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Luchas por el poder Por Pío Moa

In document Pío Moa -RECUERDOS SUELTOS (página 33-45)

Hacia 1990 ó 1991 el senador socialista José Prat presidía la Junta de Gobierno del Ateneo, en la que yo era socio bibliotecario. Como los demás nombres no importan aquí para nada, los altero. Doña

Sturmabteilung había entrado en la junta en las últimas elecciones, y tal pánico suscitaba que el señor Delajota o Delajeta me propuso, muy serio: "¿Y si dimitiésemos los demás, en protesta?". "¿En protesta de qué?". "Pero ¿tú sabes cómo es esta tía?".

Se trataba de una dama menuda, algo regordeta, de edad ya avanzada pero con una vitalidad y capacidad de enredar que volvía loco a cualquiera. Protestaba a cada momento con voz chillona, y podía tener a la junta votando y revotando una decisión hasta que salía a su gusto. Venían ella y una amiga suya de una

candidatura minoritaria, dirigida por unos sujetos incalificables, mezcla de

socialistas y de extremo-derechistas (el Ateneo hacíacompañeros de cama aún más extraños que la política). Querían el poder a cualquier precio. Las inquinas entre camarillas eran "africanas", y dábamos por sentado que doña Sturmabteilung y su amiga espiaban para los minoritarios, a fin de exponer la Junta de Gobierno a sus insidias en las demenciales asambleas mensuales del centro.

Al parecer, doña Sturm provenía de la Sección Femenina. Un día en que, para variar, me llamó terrorista, le repliqué: "¿Seguro que tú no vienes de las secciones femeninas de asalto nazis, las más sanguinarias?". Le pareció ofensivo.

La buena señora y su compañera de fatigas nos pusieron una querella a varios de la junta, por presuntas injurias, varias de ellas escritas por mí en unos carteles

informativos a los socios. En el juicio, doña Sturm se levantaba e interrumpía constantemente, como tenía por costumbre en el Ateneo. La juez no podía con ella: "¡Pero siéntese, señora!". "¡Le digo que se siente! ¿No me ha oído?". "¡Que se calle, señora, ya hablará cuando proceda!". "¡Haga el favor de no contarnos su vida!"… Las acusadoras presentaron de testigo a una amiga suya, abogada muy de derechas y feminista, y preguntole la juez: "¿Ha visto usted esos carteles donde injurian a doña Sturmabteilung?". "¡Yo no leo esos papeluchos!". "Entonces, ¿qué viene usted a testificar aquí?". "Yo lo que afirmo es que a doña Sturm la tratan muy mal y hablan de ella muy mal, porque estoy en el Ateneo y conozco el ambiente". La otra acusadora informó, con voz tristona: "A mí me llaman Oveja"; lo que casi nos dio un ataque de risa allí mismo. Dejamos la sala tronchándonos, aun si

inquietos en cuanto a por dónde saldría la juez, la cual, afortunadamente, emitió una sensata absolución.

Nadie imagine que los demás príncipes del Ateneo y adversos a Sturmabteilung fueran, en general, de otra madera. Estaba, por

ejemplo, el trío formado por Milhombres, Crisoide y Licandro, uno de ellos abogado, el otro no sé qué y el otro profesor de la Autónoma. Tal vez la trampa a doña Sturm la planearon o se les ocurrió sobre la marcha, lo último parece harto más probable, pero les salió bordada; y vean cómo de la broma a la tragedia media un paso.

En una reunión de la directiva la dama pidió un bolígrafo, y Crisópata se lo negó con la cariñosa advertencia: "A ti no, que te lo quedas". La buena mujer, herida en su honor, replicó que ella no era una choriza, y que a saber de dónde vendrían los géneros vendidos por él en su negocio particular. Pues Crisoide se dedicaba, según contaban, a la compraventa de oro. El negociante puso el grito en el cielo: "¡Me ha llamado perista! ¡Me ha llamado perista!". "¡Eso es imputarme un delito, y debe constar en acta! ¡Exijo una rectificación!". Le apoyó con vigor Licandro, y

Milhombres también opinó, virtuosamente, que tales palabras debían constar en acta. "¡Retíralo, Sturm!", repitió Crisoide, buscando humillarla. Pero Sturm expresaba su vehemente opinión de que él debía ser quien retirase sus ofensas previas.

Milhombres, encargado de las actas, anotó algo parecido a esto: "Hacia la hora tal se produce una riña entre miembros de la Junta a la que no presta atención quien esto escribe. En un momento dado, doña Sturmabteilung acusa a don Crisoide de tener un negocio de perista. Don Crisoide exige la rectificación y doña

Sturmabteilung se niega, por lo que don Crisoide pide que conste en acta para los efectos legales pertinentes". Obsérvese la fineza con que Milhombres omitía el insulto previo del ofendido: sumido en profundas cavilaciones, cual solía, no se había enterado de la primera parte de la riña, así que, honradamente, no podía consignarla.

Licandro enarboló el acta en triunfo: "¡Ahora, Sturm, ahora vas a ir a juicio por injurias y calumnias! ¡Te vas a enterar, ahora sí que te vas a enterar! ¡Tus palabras están aquí, en el acta, ante testigos!". La buena señora, a pesar de su edad, daba saltitos tratando de alcanzar la hoja que Licandro sostenía en alto, fuera de su alcance. "¡Quiero leerla, tengo derecho a leerla!", gritaba sin aliento, al borde de las lágrimas. "Ya la leerás en el juzgado, Sturm; de ésta te vas a quedar sin un duro", le comentaban alentadoramente los otros. Milhombres, un redomado hipócrita, ensayaba la expresión del probo funcionario cumplidor de su deber, aun si doloroso. El rostro de la acusada denotaba los nervios de quien se ve próximo al banquillo de los acusados, pero seguía sin dar su brazo a torcer.

Y no fue broma, juicio hubo. Pidió Crisoide al juez la sustanciosa indemnización correspondiente a los daños infligidos a su dignidad profesional, y me tocó sacar las castañas del fuego a doña Sturm.

Resalté, como testigo, que Milhombres se había enterado necesariamente de la trifulca desde el primer momento, pues se había producido con acritud y voces destempladas; y, por lo demás, me parecía injusto hacer constar un único caso a favor de una determinada persona, cuando riñas de aquel estilo

surgían cada dos por tres en las reuniones de la directiva. Crisoide se quedó sin su ansiada indemnización, a su entender tan merecida, lo cual no me ganó su afecto. Las alianzas podían cambiar de la noche a la mañana. Así, Licandro llegaría a enemistarse con sus compañeros, los cuales, como primera medida, hicieron sacar de su despacho un espléndido e historiado escritorio, dejándole a cambio una vulgar mesa de cocina con dos sillejas a tono. Siguió durante semanas un forcejeo de poderes, pues Licandro volvía a meter el escritorio, sudando la gota gorda porque el mueble pesaba muchos kilos, y sus ex amigos, más descansadamente, ordenaban a tres empleados que volvieran a sacarlo. Al final, Licandro hubo de batirse en retirada y dejó de acudir al despacho. Perdió en las elecciones

siguientes, y los otros reunieron sus papeles, los metieron de cualquier forma en una bolsa de basura y así se los dejaron en portería. Con razón estaba cabreado. La mayoría de las actas tenía muy poco que ver con las reuniones, y se aprobaban comúnmente por evitar tediosas disputas. Yo apenas las escuchaba, por mi

aversión a la burocracia. Pero cien veces me he arrepentido de mi falta de reflejos o de visión histórica, por así decir, al no haber grabado subrepticiamente aquellos encuentros en un magnetofón. Habrían constituido un documento único, de una comicidad surrealista difícilmente parangonable.

Las asambleas (una cada mes) solían ser demenciales, ya lo dije, pero las

reuniones de junta las superaban de lejos. Allí brillaban las pasiones humanas sin recato ni respeto a reglas o convenciones, en una lucha despiadada por el poder y el dinero: intrigas conspiratorias, mala leche infinita, incumplimiento de acuerdos, ruindades esperpénticas. Mi amigo Isabelo Herreros, político azañista que ojalá hubiera más como él, decía no haber conocido nada igual en la política corriente, de por sí poco recomendable para almas sensibles.

Sólo refrenaba aquellas pasiones un persistente temor a la ley. Una tarde entraba en la sala llamada Cacharrería uno de aquellos individuos ansiosos de asaltar la directiva, y venía charlando, sonriente, con una chica. De pronto me vio, y su expresión cambió dramáticamente, crispándose en una irreprimible mueca de odio. Pensé: si de pronto aquí se viniera la ley abajo, habría muertes. Para entonces yo empezaba a tirar la toalla después de perder años en envenenadas peleas.

Lo que elevaba al absurdo absoluto la gracia de aquel concurso interminable de bilis y vilezas es que… ¡no había poder ni dinero que rascar, como no fueran pequeñas sisas o raterías! Pero muchos creían lo contrario, se desesperaban de no estar en el pesebre o, llegados a él y comprobada su indigencia, sospechaban de los demás. Antaño, el Ateneo había gozado de influencia política, hasta el punto de llamársele "la antesala del Parlamento", donde hacían vida intelectual los diputados y

prohombres de partido. En sus locales se había incubado la II República, y poco después los orates de la casa, siempre abundantes, habían vuelto tarumba a Azaña invocando "la soberanía del Ateneo"… Aquello había acabado, sin vuelta atrás. Durante el franquismo, la institución había sido simplemente un centro cultural de excelente nivel, y su única posibilidad consistía en mantener y perfeccionar ese carácter.

Llegada la democracia, un brillante grupo de intelectuales liberales, encabezado por Chueca Goitia y Julián Marías, intentó convertir la Casa en un gran foco de cultura, pero el proyecto fracasó en ciernes al chocar con un sector izquierdista,

furiosamente convencido de tener al alcance de la mano una oportunidad histórica para sus planes, tan ambiciosos como confusos. La pugna por el fantasmal poder se volvió frenética, entre bajas maniobras y ultrajes indecentes.

Marías y los suyos, inhabituados a tales formas, terminaron dejando el campo. Les sucedió una directiva progresista dirigida por César Navarro, hombre de altura intelectual y buenas ideas pero que, como Azaña, constataría pronto la pobre calidad media de los "renovadores". Los años siguientes el Ateneo decayó en una vida gris, con sucias intriguillas de menor fuste, hasta recobrar el tono frenético en la época de Prat. Creo haber tenido alguna involuntaria responsabilidad en ello, ya lo explicaré en otra ocasión.

10 de Marzo de 2006 RECUERDOS SUELTOS

La mala vía

Por Pío Moa

En 1967, con 19 años, me decidí por fin a estudiar una carrera: Periodismo, por ser corta y prometer algo de aventura. Duraba tres cursos (ese año la subirían a cuatro), y pensaba buscarme luego un trabajo de corresponsal, de preferencia en algún país en guerra. Mientras llegaba el tiempo de matricularse, fui a pasar el verano a la costa de Levante, pensando encontrar trabajo, por entretenerme y ganar algún dinero.

Llegué a Benidorm, en pleno boom turístico, y me hospedé en una fonda económica y limpia, del casco viejo. Era mediodía y hacía calor. Dejé los bártulos en la alcoba y salí a buscar donde comer. También salía en ese momento de otro cuarto un muchacho de mi edad, igualmente recién llegado y en busca de pitanza y, al parecer, de trabajo: un tipo alegre y dicharachero, muy moreno, delgado y ágil, de rasgos un poco agitanados y estatura media-baja, compensada con un calzado de gruesos tacones. Un andaluz de estampa castiza, de los que no hay muchos. Podía llamarse muy bien Manolo.

Al poco rato ya me había contado su vida y milagros, edificantes según se mirarse. Se dedicaba a merodear por la zona turística en busca de ligues económicamente provechosos, sin poner muchos peros en cuestión de orientación sexual.

Correspondía al tipo humano de prácticas, si no de ideas, avanzadas, liberadas y desprejuiciadas tan promovido años después por la izquierda y mal mirado en aquellos atrasados tiempos: ahora son los que orientan las costumbres y enseñan desde la televisión y otros púlpitos qué está bien y qué está mal.

Unos reportajes en El País, muchos años después, daban coba con desparpajo a este tipo de ligones profesionales. Por la costa mediterránea se movían pequeñas bandadas de ellos, a través de los cuales (y de grupos de estudiantes o

intelectuales progresistas) empezaba a difundirse la droga, otro signo de modernidad.

Manolo no era mal chaval, tenía un fondo de ingenuidad, pero llevaba una vida poco prometedora. Contaba con delectación y desprecio algunas aventuras con homosexuales, en particular con un abogado madrileño, casado, a quien había sacado bastante pasta. Debí de expresar cierta aversión, y él, percatándose de no estar con interlocutor muy afín, pasó a justificarse:

– Pero no les dejo llegar a nada, chaval, los pongo cachondos y tal, ¿entiendes?, y que suelten la pasta, pero al final, nada. Para eso hay que saber tratarlos, esa gente son muy viciosos. Les das cuerda y, al final, nada…

No se lo quise discutir, e intuí que el negocio podía incluir el chantaje. De todas formas, él prefería a chicas, con quienes la relación debía resultar más amable. Se jactaba del tamaño de su herramienta, y se ofreció a mostrármela en el váter, no fuera a ponerlo en duda, pero le hice comprender que su palabra me bastaba y aun me sobraba.

Al otro día quedamos con un par de amigos suyos, del mismo gremio. Apenas intervine en su charla, fascinante en cierto modo: salvo por un tinte de mala leche y chocarrería, hablaban talmente como chicas: ropas, colonias, discotecas... Chapurreaban francés o inglés, que por lo visto les bastaba, y mostraron cartas y fotos de turistas inglesas, ligues del verano anterior. Cartas apasionadas,

convencional o literariamente apasionadas y, supuse, insinceras, como queriendo romantizar unas aventuras probablemente algo sórdidas, dados los partenaires. Cada cual sabía sus cartas de memoria, y subrayaba con risas o expresiones admirativas tales o cuales pasajes. A las escritoras, probablemente, les habría hecho poco felices saber sus misivas exhibidas, y más aún comentadas.

Al irse los otros dos, Manolo me aclaró, despectivo:

–Esos se quedan con el género que los demás no quieren. ¿Te has dado cuenta de lo feas que eran las fulanas? Pues al natural estaban peor que en las fotos.

Pero a él no debían de irle mejor las cosas, pues en la conversación no se había ufanado de conquista alguna. Las que me contaba quizá no podría hacerlas creer a quienes le conocían bien. Entramos en una tasca, siempre con la misma

conversación más alguna alusión al trabajo, del que él no se manifestaba muy fanático. Un par de paisanos en la barra se unió a la charla. Comentarios tópicos, y sin embargo parecen no cansar nunca. En una mesa cercana estaban tres chicas inglesas de bastante buen ver.

– Mira ésas –dijo Manolo–. Tú sabes inglés, ¿no? ¿Por qué no les hablas?

Por entonces mi inglés era bastante fluido, aunque me costaba entenderlo cuando lo hablaban deprisa. Después pasaría casi cuarenta años sin practicarlo, con esporádicos y poco tenaces intentos de recuperación. Lo mismo el francés. Con facilidad para los idiomas, siempre me faltó la paciencia.

Fui donde las chicas. Estaban a punto de levantarse, pero charlamos un poco. Quedamos con dos de ellas al anochecer, a la puerta de una discoteca. La otra

buscaba trabajo y me puse de acuerdo con ella para acercarnos al día siguiente a un hotel en las afueras, donde pedían personal, según había oído. Manolo estaba contentísimo. Yo no tanto, pues tuve la impresión de que no vendrían.

Y no vinieron. Entramos en la discoteca a ver qué caía. No tengo afición a bailar, y el ruido y las luces de esos locales me deprimen. Al poco rato salí, un tanto

frustrado, mientras Manolo se contorsionaba frente a una extranjera, siempre tan eufórico. Sonaba una canción con el estribillo "Gaston, le téléphone, qui sonne/ il n

´y a jamais personne/ qui y répond", o algo así. No habré ido en mi vida más de

cinco veces a discotecas.

La que sí cumplió fue la chica en busca de trabajo, al día siguiente. Bajo un sol de justicia atravesamos Benidorm de punta a punta, hasta el hotel. Necesitaban una telefonista, pero el español de la moza era demasiado precario. Para mí no había nada: "Si hubieras venido hace unas semanas, antes de empezar la temporada… Ahora ya están todas las plazas cubiertas. En los demás hoteles pasará lo mismo". Mis endebles esperanzas con la inglesa se desvanecieron cuando me informó de que iba a encontrarse con su boyfriend.

Nos iría mejor en Alicante, sugirió Manolo. Allí vivían sus padres, venidos de Andalucía. Fuimos a pernoctar a su pequeña vivienda y me invitaron a cenar.

Pusieron unos platos andaluces, no acostumbrados para mí, y los dejé casi intactos, pese a la hospitalaria insistencia de la madre. El padre trabajaba de taxista. Manolo les mentía, claro está, sobre sus andanzas, pero ellos intuían adónde tiraba la cabra. El padre cenaba en silencio, casi hosco, y la madre angustiada. Ésta debió de ver en mí una compañía algo menos estragada que las habituales de su hijo, y me rogó encarecidamente que acompañara a su Manolo y lo obligara a coger un trabajo honrado. ¡Pobrecilla! Su ansiedad conmovía, sobre todo por la falta de remedio. No es fácil salir de la mala vía, y menos a edades de fuerza e ilusión, cuando la vida apenas ha pegado en serio.

En la pequeña habitación de Manolo sólo había una cama, también pequeña. Probamos a acomodarnos, pero, recordando sus aficiones, extendí el saco de dormir sobre el suelo y allí me eché, protestando él que se estaba mejor en la cama. Lo decía algo compungido y sin mala intención, pero preferí malpasar la noche sobre el duro suelo: "Es una cama demasiado estrecha. Mejor así".

Al día siguiente fuimos hasta San Juan, acaso vimos alguna oferta en el periódico. Se trataba de la bolera del hotel Playa, no sé si seguirá existiendo. Al fondo de las pistas, dentro del cobertizo, había que esperar, encaramados en un murete, a que los jugadores terminaran de lanzar su tanda de bolas, procurando esquivar las piezas de madera, pues éstas, al saltar, podían golpear en el cuerpo o la cara. Entonces había que bajar rápidamente y colocar de nuevo los bolos.

Ofrecían comida y alojamiento en dos pequeñas casetas de cemento, de aspecto bunkeriano, a un lado y otro de la pista, llenos de botes de pintura, con sus acres olores, y sendas literas de dos camas, la de arriba casi al ras del techo. La jornada duraba desde avanzada la tarde hasta las once o doce de la noche. El sueldo era muy bajo, pero había propinas.

– ¿Qué tal las propinas? –pregunté a un empleado – Depende de las noches. A veces sales muy bien.

A Manolo el trabajo le pareció una basura, y de ningún modo quiso cogerlo. ¡Un señorito!

– Pues yo me quedo, qué cojones. Me estoy quedando sin un duro, y aquí tienes casi todo el día libre, y la playa al lado.

Con la edad suelen cambiar las aficiones. Por entonces me gustaban mucho los viajes y la playa; hoy sólo viajo por obligación, y evito la playa.

Pasé en la bolera dos meses. Unas semanas más tarde volvió Manolo de visita, tan contento y hablador como de costumbre, riéndose de los empleados que curraban por cuatro perras. No tenía enmienda, como esa otra cosa.

Aquel verano, creo recordar, aparecieron en California, con gran alarde publicitario,

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