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Capítulo 3: Apropiación territorial, resistencias e identidad campesina

3.1. Luchas territoriales y territorios traslapados

El campesinado colombiano construyó a lo largo del siglo XIX su propia visión del territorio. En esta visión, el territorio hacía parte de su ser y él del territorio. Dicen Bonnemaison et Cambrezy (1996), que el territorio no es un objeto ajeno y por fuera del ser, sino que hace parte de su identidad, el lugar donde se forjan sus sentimientos y sus maneras de ver el mundo. Estos autores plantean que las sociedades tradicionales tienen una manera diferente de apropiarse del territorio. Al respecto dicen Bonnemaison y Cambrezy (1996):

“Dans les sociétés dites traditionnelles ou si l'on préfère non- industrielles, le territoire ne se définit pas par un principe d'appropriation, mais par un principe d'identification. Le territoire ne peut alors être perçu comme une entité différente de la société qui l'habite; le groupe local appartient à sa "terre" tout autant que la terre lui appartient. Ce ne sont plus nécessairement les centres du territoire qui comptent mais les symboles qui y sont inscrits et les lieux qui les enracinent. Ce principe d'identification explique la particularité et l'intensité de la relation à la terre; le territoire ne peut être partagé, vendu, ou même donné; il est un être et non pas un avoir. Perdre son territoire, c'est disparaître. Exprimé avec toute sa force dans les sociétés traditionnelles, le principe du territoire d'identité n'est pas pour autant absent dans les sociétés dites modernes, même s'il est plus implicite. De nombreux conflits actuels, notamment les plus violents et les plus irréductibles, y plongent leurs racines”.

La lógica de la apropiación territorial del campesino fue radicalmente opuesta a la que estaban imponiendo los empresarios agrícolas desde las tempranas legislaciones agrarias el siglo XIX. Éstos -los empresarios agrícolas- estaban orientados por una lógica de apropiación territorial fundada en el tener y disponer, en la acumulación y la concentración de riquezas. Todo lo que estuviera en el territorio era para los empresarios, desde su lógica económica y utilitaria, susceptible de ser enajenado, contabilizado,

administrado y controlado, incluyendo en este mundo de “cosas”, a los hombres y mujeres que habitaran estos territorios.

Como señalaba Antonio García (1982), el sistema terrateniente-hacendatario que regimentó el agro colombiano durante el siglo XIX y primeras décadas del XX operó como una constelación social en la que el sistema latifundista se constituyó en el centro rector y las diversas economías campesinas, comunidades y poblados, operaron como unidades satelizadas, cuyas reglas de funcionamiento socio-económico obedecían al centro hegemónico de la constelación. Sin embargo, los campesinos, esto es importante enfatizarlo, habían construido previamente un territorio, un lugar, como dijimos anteriormente, donde construyeron su casa y su labranza, un lugar donde forjaron sus sentimientos y sus maneras de ver el mundo, pero donde también crecieron sus afectos, donde tejieron sus afinidades y sus diferencias, donde estaba su historia, su memoria y su herencia. El territorio era para el campesino parte de su identidad del ser y, por tanto, algo

que pertenecía a la esfera del ser, era un espacio vital, simbolizado e inalienable.

Estas dos visiones del territorio, la una fundada en el tener y la otra en el ser, discurrieron (y aún lo hacen) como lógicas políticas y ontológicas inconmensurables que se enfrentaron (y se enfrentan) de manera permanente. Cada uno de los actores del agro colombiano se apropió de manera totalmente diferente del territorio y lo funcionalizó en coherencia con sus referentes culturales, políticos y económicos.

Dice John A. Agnew (1987) que para analizar el proceso de construcción y apropiación de un lugar se deben entrecruzar tres elementos. El primero se refiere al escenario (locale), que es definido por el marco en el cual son construidas las relaciones sociales (éstas pueden ser informales o institucionales); el segundo se refiere a la ubicación (location) del lugar, es decir, el área geográfica, pero englobando en ella el marco de la interacción social que es definida a través de los procesos sociales y económicos que operan a gran escala; y, el tercer elemento se refiere al sentido del lugar (sense of place)

que es definido por la estructura de sentimientos que los sujetos depositan en el lugar y que pueden proyectar a nivel regional o nacional.

En este orden de ideas y siguiendo en la perspectiva analítica propuesta por Agnew (1987), en lo que se refiere a las relaciones sociales que se construyeron en el agro colombiano, es de anotar, que mientras los campesinos tejieron relaciones sociales centradas en el afecto, la solidaridad y el apoyo mutuo, como hemos descrito anteriormente, los empresarios estructuraron relaciones de explotación fundadas en el desconocimiento de los derechos de propiedad del campesinado y en prácticas de trabajo serviles y semi- esclavistas; en cuanto a los procesos sociales y económicos que operaron en el agro, los empresarios orientaban sus acciones hacia su empoderamiento político, la concentración de la tierra y la agro-conexión con el mercado internacional.

Aunque hubo un momento en que el lábil Estado colombiano concibió la posibilidad de que el campesinado podría seguir su apropiación territorial, incluyendo en sus faenas diarias cultivos comerciales demandados por el mercado internacional, es de anotar que en la práctica y luego en la legislación –como vimos anteriormente- esa posibilidad fue negada, pero por ello no borrada del imaginario campesino, quien se articuló a la dinámica internacional, a través de la inclusión -en su unidad de producción familiar- de productos agrícolas y silvestres de exportación.

Y en lo que respecta a la asignación de sentimientos al territorio, como hemos anotado, el campesino utilizó marcadores espaciales que lo identificaron con el territorio y dieron inicio a la construcción de una cosmovisión particular que entrelazó a su ser y al territorio. Bonnemaison (1995) hablaba de “lugares corazón” (Lieux-coeurs) para referirse a este tipo de espacios antropologizados y simbolizados. Por el contrario, el empresario agrícola, como homo economicus, forjó un sentimiento de utilización y usufructo económico del territorio. La tierra, en su mirada unidimensional y económica fue vista como mercancía aprovechable para la acumulación de riquezas y la concentración de su poder político y social.

Ambas lógicas de apropiación territorial estuvieron presentes en el siglo XIX y en esta reflexión no estamos valorando una mirada sobre otra, o planteando que hubiese sido imposible que ambas perspectivas prosperaran de manera paralela e incluso complementaria. De hecho Tovar (1995) menciona algunas regiones, como el Tolima por ejemplo, donde coexistieron de forma pacífica estas dos visiones del territorio, al menos hasta la primera mitad del siglo XIX. Lo que queremos es subrayar que el proceso histórico de ocupación y apropiación de tierras durante el siglo XIX tuvo lugar en el marco de una lucha continua entre dos visiones del territorio y por tanto, del desarrollo agrario.

En esta lucha territorial, los empresarios agrícolas se aprovecharon de la posición subalterna del campesinado -en términos políticos y socio-económicos- para impulsar e imponer sus intereses particulares y, en un uso patrimonialista de las estructuras jurídicas y políticas del Estado, violaron el derecho de propiedad territorial del campesinado. Por medio de instrumentos jurídicos, de múltiples artimañas y engaños y por las vías de hecho, el campesino fue expropiado de su territorio y obligado, en unos casos a trabajar como arrendatario8 o peón en su propio terreno, y en otros casos, a desplazarse a la siguiente frontera agraria, más alejada de los centros poblados y de mercadeo. Esta separación violenta de sus medios de producción -como lo expresaría Carlos Marx en su texto sobre la acumulación originaria del capital- provocó en el campesino un profundo sentimiento de injusticia y agravio frente a la vulneración de su territorio9.

8 Según Marco Palacios (1983: 220), el arrendamiento consistía en un contrato entre el hacendado y el

arrendatario mediante el cual este último arrendaba una parcela y podía construir una casa y sembrar cultivos de pan llevar, pero no cultivos comerciales como el café. En pago de la renta se acordaba una obligación en trabajo que se definía según el tamaño de la parcela. Cuando el arrendatario cumplía con su obligación recibía 50% de un salario monetario pagado a un peón de la hacienda.

9 En un estudio reciente sobre la región del Sumapaz, Rocío Londoño (2011) asevera que la conversión del

campesino en arrendatario no fue un fenómeno socio-económico generalizado. Para esta socióloga hubo algunas zonas donde la organización y la resistencia campesina fueron factores que obstaculizaron el avance expansionista de los hacendados y las grandes adjudicaciones de baldíos.

No obstante, a pesar de este proceso de expropiación territorial del campesinado -en donde los empresarios agrícolas movilizaron todo tipo de recursos políticos, económicos y militares- no es posible afirmar que la visión campesina del territorio hubiese sido sustituida y suplantada por la lógica empresarial de acumular y concentrar, de tener y disponer. Lo que se puede evidenciar a través de los reportes históricos es que las dos concepciones del territorio, la del empresario agrícola y el campesinado, ambas incompatibles, se traslaparon, pero en ningún momento la una anuló a la otra.

La lógica territorial empresarial pudo haber cubierto total o parcialmente la territorialidad campesina, pero no la destruyó; la exclusión y la imposición autoritaria de la lógica empresarial en el agro decimonónico no lograron desaparecer la lógica territorial que el campesino forjó durante décadas, en su proceso de asentamiento, apropiación espacial y consolidación de su modus vivendi y de su economía. Lo que hubo en el siglo XIX, entonces, fue una superposición territorial y de ahí la inmensa y variada manifestación de conflictos que emergieron durante el siglo XIX y que se expresaron de manera radical desde los comienzos del siglo XX.

Obviamente, no estamos hablando de un proceso homogéneo y lineal. Las lógicas y la movilización de ideologías e intereses pueden tomar muchas formas en los procesos de construcción territorial y máximo en escenarios como el que estamos analizando. El agro colombiano del siglo XIX y comienzos del XX movilizó un heterogéneo grupo de personas y de intereses sociales, políticos y económicos. Las élites regionales impusieron una visión territorial en función de sus aspiraciones económicas y de los requerimientos del capital comercial de la época, y lograron plasmar dicha visión en las leyes agrarias promulgadas. Obviamente, estos repertorios ideológicos se expandieron por el agro colombiano impactando necesariamente a muchos de los inmigrantes de la época, sin que ellos fueran necesariamente empresarios agrícolas.

Anteriormente hablamos de “colonos profesionales” para referirnos a aquellos colonos que encontraron en la adecuación de tierras para la agricultura un negocio rentable,

consistente en vender tierra ya valorizada (con casa, labranza y algunos cultivos) a los colonos que venían detrás de ellos o a comerciantes, y luego adentrarse a la siguiente frontera para continuar con su negocio. Este tipo de colono, que llamamos “profesional” no estaba construyendo pertenencia ni identidad con ese terreno. Era claro que su concepción territorial estaba centrada, al igual que los empresarios agrícolas, en el tener y acumular.

Para el “colono profesional”, al igual que para otros sectores sociales que usaron la colonización como negocio (transportadores, comerciantes y tenderos), la tierra no era más que una mercancía trasferible y negociable, un bien codiciado. Los estudios de LeGrand (1980), Tovar (1995) y Londoño (2011) documentan algunos de estos casos. Incluso es posible encontrar grupos de personas que viajaron con la idea de estructurar economías campesinas y frente a los avasalladores procesos socio-económicos y políticos de expulsión, terminaron sometidos y subsumidos en la lógica territorial impulsada por los empresarios agrícolas. Pero la tendencia mayoritaria, según se deduce de los registros históricos y de los múltiples conflictos que florecieron con protuberancia desde finales del siglo XIX, fue la persistencia campesina en la lucha por su territorio y en la defensa de su estructura productiva familiar y su condición de productor independiente.