Capítulo 2 Fundamentación teórica
2.2 Marco Teórico
2.2.4 Los problemas sexuales en los adolescentes
Los problemas sexuales que pueden tener los adolescentes incluyen los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual. En los embarazos adolescentes, hay que estudiar su incidencia, su naturaleza, sus consecuencias, los factores cognitivos que pueden estar implicados en ellos, las respuestas de los padres de los adolescentes y las formas en que se puede reducir su incidencia.
Las adolescentes que se quedan embarazadas tienen antecedentes étnicos diferentes y son de lugares distintos, pero sus circunstancias son igual de estresantes. Los estudios transculturales indican que los Estados Unidos tienen uno de los índices de embarazos adolescentes más altos de todo el mundo desarrollado (Guttmacher, 2000). El índice de embarazos adolescentes es similar en Estados Unidos, Rusia y varios países del este de Europa, cuadruplicando los índices de Francia, Alemania y Japón, y son 8 veces mayor que los Países Bajos. Aunque los adolescentes norteamericanos no son sexualmente más activos que sus homólogos de los Países Bajos, su índice de embarazos es mucho más elevado.
Sin embargo, en el año 2000, los partos de adolescentes entre 15 y 19 años de edad bajaron en un 22 % desde 1991. Algunas de las razones de este descenso incluye el incremento del uso de métodos anticonceptivos, el temo a contraer enfermedades de
transmisión sexual como el sida y la decisión de muchos adolescentes a retrasar el momento de formar una familia para poder dedicarse a una profesión, debido a factores económicos.
Las consecuencias de los altos índices de embarazos adolescentes son
preocupantes. El hecho de quedarse embarazada durante la adolescencia supone riesgos para la salud tanto del hijo como de la madre. Los hijos de madres adolescentes nacen con bajo peso, lo cual es un factor de riesgo para la mortalidad infantil, mientras que las madres adolescentes suelen dejar los estudios. Estas deficiencias educativas tienen consecuencias negativas tanto para las madres como para sus hijos.
Los cambios cognitivos tienen implicaciones para la educación sexual de los adolescentes (Lipsitz, 1980). Con su emergente idealismo y la capacidad de pensar de forma abstracta e hipotética, los adolescentes más jóvenes pueden quedarse atrapados en un mundo mental muy alejado de la realidad. Por esta razón creen que las cosas malas no les pueden pasar o no les pasarán a ellos y que son omnipotentes e indestructibles. El hecho de tener información sobre los métodos anticonceptivos no basta, lo que parece determinar si los adolescentes los utilizan o no es la medida en que se acepten a sí mismos y acepten su sexualidad y esta aceptación no requiere solamente madurez emocional, sino también madurez cognitiva.
La mayoría de las discusiones sobre los embarazos adolescentes y su prevención asumen que los adolescentes son capaces de anticipar las consecuencias, considerar los resultados probables de su conducta y proyectar en el futuro que les ocurrirá si se implican en ciertos actos, como el coito. En otras palabras, la prevención se basa en la creencia de que los adolescentes poseen la capacidad cognitiva de resolver problemas de una manera
planificada, organizada y analítica. Sin embargo, solo algunos adolescentes han empezado a desarrollar esa facultad y hay otros que todavía están lejos de alcanzarla.
La exclusividad personal se puede relacionar con los embarazos. Si una adolescente cree que las cosas malas no le ocurrirá a ella, entonces es posible que no responda bien a un curso sobre educación sexual que fomenta la prevención. Solo un enfoque evolutivo que tenga en cuenta las capacidades de los adolescentes será adecuado para determinar qué es lo que le puede enseñar a los adolescentes en las clases de
educación sexual.
Según Santrock (2003), los adolescentes de 18 o 19 años son bastante realistas y tienen una visión de futuro sobre las experiencias sexuales y sus consecuencias, mientras que los adolescentes entre 15 y 17 años a menudo envuelven la sexualidad en un halo de romanticismo. Los adolescentes más jóvenes, de 10 a 15 años parecen experimentar el sexo de una forma despersonalizada, llena de ansiedad y negación, lo cual no favorece el comportamiento preventivo.
Conger (1988), hizo cuatro recomendaciones para reducir los altos índices de embarazo adolescente: educación sexual y planificación familiar; acceso a métodos
anticonceptivos; utilizar el enfoque de las opciones vitales; y apoyo y profunda implicación de la comunidad.
Es conveniente que los adolescentes reciban una educación sexual adaptada a su edad. Además de una educación sexual, los adolescentes sexualmente activos deben tener acceso a métodos anticonceptivos y personal entrenado específicamente para atender las necesidades especiales y los problemas propios de esta etapa del adolescente.
Pero eso solo no evitara los embarazos adolescentes, sobre todo en lo que respecta a los grupos de riesgo. Los adolescentes deben estar motivados para reducir los riesgos de
embarazo. Esta motivación llegara cuando miren hacia el futuro y vean que tienen la oportunidad de ser autónomos y tener éxito. Necesitan oportunidades para mejorar sus habilidades académicas y profesionales, sus oportunidades laborales, asesoramiento para planificar sus vidas y amplios servicios de salud mental.
Por último, para evitar los embarazos adolescentes, se necesita la participación y el apoyo de toda la sociedad en conjunto (Duckett ,1997). Este apoyo es una de las razones del éxito de los países desarrollados donde los índices de embarazo, aborto y parto
adolescente son mucho más bajos que en Norteamérica, a pesar de poseer índices similares de actividad sexual. En Holanda, el sexo no posee las connotaciones de misterio y
conflicto que tiene en la sociedad norteamericana. En Holanda, no hay un programa obligatorio de educación sexual, pero los adolescentes pueden recibir asesoramiento sobre métodos anticonceptivos en clínicas a muy bajo costo. Los medios de comunicación holandeses también han desempeñado un papel importante en la educación sexual del público, difundiendo información sobre el control de la natalidad. Los adolescentes holandeses no conciben la posibilidad de mantener relaciones sexuales sin utilizar métodos anticonceptivos.
Existen programas cuyo objetivo es incrementar la motivación de las adolescentes para evitar el embarazo hasta que sean lo suficientemente maduras como para tomar decisiones responsables sobre la maternidad (Roth et al., 1998). Otros programas están centrados en el entrenamiento de la asertividad, dirigidas a chicas entre 12 a 14 años. Para adolescentes mayores, son enfatizados la planificación del futuro profesional, la
información sobre la sexualidad, la reproducción y los métodos anticonceptivos. Las investigaciones indican que las adolescentes que participan en estos programas tienen menos probabilidades de quedarse embarazadas que las que no lo hacen (Girls, Inc., 1991).
La abstinencia se recomienda cada vez más en las clases de educación sexual (Darroch, Landry y Singh, 2000).
Creencias bastantes comunes entre los adolescentes ante las enfermedades de transmisión sexual incluyen las siguientes: que siempre les ocurre a los demás; que se pueden curar con facilidad y sin riesgos; y que son demasiado desagradables para que una persona de bien hable sobre ellas y todavía más para que las contraiga. Lo cierto es que los adolescentes que mantienen relaciones sexuales sin protección corren el riesgo de contraer este tipo de enfermedades.
Las enfermedades de transmisión sexual (ETS) son enfermedades que se contraen principalmente a través del contacto sexual. Este contacto no se limita a la penetración vaginal, sino que incluye también el contacto oral-genital y el ano-genital. Son un
problema sanitario cuya incidencia va en aumento. Se estima que aproximadamente el 25 por 100 de los adolescentes sexualmente activos contraen alguna ETS cada año
(Guttmacher 1998).
Entre las principales tipos de ETS que se pueden contraer los adolescentes se incluyen las infecciones bacterianas como la gonorrea, la sífilis, y la clamidiasis, y las infecciones virales como el herpes genital y el sida.
Ninguna otra ETS ha tenido mayor impacto sobre el comportamiento sexual, ni ha creado más temor en la población durante las últimas dos décadas que el sida. La sida es una enfermedad transmitida principalmente por vía sexual y está causado por el virus de la inmunodeficiencia humana, que destruye el sistema inmunológico de los afectados. Después de haber contraído el sida, la persona es vulnerable a una serie de gérmenes que un sistema inmunológico normal podría destruir.
Según Centers for Disease Control and Prevention, en junio de 2000 se
diagnosticaron casi 4,000 casos de sida entre los adolescentes norteamericanos de 13 a 19 años. En el grupo de 20 a 24 años de edad, se habían diagnosticado más de 26,000 casos de sida. La mayoría de las personas diagnosticadas entre los 20 y los 24 años contrajeron la enfermedad durante la adolescencia.
En Estados Unidos la prevención se dirige a grupos que presentan una mayor incidencia de la enfermedad; grupos de riesgo que incluyen a las personas que consumen drogas inyectables, las personas afectadas por alguna otra ETS, los homosexuales jóvenes de sexo masculino, las personas con escasos recursos económicos, los norteamericanos de origen hispano y los afroamericanos (Centers for Disease Control and Prevention, 2001). En los últimos años, la transmisión heterosexual del VIH ha aumentado en los Estados Unidos. Esto es similar en muchos países como México.
Existen algunas diferencias entre los casos de sida diagnosticados en los
adolescentes en comparación con los diagnosticados en los adultos: un mayor porcentaje de los casos de sida adolescente se transmiten por contacto heterosexual; un mayor porcentaje de adolescentes son asintomáticos aunque volverán sintomáticos al llegar a la etapa adulta; entre los adolescentes, hay un mayor porcentaje de afectados afroamericanos y de origen hispano; en el diagnostico y la información a las parejas y los padres de los adolescentes está implicado un conjunto especial de cuestiones éticas y legales; y entre los adolescentes, el uso y la disponibilidad de métodos anticonceptivos es menor.
En un estudio realizado por Sonenstein, Pleck y Ku, (1989), se comprobó que el uso de preservativos entre los adolescentes norteamericanos que están en situación de riesgo de contraer el sida estaba significativamente por debajo de la media. Solo el 21 % de los adolescentes que habían consumido drogas inyectables o sus compañeros que los
habían consumido este tipo de droga utilizaban preservativos. Entre los adolescentes que afirmaron haber mantenido relaciones sexuales con prostitutas, solo el 17 % dijo haber utilizado preservativos. Los adolescentes que reconocieron haber mantenido relaciones sexuales con cinco o más parejas sexuales durante el último año, solo 37 % utilizaron preservativos. Los adolescentes que mantenían relaciones homosexuales fueron los que utilizaron preservativos en mayor porcentaje, el 66 %.
Aunque en Estados Unidos el 90 % de los casos de sida siguen ocurriendo entre homosexuales de sexo masculino y consumidores de drogas inyectables, recientemente se ha producido un incremento desproporcionado de casos entre las mujeres cuyas parejas son bisexuales o consumidores de drogas inyectables, lo cual sugiere que el riesgo de contraer el sida está creciendo entre los heterosexuales que tienen múltiples compañeros sexuales.
Preguntar a la pareja sobre su vida sexual anterior no es ninguna garantía de protección contra los ETS. En una investigación preguntaron a 655 estudiantes
universitarios sobre la mentira y el comportamiento sexual (Cochran y Mays, 1990). De los 422 que dijeron ser sexualmente activos, el 34 % de los hombres y el 10 % de las mujeres reconocieron haber mentido a sus parejas con el propósito de mantener relaciones sexuales. Cuando les preguntaron sobre qué aspectos de su pasado serian más proclives a mentir, más del 40 % de ambos sexos dijeron que minimizarían la cantidad de compañeros sexuales que habían tenido. El 20 % de los hombres y el 4 % de las mujeres afirmaron que mentiría si salieron positivos en la prueba del sida.
Los esfuerzos para prevenir el sida también pueden ayudar a evitar embarazos adolescentes. Debido a la alta incidencia de las ETS, es fundamental que los adolescentes comprendan las consecuencias de estas enfermedades.
Un estudio en donde se evaluaron 37 proyectos de prevención del sida dirigidos a niños y adolescentes se comprobó que las actividades que fueron más eficaces fueron las discusiones en grupos pequeños, el hecho de acceder a los sectores de la población con conductas de alto riesgo y la formación a cargo de iguales y voluntarios (Janz et al., 1996). Las discusiones en grupos reducidos, con un énfasis especial en la comunicación abierta y la repetición de los mensajes, son excelentes oportunidades para que lo adolescentes aprendan a compartan información sobre el sida. Los mejores programas dirigidos a los grupos de riesgo están adaptados a los rasgos culturales de cada grupo e incluyen incentivos para fomentar la participación.
2.2.5 Los conocimientos sobre la sexualidad que tienen los adolescentes