• No se han encontrado resultados

B. METODOLOGÍA

IV. MATERIAL CLÍNICO

1. LOS PRIMEROS ENCUENTROS Y EL GRAN DESENCUENTRO

Le he encontrado en el sendero. No turbó su ensueño el agua, Ni se abrieron más las rosas; Ni el sol alumbró por la mañana. Abrió el asombro mi alma. ¡Y una pobre mujer… sobre su rostro, toda el alma en lágrimas! Gabriela Mistral. Este primer tiempo de terapia, que tiene un inicio y un final, es sentido como otro abuso por parte de la niña. La necesidad de tener una muestra de propósito que cumpliera con las características pensadas, requiere que la niña sea cambiada de terapeuta. Y aunque los niños en la institución no llevan un proceso permanente, pues son atendidos una vez al mes, esto hace que de comienzo a final de este primer momento, el proceso sea sentido por ella como intrusivo, de carácter obligatorio, y en todo sentido, como una pérdida de tiempo, impidiendo que el proceso pudiera avanzar. En los procesos vividos se cumplía con las exigencias y tiempos asignados, pero no se contaba con la opinión ni las necesidades de la paciente. En muchas instancias del manejo legal e institucional, se hacía necesario que la niña describiera una y otra vez su situación hasta que decidió, como defensa, no colaborar con ningún terapeuta o funcionario. Sin embargo, algo en este primer período de relación conmigo causó eco en ella, algo se pudo construir y algo pudo contactar su parte dolida y abandonada.

Quizás la espera y la escucha de sus largos y frecuentes silencios o el tratar de comprender y el no saberlo todo, proporcionándole un espacio para enseñarme quien era ella, sin exigirle ser lo que se necesitaba, o un conjunto de factores desconocidos aún, pudieron haber creado un delgado hilo que nos contactó y nos permitió comunicarnos y

construir un primer esbozo de vínculo terapéutico. Vínculo que se ve fortalecido, con ese primer descubrir y encontrarnos con su gusto por la música. Desafortunadamente, una falla en la terapeuta: un no llegar a tiempo, un abandono temporal, es sentido por la niña, como otra falla del objeto originario y de todos los objetos con los que se encontró en la vida, aprovechado para terminar el proceso ante la angustia de tocar en sesión, un trastorno de alimentación. Un síntoma que la había sustentado hasta ese momento y que da cuenta de la fragilidad yoica de la paciente.

A continuación, se exponen algunas sesiones de este primer momento que permiten observar la desolación y desierto psíquico en el que se encontraba.

El primer encuentro

*(Llego a la institución, saludo a la secretaria y hago llamar a la niña. Como debe venir de otra casa se demora aproximadamente 15 minutos en llegar. El consultorio está cerrado, no sé si está ocupado o no, por lo que decido esperar sentada en una mesa grande que se encuentra en el salón del tercer piso donde me encuentro. Llega otra psicóloga, me saluda, es la psicóloga a la que Diosa recurrió al final de la sesión de la semana pasada. Compartimos la mesa. Al llegar Diosa yo me encuentro leyendo un documento y no me doy cuenta que ella está ahí, se encuentra detrás de mí. Es su anterior psicóloga la que me permite saber que Diosa ya llegó pues la saluda. Volteo, me dirijo a ella y le digo hola, me levanto y toco en el consultorio. Nos permiten entrar e iniciamos la sesión).

“Hola”. (Su actitud es parca, trae el seño arrugado y se sienta dejando sentir o sintiéndose

en el ambiente su desagrado. Lo cual le muestro. Me mira sonríe y dice) ―No” (Se calla. Trae un pedazo de papel en la mano y comienza a doblarlo de tal manera que queda solo, una tira como de 10 cm de largo y 1 cm de ancho, con el que comienza a jugar, lo dobla y lo vuelve abrir, se lo enrolla en el dedo índice. Inicialmente los movimientos son fluidos pero luego se tornan bruscos apretando con fuerza su dedo, de tal manera que se nota la fuerza que está haciendo sobre el papel y por lo tanto sobre su dedo. La invito hablar de lo que siente. Entonces se sienta bien en la silla, pues estaba desgonzada sobre ella, su cadera estaba al borde de la silla y su cuello descansaba sobre el espaldar de ésta. Pero no responde. Pasa algún tiempo y entonces comienzan los bostezos, se mueve de un lado a otro, me observa, pero su mirada y su actitud no se sienten desafiantes, es como si en realidad no tuviera nada que decir, no imaginara nada. Señalándolo ella responde)

“Si es que tengo un aburrimiento, estoy cansada, no quiero hacer nada, no quiero ir al

colegio, me quiero quedar acostada todo el día. (¡hum, que rico!, y yo sacándote de tu descanso. Se sonríe. Se acomoda nuevamente y se coloca en posición fetal sobre la silla, bosteza y me dice).

Es que anoche nos quedamos con mis compañeras hasta tarde, hablando y molestando. Como no nos dejan quedar hasta tarde, todo fue a escondidas y ni terminábamos una cosa ni la otra y así se nos fue el tiempo y… ¡Huy!, estoy muy cansada.”

(Nuevamente empiezan los bostezos, cierra los ojos y vuelve y me mira, no habla, suspira, así pasa algún tiempo. Empiezo a sentir, también cansancio y hasta bostezo, me doy cuenta que estoy invadida de su estado mental abúlico y entonces se lo muestro. Me mira con cara de asombro y no dice nada. Con el papel que ya no lo había vuelto a tomar empieza a golpear el brazo de la silla un rato, a veces me mira, otras al piso, luego bosteza, apoya su cabeza totalmente en el espaldar de la silla, continuando con la maniobra del

resultado que su cordón golpee la parte delantera del tenis, es rítmico el movimiento y el sonido de la melodía que está haciendo, pareciera tener un significado pero no entiendo, ella me mira y continúa con su movimiento, las dos nos hemos concentrado en el movimiento del tenis y en el sonido, enseguida las dos nos miramos y nos sonreímos. En este momento abren la puerta e interrumpen, pidiendo disculpas y diciendo que no sabían que estaba ocupado, me preguntan hasta qué hora estoy, miro el reloj y me doy cuenta que ya es tiempo de finalizar, le hago señas a la psicóloga y cierra la puerta. Diosa se incorpora, ya sabe que terminamos, me despido y sale. Cuando bajo a despedirme, observo que Diosa ha entrado a la oficina de la directora). (S1)

*(Llego a la institución a las 9 a.m. Observo un gran movimiento de personas en las oficinas por lo que el ambiente es perturbador. Se encuentran algunos niños en el corredor, en la recepción y fuera de ella. Además varias Psicólogas que traen niños a consulta, estando los consultorios ocupados. Me acerco a secretaria y solicito llamar a Diosa. Me responden que la niña se encuentra también en los consultorios. La busco y la encuentro en el tercer piso).

“Hola… (¿Estas ocupada?) No, ya terminé. Es que estaba con la defensora”. (Me asombra que esté tan amistosa, se le ve muy dispuesta. La semana anterior estuve enferma y no pude asistir a la institución, por lo que me comuniqué y solicité que se les avisara a los niños. Sin embargo, yo intenté comunicarme días después con ellos y explicarles por teléfono. Su voz reflejaba sorpresa y algo de asombro, cuando se dio cuenta que yo la estaba llamando para avisarle por qué no había podido ir. Recuerdo que en la historia decía que se quejaba de que su madre nunca la llamaba y no estaba pendiente de ella. Esta podría ser la razón por la que está tan colaboradora, quizás esta llamada abrió un espacio en su mente. Me dirijo a buscar el consultorio que se había convenido con el psicólogo de uno de los niños, y tratando de encontrar el máximo de privacidad, decido tocar con mucha discreción y preguntar, ya que debo tener en cuenta que los niños deben estar listos a las 11:30 a.m., para que puedan almorzar e ir a estudiar. Me abre un niño que está con una mujer con

―cara de palo‖, creo que es una psicóloga y le pregunto hasta qué hora tiene consulta, ella en tono

muy seco me dice que estoy hablando con la persona equivocada. No le entiendo, entonces, aclaro la situación; me doy cuenta que es la defensora. Comprendo que por ella es que hay tanto movimiento en oficinas y el ambiente está tan cargado de miedo. Me despido, y bajo al segundo piso, estoy tratando de ver en qué consultorio podría atender a la niña).

(Me dirijo al consultorio de uno de los psicólogos que observo se encuentra vacío, estoy entrando cuando él llega y me dice que vaya al siguiente consultorio, en el de vidrio, así lo hago. Diosa se ha quedado atrás, hablando con una mujer. Se demora unos 10 minutos con ella. Ingresa al consultorio con la cara muy sonriente y se sienta, su actitud y posición en la silla son diferentes, se le ve más dispuesta y con energía. A pesar de que tiene tapabocas, sus ojos están abiertos no

entreabiertos como la sesión anterior, entonces le pregunto cómo se siente)…‖Bien, muy bien. Todos me han dicho que he mejorado mucho, que ya no estoy tan mal geniada y alejada de todos, que ya no peleo tanto. (Me observa y sonríe con ganas, pero con cierta vergüenza. Le muestro que parece satisfecha y reconocida, pero que es como si todavía faltara algo, a lo que responde) Sí. Es que uno no puede dejar que lo traten mal, por eso es que yo me alejo, para que nadie me maltrate. Por ejemplo, esta semana el profesor de matemáticas, fue muy grosero y me gritó. Yo fui a entregarle un trabajo y como estaba enferma, me dijo que cómo me atrevía a ir así a estudiar que me saliera de clase, y yo le respondí que por qué, que yo no me iba a salir. Y se puso, ¡Ah! ¡Súper bravo! y más me gritó, me decía que si no me salía, él me sacaba, entonces yo le dije que se atreviera, si era capaz, que él no tenía ningún derecho de tratarme así; en ese momento un compañero también se paró y le dijo que yo tenía razón, que qué le pasaba, que me respetara. Y pues menos mal porque yo me sentí apoyada. Entonces al ver que otros niños estaban mirando también lo que pasaba, se levantó y se fue para la coordinación y le dijo a la coordinadora que yo

lo había gritado, entonces ella vino y me dijo que qué estaba pasando y me llevó a la coordinación. Mientras caminábamos para allá no me dijo nada, solo cuando llegamos me preguntó, que qué era lo que había pasado y entonces yo le conté, que había sido muy grosero y que no tenía por qué gritarme, que yo solo me había defendido de él. Ella me preguntó por qué, y le conté que era porque no llevaba tapabocas y que yo no me iba a salir de clase solo por eso. Ella me explicó que si él no me quería dejar entrar yo no podía entrar a clase y yo le volví a pregunta, que ¿por qué? que me explicara. Y me dijo que si yo no obedecía, que iba a tener que llamar a la directora y le iban a dar quejas que más bien me viniera y no buscará más problemas. Cuando llegué aquí, ya sabían, me llamaron y me dieron unos tapabocas, y me dijeron que como estaba enferma mejor me quedara aquí y desde ese día estoy así. (Me señala el tapabocas. Valido su rabia, mostrándole su respuesta tan reactiva) Si, es que siempre tratándolo mal a uno (Se calla y alza sus

hombros, con su boca hace un gesto como de ―pato‖. Trato de indagar por otras ocasiones en donde

se haya sentido igual. No responde, se queda callada. Me mira y baja su mirada. Se queda pensando un momento, y de repente, con la mano, pero con la uña del dedo gordo de la mano derecha, empieza a introducirla en la beta de la madera de la mesa. Del centro hacia el final de la mesa mueve la mano con mucha fuerza, va y regresa pero no dice nada, una y otra vez realiza el mismo movimiento con su uña, cada vez la profundiza más. Me impresiona lo que está haciendo lo hace con agresividad sin darse cuenta que se está lastimando, lo cual le señalo) Ya están dañadas, ya

para qué…Es que a mí no me gusta hablar mucho, yo no soy de esas de las que hablan y hablan y

hablan, yo soy más callada, yo no ando contando mis cosas, yo siempre he sido así”. (Le muestro como aquí ha podido hablar. Se queda mirando hacia el consultorio de uno de lo psicólogos, alza sus cejas y se ríe, yo volteo y lo observo y a otra terapeuta sentados mirando hacia abajo. Regreso mi mirada a la niña y aunque me hubiera gustado preguntarle que pasó, continúo. Me mira y hace un gesto con la boca y con sus cejas, de no saber, qué pasa. Con sus dedos empieza entonces a tocar la mesa, del dedo pequeño al dedo grande, en forma ascendente empieza a golpear melódicamente la mesa, se detiene y hace otra tonada, continúa así unos minutos, luego hace otro ritmo. Me doy cuenta, que sí está interpretando algún ritmo, es como salsa, la niña sabe de música, me digo. Y espero otro tiempo, entonces se lo digo. Me mira y abre sus ojos y sonríe, empieza a tocar con más fuerza y esta vez con las dos manos, coloca sus manos encima del escritorio y con ambas manos comienza a darle forma a una interpretación muy alegre. Mueve su cabeza con ritmo, sus ojos y seño se articulan, como queriendo sentir la música, con mi mano derecha la sigo. Yo sé algo de música, o por lo menos me gusta. Entonces le muestro que la semana anterior, también compuso un ritmo con el cordón de su tenis. Esta vez, sí, sonríe con más seguridad y su mirada no solo es más

amigable sino cálida, entonces me dice:), ―Yo tocaba flauta en el internado... Sí, cuando uno llega, antes va a un internado, allá yo tenía clases de música y profesor. (¿y aquí?)… No… (Le pregunto si ha tratado de retomar las clases. Con la cabeza me dice que no. Le pregunto si canta) ... Si…(salsa)… No, me gusta…. Es que no sé los nombres… !hmm!… yo me sé las canciones pero no

los cantantes... Es esa que dice: (baja su voz y casi no se le oye) canta pero no la escucho.… ‗Porque ella necesita… Que duerma…No, no me la sé… (La sigo)… Ah, sí Pipe Bueno. (Le

muestro que es un cantante joven como ella)…Y lindo.… (Le pregunto si le gustan los muchachos)

“No, es que siempre me siguen, por ejemplo en la escuela un niño se me arrodilló en pleno patio,

en la mitad del patio y empezó a cantarme, esa de….hmm, ay no me acuerdo, como es… ¡Ah sí!... (Y dice) de rodillas te pido, te ruego, que regreses conmigo, que no... (Me canta bastante, pero no recuerdo la canción). Yo Salí corriendo y lo deje ahí, en la mitad del patio, que pena… (Continúa

cantando)…Es que no se cómo se llama el cantante… No, Johnny Rivera.”

(Ella se calla y sigue como tarareando, pero sin pronunciar palabras. Se le ve cómoda. Toma el almanaque que se encuentra en la parte izquierda del escritorio y comienza a mirarlo, se queda viéndolo, sube sus piernas en la silla y coloca su cabeza en el espaldar, sin dejar de mirar el almanaque. De repente me mira y dice)“Ah,(Con ojos de asombro.) ...es que estaba viendo el mes

en que cumple años mi mamá.”… (Y se queda fija mirándome.) Es en diciembre… El 13, mi Mi hermano me lo celebro en la casa…”

el reloj, y ya se ha acabado la sesión además recuerdo que el otro niño esta esperándome. Mientras me levanto, noto en su cara un gesto como de sorpresa por terminar la sesión tan rápido, intenta decirme algo y se calla levantándose, sale del consultorio y se va. Estando en la recepción, cuando

solicito que llamen al niño, se me avisa que se ha ido a ―Creemos en ti‖, a terapia) (S2)

*(Llego a la institución a las 9 a.m., debo esperar afuera ya que en un aviso en la puerta está escrito que están en reunión de 7 a 9:30 a.m. He solicitado en secretaría que alrededor de las 10:15, sea llamada Diosa a la casa hogar, para que esté en la institución a las 10:30 y podamos terminar a las 11:30; así ella puede irse puntualmente a almorzar y luego al colegio. Solicitud que finalmente causaría complicaciones ya que la niña llega antes y sube para que la atienda, interrumpiendo la sesión con el paciente anterior. En reiteradas oportunidades llaman a la puerta finalmente él paciente abre, a pesar de que le digo que éste es su tiempo. Es Diosa; en la puerta me dice que ya es hora, miro el reloj y me doy cuenta que faltan 15 minutos, le digo que termino y la atiendo, ella intenta decirme algo con señas pero finalmente se va. Cuando salgo a buscarla no la veo, bajo y tampoco está por lo que pregunto si se fue, la buscan pero no está en la casa hogar. Subo nuevamente al consultorio e ingreso a la oficina donde están las historias y ella se encuentra allí. La llamo y le digo que cuando termine la espero. Ella se tome casi 10 minutos adicionales a la sesión, lo que implica en ese momento casi 20 minutos de retraso en la sesión. Entra al consultorio y se queda parada en la puerta, no la siento, yo estoy leyendo, así que cuando alzo la mirada observo que ella está mirándome como si estuviera esperando que yo solamente la hubiera estado esperando a ella).

*“Hola (lo dice con desgano. Le muestro que quizás está sentida conmigo), No (contesta, alzando los hombros y con desgano. Hay un silencio en el que siento como un no pensamiento verdadero, la observo un poco más delgada y triste. Recuerdo una lectura que realicé en esos días, en donde se decía que en algunos pacientes silenciosos, estáticos y aburridos, lo que se sentía era esa vivencia del bebé de la nada, en donde ellos realmente se quedan ahí, en la nada, y con ella lo he sentido en varias oportunidades. No he sentido resistencia, ni indiferencia, sino en realidad una nada en ella. También alcancé a pensar en una depresión.) ... a veces es mejor no pensar, para qué. (Me observa con tristeza pero no sé si es tristeza. Pero si hay una desesperanza en ella. Me mira pero no

dice nada. Indago si es seguido que se sienta así) ―Si yo soy así…así, no me gusta hablar mucho. Es mejor estar alejado, así nadie lo molesta a uno. Nadie se mete con uno. (Como si fuera peligroso) Si, a veces sí. Pues cuando uno está tranquilo y vienen y lo interrumpen... No, usted no.”

(Hay un silencio largo, a veces la miro fijamente otras no. Ella lo mismo. Pienso que quizás de las primeras angustias que se dan cuando se está en el diván, es no ver a la persona con la que se tiene un diálogo, como si no hubiera alguien allí, pero en esta situación el que lo estén mirando a