LOS NUEVE MIL MILLONES DE NOMBRES DE DIOS por Arthur C Clarke

In document Louis Pauwels y Jacques Bergier (página 98-130)

El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. La cosa tenía mérito. Después dijo:

-Su pedido es un poco desconcertante. Que yo sepa, es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una máquina de calcular electrónica. No quisiera parecer curioso, pero estaba lejos de pensar que un establecimiento de esta naturaleza tuviese necesidad de aquella máquina. ¿Puedo preguntarle qué piensa hacer con ella?

El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras en dólares.

-Con mucho gusto. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer, si su catálogo no miente, todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. Sin embargo, me interesan letras y no números. Tendría que pedirles que modificasen el circuito de salida, de modo que imprimiese letras en vez de columnas de cifras.

-No acabo de comprender...

-Desde la fundación de nuestro monasterio, hace más de tres siglos, nos hemos venido consagrando a cierta labor. Es un trabajo que acaso le parezca extraño, y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.

-De acuerdo.

-Es sencillo. Estamos redactando la listade todos losnombres posibles de Dios. -¿Cómo?

El lama prosiguió, imperturbable:

-Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requieren, como máximo, nueve letras de nuestro alfabeto.

-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?

-Sí. Y hemos calculado que necesitaríamos quince mil años para completar nuestra tarea. El doctor lanzó un silbido ahogado, como si estuviera un poco aturdido.

-O. K. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. Pero, ¿cuál es el objeto de la operación?

El lama vaciló una fracción de segundo, y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhassa a Nueva York con una regla de calcular y el catálogo de la «Compañía de Calculadoras Electrónicas» en el bolsillo de su túnica de color azafrán.

-Puede llamarlo ritual si así lo quiere -respondió el lama-, pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Los nombres del Ser Supremo, Dios, Júpiter, Jehová, Alá, etc., no son más que rótulos escritos por los hombres. Consideraciones filosóficas demasiado complejas para que se las exponga ahora nos han dado la certidumbre de que, entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras, se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Pues bien, nuestro objeto consiste en

encontrarlos y escribirlos todos.

-Ya comprendo. Han empezado ustedes con A.A.A.A.A.A.A.A.A. y terminarán con Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.Z.

-Con la diferencia de que utilizamos nuestro alfabeto. Desde luego, supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nuestro alfabeto. Pero hay otro problema más interesante, la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Por

-¿Tres? Querrá decir dos.

-No. Tres. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo, aunque comprendiera usted nuestra lengua,

Wagner dijo, precipitadamente: -Claro, claro. Prosiga.

-Le será fácil adaptar su calculadora automática para lograr este punto. Convenientemente dispuesta una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. De esta manera -concluyó el lama tranquilamente-, lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más.

El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del building. Allá, a lo lejos, en su remoto asilo

montañoso, los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años, generación tras generación, su lista de nombres desprovistos de sentido... ¿Acaso la locura de los hombres no tenía un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. El cliente tiene siempre razón...

Respondió:

-No cabe duda de que podemos modificar la máquina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea. Me preocupa más la instalación y el manejo. Además, no será fácil transportarla al Tibet.

-Esto puede arreglarse. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. Por esto hemos escogido la máquina de ustedes. Envíen las piezas a la India, y nosotros nos encargaremos de lo demás.

-¿Desean los servicios de dos de nuestros ingenieros? -Sí, para montar la máquina y vigilarla los cien días.

-Enviaré una nota a la dirección de personal -dijo Wagner, escribiendo en un bloc-. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver...

Antes de que pudiese terminar la frase, el lama había sacado del bolsillo una hojita de papel. -Aquí tiene el estado, certificado, de mi cuenta en el Banco Asiático.

-Muchas gracias. Perfectamente... Pero, si me permite, hay otra cuestión, tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes... ¿Disponen de energía eléctrica?

-Tenemos un generador Diesel eléctrico de cincuenta kilovatios y ciento diez voltios. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. Nos facilita la vida en el monasterio. Lo compramos principalmente para hacer girar los molinos de oración.

-Ah, ya. Naturalmente. Hubiese debido pensarlo...

La vista, desde el parapeto, producía vértigo. Pero uno se acostumbra a todo.

Tres meses habían transcurrido, y a Georges Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los campos cuadriculados del llano. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento, el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ignoraba. «La operación nombre de Dios», según la había bautizado un humorista de la Compañía, era sin duda el trabajo más desconcertante en que jamás hubiera participado.

Semana tras semana, la máquina tipo cinco modificada había llenado miles y miles de hojas con sus inscripciones absurdas. Paciente e inexorable, la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles, agotando una serie tras otra. Los monjes recortaban ciertas palabras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pegaban devotamente en unos enormes registros. Dentro de una semana, su trabajo habría terminado.

estudiar conjuntos de diez, de veinte, de cien o de mil letras, y no tenía ningún empeño en saberlo. En sus pesadillas, soñaba algunas veces que el gran lama decidía bruscamente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060. El hombre parecía muy capaz de una cosa así.

Crujió la pesada puerta de madera. Chuk se reunió con él en la terraza. Chuk estaba fumando un cigarro, como de costumbre. Se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles habanos. «Aquellos individuos podían estar completamente desquiciados -pensó Hanley-, pero no tenían nada de puritanos.» Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés.

-Escucha, Georges -dijo Chuk-, estoy preocupado. -¿Se ha estropeado la máquina?

-No.

Chuk se sentó en el parapeto. Fue algo sorprendente, pues, de ordinario, temía el vértigo. -Acabo de descubrir el objeto de la operación.

-¡Pero si ya lo sabíamos!

-Sabíamos lo que querían hacer los monjes, pero ignorábamos el porqué. -¡Bah! Están chalados...

-Escucha, Georges, el anciano acaba de explicármelo. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que, según ellos, son unos nueve mil millones), se habrá alcanzado el divino designio. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada.

-Y después, ¿qué? ¿Esperan, acaso, que nos suicidemos?

-Sería inútil. Cuando la lista esté terminada, intervendrá Dios, y todo habrá acabado. -¿Se acabará el mundo?

Chuk lanzó una risita nerviosa.

-Esto es lo mismo que le he dicho al anciano. Entonces él me ha mirado de un modo extraño, como el maestro a un discípulo particularmente lerdo, y me ha dicho: «¡Oh, no será una cosa tan insignificante!»

Georges reflexionó un momento.

-Es un tipo que, por lo visto, tiene grandes ideas -dijo-, pero no veo que cambie nada la situación. Ya habíamos convenido en que están locos.

-Si. Pero, ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Si, terminadas las listas, no suenan las trompetas del ángel Gabriel, en su versión tibetana, pueden pensar que es por culpa nuestra. A fin de cuentas, utilizan nuestra máquina. No me gusta esto...

-Comprendo... -dijo Georges, muy despacio-, pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era pequeñín, hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente. Centenares de personas le creyeron. Incluso algunas se vendieron sus casas. Pero nadie se encolerizo cuando pasó el domingo. La mayoría pensó que había sido sólo un pequeño error de cálculo, y muchos de ellos siguen creyendo igual.

-Para el caso de que no lo hayas notado, debo advertirte que no estamos en Luisiana. Estamos solos, los dos, entre centenares de monjes. Son muy simpáticos, pero preferiría hallarme lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación.

-Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensivo. El avión llega dentro de una semana, y la máquina acabará su trabajo en cuatro días, a razón de veinticuatro horas por día. Sólo tenemos que hacer una reparación que dure tres o cuatro días. Si calculamos bien el tiempo, podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.

Siete días más tarde, cuando sus caballitos montañeros descendían la carretera en espiral, Hanley dijo:

-Siento un poco de remordimiento. No huyo porque tenga miedo, sino porque me dan pena. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se detenga la máquina.

cuidado. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. Y también creen que no habrá un después.

Georges se volvió en la silla y se quedó dormido. La mole del monasterio recortaba su parda silueta sobre el sol poniente. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas, como los tragaluces de un navío en ruta. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina número cinco.

« ¿Qué sucedería con la calculadora eléctrica? -se pregunto Georges-. ¿La destruirían los monjes, a impulsos del furor y el desengaño? ¿O volverían a comenzar de nuevo?»

Como si todavía estuviese allí, veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña, detrás de las murallas. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas, mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. No se oía más que el tableteo de la máquina, golpeando el papel como una lluvia mansa. La propia máquina calculadora, que combinaba millares de letras por segundo, era absolutamente silenciosa...

La voz de Chuk interrumpió sus sueños. -¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable!

Semejante a una minúscula cruz de plata, el viejo avión de transporte «D. C. 3» acababa de posarse allá abajo, en el pequeño aeródromo improvisado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. Chuk empezó a cantar, pero se interrumpió de pronto. Las montañas parecían restarle ánimos.

Georges consultó su reloj.

-Estaremos en el llano dentro de una hora -dijo. Y añadió-: ¿Crees que habrá terminado el cálculo?

Chuk no respondió, y Georges levantó la cabeza. Vio que el rostro de Chuk estaba muy pálido, vuelto hacia el cielo.

-Mira -murmuró Chuk.

Georges, a su vez, levantó los ojos.

IV

Donde los autores, que no son demasiado crédulos ni excesivamente incrédulos, se interrogan sobre la Gran Pirámide.-¿ Y si había otras técnicas?-El ejemplo hitleriano.-El imperio de Almanzor.-Muchos fines del mundo.-La imposible isla de Pascua.-La leyenda del Hombre Blanco.-

Las civilizaciones de América.-El misterio maya.-Del «puente de la luz» a la extraña planicie de Nazca.-Donde los autores no son más que unos pobres picapedreros.

Desde Aristarco de Samos hasta los astrónomos del 1900, la Humanidad ha empleado veintidós siglos en calcular la distancia de la Tierra al Sol: 149.400.000 kilómetros. Habría bastado con multiplicar por mil millones la altura de la pirámide de Cheops, construida 2.900 años antes de Jesucristo.

Sabernos ahora que los faraones consignaron en las pirámides los resultados de una ciencia de la que ignoramos el origen y los métodos. Se encuentra en ellas el número π; el cálculo exacto de la duración del año solar, del radio y del peso de la Tierra; la ley del movimiento retrógrado de los puntos equinocciales; el valor del grado de longitud; la dirección real del Norte, y acaso muchos otros datos todavía no descifrados. ¿De dónde procedían estos informes? ¿Cómo fueron logrados? ¿O fueron transmitidos? Y, en este caso, ¿por quién?

Según el abate Moreux, Dios dio conocimientos a los hombres antiguos. Henos en plena puerilidad. «Escucha, oh hijo mío, el número 3,1416 te permitirá calcular la superficie de una circunferencia.» Según Piazzi Smyth, Dios dictó aquellos datos a los egipcios, demasiado impíos y demasiado ignorantes para comprender lo que grababan en la piedra. ¿Y cómo Dios, que todo lo sabe, podía engañarse hasta tal punto en las cualidades de sus alumnos? Para los egiptólogos positivistas, las mediciones que aparecen en Gizeh son falsificaciones de los investigadores, llevados de su afición a lo maravilloso: ninguna ciencia está allí grabada. Pero la discusión persiste alrededor de los decimales, y nada ha desvirtuado el hecho de que las pirámides revelan una técnica que es para nosotros totalmente incomprensible. Gizeh es una montaña artificial de 6.500.000 toneladas. Bloques de doce toneladas se ajustan entre sí con exactitud milimétrica. Generalmente se admite la idea más vulgar: el faraón debió de disponer de una mano de obra colosal. Pero falta explicar cómo resolvió el problema de la aglomeración de tan enormes multitudes. Y la razón de una empresa tan loca. Y la manera en que los bloques fueron extraídos de las canteras. El egiptólogo no admite más técnica que la introducción de cuñas de madera mojada en las grietas de las rocas. Los constructores no dispondrían más que de martillos de piedra y sierras de cobre, que es un metal blando. Y, lo que aumenta aún más el misterio, ¿cómo fueron izadas y unidas las piedras talladas de diez mil kilos y más?; en el siglo XIX, nos costó un ímprobo trabajo transportar dos obeliscos de los que los faraones trasladaban por docenas. ¿Y cómo se iluminaban los egipcios en el interior de las pirámides? Hasta 1890 conocemos sólo lámparas que humean y ennegrecen el techo. Sin embargo, en los muros de las pirámides no se advierte la menor huella de humo. ¿Captarían la luz solar y la harían penetrar mediante un sistema óptico? No se ha descubierto el menor resto de lente.

No se ha encontrado ningún instrumento de cálculo científico, ningún vestigio de una tecnología desarrollada. Parece que hay que admitir la tesis místico-primaria: Dios dicta informes astronómicos a unos albañiles obtusos, pero aplicados, y, además, les echa una mano. ¿Acaso no hay informes escritos en las pirámides? Los positivistas, poco avisados en cuestión de matemáticas, declaran que se trata de coincidencias. Pero cuando las coincidencias son tan exageradas, habría dicho Fort, ¿cómo hay que llamarlas? En otro caso, hay qué admitir que unos arquitectos y decoradores surrealistas, para satisfacer la megalomanía de su rey y guiados en sus medidas por el azar de su inspiración, hicieron extraer, transportar, decorar, elevar y ajustar con milimétrica

de madera y sierras de cortar cartón, pisándose unos a otros los talones.

Estas cosas ocurrieron hace cinco mil años y poco sabemos de ellas. Pero sí sabemos que las investigaciones han sido realizadas por hombres que opinan que la civilización moderna es la única civilización técnica posible. Partiendo de este criterio, no tienen más remedio que imaginar, o la ayuda de Dios, o un colosal y chocante trabajo de hormigas. Sin embargo, es posible que un pensamiento totalmente distinto del nuestro pudiera concebir técnicas tan perfeccionadas como las nuestras, aunque también diferentes: instrumentos de medición y métodos de manipulación de la materia sin ninguna relación con lo que nosotros conocemos, y que no habrían dejado ningún rastro visible a nuestros ojos. Es posible que una ciencia y una tecnología poderosas aportaran soluciones distintas a las nuestras a los problemas planteados y desaparecieran totalmente con el mundo de los faraones. Resulta difícil de creer que una civilización pueda morir, borrarse. Resulta más difícil todavía creer que haya podido diferenciarse de la nuestra hasta el punto de que nos cueste reconocerla como tal civilización. ¡Y, sin embargo...!

Cuando terminó la última guerra mundial, el 8 de mayo de 1945, las misiones de investigación comenzaron inmediatamente a recorrer la Alemania vencida. Los informes de aquellas misiones fueron publicados. Sólo el catálogo cuenta trescientas Páginas. En doce años, la evolución técnica del Reich había tomado rumbos singularmente divergentes. Si los alemanes estaban atrasados en el campo de la bomba atómica, en cambio Habían logrado cohetes gigantes sin parangón en América ni en Rusia. Si ignoraban el radar, habían construido detectores de rayos infrarrojos no menos eficaces. Si no inventaron las siliconas, habían desarrollado una química orgánica completamente nueva39. Al lado de estas diferencias radicales en materia técnica, había diferencias filosóficas aún más asombrosas... Habían rechazado la relatividad y olvidado, en parte, la teoría de los quanta. Su cosmogonía habría puesto los pelos de punta a los astrofísicos aliados: era la tesis del hielo eterno, según la cual planetas y estrellas eran bloques de hielo que flotaban en el espacio40. Si en doce años pudieron abrirse tales abismos en nuestro mundo moderno, a despecho de los intercambios y de las comunicaciones, ¿qué pensar de las civilizaciones que pudieron desarrollarse en el pasado? ¿Hasta qué punto están calificados nuestros arqueólogos para juzgar sobre el estado de las ciencias, de la técnica, de la filosofía, del conocimiento, entre los mayas o entre los khmers?

No caeremos en la trampa de las leyendas: Lemuria o Atlántida. Platón, en el Crinas, al cantar las

maravillas de la ciudad desaparecida; Hornero, antes que él, en la Odisea, al evocar la fabulosa

Scheria, describen tal vez Tartesos, la Tarshih bíblica de Joñas y término de su viaje. En la desembocadura del Guadalquivir, Tartesos es la más rica ciudad minera y representa la quintaesencia de una civilización. Florece desde un número ignorado de siglos y es depositaria de una sabiduría y de secretos. Hacia el año 500 antes de Jesucristo se desvanece completamente, no sabemos cómo ni por qué41. Es posible que Numinor, misterioso centro celta del siglo v antes de J. C. no sea una leyenda42, pero nada sabemos de ella. Las civilizaciones cuya existencia pasada nos

consta, y que murieron, resultan tan extrañas como Lemuria. La civilización árabe de Córdoba y Granada inventa la ciencia moderna, descubre la investigación experimental y sus aplicaciones

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