LA IDENTIDAD Y EL PODER EN LOS CACICAZGOS MUISCAS PREHISPÁNICOS A TRAVÉS DE SU CULTURA MATERIAL
3.1. Los problemas sobre el término “ muisca ”.
En el ámbito de los Andes Septentrionales y del noroccidente de Suramérica el término “muisca” se relaciona con varias cuestiones. En primer lugar, con una unidad cronológica. Los estudios de arqueología prehispánica han definido dos grandes períodos agroalfareros en el altiplano de la Cordillera Oriental de los Andes Colombianos. Con respecto al período temprano, desde la década de 1970 los trabajos de Sylvia Broadbent (1971, 1986) permitieron definir una alfarería diferente a la que se asociaba con los grupos indígenas que encontraron los españoles en esta región. Ese conjunto cerámico fue nombrado como Herrera, e inicialmente fue fechado entre el siglo IV a.C y el I d.C (Cardale de Schrimpff 1981), aunque actualmente los datos radiocarbónicos de su comienzo y fin se encuentran en debate, pues en algunas secuencias regionales los límites temporales estarían entre el 400 a.C y el 1.000 d.C (Langebaek 1995a; 2001; 2008), en otras desde el 900 a.C hasta el 700 d.C (Boada 2006, Romano 2009) y en otra indican un rango entre el 800 a.C y 1.000 d.C (Boada 2007) (ver imagen 4 al final del Capítulo 3).
Las características arqueológicas propiamente “muiscas” aparecen luego de la
ocupación Herrera. Durante varias décadas se impuso la idea de que el período Herrera
terminó cuando una oleada de población de origen centroamericano llegó a la Cordillera Oriental. Actualmente, algunos autores (Langebaek 2008, Rodríguez 2011) han sugerido que el papel de las migraciones es irrelevante o poco significativo para entender la transición Herrera-Muisca. Según estos, en algunas de las secuencias arqueológicas observadas en el altiplano el cambio de los materiales cerámicos resulta gradual y sin que exista un rompimiento abrupto entre la distribución vertical de tipos alfareros Herrera y los asociados a los muiscas. De hecho, muchos de los sitios arqueológicos que evidencian la ocupación del Muisca Temprano aparecen sobre restos de asentamientos del período anterior, lo que haría pensar en una posible amalgama entre las poblaciones de ambos períodos cerámicos. De todas formas, para cualquier
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escenario, bien sea el de una continuidad de las ocupaciones, el de las influencias de una migración tardía, o bien el de reemplazo total del conjunto de grupos “herreras” por los
“muiscas”, se tendrán que esperar datos más completos que aporten futuras
investigaciones.
De acuerdo a la distribución cronológica de grupos alfareros se ha diferenciado entre un período llamado Muisca Temprano (900 o 1.000 d.C aprox – 1.200 d.C) y otro denominado Muisca Tardío (1.200 d.C – 1.600 d.C)4 (ver imagen 4 al final del Capítulo 3). Los cambios entre un período y otro que sugiere la cronología cerámica se pueden asociar con mucha seguridad a transformaciones en aquellos aspectos demográficos, políticos y sociales usualmente asociados con un aumento en la “complejidad social”:
centralización, crecimiento de población, concentración de poder, prestigio y autoridad en algunos individuos, grados diferenciales de control sobre recursos económicos y aparición de especialistas (Boada 2006; 2007; 2009, Drennan 2008; Langebaek 1995a; 2001, Henderson y Ostler 2009). Se ha sugerido también que, adicional a los cambios internos de los grupos del altiplano, las diferencias entre el Temprano y el Tardío se originaran por el contacto con una oleada de población nueva que llegó de las tierras bajas de la Orinoquía o del Caribe (Lleras 1995).
Una segunda acepción del término “muisca” hace referencia a la lengua que en el
momento de la conquista española se hablaba en el Altiplano Cundiboyacense. Estas pertenecían a la familia lingüística Chibcha, y dentro de ésta, al subgrupo “magdalénico” (González de Pérez 1980, Constela 1995). Como se sugiere en páginas
más adelante, es posible que se trate más bien de un conjunto de lenguas emparentadas. Acorde con el conjunto de datos cronológicos conocidos sobre la dispersión de estos grupos hablantes de lenguas chibchas por el noroccidente de Suramérica, el habla “muisca” y sus posibles variaciones lingüísticas se comenzaron a desarrollar en el
altiplano a finales del primer milenio d.C (Hoopes 2005:16).
En tercer lugar, como “muisca” se ha agrupado a un conjunto de unidades políticas que
en el siglo XVI ocupaban el Altiplano Cundiboyacense y algunas vertientes templadas de la Cordillera Oriental de los Andes colombianos, espacio que se definido como
4 Con respecto a la ubicación temporal de los datos y discusiones presentadas en el presente capítulo, es
necesario indicar que, salvo que se indique otra cosa, siempre se estará haciendo referencia al período
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territorio muisca, y que se delimitó fundamentalmente a partir de un conjunto variopinto de fuentes escritas del período colonial (ver mapa 3 al final del Capítulo 3). El territorio de los muiscas colindaría con el de otros grupos que hablaban lenguas chibchas –laches,
guanes y chitareros al norte– y con el de grupos de otras familias lingüísticas como
muzos y panches al occidente y suroccidente, y guayupes, achaguas y teguas al oriente y suroriente (Falchetti y Plazas 1973). Cada unidad política “muisca” era representada
por la figura de un cacique, y en algunos casos varios caciques eran controlados por un jefe de poder político regional (Boada 2006; 2007; 2009, Broadbent 1964, Correa 2004, Kurella 1998; Langebaek 1987b, 1995a, 2001, Reichel-Dolmatoff 1984, 1997). Bajo este esquema, habría una cultura “muisca” y una organización social “muisca” que
serían compartidas por todos los cacicazgos dentro de este territorio. Producto de esta idea, se tendría una cultura material “muisca” compuesta por una serie de objetos
alfareros, metalúrgicos y textiles que se encuentran en los valles altiplánicos de la Cordillera Oriental de Colombia y que se ubicarían cronológicamente entre finales del
Periodo Herrera y el momento de la conquista española en el siglo XVI (Botiva 1989). Es posible que todas las acepciones del término “muisca” que se ha hecho referencia en
los párrafos precedentes sean correctas. Sin embargo, y a pesar de la aparente coherencia que guardan entre sí las definiciones presentadas, se esconde una imagen de homogeneidad cultural. En especial, subyace la idea un territorio culturalmente uniforme que estaría políticamente centralizado en torno a unos pocos caciques. Interpretaciones recientes parecen desdibujar el escenario poco variable y sin contradicciones que se ha utilizado para caracterizar a los muiscas como la “tribu oficial de la nacionalidad colombiana”5.
En efecto, en el imaginario colectivo colombiano los muiscas representan muchas veces el prototipo de la sociedad precolombina que las distintas versiones oficiales de la historia nacional han hecho aparecer como ancestros de la “colombianidad”. En los
textos escolares se los solía representar como un “estadio superior” de la “Colombia prehispánica”, y al que solo la conquista española le cercenó su camino para convertirse
en una “civilización” homologable a las descritas para Mesoamérica y los Andes
Centrales. Representaciones gráficas de algunas ideas tradicionales sobre los muiscas
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son ilustradas en las Imágenes 6 y 7 que se encuentran al final del presente capítulo. Nótese por ejemplo como en éstas aparece el epíteto de “civilización”, su comparación
con Roma o la homologación de algunos personajes indígenas del altiplano a “reyes” y
“sumos sacerdotes” que usaban mitras y cetros tal como como lo hacían los monarcas y
prelados europeos.
Las crónicas españolas sobre la conquista forjaron la idea de que cuando las tropas de Gonzalo Jiménez Quezada llegaron al altiplano en 1536 se encontraron con palacios ocupados por noblezas muy ricas, así como grandes templos suntuosamente adornados. También dibujaron un paisaje político en donde uno de los grandes “reyes” era el
cacique o Zipa de Bogotá que dominaba un vasto dominio en el sur del altiplano. Paralelamente, el norte era dominado por el Zaque, quien ejercía su “señorío” desde
Tunja. Según las crónicas, mediante una combinación de astucia militar, intrigas palaciegas y diplomacia ambos caciques habían logrado imponerse sobre otros “señores” poderosos como los de Guatavita y Ubaque en el sur, y Duitama y Sogamoso
en el norte. Década tras década los distintos aspectos y componentes de la narración histórica de los caciques anteriores a la conquista fueron transformándose según la tendencia, la época, el oficio y gusto personal de cada cronista.
Los historiadores del siglo XIX y de buena parte del XX elaboraron una síntesis de todas las narraciones sobre el Zipa y el Zaque que conocían en su momento. Transmitida por éstos a los capítulos de “prehistoria” o de “época indígena” de los
textos de “Historia de Colombia” o de “Historia Patria” con los que se enseñaba
historia en las escuelas, la idea de un espacio político dominado por dos grandes caciques se fijó como una verdad indiscutible e incuestionable para muchos de los arqueólogos y etnohistoriadores que centraron sus intereses en el Altiplano Cundiboyacense. Así, hasta hace relativamente pocas décadas era común que, indistintamente de su cronología, cualquier hallazgo arqueológico del altiplano fuera “ubicado” dentro o fuera del territorio del Zipazgo o el Zacazgo. Sin embargo, lejos de encontrar los grandes palacios y los bastos dominios que describen las crónicas, recientes investigaciones arqueológicas realizadas en el altiplano han permitido tener un cuadro más matizado de lo que pudo ser un cacique muisca prehispánico y la naturaleza de su poder.
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En este capítulo se hará referencia a las interpretaciones actuales sobre los muiscas con el ánimo de sugerir que en los dos o tres siglos precedentes a la llegada de las huestes españolas al altiplano había ciertos grados de heterogeneidad cultural y política, y por tanto, que tal vez no sea posible hablar en singular de la “identidad muisca”, ni tener un
modelo único de caciques muiscas. Las ideas que se expondrán en el capítulo están en concordancia con posturas teóricas que sugieren que la naturaleza de la integración social y la organización política de muchas sociedades cacicales se puede comprender mejor si se la asume como un modelo heterárquico. Bajo este esquema, se propone que comunidades autónomas y culturalmente similares, pero no iguales, actuaron y se relacionaron por medio de arreglos matrimoniales, del intercambio de productos, de la guerra y de otras prácticas sociales como las fiestas. Además, se sugiere que muchos de los cacicazgos estuvieron lejos de haber sido congregados bajo el poder de unos pocos “señores”.
Según Crumley (1995:3) heterarquía se puede definir como “la relación entre elementos cuando estos no tienen orden de escalas o cuando estos poseen el potencial para ser categorizados en un número de diferentes formas. […]” así, “el poder puede ser equiparado antes que categorizado en escalas” (Crumley 1995:3). Habría entonces una
diferencia en el uso que se hace de modelos jerárquicos y heterárquicos ya que “mientras la jerarquía indudablemente caracteriza relaciones de poder en algunas sociedades, es igualmente cierto que coaliciones, federaciones y otros ejemplos de poder compartido o equiparado abundan. La adición del término heterarquía al vocabulario de las relaciones de poder nos recuerda que existen formas de orden que no son exclusivamente jerárquicas y que elementos interactivos en sistemas complejos no necesitan ser permanentemente categorizados en un orden subordinado respecto a otros” (Crumley 1995:3).
Siguiendo esta definición, la heterarquía sirve entonces para entender una estructura organizacional en la que los elementos del sistema no están en un orden jerarquizado respecto a otros, o que su orden puede ser entendido en varias formas. Brumfield (1995:125) encuentra que ésta es entendida como una selección de elementos independientes y heterogéneos que participan en varios sistemas de interacción con o sin jerarquización entre los componentes, aspecto que daría cuenta también de la
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existencia de dos o más unidades funcionales discretas que interactúan como iguales, así como la interacción igualitaria de sistemas jerárquicos.
Los modelos que buscan un énfasis en relaciones de control vertical jerárquica obscurecen la riqueza y la diversidad de elementos que pueden ser mirados de una forma horizontal. En este sentido la heterarquía no contradice la jerarquía, simplemente flexibiliza los modelos con los cuales se estudian sistemas sociales (Potter y King 1995:29). Un punto importante dentro del concepto de heterarquía es que desliga a la complejidad de las relaciones políticas y poder verticales, y de la existencia de desigualdad social. Una estructura heterárquica puede existir tanto en una sociedad igualitaria como en el ámbito de una sociedad estatal. La existencia de uno no implica la ausencia del otro, pudiendo existir una organización altamente jerárquica que en algunos aspectos mantiene sistemas heterárquicos (Brumfield 1995:128-129).