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Misericordia y cólera, misericordia y justicia

In document El padre del hijo pródigo CABODEVILLA (página 106-109)

H. Y o p ecad o r

V. El camino de regreso

5. Misericordia y cólera, misericordia y justicia

Es cierto, no conviene ignorar aquellos textos que hablan de la ira de Dios.

«L a ira del Señor se desata como un huracán» (Jer 30,23). Entonces, atemorizado, el hombre suplicara

ansiosamente: «En tu ira, acuérdate de tu misericordia» (Heb 3,2). Un alma más experimentada sabe muy bien que «su ira dura un instante, y su favor, toda la vida» (Sal 30,6). Conoce las palabras que fueron dictadas por el propio Dios: «En un arrebato de ira te he ocultado mi rostro por un instante, pero mi amor hacia ti es eterno» (Is 54,8).

En definitiva, la ira de Dios es simplemente una m o­ dalidad de su amor, la forma de actuación que éste reviste en ocasiones. Unas veces el amor se expresa como mise­ ricordia y otras como enojo y cólera. Cabría, pues, decir que «su ira es tan grande com o su m ise rico rd ia » (Eclo 16,12) en cuanto que ambas son tan sólo dos face­ tas del amor, dos actos inspirados por un mismo amor, ese inmenso amor de Dios tan incompatible con el pecado como empeñado en salvar al pecador.

Pero no se trata sólo de una ira que llamaríamos metódica, un recurso pedagógico, una simple amenaza destinada a recobrar cuanto antes a ese pecador extravia­ do. Se trata de algo que concierne a Dios mismo, que lo afecta íntimamente. El amor ha de tomarse siempre en serio, tanto por lo que respecta al amante como al amado. Nunca se ama impunemente. ¿Cómo reaccionará Dios ante el desprecio de su amor? Si la ira nos parece una pasión especialmente impropia de Dios, al menos necesi­ tada de mayores explicaciones, siempre quedaría aquella discreta interpretación que dio Paul Ricoeur: la ira es «la tristeza del amor».

Dios es amor. Por consiguiente, también la justicia, en cuanto atributo de Dios, no pasa de ser una cualidad más de su amor.

Haga lo que haga, Dios nunca dejará de ser justo. Si reprueba al hijo pródigo y le cierra la puerta, es justo. Si lo trata como a uno de sus jornaleros, es justo. Si lo ad­ mite en casa imponiéndole ciertas condiciones, es justo. Y si actúa tal como se cuenta en la parábola, también es justo.

En cualquier caso, Dios es justo. Porque es el Señor, dueño absoluto de todo. Así como nosotros no quebran­

tamos la justicia cuando renunciamos benignamente a cobrar una deuda, porque nada nos impide disponer de nuestro dinero como queramos, así también Dios no deja de ser justo cuando perdona, ya que puede hacer de lo suyo aquello que juzgue más conveniente.

No hay peor manera de intentar comprender la justi­ cia divina que concebirla así, al modo de la justicia huma­ na, por mucho que ésta sea depurada, dignificada y enno­ blecida. La llamada «ley de analogía», que prohíbe dar un sentido unívoco a las palabras cuando se refieren a Dios y cuando se refieren al hombre, se hace mucho más apre­ miante en materia de justicia. Ahí tuvo su origen la herejía jansenista, que consistía en aplicar la lógica humana a la justicia divina.

No queda más remedio que entender la justicia de Dios como arriba quedó dicho, como una modalidad de su amor. Para ello será necesario adoptar otra perspectiva distinta de la habitual. La verdad es que cuando la fe cristiana afirma que Dios es justo, más que designar un atributo divino intemporal, estático, tal como podría ser definido en teología natural, se está refiriendo a una jus­ ticia activa y operante, transitiva: Dios

justifica

a los hom­ bres. Convierte en justos a los pecadores, los perdona, ejerce con ellos su amor.

Nosotros tendemos a concebir la justicia y la miseri­ cordia como dos atributos casi contrapuestos, entre los cuales existiría una suerte de rivalidad y forcejeo, pensan­ do que al fin la misericordia acabará triunfando. Pero la misericordia no está en frente de la justicia, ni tampoco viene a enmendar lo que ésta decidió o hubiera decidido. Nada más lejos de la verdad.

Para evitar cualquier errónea aproximación entre la justicia divina y la justicia humana, bastará recordar que ésta consiste en dar a cada cual lo suyo, a cada uno lo que es debido. ¿Acaso puede Dios deber algo a alguien? Hasta el concepto más rastrero de justicia divina lo negaría. En efecto, Dios no debe nada a nadie. Pero hay que añadir: a nadie excepto a sí mismo. Y aquí interviene la idea de fidelidad. Cuando decimos que Dios es fiel a sus prome­ sas o a su alianza con Israel, expresamos tan sólo el aspec­ to inmediato o anecdótico de su fidelidad esencial, a cua

no puede ser otra cosa que fidelidad a sí mismo. Dios tiene que mantenerse fiel a su propia naturaleza, a su propio ser, y «Dios es amor».

«Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tim 2,13). San Pablo se limitó a sacar una conclusión elemental. Al hablar del H ijo de Dios, que es imagen perfecta de su Padre, el autor de la carta a los Hebreos hará del todo explícita esa conclusión, describiéndolo precisamente como «misericordioso y fiel, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo» (Heb 2,17). Misericordia y fidelidad terminan siendo si­ nónimos.

6.

Ahora, por fin, conoce el hijo pródigo

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