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lo que es m ás, podría parecer que el fin correspon-

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tido de ‘infeliz’ por polarización.

Y, lo que es m ás, podría parecer que el fin correspon-

1 1 17b diente a la valentía es placentero, aunque queda oscureci­

do p or aquello que le rodea lo m ism o que sucede en los certám enes gim násticos: en efecto, para los boxeadores el fin es placentero -e l «para-qué», la corona y los hono­ re s -, pero en cam bio el recibir golpes es doloroso -s i es que son de c a rn e - e igualm ente doloroso es todo su es­ fuerzo; y, debido a que los esfuerzos son m uchos, parece que el fin, pequeño com o es, no contiene nada agradable.

Pero, claro, si tal cosa se da tam bién en lo que se refiere a la valentía, serán dolorosas la m uerte y las heridas para quien es valiente y las recibe voluntariam ente, pero las soporta porque es ello bueno o porque es malo el no so­ portarlas. Y cuanto m ás com pleta tenga la virtud y m ás feliz sea, tanto m ás se afligirá p or la muerte: porque para un hombre así vivir vale m ás que nada y él se ve privado de los mayores bienes a sabiendas; y ello es doloroso. Mas no es m enos valiente, sino quizá incluso m ás, porque prefiere lo bello que hay en la guerra en vez de aquello otro. Entonces no es el caso que en todas las virtudes se dé una actividad placentera, excepto en la m edida en que se alcanza el fin. Y nada impide, quizás, que los mejores soldados profesionales no sean los hombres así, sino los m enos valientes y que no poseen ningún otro bien, pues éstos están m ás dispuestos al peligro y truecan su vida a

cam bio de pequeñas ganancias. Pues bien, acerca de la valentía quede dicho todo esto; com o consecuencia de ello no es difícil abarcar en un bosquejo qué cosa sea.

X. Después de ésta, continuemos hablando acerca de la templanza, pues parece que éstas son las virtudes de las partes irracionales del alma. Ya ha quedado dicho que la templanza es una condición intermedia en relación con los placeres (m enos, y no de la misma m anera, con los dolo­ res), y en estos mismos se manifiesta también la intempe­ rancia. Definamos, pues, ahora acerca de cuáles entre los placeres. Queden éstos, desde luego, divididos en aním i­ cos y corporales, com o, por ejemplo, el am or al honor o al aprendizaje. En efecto, cada uno de éstos se complace en aquello de lo que es amante sin que su cuerpo se vea afecta­ do, sino más bien su mente. Los que andan en semejantes placeres no reciben el nombre ni de templados ni de in­ temperantes. E igualmente tam poco los que andan en otros placeres que no son corporales. En efecto, no llama­ mos intemperantes a los amantes de los mitos o los relatos, o a los que pasan los días charlando sobre cualquier tema, ni tam poco a los que sufren por dinero o por los amigos. Conque la templanza tendría que ver con los placeres cor­ porales -aunque ni siquiera con todos ellos: quienes se complacen con los objetos de la visión, com o, por ejemplo, colores, form as y dibujos tam poco reciben el nom bre de templados ni de intem perantes-. Y sin embargo podría parecer que es posible también en esto complacerse com o se debe y por exceso y defecto. Y lo m ism o en los objetos del oído: en efecto, a quienes se complacen extraordinaria­ mente con melodías o con representaciones nadie los lla­ m a intemperantes, ni tam poco templados a quienes lo ha­ cen com o se debe. Tampoco a cuantos se complacen con el olor, excepto por concurrencia: en efecto, no llamamos in­ temperantes a quienes se com placen con el olor de las m anzanas o de las rosas o de los sahum erios, sino, más

bien, a los que se complacen con el olor de los perfumes y de los manjares, pues los intemperantes se complacen en éstos ya que a través de ellos les viene el recuerdo de los ob­ jetos de su deseo. (Podría verse que tam bién los demás, cuando tienen hambre, se complacen con el olor de los ali­ mentos, pero complacerse en cosas así es propio del intem­ perante, pues son ellas el objeto de su d eseo)26.

Tampoco hay placer para el resto de los animales en es­ tos sentidos, com o no sea por concurrencia: las perras no se com placen con el olor de las liebres, sino con devorar­ las, aunque es el olor el que ha hecho que las perciban; ni tam poco el león con el mugido de los bueyes, sino por co ­ m erlos, aunque gracias al m ugido se ha enterado de su cercanía y parece que se alegra por éste. Igualmente, tam ­ poco lo hace porque vea «a un ciervo o a una cabra m on- tés»27, sino porque va a tener alimento.

Por consiguiente, la tem planza tiene que ver con tales placeres y la intem perancia lo es de cosas de las que tam ­ bién p articipan los dem ás animales, por lo que parecen propias de esclavos y de animales. Y éstos son el tacto y el gusto. Pero incluso con el gusto parece que tienen que ver p oco o nada, pues lo propio del gusto es juzgar los sabo­ res, com o hacen precisam ente los catadores de vino y los que preparan m anjares. No es, en absoluto, que las gen­ tes se com plazcan con éstos o al m enos, desde luego, no los intem perantes, sino con el disfrute que se produce en su totalidad a través del tacto tanto en los alim entos, com o en la bebida, com o en los llam ados placeres de Afrodita. Por eso uno que era un com ilón 28 suplicó a los

26. Esta frase, que nada tiene que ver con el contexto, bien podría ser una interpolación, como señala Rackam, ad loe.

27. Pertenece a Ilíada 3.24.

28. En EE 1231*16 se da el nombre de este personaje, Filóxeno, hijo de Erixis, a quien cita también Aristófanes en Ranas 934, atribuyén­ dole forma de hippalektryón (‘caballo-gallo’).

dioses que su cuello fuera m ás largo que el de una grulla en la seguridad de que gozaba con el tacto. Por tanto, el m ás com ún de los sentidos es aquel en el cual se da la in­ tem perancia; y parecería justo que ésta sea reprobable porque se da no por cuanto som os hom bres, sino por cuanto som os anim ales. Y, claro, com placerse en cosas así y amarlas por encim a de todo es propio de animales. Y eso que suprimimos los m ás generosos de entre los pla­ ceres que se producen por el tacto, com o aquellos que surgen en los gim nasios a través de los masajes y los ba­ ños calientes, pues el tacto del intem perante no abarca todo el cuerpo, sino a ciertas partes.

X I. Entre los deseos unos parece que son com unes,

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