1975
Cuando Parménides pregunta a Sócrates, para inquietarlo, si él admite que hay «formas» de cosas «que podrían parecerte un tanto ridículas, como pelo, fango, basura, o todo otro objeto sin importancia ni valor», Sócrates confiesa que no puede decidirse a hacerlo, por miedo de caer en un «abismo de necedad». Eso —le dice Parménides— se debe a que él es joven y novato en filosofía, y porque todavía se preocupa por la opinión de los hombres; un día la filosofía se adueñará de él y le hará ver la vanidad de esos desdenes en los cuales la lógica no participa (Parménides, 130d).
La filosofía de los profesores de filosofía casi no ha retenido la lección de Parménides, y hay pocas tradiciones en que esté tan marcada la distinción entre los objetos nobles y los objetos innobles o entre las maneras innobles y las maneras nobles —es decir, altamente «teóricas», por lo tanto des-realizadas, neutralizadas, eufemizadas— de tratarlos. Pero las disciplinas científicas mismas no ignoran los efectos de estas disposiciones jerárquicas que eluden géneros, objetos, métodos o teorías menos prestigiosos en un momento dado del tiempo: y se ha podido demostrar que ciertas revoluciones científicas eran producto de la importación a ámbitos socialmente desvalorizados de las disposiciones que se utilizan en los ámbitos más consagrados[84].
La jerarquía de los objetos legítimos, legitimables o indignos es una de las mediaciones con las cuales se impone la censura específica de determinado campo que, en el caso de un campo cuya independencia respecto de las demandas de la clase dominante está mal afirmada, quizá sea la máscara de una censura puramente política. La definición dominante de las cosas buenas para decir y de los asuntos dignos de interés es uno de los mecanismos ideológicos que hacen que cosas igualmente buenas no sean dichas y que temas no menos dignos de interés no interesen a nadie o no puedan ser tratados sino de manera vergonzosa o viciosa. Es la que hace que se hayan escrito 1472 libros sobre Alejandro Magno, de los que sólo dos serían necesarios, si uno le cree al autor del 1473.º[85], quien, a pesar de su furor iconoclasta, no está en posición de preguntarse si un libro sobre Alejandro es necesario o no y si la redundancia que se observa en los dominios más consagrados no es la contrapartida del silencio que rodea a otros objetos[86]. La jerarquía de los dominios y de los objetos orienta las inversiones intelectuales a través de la mediación de la estructura de las posibilidades (medias) de beneficio material y simbólico que ella contribuye a definir: el investigador siempre es partícipe de la importancia y del valor que por lo general se atribuye a su objeto, y hay muy pocas posibilidades de que él no tome en cuenta, consciente o inconscientemente, en la ubicación de sus intereses intelectuales, el hecho de que los trabajos más importantes
(en el plano científico) sobre los objetos más «insignificantes» tienen pocas posibilidades de tener, a los ojos de todos los que han interiorizado el sistema de clasificación en vigor, tanto valor como los trabajos más insignificantes (en el plano científico) sobre los objetos más importantes, que son también la mayoría de las veces los más insignificantes, es decir, los más anodinos[87]. Por este motivo, quienes abordan los objetos desvalorizados por su «futilidad» o su «indignidad», como el periodismo, la moda o la historieta, a menudo esperan de otro campo, ese que ellos estudian, las gratificaciones que el campo científico les niega por anticipado, lo que no contribuye a volverlos proclives a un enfoque científico.
Portadas de números de Actes de la Recherche publicados en distintas etapas en vida de Pierre Bourdieu (1975, 1988, 1998).
Habría que analizar la forma que adopta la división, dada por sentada, en ámbitos nobles o vulgares, serios o fútiles, interesantes o triviales, en diferentes campos y en diferentes momentos. Se descubriría sin duda que el campo de los objetos de investigación posibles siempre tiende a organizarse según dos dimensiones independientes, es decir, según el grado de legitimidad y según el grado de prestigio al interior de los límites de la definición legítima. La oposición entre lo prestigioso y lo oscuro que puede concernir a los ámbitos de los géneros, de los objetos, de las maneras (más o menos «teóricas» o «empíricas», según las taxonomías reinantes) es producto de la aplicación de los criterios dominantes que determina grados de excelencia en el interior del universo de las prácticas legítimas. La oposición entre los objetos (o los ámbitos, etc.) ortodoxos y los objetos que pretenden la consagración, que pueden llamarse de vanguardia o heréticos —según que uno se sitúe del lado de la jerarquía establecida o del lado de quienes intentan imponer una nueva definición de los objetos legítimos—, manifiesta la polarización que se establece en todo campo entre instituciones o agentes que ocupan posiciones opuestas en la estructura de la distribución del capital específico. Por supuesto, eso equivale a decir que los términos de estas oposiciones son relativos a la estructura del campo considerado, aunque el funcionamiento de cada campo tienda a hacer que ellos no puedan percibirse como tales y aparezcan —ante todos cuantos han interiorizado sistemas de clasificación que reproducen las estructuras objetivas del campo— como intrínseca, sustancial, realmente importantes, interesantes, vulgares, chics, oscuros o prestigiosos. Para demarcar este espacio bastará con señalar en él algunos puntos con ejemplos tomados de las ciencias sociales: por una parte, la gran síntesis teórica, sin otro punto de apoyo en la realidad que la referencia sacralizadora a los textos canónicos o, en el mejor de los casos, a los objetos más importantes y más nobles de la Tierra, es decir, con preferencia «planetarios» y constituidos por una tradición antigua; por la otra, la monografía de aldea doblemente ínfima, por el objeto —minúsculo y socialmente inferior— y por el método —vulgarmente empírico—; y, en oposición con uno y otro, el análisis semiológico de la fotonovela, de los semanarios ilustrados, de las historietas o de la moda, aplicación de un método herético en la medida justa y suficiente para concitar sobre sí los prestigios del vanguardismo propios de objetos condenados por los guardianes de la ortodoxia, pero predispuestos por la atención que reciben en los confines del campo intelectual y del campo artístico —que se ven fascinados por todas las formas de kitsch— a apostar a estrategias de rehabilitación tanto más rentables cuanto más arriesgadas son[88]. Así, el conflicto ritual entre la gran ortodoxia del sacerdocio académico y la distinguida herejía de los francotiradores de fogueo forma parte de los mecanismos que contribuyen a preservar la jerarquía de los objetos y, al mismo tiempo, la jerarquía de los grupos que derivan de ella sus beneficios materiales y simbólicos.
La experiencia demuestra que los objetos que la representación dominante trata como inferiores o menores suelen atraer a quienes están menos preparados para
tratarlos. El reconocimiento de la indignidad domina todavía a quienes se aventuran en el terreno prohibido cuando se creen obligados a pregonar una indignación de voyeur puritano que debe condenar para poder consumar, o una preocupación de rehabilitación que supone la sumisión íntima a la jerarquía de las legitimidades, o incluso una combinación hábil de distancia y participación, de desdén y valorización, que permite jugar con fuego a la manera del aristócrata que se envilece. La ciencia del objeto tiene por condición absoluta, aquí como en otros sitios, la ciencia de las diferentes formas de relación ingenua con el objeto (entre ellas, la que el investigador puede entablar con aquel en la práctica corriente); es decir, la ciencia de la posición del objeto estudiado en la jerarquía objetiva de los grados de legitimidad que impera en todas las formas de experiencia ingenua. La única manera de aludir la relación ingenua de absolutización o de contraabsolutización consiste, en efecto, en percibir como tal la estructura objetiva que impera en estas disposiciones. La ciencia no toma partido en la lucha por la conservación o la subversión del sistema de clasificación dominante, lo toma por objeto. No dice que la jerarquía dominante que trata la pintura conceptual como un arte y a la historieta como un modo de expresión inferior y necesario (salvo sociológicamente); no dice más que es arbitraria, como los que se arman del relativismo para revertirla o modificarla y que, al final, no harán sino agregar un grado, el último, a la escala de las prácticas culturales consideradas como legítimas. En resumen, no opone un juicio de valor a un juicio de valor sino que toma nota del hecho de que la referencia a una jerarquía de los valores está objetivamente inscrita en las prácticas y, especialmente, en la lucha en la cual esta jerarquía está en juego y que se expresa en juicios de valor antagónicos.
Los campos situados en un rango inferior en la jerarquía de las legitimidades ofrecen a la polémica de la razón científica una ocasión privilegiada para que se ejerzan con total libertad y para alcanzar por procuración, sobre la base de la homología que se establece entre campos de legitimidad desigual, los mecanismos sociales fetichizados que funcionan también bajo las censuras y las máscaras de autoridad en el universo protegido de la alta legitimidad. Así, el talante de parodia que revisten todos los actos del culto de celebración cuando, al abandonar sus objetos reputados —filósofos presocráticos o poesía mallarmeana—, se dirigen a un objeto tan mal situado en la jerarquía vigente como la historieta, revela la verdad de todas las acumulaciones letradas. Y el mismo efecto de desacralización que la ciencia debe producir para constituirse y reproducir para comunicarse, se obtiene más fácilmente en la medida en que se obliga a pensar el universo demasiado prestigioso y demasiado familiar de la pintura o de la literatura por medio de un análisis de la alquimia simbólica con la cual el universo de la alta costura produce la fe en el valor irreemplazable de sus productos.
Ilustración proveniente de «La lecture de Marx, ou Quelques remarques critiques à propos de “Quelques remarques critiques à propos de Lire le Capital”», cit., pp. 65-79. En el globo, la supuesta afirmación de Marx: «Pero ya se los dije, y se los
vuelvo a decir: aquellos que cometan esos pecados nunca entrarán al reino de la Crítica».