo de la sensibilidad evanescente por la cual todo lo sólido se desvanece en el aire (…) La comunidad merece entonces una nueva atención. Ya no como excentricidad de un pasado que se resiste a morir, sino como una dinámica de asociación y producción común con sobrada vigencia política que, sin embargo, y por lo mismo que vital, plagada de ambivalencias. Pensar en la comunidad equivale, entonces, a concebirla en su dinámica real: en marcha, claro, pero con sus detenciones y sus metástasis (…) Una comunidad percibida sin apriorismo ni folklorismo (que obstaculizan la comprensión de los modos en que lo comunitario se reinventa). Y, sobre todo, sin reducirla a una plenitud desproblematizada y
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¿Otros mundos posibles? Crisis, gobiernos progresistas, alternativas de sociedad
basadas en “fidelidades tejidas por vínculos afectivos” (37), formadas dentro de relaciones propias de la vida cotidiana: de vecindad, amistad, compañerismo, compadrazgo o familia. Es decir, articuladas alrededor de formas de sociabilidad donde las personas no consti- tuyen medios para conseguir fines, sino que son fines en sí mismas. La comprensión de los movimientos sociales como acciones colectivas impulsadas por una organización, que permiten la autodefinición de los sujetos participantes y de sus adversarios, y el desarrollo de un conjunto de prácticas contenciosas, cede su lugar a las comunidades que se mueven mediante la afirmación, el despliegue y la proyección de su existencia. De esta forma sur- giría analíticamente la “forma comunidad”, que contendría una sociabilidad diferente a la de la “forma Estado”.7
En las comunidades, de acuerdo con la distinción hecha por Weber y empleada por Zibechi, tienen lugar “administraciones no autoritarias”, en las cuales “la soberanía no existe separada del cuerpo social”, a diferencia de las “administraciones por representan- tes” que niegan la solidaridad, pues las personas constituyen medios y no fines, y separan la soberanía del cuerpo social (39). En tal medida, las comunidades ejercen, en términos de Holloway (2005: 32-33), un “poder hacer”, poder para realizar algo socialmente, y no un “poder sobre”, poder ejercido sobre el que hace. Estructuran de esta manera poderes no estatales, “distribuidos –tendencialmente– de forma homogénea a lo largo y ancho del tejido social; es decir, poderes políticos no separados de la sociedad en la que nacen” (Zi- bechi, 2006: 35). Los poderes no estatales son irreductibles al Estado y prefigurarían una forma de organización horizontal de la sociedad, no separada de las comunidades que la constituyen, destinada a emanciparse de él.8 Pues el Estado, forma de organización política
del capital y de homogeneización de la sociedad en función de él, no es, en palabras de Zi-
desvinculada de otros segmentos de cooperación social (lo que hace a sus cierres, sus sus- tancializadores) (…) Por el contrario, pensar la comunidad en su dinámica y su potencial implica reparar en los procesos de constante disolución, para entender luego los modos inéditos de su rearticulación en otros espacios (del campo a la ciudad), en otros tiempos (de la crisis del fordismo periférico a las del neoliberalismo), en otras imágenes (del pueblo a la junta de vecinos), luego de los cual lo común es capaz de otras posibilidades a la vez que enfrenta otros conflictos.”(Zibechi, 2006: 212-213)
7 Al hablar de la protesta obrera, Zibechi (2010: 220) dice: “La forma comunidad es la que revisa
tanto las micro-resistencias como las grandes rebeliones. En el taller, en la cotidianeidad, se enfrentan decenas y cientos de obreros y obreras con un puñado de controladores, en una clara situación de inferioridad individual. Deben asumir la forma anónima de un todo orgá- nico, indivisible, para evitar la sanción y el castigo que siempre son individualizados, ya que el castigo colectivo no hace sino fortalecer la comunidad”.
8 Un análisis más general sobre esta concepción de los movimientos sociales relacionada con el conjunto de América Latina, en Zibechi (2007: Capítulo I, 21-63). Sobre los movimientos urbanos, en Zibechi (2008: Capítulo II, 17-135). Con anterioridad al estudio sobre las mo- vilizaciones en Bolivia, Zibechi (1999 y 2003) ya había esbozado este tipo de interpretación centrada en la “forma comunidad”.
bechi, “un instrumento adecuado para crear relaciones sociales emancipatorias”. En con- clusión, como afirma Holloway, hay que “cambiar el mundo sin tomarse el poder” (2005).