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LOS MÉTODOS DE LA ETICA

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I. EL ÁMBITO DE LA ETICA

6. LOS MÉTODOS DE LA ETICA

6.1 MÉTODOS INADECUADOS

La ética no puede alcanzar la verdad de la forma moral sino como parte del sistema filosófico, utilizando métodos filosóficos para lograr su objetivo. De ahí que no coincida con la afirmación de Hierro: «La ética puede considerar lo moral como un fenómeno a describir y explicar o como un contenido a recomendar»30. Ambos miembros de la disyuntiva son —a mi juicio— ajenos a la ética.

1) El método descriptivo-explicativo, aplicado a la moralidad, es propio de las ciencias sociales —psicología, y sociología morales, antropología social y cultural— que son ciencias empíricas. Evidentemente, su objeto material pueden ser los contenidos morales, pero no poseen instrumentos para justificar la forma de la moralidad, ya que no pueden trascender al ámbito de los hechos empíricos sin propasarse en sus atribuciones.

De ahí, que aquellos cultivadores de las ciencias sociales de la moralidad, que creen estar haciendo ética, se ven sumidos en la desesperanza con respecto a la posibilidad de superar el relativismo moral. Pero su desesperanza se debe al hecho de haber emprendido un camino poco adecuado, no al hecho de que exista auténtico motivo para desesperar de las posibilidades racionales.

Si de constatar se trata, el relativismo de los contenidos morales es palmario, y la pretensión a universalidad que su forma exhibe, irracional. De tal punto de partida sólo puede derivarse, o bien un costumbrismo al que no conviene el calificativo «moral», puesto que el contenido carece de forma, o bien el intento inútil de hallar un criterio universal de moralidad a partir de la experiencia, que nos permita argumentar y preferir racionalmente.

2) Tratamiento aparte merece el método utilizado por la historia de la moral, en su tarea de discernir el origen histórico de los conceptos morales para una explicación y comprensión del sentido que les corresponde. Pero el origen y el sentido de un concepto no justifica racionalmente su verdad, su coherencia con el todo.

3) Tampoco tiene la ética por misión recomendar contenido moral alguno. Su lenguaje no es prescriptivo, sino canónico o normativo31: el lenguaje de la ética es prescriptivo para quien pretenda comportarse racionalmente.

4) Quisiera considerar, por último, un método que Hierro expone como propedéutica de la ética, el Análisis del Lenguaje. El análisis es útil efectivamente como instrumento, pero adolece de grandes insuficiencias si pretende constituir el método de la ética. Como defectos menores, diremos que no tiene por qué monopolizar el término «metaética», y, sobre todo, que no ha cumplido sus objetivos. Como señala Lenk, las tres metas de la filosofía analítica —mantener la neutralidad de la «metaética», aplicar consecuentemente el análisis del lenguaje cotidiano y caracterizar claramente lo específicamente moral— son inseparables. Pero la mera descripción de las proposiciones no puede caracterizar lo normativo satisfactoriamente, es necesario aclarar las expresiones en su contexto pragmático y para ello la «metaética» no puede ser no normativa.

«Los metaéticos —dirá Lenk— no prescriben ninguna acción, pero prescriben lo que debe valer como acción "moral" o "moralmente buena". Los metaéticos son

30 J. Hierro, voz «ética», en M.A. Quintanilla, Diccionario de Filosofía contemporánea, Salamanca, 1976, p. 145 31 Para los términos «norma» y «canon», como distintos de «prescripción», vid. nota 9 del cap. 4 de este trabajo

normativos a un nivel más elevado. Así, las proposiciones ético-normativas dependen también de la parte normativa de la metaética correspondiente»32

Sin embargo, el hecho de que el análisis no haya cumplido sus objetivos no constituye, a mi juicio, su insuficiencia radical, sino el hecho de que el análisis no pueda justificar la verdad de los juicios morales, mientras no trascienda el ámbito semántico.

6.2. MÉTODOS ADECUADOS

Puesto que el objetivo ético estriba en ofrecer la razón suficiente de un faktum, el faktum de la existencia de juicios con forma moral, considero como métodos adecuados los trascendentales, porque estos métodos pretenden justificar racionalmente aquellos fakta que parecen exhibir la forma de la razón. El punto de partida será siempre el hecho; el término, las condiciones indispensables para prestar al hecho coherencia racional.

El método trascendental, desde su descubrimiento por Kant, ha revestido diversas formas. De entre ellas, propongo las siguientes como posibles caminos para una ética que pretenda fundamentar la moralidad.

1) La Ética Dialógica, que, iniciada por el Socialismo Lógico de Peirce, y continuada por J. Habermas, KO. Apel y la Escuela de Erlangen, tiene como punto de partida el faktum rationis de la Argumentación.

La condición de posibilidad de tal hecho no puede ser únicamente la Lógica Trascendental sino la Semántica Trascendental, en el caso de Peirce, o la Pragmática Trascendental, en los casos de Habermas y Apel. Ambas incluyen implícitamente los siguientes supuestos:

a) que quienes argumentan hacen una opción por la verdad, lo cual significa que el punto de partida —la argumentación— es imposible sin una opción moral: es imposible una lógica sin ética;

b) que esta opción sólo resulta coherente si quienes optan por la verdad postulan prácticamente la existencia de una comunidad ideal de argumentación, en la que la comprensión entre los interlocutores será total;

c) que de este postulado se deriva un imperativo: promocionar la realización de la comunidad ideal de argumentación en la comunidad real. De ahí el Principio Moral de la Transubjetividad expuesto por Apel, recogiendo las aportaciones de los distintos representantes de esta ética: «Que todas las necesidades de los hombres, como pretensiones virtuales, han de hacerse peticiones de la comunidad de comunicación, peticiones que se armonicen con las necesidades de los restantes por medio de la argumentación»33.

El uso que del método trascendental hacen las éticas dialógicas para una fundamentación de la moralidad, pretende recoger los logros obtenidos por los análisis semióticos en los últimos tiempos y el desarrollo de la dimensión social, de que parecía adolecer la solución kantiana. A mi

32 K. Lenk, «Kann die sprachanalystische Moralphilosophie neutral sein?», en H. Albert y E. Topitsch, Werturteilstreit, Darmstadt, 1971, pp. 533-551

33 K.O. Apel, Transformation der Philosophie, Frankfurt, 1973, Bd. 2, p. 425 (hay trad. cast. de A. Cortina, J. Conill y J. Chamorro, Madrid, 1985).

Al llegar a este punto no puedo por menos de expresar mi estupor ante las agresivas críticas que algunos pensadores españoles lanzan contra las éticas de corte transcendental, en el sentido de que buscan una razón absoluta, capaz de dictarnos el deber ser encerrado en una fórmula definitiva (vid. V. Camps, La imaginación ética, Barcelona 1983, cap. II). Y no puedo sino reaccionar con estupor, porque los dos únicos principios que éticas claramente trascendentales han ofrecido, además de ser formales (carentes de contenido), sólo «prescriben definitivamente» el respeto y promoción de toda persona (Kant) y este principio de la ética del diálogo que excluye como ilegítima cualquier norma no acordada por los afectados por ella en pie de igualdad. No sé muy bien qué calificación puedan merecer estos principios; lo que sí sé es que eliminarlos o ponerlos en duda supone acabar con la vida democrática.

juicio, el verdadero progreso de esta línea de fundamentación consiste en haber incorporado la dimensión pragmática del lenguaje, porque el postulado social-práctico de una comunidad ideal, que debe ser prácticamente realizada, no es un hallazgo contemporáneo34.

2) La Lógica Trascendental, en su vertiente práctica, es —en tanto que lógica— el intento de ofrecer los conceptos precisos para concebir el único hecho práctico, el faktum de la libertad que se expresa de modo inmediato en la forma de los juicios morales35. Sólo el hallazgo de los conceptos adecuados para comprender el hecho justifica filosóficamente —da razón suficiente de— la forma moral.

Pero —y aquí la confusión en que inveteradamente se ha caído con respecto a la ética kantiana— que el objeto de la ética sea la forma de la moralidad, que la ética no tenga por objetivo dar prescripciones morales, no implica que los conceptos mediante los cuales concibe su objeto formen juicios carentes de contenido. El objeto de la ética es la forma, pero la ética no es formal.

De ahí que la Lógica Trascendental exprese la razón suficiente de la forma moral mediante un juicio material: «El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo».

Con respecto a este juicio material podemos decir: a) que es un juicio ético y no moral;

b) que es juicio de «es» canónico y no de «debe» prescriptivo;

c) que es el canon de conducta para cuantos quieran ser fieles a su propia humanidad, porque consiste en una afirmación de realidad, conocida únicamente por vía moral: la afirmación de la existencia de un valor absoluto, de la que se desprende la prescripción racional del respeto necesario ante tal valor; la renuncia a obedecer el mandato implica la incoherencia de la conducta de quien obra, en tanto que hombre;

d) que es fundamento teleológico en cuanto incluye el concepto de «fin» como categoría fundamental de la ética para la concepción de la moralidad. Pero, y aquí la especificidad del Idealismo, que tal fin no es aquél al que todo tiende naturalmente: un fin al que naturalmente se tiende no es elegible, por tanto, no es un fin moral. El gran avance idealista consiste en presentar como razón suficiente de la moralidad un fin que es específicamente moral, por cuanto puede ser elegido.

Sin embargo, los conceptos lógico-trascendentales ofrecidos para concebir la moralidad no han logrado la precisión requerida, ni el enlace establecido entre ellos es adecuado para dar razón suficiente de la moralidad. Prueba de ello es la propia confesión kantiana acerca de la «inconcebibilidad» de «la necesidad práctica incondicionada del imperativo moral»36.

34 Efectivamente, las éticas dialógico-trascendentales coinciden en proponer, como idea regulativa, una comunidad ideal. Tal idea no es producto de una esperanza irracional, sino un concepto racional, necesario para comprender el hecho de que los hombres argumenten. Si tal idea puede realizarse o no, es cosa sobre la que no puede pronunciarse la razón teórica. La razón práctica, por su parte, prescribe que debe alcanzarse y por eso es preciso actuar con intención utópica. Fue Kant quien esbozó estas nociones y K. O. Apel precisa el carácter «utópico» de la ética discursiva en Estudios éticos, Barcelona, 1986, pp. 175-219. Para una aclaración de estos extremos como también del método empleado por la ética dialógica en su conjunto ver A. Cortina y J. Conill, «Pragmática Trascendental», en M. Dascal (ed.), Filosofía del lenguaje II. Pragmática, Madrid, 1999, pp. 137-166.

35 «Pero, cosa muy notable, encuéntrase incluso una idea de la razón... entre los hechos y ésta es la idea de la libertad, cuya realidad, como una especie particular de causalidad... se deja exponer por leyes prácticas de la razón pura y, conforme a ellas, en acciones reales; portante, en la experiencia. Es la única idea, entre todas las de la razón, cuyo objeto es un hecho y debe ser contado entre los scibilia.» Kr. Uk. V, p. 468.

36 Grundlegung, IV, p. 463. La ética kantiana defiende en la Grundlegung que el hombre es fin limitativo de las acciones humanas, pero en La Metafísica de las Costumbres se hace del hombre también fin incitativo de tales acciones. Vid. A. Cortina, Estudio preliminar a I. Kant, La Metafísica de las Costumbres, trad. cast. de A. Cortina y J. Conill, Madrid, 1989, pp. LXXX-LXXXVI.

3) Si el faktum rationis de la libertad, expresado en leyes morales, parece a algunos excesivamente «intimista», y el hecho de la argumentación, expresivo de un modelo ético funcionalista de equilibrio, que olvida la realidad del conflicto —afirmaciones ambas que deseo discutir en otro lugar— queda un tercer camino máximamente intersubjetivo, expresivo del hecho de la moralidad: el hecho de la existencia del discurso moral.

Atendiendo a las tres dimensiones, es indudable la facticidad de un lenguaje al que denominamos «moral» en virtud de caracteres específicos. Una investigación trascendental sobre las condiciones de posibilidad de tal lenguaje recorrería las siguientes fases:

a) análisis del uso lógico de las expresiones y juicios a los que denominamos «morales», extrayendo sus caracteres específicos;

b) intento de esclarecer tales características mediante categorías de disciplinas no-éticas; c) si estas categorías son suficientes, entonces no es necesario un saber denominado «ética»; si no lo son, la ética es disciplina autónoma, porque precisa una constelación de categorías propias;

d) determinación de las categorías éticas (bien, fin, felicidad, libertad, deber, persona...), necesarias para concebir las características del lenguaje moral;

e) la fase última es la más delicada, pues trata de establecer el fundamento de la moralidad, introduciendo entre las categorías la relación lógica que justifique racionalmente el punto de partida que haga veraz la moralidad.

El procedimiento es kantiano, por cuanto pretende fundamentar trascendentalmente un dato. Pero, en la línea de Hegel, identifica método y sistema, ya que el resultado del proceso metódico es el sistema mismo de categorías que señala la coherencia de cualquier sistema moral, que proporciona la relación lógico-práctica verdadera.

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