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Luis Enrique Alonso

In document UNIVERSIDAD Y COOPERACIÓN AL DESARROLLO (página 95-114)

Profesor del Departamento de Sociología de la UAM

EL CONTEXTO SOCIOHISTÓRICO DE APARICIÓN DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Así podemos empezar, por tanto, remontándonos a las iniciativas ciudada- nas y a las movilizaciones sociales de los años sesenta y pnincipios de los setenta en Europa y en los Estados Unidos; acciones que han dado lugar al concepto mismo de nuevo movimiento social, y que marcarían el primer momento de evolución histórica de estos fenómenos de acción colectiva. Las características de estas movilizaciones pueden definirse por su radicalismo, su utopismo, su ten- dencia a mezclar elementos políticos con elementos culturales, y la presencia en- tre sus efectivos y recursos de nuevos sujetos que no habían sido tradicionales en la política convencional de las sociedades occidentales: jóvenes, mujeres, estu- diantes, minorías étnicas, grupos radicalizados de las nuevas clases medias, etc.. Estos públicos se convirtieron en agentes fundamentales de la movilización co- lectiva de esos años, y sobre todo de innovación en la cultura de la protesta, pro- poniendo con sus acciones agendas temáticas considerablemente novedosas, pe- ro fuertemente enraizadas en la vida cotidiana de las democracias occidentales.

El marco en el que se realizaron estas protestas, era una sociedad que experi- mentaba el ascenso de las nuevas clases medias de servicio, teniendo, a su vez, el crecimiento, económico sostenido y el pleno empleo como convención social ge- neralizada y normalizada. Sobre esta normalización fordista-keynesiana se cons- truían derechos de ciudadanía crecientes e importantes conquistas en lo que se refiere a la institucionalización corporatista del conflicto, capital/trabajo y del derecho laboral. Esto es, se establecía así una sociedad regulada donde se consoli- daba un estatuto de ciudadanía que se constituía en la base para la reivindicación de mayores niveles de servicios, de reconocimiento de derechos –incluso de dere- chos económicos o libertades positivas– y de reivindicaciones por parte de gru- pos de identidad que trataban de convertir ámbitos íntimos de su estilo de vida en objetivos políticos o metapolíticos a reconocer y proteger jurídicamente (y muchas veces económicamente) por el Estado del bienestar.

Nuevas necesidades tendieron así a ser recogidas en las políticas de interven- ción de los Estados del bienestar, y toda una revolución de la vida cotidiana ve- nía tanto a animar, como a fortalecer estos nuevos movimientos sociales, que po- co tenían que ver en sus actuaciones efectivas con los movimientos obreros tradicionales o con la cultura política de la burguesía liberal. Si bien tales nuevos movimientos sociales no podrían entenderse –ni, en gran medida, su existencia hubiera sido posible–, de no ser por la presencia previa de estos elementos insti- tucionales, por dos vías, económicamente, porque en su avance los movimientos obreros generaron un marco de regulación económica del conflicto social reco- nocido que permitió la posibilidad de monetarizar y materializar derechos ciu- dadanos; políticamente, porque la democracia liberal institucionalizó el ámbito de libertades en que se hacía posible un espacio de participación «moderna», esto es, donde los colectivos pueden formarse como producto de una decisión na- cional y no por el peso de lo tradicional o por la autoridad despótica.

El origen de los efectivos de estos nuevos movimientos sociales se encontra- ba, pues, en las clases medias; nuevas clases medias emergentes por primera vez reconvertían los tópicos discursivos habituales de las clases medias tradicionales –el conservadurismo, el punitanismo, la subordinación disciplinada a las élites– en claves simbólicas prácticamente contrarias. Por ello conocimos una fuerte presencia del discurso de «la emancipación» en todos estos nuevos movimientos sociales, discurso que se construía a partir de una mezcla de materiales temáticos en el que se combinaba un fuerte narcicismo alternativo –la estética y la reivindi- cación de lo anticonvencional y «la diferencia»–, con la crítica a lo que se consi- deraban excesos civilizatorios de la sociedad industrial (armamentismo, aliena- ción mediática y consumista, desprecio de las minorías políticas culturales, marginación de las diferencias, represión de lo natural y del deseo, etc).

Asimismo, este discurso se concretaba en el descubrimiento del cuerpo y la sexualidad como temas a incluir en el campo de la movilización, y en la lucha por la profundización y materialización extrema del ámbito de las libertades; li- bertades que tomaban su forma positiva como derechos políticos y titularidades económicas, fundamentos ambos de un nueva ciudadanía total, alimentada por el Estado del bienestar. De la misma manera era fundamental en estos nuevos movimientos su insistencia por la aplicación de estos derechos a grupos y espa- cios sociales hasta ese momento invisibles –o considerados como minorías a des- preciar en el cálculo político y económico– para el mundo de la política profe- sional.

El colosal utopismo, y radicalismo verbal con el que surgieron estos nuevos movimientos sociales se planteaba así como reivindicación de un modo de vida

«alternativo» al estilo de vida propio (y normalizado) de la sociedad industrial

fordista, marcando en gran medida los excesos –económicos, ecológicos y civili- zatorios– de este modelo, así como denunciando sus insuficiencias. Posición, pues, de estos movimientos frente a la modernización, paradójica, ya que tales movimientos sólo son posibles en estadios de modernización muy avanzada, pe- ro, a la vez, uno de los elementos esenciales que ha venido definiendo su identi- dad es su inequívoco carácter crítico ante tal proceso de modernización. Lo que indica, en suma, que los nuevos movimientos sociales son productos de la mo- dernidad madura y representan la radicalización misma del proyecto moderno, y la posición en la que se han instalado, trata de explotar el centro mismo de las contradicciones de tal proyecto, al tender a presentarse como los encargados sim- bólicos de desarrollar la conciencia reflexiva de la propia modernidad. Intentan- do hacer que dicho proyecto moderno avance por su vertiente más relacional, democrática y conivencial frente a los peligros que tiene de autobloquearse y a dejarse arrastrar por su impulso tecnocrático y economicista.

Por lo tanto, los nuevos movimientos sociales supusieron la inclusión en el panorama sociopolítico europeo y norteamericano de nuevos sujetos con un dis- curso muy radicalizado –en gran parte propiciado por el entorno de alto nivel de desarrollo económico y de derechos sociales crecientes conseguidos en el mo- mento de máximo rendimiento del pacto keynesiano–, con una tendencia a soli- LA EVOLUCIÓN DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES: UNA PROPUESTA DE SÍNTESIS

citar un reconocimiento de identidades pseudoadscriptivas y culturales, y la con- versión en titularidades y derechos de tales identidades, que hasta ese momento no habían sido consideradas por los instrumentos políticos y económicos de los Estados occidentales. Más alla de la «cuestión social» clásica, los nuevos movi- mientos sociales tendieron a recrear nuevas «cuestiones»: la cuestión del género, la cuestión medioambiental, la cuestión de la paz, la cuestion urbana, la cuestión generacional, etc.

Cuestiones que desformalizaban y permeabilizaban la frontera entre lo pri- vado y público en una especie de mixtura político-cultural que se constituiría co- mo una de las novedades más destacables en los procesos de participación social, movilización colectiva y cultura política, y que se asociarían ya desde entonces al espíritu del tiempo y al horizonte sociocultural europeo y norteamericano de los años sesenta y setenta. Originándose, también, con ello demandas de reconoci- miento de necesidades socioculturales, identidades colectivas y derechos cívicos que poco tenían que ver con las necesidades distributivas y económicas históricas sostenidas en las reivindicaciones corporatistas de los trabajadores fordistas –o incluso en su imaginario socia1 más expresivo, al considerar que el poder econó- mico el fin real y social último del movimiento obrero–, ni mucho menos con el juego de poderes instituidos en torno a la política tradicional de los partidos y al mercado de votos, dado el caracter de minoría activa en que desarrolla la dinámi- ca de movilización estos actores y su lejanía de la «política de masas».

En el panorama de los nuevos movimientos sociales, por lo tanto, se tendía a presentar este reclamo a la identidad –e incluso a la identidad negada– como uno de los elementos tales de su acción, y la construcción y diseño comunicativo de esa identidad se consagraba como el vehículo principal para el «empodera- miento» del movimiento. Entendiendo este «empoderamiento» o empowerment como el proceso de consecución de poder e influencia social general mediante el reparto, distribución y cesión irregular del poder organizativo interno y del reco- nocimiento personal a los miembros directamente implicados en la acción, cosa que de hecho se enfrentaba con las figuras jerarquizadas y formales de atribución de funciones y recompensas de los aparatos organizativos tradicionales, hecho és- te, además, fundamental al desplegar los nuevos movimientos esquemas parti- cipativos donde lo expresivo se articulaba de manera inseparable con lo instru- mental y donde la propia participación en el movimiento tiene tanta importancia como los objetivos finales a conseguir.

La política competitiva de los partidos y la economía social de los mercados en expansión en la época del consenso keynesiano del bienestar y de la primera fundación mítica de un sociedad postindustrial dejaron zonas de identidad fuera de los espacios convencionales –y mayoritarios– de legitimación, zonas idiosin- cráticas y diferenciadas que fueron reivindicados para ser relegitimados por mo- vimientos de jóvenes, mujeres, estudiantes, minorías étnicas, etc.; y la novedad y mayor repercusión de esta nueva política difusa no fue el logro de objetivos elec- torales o monetarios perfectamente constatables o medibles de una manera ex- plícita y terminante, ni tampoco un cambio radical y absoluto de estructuras ju-

rídicas, políticas o económicas, sino su efecto latente y su repercusión efectiva en

las formas de vida cotidiana, trasformando hábitos y estilos, conformando dere-

chos hasta entonces inéditos, creando imágenes sociales nuevas, dando ideas de convivencia inexploradas, ampliando la libertad de las costumbres y haciendo que todo esto se materializara en buena medida, tomando forma de derechos re- ales de ciudadanía.

LA FRAGMENTACIÓN SOCIAL Y LOS DERECHOS DE CIUDADANÍA

Este modelo de movilización radical y utópico, retóricamente autopresenta- do como de lucha abierta tanto contra los viejos valores burgueses como de la ya irremisible integración funcional de la clase obrera, tiende a entrar en crisis fun- damentalmente a partir de finales de los años setenta; justo cuando se transfor- man los modos de regulación social en los que se lleva a cabo la producción mer- cantil y las condiciones de funcionamiento del Estado del bienestar tienden, también, a ser puestas en entredicho tanto por los ataques de los grupos neocon- servadores, como por las propias limitaciones, del Estado keynesiano, para ab- sorber sus disfunciones económicas.

Así, en los años ochenta se empieza a experimentar un claro desequilibrio generacional de estos movimientos y es que, no se integraron suficientes efecti- vos humanos como para mantener el grado de presencia social de este tipo de movilizaciones. Y el problema no sólo era de número bruto, sino de su escaso potencial para movilizar recursos organizacionales y su incapacidad para generar escasas novedades en su discurso. De la misma manera cohortes generacionales enteras fueron retirándose de estos movimientos. Lo que se experimentó, enton- ces, fue una tendencia a la fragmentación y desarticulación tanto simbólica –en su aspecto de cultura de la protesta–, como de los efectos de las acciones colecti- vas realizadas –imposibilidad de aumentar el ámbito de los bienes públicos con- seguidos y los derechos y titularidades conquistados–, cosa que implicaba un cambio de rumbo real de los nuevos movimientos sociales.

De esta manera, los movimientos de los años ochenta y primeros noventa tendieron pronto a reflejar la fragmentación social de un modelo socioeconómi- co cada vez más desregulado y socialmente agresivo en el que la contención y el ajuste del Estado del bienestar impedía continuar con «la revolución» –cotidia- na– de los derechos crecientes que habían supuesto las acciones de estos grupos movilizados. El resultado de todo ello, se plasmó en el fuerte carácter defensivo y «a la contra» que adquirieron las acciones de movilización, destinadas a detener el retroceso de los derechos adquiridos en cada sector concreto y particular ante las acciones de remercantilización, individidualización y desafiliación derivadas de las políticas económicas y sociales, cada vez más privatistas. La diseminación y fragmentación defensiva de los actores, era el efecto de una estructura político económica cada vez más estrecha para la acción de los nuevos movimientos, pero LA EVOLUCIÓN DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES: UNA PROPUESTA DE SÍNTESIS

también la forma en los que estos mismos actores planteaban la defensa de su identidad y la supervivencia de sus objetivos en un momento, no lo olvidemos, en que los primeros mensajes de ruptura de los nuevos movimientos sociales ya habían sido institucionalizados, y/o convertidos, parcialmente, en convenciones sociales generales. La cultura de la protesta y el narcisismo alternativo se fueron tornando, así en cultura de la supervivencia –cuando no directamente de la de- rrota– y las movilizaciones, igualmente, fueron adquiriendo tintes mucho más dramáticos, mucho más pesimistas y casi siempre muy cercanos a la idea de la defensa «al límite» de la posible y casi inminente catástrofe civilizatoria, ya fuera ecológica y medioambiental, ya fuera producida por el nuevo desorden geopolí- tico neoliberal, ya fuera por los procesos de exclusión social derivados de la re- mercantilización, ya fuera por el neoconservadurismo cultural en avance, ya fue- ra por los desarrollos descontrolados de una economía cada vez más virtualizada y desmaterializada, absolutamente incontenible tanto a nivel nacional como in- ternacional, etc. Todos ellos, imágenes de la cultura de un riesgo institucionaliza- do y generalizado propulsado por las convenciones mercantiles en indiscutible auge sociopolítico.

En este sentido, los movimientos de los años ochenta empiezan a estar antes modelados por el imaginario de los riesgos civilizatorios que por las visiones utopi- zantes, y de ahí que tanto la selección de objetivos, como la construcción de la verosimilitud de estas acciones colectivas y hasta su existencia misma pasase por la posibilidad de mostrar una reacción ante lo que se consideran agresiones a la identidad, la cultura, el territorio, la paz o la naturaleza, así como por la la defen- sa de los niveles alcanzados de protección social y materialización de los derechos de ciudadanía en sectores concretos de las agencias y las políticas públicas. La presentación utópica y radical de grandes frentes culturales y movilizaciones «omnibus» de carácter abiertamente expresivo y espontaneista que habían carac- terizado a los nuevos conflictos sociales aparecidos en los años sesenta y primeros de los setenta, van conociendo un cierto declive histórico y su sustitución por iniciativas más puntuales, más concretas, más fragmentadas en el tiempo y, sobre todo, más dependientes –como reacción y contención– de las estrategias de avance del discurso y las políticas neoliberales y conservadoras en alza que de la capacidad para generar propuestasas novedosas y autónomas sobre formas de convivencia o modos de vida, tal como lo habían sido los nuevos movimientos sociales de los años sesenta y setenta.

El reflujo de los discursos emancipatorios, la desarticulación de los efectivos organizacionales y humanos, el avance del mercado y la propia crisis del keyne- sianismo como paradigma de la intervención del Estado, empiezan a generar una cultura del desencanto, la abstención y el apoliticismo que tiende a traducirse en la marcha de la acción colectiva al ir adquiriendo ésta, no tanto la forma de un movimiento social continuado, con un horizonte de objetivos imaginarios y de derehos a conquistar, sino el modo de una sucesión de campañas que se realizan ante temas que son considerados agresiones al entorno social –o natural– y que se producen tanto en el ámbito local (colectivos afectados por la remercantiliza-

ción), como en el ámbito global –percepciones de riesgos considerados como amenazas inminentes en el campo del medio ambiente, las relaciones interna- cionales o los modos de vida y las relaciones íntimas–, pero que siempre tienen un carácter reactivo y defensivo, muestra de una cultura de resistencia planteada como respuesta urgente al riesgo de convertirse en víctimas en un inmediato fu- turo.

El entorno ilustrado de las clases medias intelectualizadas se vuelve hacia la

postmodernidad como fenómeno cultural, fenómeno que tiende, al fin y al cabo,

a primar los elementos nihilistas, individualistas, hedonistas y de descompromi- so social, aferrándose al pesimismo y la contemplación cínica como actitud vital básica que contrasta con el accionionalismo y el grupalismo característico de los nuevos movimientos sociales. Es el momento de la postmodernidad como rever- so apocalíptico, del neoliberalismo integrado y el paso de un buen número de élites y subculturas intelectuales –que habían construido las metáforas básicas, los relatos intelectuales y las imágenes sociales que armaban simbólicamente a los nuevos movimientos– situadas en el ámbito de la universidad, la producción cul- tural o el mundo de los medios de comunicación, hacia la defensa de posturas neoconservadoras, sea por la vía directa del conservadurismo neoliberal defendi- do por las nuevas clases de gestión de la economía de servicios especulativos de los ochenta, sea por el neoconservadurismo postmoderno puesto en circulación desde los circuitos intelectuales más propensos a la celebración de la bancarrota definitiva del proyecto moderno.

El narcisismo alternativo y lúdico, que tanto tuvo que ver como actitud cul- tural de las minorías activas en el nacimiento de los nuevos movimientos socia- les, se transforma, de esta manera, en un narcisismo amoral y superintegrado más dispuesto a reflejarse en los valores materiales e instrumentales de la cultura burguesa más tradicional que en los valores postmateriales y expresivos del uto- pismo postindustrial.

Situaciones, en suma, que tienden a traducir en la cultura de los movimien- tos la fragmentación y la dualización social, así como la disolución de los dere- chos sociales o colectivos en derechos individuales que son característicos de este tiempo. Fragmentación y endurecimiento social que al romper –dadas sus diná- micas centrífugas y neoestamentalistas– la coherencia de las clases medias y el pacto social que había permitido su radicalismo, sobre la base de la reivindica- ción de un estatuto de ciudadanía cada vez más completo y universalista, tiende a tomar el radicalismo de estas clases medias (cada vez más simbólica y económi- camente debilitadas) en aprensión y sentimiento de riesgo a quedar excluidas y marginadas de los canales de producción y consumo de un mercado desbocado y con efectos desigualitarios reconocidos; lo que en gran medida, explica también su retraimiento político y su conservadurización efectiva

Dado este contexto, muchos autores señalan el cambio de ciclo y la tenden- cia masiva a abandonar el sentido de lo colectivo y la militancia civil en los mo- vimientos, reintegrándose las capas sociales más ilustradas en una especie de au- tocomplaciente inflamación de la vida privada que daría los placeres y las LA EVOLUCIÓN DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES: UNA PROPUESTA DE SÍNTESIS

satisfacciones que habría dejado de dar la vida pública. Regreso hacia posiciones neoconservadoras que se haría por la generalización del utililitarismo y el indivi- dualismo creciente, derivado de la revuelta de las nuevas élites, pero al que habría que añadirse los peligros derivados de fenómenos de acción colectiva –sobre to-

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