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Los trabajos de la mañana Purificación gra­

In document El padre del hijo pródigo CABODEVILLA (página 82-86)

H. Y o p ecad o r

V. El camino de regreso

3. Los trabajos de la mañana Purificación gra­

La decisión de regresar a casa, de volver a Dios, puede tener su origen en razones meramente materiales. La con­ versión del alma, un acontecimiento espiritual que empezó siendo un hecho físico... A veces se debe a motivos muy anecdóticos, como sería una situación de aislamiento social provocada por algún pecado especialmente deshonroso. Otras veces se debe a un sentimiento no tan excepcional como parece, una suerte de repulsión estética hacia el ma . ¿Quién sería capaz de enumerar todos los posibles motivos de conversión? Ésta puede tener comienzo incluso en el pecado mismo, en el desengaño por él causado, no o y1 demos algo tan frecuente como es el miedo, el temor. ¿ ie do a qué? Unas veces se teme el castigo divino, otras veces

el temor es más vago, temor a lo desconocido, a algo o al­ guien que todavía no tiene nombre. Hay hijos pródigos que hablarían de un cierto miedo a la intemperie, el temor a las inclemencias que supone vivir sin hogar, sea cualquiera el sentido, físico o espiritual, que se dé a esta palabra.

Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran ca­

restía en aquella región, y el muchacho comenzó a padecer

necesidad.

Cualquier tipo de necesidad vale, cualquier motivo sirve, por indigno o rastrero que parezca, para volver a Dios. A menudo es el único motivo eficaz, ya dije, el único perceptible en determinadas circunstancias, el últi­ mo eco del llamamiento divino que llega hasta esa apar­ tada región donde se halla el alma, lo que en la parábola se designa como «un país lejano», el país del pecado.

Atrición y contrición, ha distinguido siempre la moral tradicional.

Temor y amor. Pero ya sabemos que ningún amor a Dios es puro y sabemos también que hay muchas clases de temor. ¿Dónde situar la raya entre una cosa y otra? Se trata de una frontera no sólo móvil, sino permeable. En cierto modo cabría decir que la atrición es una contrición incipiente, que la contrición es una atrición más elabora­ da. Y lo que suele llamarse contrición «perfecta» es, des­ de luego, una contrición «perfeccionada».

El temor debe evolucionar hacia el amor. ¿Tendrá que acabar desapareciendo por com pleto en beneficio del amor? La moral clásica ha distinguido también entre te­ mor filial y temor servil.

Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya

no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus

jornaleros.

¿Hijo o jornalero? El hijo pródigo reconoce que ha perdido su dignidad de hijo, pero sabe que nunca podría perder su condición de tal. De hecho, empieza diciendo «Padre», es la primera palabra que pronuncia. La pregun­ ta versaría más bien sobre los sentimientos que entonces, cuando ha decidido volver a casa, prevalecen en su cora­ zón. ¿Temor filial o temor servil?

Llámese como se quiera, hay un temor que es necesa­ rio vencer. Se trata de un temor que acaba siendo para­ lizante, que impediría al hombre llegar hasta Dios. Em­ bargado por él, el hijo pródigo no se hubiera atrevido a regresar o hubiera interrumpido su viaje en cualquier momento.

Hay otra clase de temor, llámese también como se quie­ ra, que nunca debe desaparecer del alma, que debe persis­ tir siempre, incluso en las etapas de contrición más eleva­ da. N o sólo es com p atible con el amor, sino que es inseparable de él; más aún, es generado por el mismo amor.

Suena extraño, al menos en ciertos ambientes religio­ sos hoy muy reacios a hablar del temor: no hay amor sin temor. Suena extraño, pero resulta cierto, resulta inevita­ ble. ¿Por qué? Porque cuanto más ama alguien a Dios, más consciente se hace de sus infidelidades, más vivamen­ te percibe la distancia abismal entre su propia miseria y la santidad de Dios, o dicho más exactamente, la distancia abismal entre su amor a Dios, tan exiguo y tan torpe, y el amor infinito de Dios. No es extraño que los santos siem­ pre se hayan confesado grandes pecadores. Su testimonio no era retórico o pedagógico, sino del todo sincero, ni siquiera dictado principalmente por la humildad, sino por un conocimiento más profundo de Dios y de sí mismos. Por eso, el temor no les abandonó nunca, aunque tampo­ co melló lo más mínimo su confianza en la misericordia divina.

He aquí algo que conviene recalcar, adelantándonos a una objeción muy previsible: el temor no se opone a la confianza, sino todo lo contrario, está a su servicio, ac­ tuando desde dentro de ella como una fuerza tensora, evitando que se deforme, que se convierta en presunción.

Asimismo el temor se halla al servicio del amor: impi­ de que éste se trivialice, se extravíe o se convierta en un funesto autoengaño. En realidad, este temor que decimos engendrado por el amor no es otra cosa que el reverso e amor mismo, un amor consciente de su propia insuficien­ cia, un amor dichosamente pobre, un amor que se sabe siempre precario, deficiente e inseguro.

«En el amor no hay temor, pues el amor perfecto echa fuera el temor» (1 Jn 4,18). Justamente, el amor perfec­ to. ¿Hay alguien en la tierra que posea semejante amor? ¿Hay alguien que crea que su amor es perfecto? Un santo jamás lo creería.

Pero, por favor, que ese temor tan excelente y depu­ rado no venga a desacreditar esos otros temores, por despreciables que parezcan, que a menudo constituyen el único recurso para que un hombre levante su corazón a Dios. El miedo a la intemperie o al sufrimiento o a la soledad o a un destino cargado de interrogantes.

Es un miedo válido, porque nos mantiene en la indi­ gencia, en el desvalimiento y la indefensión, en la desnu­ dez, en la infancia del corazón.

Quizá no convenga tampoco hacer una apología del miedo. Algo parecido a lo que ocurre con la humildad, que no puede experimentarse como virtud, sino como certeza de que no se posee virtud alguna. D e igual mane­ ra, tal vez el miedo, para ser beneficioso, tenga que igno­ rar su propia eficacia y prescindir de toda explicación favorable sobre sí mismo y conservarse en su estado puro, sin disculpas ni argumentos. Tengo miedo, Señor, eso es todo.

Lo mismo que el amor, y quizá al mismo tiempo, el temor habrá de ir purificándose gradualmente. Se trata de un proceso tal vez muy largo, simbolizado en el lento transcurso de esas horas que preceden al mediodía. Se­ gunda parte,

La mañana.

«Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Por ahora es la frase que el pró­ digo lleva preparada para dirigirse a su padre cuando se encuentre con él. ¿Temor filial o temor servil? En su in­ terpretación más honrosa, esas palabras evocarían aque­ llas otras del salmista: «Prefiero ser el último en la casa de mi Dios que habitar en la vivienda de los pecadores» (Sal 84,11). Un largo proceso, efectivamente. Sin embar­ go, ahí mismo, en el siguiente versículo del salmo, halla­

m os¡la verdad más importante, la que debe Üuminar ya desde el principio todo posible proceso: «Dios es quien concede la gracia y la gloria».

¿No sería mucho mejor mirar las cosas desde este pun­ to de vista? Dios es quien otorga la gracia y la gloria, es él quien transforma las almas, el que convierte el amor del hombre en un acto de perfecta caridad, el que convierte el vino en su propia sangre. Pues bien, él es asimismo el que puede convertir de antemano el agua en vino, el temor en amor, el temor servil en temor filial, el dolor merecido en dolor meritorio, el hambre de pan en hambre de Dios.

In document El padre del hijo pródigo CABODEVILLA (página 82-86)

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