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M ISIONES JESUÍTICAS EN A MÉRICA DEL S UR

G obiernos ciudadanos y ciudad de Dios

M ISIONES JESUÍTICAS EN A MÉRICA DEL S UR

(MEDIADOS DE SIGLO XVII)

Argentina: 15 misiones

Reyes (Yapezú), La Cruz, Santo Tomé, San Carlos, Corpus, Concepción, Mártires, Santa María Mayor, San Javier, Loreto, Apóstoles, San José, Candelaria, Santa Ana y San Ignacio Mini

Paraguay: 8 misiones

Encarnación (Itapúa), San Cosme, Santa Rosa, San Ignacio Guazú, María de Fe, Santiago, Trinidad y Jesús

Brasil: 7 misiones

emplazamiento era cuidadosamente estudiada atendiendo a factores como el clima, la fertilidad del suelo y ventajas estratégicas para su defensa. La reducción se situaba, por lo general, en algún punto clave, como la proximidad de los ríos o de una ribera navegable, para faci- litar su comunicación con el exterior. El esquema urbanístico de los poblados comprendía también un sistema de servicios públicos: moli- no y horno de panificación, cocinas populares, graneros y depósitos de alimentos, almacenes varios, hornos de ladrillo, fundiciones de meta- les, sistemas para la conducción del agua corriente, con cisternas y fuentes públicas. Por último, la administración civil la llevaba un Cabildo, a semejanza de las demás ciudades de españoles, formado por dos o más alcaldes, los regidores y otros funcionarios municipales. El cabildo también se encuentra en los aledaños de la plaza, al igual que los talleres y depósitos, contiguos a la residencia de los padres. La casa para huéspedes se encontraba alejada de las viviendas de los indios. Aquellos que estaban de paso por la misión tenían estrictamente prohi- bido permanecer en estas casas durante más de tres días.

Toda esta serie de construcciones fueron levantadas en distintas épocas, desde su fundación a comienzos del siglo xvii, con escasos medios y técnicas, hasta el primer cuarto del siglo xviii, quizá el momento de mayor esplendor económico y arquitectónico de las misiones. La llegada de hábiles técnicos fue determinante para iniciar una tarea de renovación de las anteriores estructuras y edificaciones. Con el uso de la piedra, la terminación abovedada y la decoración de portadas y ventanas, no solo se consolidaron las construcciones ante- riores sino que permitieron la aparición de otras nuevas. Como el padre José Cardiel señaló al referirse al sistema de construcciones: “Las paredes se hacen de piedra y hasta algo más arriba para que la humedad del suelo no alcance a los ladrillos; lo demás se hace de adobe hasta los tirantes, dándoles el grosor de cuatro o cinco pies (...) Y para que los temporales no las dañen tienen por todas partes corre- dores anchos que las defiendan”. La planta de los templos era siem- pre rectangular, con el presbiterio cuadrilongo, flanqueado por la sacristía y contrasacristía. Para el techo se utilizaron troncos de árbo- les revestidos con tablas para darles la forma de pilares cuadrados. El

coro de los templos consistía en una simple tribuna colocada a los pies, ocupando todo el ancho del muro de fachada por el lado interior. Los campanarios, casi siempre de madera, estaban separados del tem- plo, en un ángulo del gran patio contiguo a la iglesia.

El sistema económico misionero trató de compatibilizar el tradicio- nalismo de las economías individuales, casi de autosuficiencia, con la recíproca conciliación de los intereses individuales y del grupo, tanto en el interior del poblado, como de todos éstos entre sí. El sistema se basó en una aristocracia tutelada, en cuanto que relación de obedien- cia de naturaleza teocrática, pacífica y libremente consentida, a favor de los indios guaraníes. En cuanto a las actividades económicas, la agricultura y la ganadería, especialmente la primera, desempeñaron un importante papel dentro de las reducciones establecidas por los jesui- tas. El régimen agrícola mixto de las misiones permitía, junto a la posesión y el uso privado de partes de la tierra (alambae), la propie- dad y el uso público o colectivo de la tierra (tupambae o propiedad de Dios). Las tierras de uso colectivo eran cultivadas por turnos por parte de algunos habitantes, elegidos en función de su capacidad y recom- pensados por la prestación de su trabajo con fondos de la comunidad otorgados en especie. Por su parte, la propiedad privada, o más bien pequeñas fracciones de terreno, estaba controlada por los misioneros que vigilaban la siembra, siega y cosecha del producto. Entre los prin- cipales cultivos, destacan: la yerba mate (té del Paraguay), el maíz (abatí), la mandioca (aipi), la batata (yeti), el algodón y, en menor medida, habas, porotes y habichuelas, guisantes, lentejas, trigo, caña de azúcar y calabazas. Con todo, el rendimiento del trabajo agrícola era bajísimo, dada la escasa familiaridad del guaraní con el trabajo sis- temático de la tierra y las continuas interrupciones en su labor siem- pre que faltaba la vigilancia del misionero. Este sistema económico ha sido definido como de colectivismo agropecuario, aunque algunos autores opinan que podría equipararse al anterior sistema colectivo que regía en los países con regímenes comunistas. El hecho de que permaneciera la propiedad privada, avala la primera opción. Desde luego, la mayor parte de la tierra cultivable era común, y a ella debía dedicarle cada indígena adulto varios días de trabajo semanal. Del

fruto de estas tierras se pagaban los tributos, se sostenían los religio- sos y las instituciones municipales, se hacía frente a las necesidades de los enfermos, los huérfanos y las viudas. Los posibles excedentes se utilizaban para el comercio. El resto de la tierra cultivable se entre- gaba en lotes familiares a los indígenas para su uso, aunque éstos no podían dejarlos en herencia. Cada indio adulto recibía al casarse un nuevo lote. El producto de estas tierras de uso privado podía ser comercializado a través del amplio sistema de trueque que existía entre los pueblos. La vivienda sí era de propiedad vitalicia, así como el mobiliario. La producción agrícola tuvo su complemento en la crianza de animales útiles a la labranza, como el ganado vacuno. Su ejercicio colectivo iba destinado al beneficio de toda la comunidad. De los demás, caballos mulas, asnos, ovejas y cabras, apenas se sabe otra cosa que no sea su número.

A este sistema de trabajo y producción se pudo llegar gracias a un proceso gradual de educación, pues los guaraníes no eran indígenas acostumbrados a las actividades reguladas, al ser seminómadas. Ello explica la necesidad del constante control que tenían que efectuar los jesuitas sobre la vida de los indios, además de evitar así que pudiesen ser empleados o engañados por los criollos de la región, que, por otro lado, siempre estuvieron escasos de mano de obra indígena y de productos para el comercio. Aparte de este tipo de trabajo agrope- cuario, se desarrollaban toda clase de oficios necesarios para la vida del pueblo, así como para la construcción y el ornato de las iglesias y labores más especializadas, hasta llegar a la impresión y edición de libros. Por último, contamos con la existencia de un artesanado, ocu- pado del trabajo textil, del relacionado con la arcilla, de las construc- ciones en piedra o del hierro, que permitió la creación de talleres de carácter colectivo y el adiestramiento de los guaraníes en distintas artes y oficios mecánicos que aportaron importantes beneficios eco- nómicos para las reducciones. Además, las reducciones emergieron como polos de desarrollo económico y social, interrelacionadas unas con otras para facilitar un sistema comercial, mediante trueque, que permitiera el intercambio de aquellos productos básicos para satisfa- cer las necesidades más primarias: vestuario, alojamiento, útiles agrí-

colas, transportes, alimentación, etc. Cuando se produjo un superávit en la producción de excedentes, correspondió a los encargados del aprovisionamiento y del almacenamiento de los productos su redis- tribución entre los mercados cercanos, normalmente, los centros de consumo de otras misiones. Sin entrar en la polémica del enriqueci- miento comercial de los jesuitas con los productos cultivados y ela- borados por los guaraníes, con sus defensores y detractores, puede señalarse que las actividades comerciales fueron intensas, tanto por el volumen de las transacciones como por los beneficios obtenidos.

Por todo lo reseñado, no es de extrañar que las autoridades civiles apoyaran este tipo de fundaciones, que comprendían un territorio con un amplio espacio de instalaciones agropecuarias, desarrolladas den- tro de la administración colonial española. El Estado, desde el punto de vista institucional, también auxilió de distinta forma la creación y el afianzamiento de las reducciones, al estar interesado en fomentar esta obra colonizadora. Y así fue, al menos hasta los años treinta del siglo xviii, cuando, coincidiendo con una gran carestía de mano de obra indígena, arreciaron las críticas de los vecinos contra los reli- giosos y su obra, hasta el punto de producirse enfrentamientos arma- dos. Aparte de este apoyo oficial, una reducción surgía cuando se le adjudicaba a religiosos un territorio determinado, con tierras de labor incluidas, y se les prestaba cierta ayuda para la construcción de los edificios necesarios. Ciertamente, los pueblos de reducción gozaban de bastante autonomía administrativa, aunque siempre dependieron de los respectivos gobernadores. Los jesuitas, fueron celosos guar- dianes de su aislamiento, sobre todo en lo referente a la entrada de colonos en el territorio y a la disponibilidad laboral de los indígenas. Ello les trajo frecuentes conflictos con las autoridades regionales y con los vecinos que deseaban usar la fuerza de trabajo indígena.

En cuanto a la tarea pastoral y educadora de los jesuitas, fue pro- bablemente el terreno en el que quizá se dejó notar más su influencia. Los misioneros recurrieron a toda clase de estrategias para ganarse la simpatía y la confianza de los indígenas. El sistema de instrucción pública instaurado por los jesuitas se vio facilitado por la falta de una verdadera tradición educativa entre los guaraníes donde el clan, más

que la familia, era el ámbito de enseñanza para los jóvenes en las tareas domésticas.

Para ser enviado a las misiones se requerían excelentes condicio- nes físicas y mentales. Entre los misioneros había profesores, teólo- gos, filósofos, arquitectos, maestros de obras, botánicos, militares, astrónomos, pintores, enfermeros y boticarios. Además de una buena preparación intelectual y espíritu de sacrificio, debían tener integri- dad moral, disciplina y sentido práctico de organización. Solo así puede explicarse la supervivencia de esa treintena de misiones guara- níes del Paraguay. El misionero acabó teniendo un gran poder de per- suasión, llegando a convencer a los indios guaraníes y organizándo- los en una comunidad socializada, donde regía el orden, el trabajo, la producción agrícola, el ejercicio de oficios y artes, la distribución de bienes, la protección de los sectores más desfavorecidos y las cons- trucciones templarias y de otra serie de edificios, dando al conjunto un amplio sentido de urbanización.

Tras la creación de la Junta Magna (1568) se valoró más la selec- ción del personal misionero, para lo cual se arbitró la creación de un Comisario General de Indias en cada orden, así como la previa acli- matación de los religiosos europeos en los principales conventos de América. Además, desde 1603, todas las expediciones tuvieron que someterse no solo a la tradicional aprobación del Consejo de Indias, sino también a la “reseña” o paso de revista de los expedicionarios para comprobar su nombre y demás datos personales, tanto antes de salir de España como después de haber llegado a América.

El indio guaraní, a diferencia de otras tribus más atrasadas, cono- cía la agricultura y era prácticamente sedentario, a excepción de los desplazamientos habituales ante la necesidad de animales de caza y plantas para alimentarse. Sin embargo, el impacto de las misiones en el microcosmos mental y social del guaraní supuso, según todos los indicios, una ruptura física, psíquica y ecológica, al ver sustituidos sus primitivos emplazamientos por una serie de viviendas que orga- nizaron su vida y controlaron la producción, con un brusco cambio en el sistema socio-económico. Además, su identidad personal y cultu- ral se fue al traste con el bautismo, sustituyendo sus nombres origi-

nales por otros hispanos. Por último, se produjo un proceso acelera- do de transformación de las ideas sobre su dios (Tupán) y su cosmos tradicional por otras ideas cristianas. Los jesuitas habían tomado con- ciencia de su conquista pacífica, como refieren muchos escritos de padres misioneros, desde los primeros momentos de su estableci- miento en el Paraguay hacia el año 1607. En una carta del padre Roque González de Santa Cruz a su hermano Francisco, teniente gobernador de Asunción en 1614, señalaba lo siguiente: “Si el predi- car el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo no manda (Él) se hicie- se con ruidos de armas y de malocas, sino con ejemplo de buena vida y santa doctrina como han hecho los santos apóstoles y varones apos- tólicos, aunque sea derramando su sangre”. Sin embargo, la buena voluntad y la esperanza no obraban a favor de la causa. Roque González sería uno de los primeros mártires junto a otros padres misioneros que entregarían su vida, en 1628, cuando intentaban evan- gelizar a una serie de tribus salvajes cerca del río Uruguay. Sus testi- monios, con un carácter edificante, fueron recogidos en el libro

Historia documentada de la vida y gloriosa muerte de los padres Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo de la Compañía de Jesús mártires del Caaró e Yjuhí.

Durante el siglo xviii se produce la expulsión de los jesuitas y se constata la decadencia de las reducciones. Las misiones, pese a los ataques recibidos por parte del clero secular hispano, gobernadores, tribus salvajes y paulistas, mantuvieron su etapa de esplendor hasta mediados del siglo xviii. Por el Tratado de Límites (13 de enero de 1750), Portugal dispuso de las posesiones españolas en el río Paraná, por encima de Iguazú, cediendo así la Corona española los pueblos situados en la orilla oriental del Uruguay, lo que obligaría a un tras- lado forzoso de unos 26.000 indios. A pesar de la oposición de la Compañía al Tratado, tanto desde el terreno legal como desde el de las armas, no se consiguió su invalidación. Más al contrario, la ima- gen de la Compañía se enquistó para las autoridades españolas que, al igual que venía sucediendo en Europa, tomaron distintas medidas de represión antes de la definitiva expulsión. Con la promulgación del decreto de expulsión de Carlos III en 1767 los jesuitas debían

dejar la dirección de las misiones en manos de las autoridades civiles en franca cooperación con las demás órdenes religiosas. En adelante, sería la orden de San Francisco la encargada de gestionar las misio- nes. Un cambio de manos que resultó poco propicio, como demues- tra la decadencia vivida por las misiones en poco tiempo. De los 80.000 indígenas que convivían en las reducciones en el momento de la expulsión, permanecieron poco más de la cuarta parte. El descono- cimiento del sistema de gestión implantado, las dificultades con las costumbres y el idioma guaraní fueron condicionantes que explican el deterioro y la decadencia de las misiones. Además, el comienzo de los conflictos con motivo de la guerra por la emancipación colonial derivó en frecuentes saqueos y tensiones militares en la zona, ocasio- nando la desbandada de los indígenas hacia sus medios naturales más cercanos. Muchas misiones desaparecieron pasto de las llamas y otras, con la marcha de sus habitantes, fueron ganadas por la selva y las zonas boscosas circundantes. A mediados del siglo xviii ya no quedaba practicamente nada de este ensayo misional y modelo de autogestión que los jesuitas implantaron en América del Sur.

Incluso el propio monarca, Carlos III, se disgustaba del estado al que habían llegado las misiones, como conocemos en una carta remi- tida al rey por José de Gálvez (1 de febrero de 1780): “Con sumo dis- gusto ha entendido el rey –dice Gálvez– el deplorable estado en que se hallan los pueblos de Misiones de los indios Guaraníes por la codi- cia y excesos de los Administradores (...) Mande que V.E. provea desde luego todo cuanto considere necesario, cortando todos los abu- sos y desórdenes que en el manejo de los caudales o frutos de las Comunidades se hayan introducido cuidando de que se les mantenga en paz y justicia: y que en todo se les trate con la benignidad y dulzu- ra que como tales vasallos merecen”. Sin duda las reducciones se habían granjeado distintos enemigos: los paulistas o bandeirantes; los portugueses; las comunidades criollas; las tribus guaycurúes y tupíes; y el clero secular paraguayo, que envidiaba el relativo florecimiento y la prosperidad económica de las misiones jesuíticas. La progresión de la política regalista terminaría con la expulsión de los jesuitas del territorio español por el decreto de extrañamiento de 1768. En

América, se acudirá a sustitutos como los mercedarios, los dominicos y los franciscanos, que se ocuparán temporalmente de algunas misio- nes.

Durante las siguientes décadas todavía se agravó más la situación a tenor de los datos. Hacia 1791, más de veinte años después de la expulsión de los jesuitas, el estado de la treintena de reducciones gua- raníes ofrecía un paisaje desolador. Según el informe del administra- dor general don Diego Casero y del expediente tramitado ante el virrey en materia de comercio de misiones, la decadencia era eviden- te: “Los indios no entienden palabra de castellano. Los pueblos se hallan desiertos por haber huido sus moradores. Los ganados se han perdido. Los indios que permanecen en los pueblos están en gran parte dados a la licencia de costumbres y a la embriaguez”. Casi por las mismas fechas, Félix de Azara, un geógrafo, marino, militar y naturalista que recorrió Sudamérica durante veinte años, entre 1781 y 1801, corroboraba esta visión pesimista sobre las reducciones en su

Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y misiones guaraníes. Con todo lo señalado, todavía se agravaría más la situa-

ción en las primeras décadas del siglo xix, fundamentalmente por los conflictos sucedidos en estas fechas, como el de la guerra hispano- portuguesa de 1801 y la sublevación de las colonias españolas, a par- tir de 1810, que conllevará la desaparición de las reducciones.

Control ciudadano e ideológico

En una temprana carta de Las Casas al cardenal Cisneros, fechada en 1516, el vehemente fraile apelaba a la instauración del Santo Oficio en las nuevas tierras descubiertas: “Y asimismo suplico a Vuestra Reverendisima Señoria (...) que mande enviar a aquellas islas de Indias la Santa Inquisición, de la cual creo yo que hay muy gran necesidad, porque donde nuevamente se ha de plantar la fe, como en aquellas tierras, no haya quizas quien siembre alguna pesima cizaña de herejia (...); y aquellos indios, como son gente simple y que luego creen, podria ser que alguna maligna y diabólica persona los trajese a

su dañada doctrina y herética pravedad. Porque puede ser que muchos herejes se hayan huido de estos reinos y, pensando salvarse, se hubie- sen pasado alla”.

Las Casas ponía énfasis en tres aspectos claramente destacados en su carta. En primer lugar, el temor a la expansión de la herejía en Indias, habida cuenta de los rápidos cambios que se venían detectan- do en Europa en este sentido. En segundo lugar, se refiere al carácter

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