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A la búsqueda del mito

Sin duda alguna, el mito actuó como uno de los factores que impul- saron y condicionaron la conquista. Si partimos de la base de que la conquista de América nació más de las iniciativas privadas que de la pla- nificación por parte de la Corona, entenderemos por qué este tipo de “leyendas aúreas” despertó una auténtica fiebre del oro, ejerciendo influencia en las mentes de aquellos que se lanzaban al Nuevo Mundo y actuando como motivo impulsor en la mayor parte de las expediciones. Los mitos y leyendas difundidos siguieron inspirando la búsqueda de lugares ignotos y de islas fantásticas, como la Antilia, que posible- mente Colón creyó encontrar en su viaje. Lo mismo sucedía con las islas llamadas Ofir y Tarsis, de las que hablaban los clásicos. Unas islas que, a decir de los rumores, tenían arena dorada y sus ríos eran autén- ticas corrientes de diamantes. El mismo Plinio también se refiere a unas islas, con el nombre de Argyre (isla de la Plata) y Chryse (isla del Oro), probablemente en la desembocadura del Indo o del Ganges y que ya aparecen en rudimentarios mapas y manuscritos de los siglos Xa XII

d. C. Sea como fuere, los sueños colombinos, al confundir La Española con Ofir, de buscar la Sichinchina, el Quersoneso Áureo, la Malaca y la Trapobana, así como la vana ilusión de haber alcanzado el Paraíso al llegar al Orinoco, perduraron en los mapas y en las conciencias como certezas indiscutibles durante mucho tiempo.

Una de las ilusiones y fantasías que recorrieron las mentes de aquellos años y que hicieron surgir un impulso económico que favo- reció la conquista fue la búsqueda de la ruta de la Especiería. Había quienes, como Antonio Sedeño y Diego Caballero, valoraban la

importancia de las tierras americanas en virtud de los posibles bene- ficios aportados por el hallazgo de dicha ruta. Unos pretendían encontrar en los golfos de Castilla del Oro y de Venezuela un estre- cho que podría enlazar el Nuevo Mundo con la ruta. Otros, los más, intentaron las difíciles vías de penetración continental a través del Orinoco. Quizá por ello pudo abrirse un camino hacia Maracaibo que después tendría efectos atrayentes tanto para el vasco García de Lerma, al fijarse en Santa Marta, como para la poderosa empresa comercial de los Welser, que se establecieron en Venezuela tras la capitulación de Carlos V de 1528. De igual forma sucedió con la expedición de Gonzalo Pizarro a las tierras del país de la Canela y la de Jerónimo de Ordás que creía haber descubierto en el bajo Amazonas un bosque de árboles de incienso.

En el caso que nos ocupa, el de la América precolombina, entre los diferentes monstruos que el saber popular ubicaba en aquellas tierras se situaban cinocéfalos, antropófagos, amazonas, hombres con cola y sirenas. A los primeros, probablemente unos mamíferos primates, ciclópeos, orejones y con cara de perro, se les situaba en los confines del mundo. A los antropófagos o caníbales, posteriormente asimila- dos a los indios caribes, se les ubicaba en la costa oriental de Asia. Las amazonas, que aparecían desde la mitología helena como muje- res guerreras, se encontraban cercanas a las aguas mágicas del mar de Etiopía. Los hombres con rabo (sátiros de los que ya hablaba Plinio) andaban tanto a dos como a cuatro patas y se les había imaginado en las montañas orientales de la India. Por último, de las sirenas fre- cuentemente hablaban los marinos portugueses en aguas de Guinea, y de ellas Colón dio cuenta en su primer viaje. Además de estos seres maravillosos, de estas figuras imaginarias que pudieron tener su razón de ser en fábulas de la Antigüedad, corrieron rumores de histo- rias que hablaban de la existencia de gentes que tenían la cara en el pecho, de seres humanos de “dos narices”, de mujeres de pechos col- gantes que les llegaban al suelo, de personas con las puntas de los pies y de otras con las rodillas hacia atrás, como el avestruz. De algu- nos de estos “monstruos” hablará Colón, aunque no logró toparse con ellos. Por ejemplo, sin ver a los antropófagos nos dejó escrito que se

trataba de grandes gigantes. La imaginación del almirante, amén de sus lecturas sobre Alejandro Magno y Marco Polo, debió formarse a través de las conversaciones con marineros, tan plagadas de fábulas, y de las leyendas de los mapas.

Las primeras decepciones sobre inmensas riquezas en países lejanos se produjeron, como señala la excelente trilogía de Juan Gil, con la lle- gada de Colón de su primer viaje. Aunque la euforia desatada por el retorno echó a la muchedumbre andaluza a las calles, el oro que Colón portaba distaba mucho de alcanzar el deseado por la imaginación popu- lar. Al menos, Colón trajo consigo algunos de aquellos “monstruos” de los que hablaba el vulgo, en concreto tres caníbales, amén de aves tropi- cales nunca vistas en España, como los guacamayos. Los caníbales debí- an ser en su opinión gentes del Gran Can y los caribes, comedores de carne humana, todo ellos habitantes de las tierras de Cipango, a las que Colón creía haber llegado. Sin embargo, ese Mundus Novus sería pro- clamado por el navegante italiano Américo Vespucio, cuyo nombre que- daría en el recuerdo en la Cosmographiae Introductio de Waldseemüller (1507) para referirse a las nuevas tierras descubiertas. Sin embargo, el topónimo de América no fue aceptado en España hasta el siglo XVIII,

denominándose a estas tierras Indias Occidentales. Hubo quien incluso acusó a Vespucio de hurtar un nombre que podía haber sido muy distin- to para las nuevas tierras: Indias, Antillas, Amazonía, Orellana, Colonia, Columbia, Ferisabel, Pizarrinas,... o incluso, el propuesto por Solórzano Pereira durante el siglo XVII de Orbe Carolino. Si, según Vespucio, Asia

quedaba detrás del Nuevo Mundo, se haría necesario buscar “el paso”. A la búsqueda de este paso se dirigieron algunos esfuerzos de la Corona entre 1505 y 1508. No sería hasta la expedición de Vasco Núñez de Balboa (25 septiembre de 1513) cuando se consiguiera llegar al mar del Sur (océano Pacífico). Con ello se corroboraba que las tierras descubier- tas por Colón correspondían a tierras ignotas y no a las anheladas Indias. Desde el punto de vista económico, no se encontró el deseado oro ni las inmensas riquezas buscadas por los conquistadores. Sin embargo, se abriría en el futuro un beneficioso comercio perlífero con los yacimien- tos de Venezuela, maderero con el palo del Brasil y con el derivado de la venta de los esclavos.

Por otra parte, la serie de monstruos y prodigios mencionados, tan temidos en su día, solo podían ser oscurecidos por la búsqueda de un objetivo mayor: el oro. Las descripciones de Cortés en sus relaciones y las de Bernal Díaz del Castillo, en su Verdadera Historia, están llenas de alusiones al significativo motivo impulsor de sus andanzas en México: las riquezas auríferas que atesoraba Moctezuma. Aunque el continuo anhelo de saber y de conocer los “secretos de la tierra” debie- ron influir en el navegante que se hacía a la mar, el afán de riquezas es, sin duda, el principal acicate que animará a descubridores y conquista- dores para lanzarse al Nuevo Mundo. Para muchos marineros y hombres de mísera condición que se agolpaban en los muelles de Palos y en otros hervideros de la costa onubense, escuchar arengas de fervorosos cre- yentes como las que Colón y los hermanos Pinzón proferían sobre paí- ses lejanos (Cipango y Cathay) debió influir en su ánimo a la espera de embarcar. América se convirtió en una “salida” arriesgada pero también en tierra de oportunidades. Por ello, la audacia y el valor debían ser sabiamente cultivados para lanzarse a una empresa como la indiana. Así lo señalaba, refiriéndose a los españoles, el famoso corsario Walter Raleigh, en su History of the World (1614): “No puedo dejar de alabar la paciente virtud de los españoles. Rara vez o nunca hemos visto que una nación haya sufrido tantas desgracias y miserias como los españo- les en sus descubrimientos de las Indias (...) Las tempestades y naufra- gios, el hambre, trastornos políticos, motines, calor y frío, peste y toda clase de enfermedades, tanto antiguas como nuevas, junto a una extre- mada pobreza y carencia de las cosas más necesarias, han sido los ene- migos con que ha tenido que luchar cada uno de los más ilustres con- quistadores”. Conseguido el oro y encumbrado en su riqueza, el con- quistador vería, poco a poco, cumplidos el resto de sus sueños: gozar de privilegios, estatus, conseguir prestigio, fama, el valor de la hazaña, etc. A la cruzada personal de conseguir botín, tierras y consideración social se añadirán, desde la Corte, los impulsos necesarios para difundir la fe cristiana en el Nuevo Mundo, es decir, la evangelización del indio, a tra- vés de la expansión misionera.

Las expediciones para la conquista de México partieron desde la isla de Cuba. Desde la de Francisco Hernández de Córdoba, que acabó frus-

trándose en Campeche en 1517, a la de Hernán Cortés, que tuvo más éxito en su aventura de 1519, se tienen ya indicios de la existencia de riquezas auríferas. Tras la primera fundición ordenada por Hernán Cortés del botín de oro capturado en Tenochtitlan, el conquistador se dirigió al emperador Carlos V, el 30 de octubre de 1520, en los siguientes térmi- nos: “Fundido todo lo que era fundir cupo a vuestra majestad del quinto treinta y dos mil cuatrocientos y tantos pesos de oro, sin todas las joyas de oro y plata, y plumajes y piedras y otras muchas cosas de valor, que para vuestra sacra majestad yo asigné y aparté, que podrían valer cien mil ducados y más suma; las cuales, demás de su valor, eran tales y tan maravillosas, que consideradas por su novedad y extrañeza no tenían precio, ni es de creer que alguno de todos los príncipes del mundo de quien se tiene noticia las pudiese tener tales y de tal dignidad”. Señalará más adelante: “Cupieron asimismo a vuestra alteza, del quinto de la plata que todo se hobo, cientos y tanto marcos, los cuales hice labrar a los naturales de platos grandes y pequeños y escudillas y tazas y cucharas, y lo labraron tan perfecto como se lo podíamos dar a entender”.

En 1521 el conquistador extremeño remitió al rey el primer envío de quintos y joyas en tres navíos. Las siguientes cartas de Hernán Cortés al rey, entre 1522 y 1524, se siguen centrando en las riquezas obtenidas, las fundiciones de metales y las cantidades correspondien- tes, en virtud del quinto real, que debían llegar a los fondos de la Hacienda de la Corona. Por similar situación pasaría Francisco Pizarro en el Perú, con las fundiciones de los botines obtenidos en Cuzco y Cajamarca durante 1533. Sea como fuere, las informaciones referidas al buen hacer de los conquistadores en Nueva España pri- mero y en el Perú después debieron servir de reclamo para que otros muchos conquistadores se lanzaran a la aventura del Atlántico con el objetivo de “hacer las Américas”.

El viaje de circunnavegación de Magallanes, iniciado el 10 de agosto de 1519, que terminaría con todas las dudas sobre la forma y dimensión de la tierra, también resultó un acicate para futuras expe- diciones. El descubridor portugués del “paso” (estrecho de Magallanes), firmó una capitulación con Carlos I para llegar a las Molucas. El viaje, lleno de incidentes, se dirigió por la Patagonia y

las costas chilenas (la denominaron “Tierra del Fuego” por las foga- tas indígenas), a las Molucas, Marianas y Filipinas. El relato del viaje difundió informaciones sobre el avistamiento de una isla de oro, lo que provocó que Portugal equipara dos expediciones, en 1519 y 1520, para encontrar esas “ilhas do ouro”. Después de barrer los dominios isleños de la actual Indonesia (Sumatra), la expedición regresó a Lisboa sin tesoro alguno.

En 1545, los españoles también se lanzaron, con resultado fallido, a la exploración de Nueva Guinea, y en 1550, era Gómez de Solís quien zarpaba de Lima a descubrir ciertas islas del Perú, situadas entre los paralelos de Hacari y Arica. Una primera expedición austral que no topó con descubrimiento alguno de relieve. Habría que esperar al intento de Álvaro de Mendaña, en 1567, cuando se dirigió desde El Callao al “Mar del Sur”, descubrió las islas de Salomón, pero poco o nada de supuestas riquezas o famosas “minas”. Se les puso ese nom- bre porque en el Perú había noticias de la existencia de unas islas que estaban al poniente, que decían debían ser de donde Salomón trajo el oro y las riquezas que había en su templo. El cronista y cosmógrafo mayor López de Velasco, en su Descripción universal de las Indias (1574), se refiere a la abundancia de sus producciones, pero no dice nada con respecto a la existencia de oro: “Y entre los indios hallaron nueva de oro en las orillas de los ríos, porque las mugeres de una isla lo traen al cuello (...) y plata dicen que no hay, y de perlas se halló noticia entre los indios y algunas conchas de las ostias donde se creí- an”. Disipadas las esperanzas de descubrir islas repletas de tesoros en las islas Salomón, éstas se fueron depositando en Filipinas. En 1594 Alonso de Fuentes y Juan Roldán Dávila siguieron sus pasos, descu- briendo las islas Fontáurea, Monchilco y las llamadas islas de las Mujeres. Sin embargo, Mendaña, que volvió a zarpar en 1595, abriría una nueva ruta que a su muerte sería continuada por quien había sido su piloto mayor en el segundo viaje: Pedro Fernández de Quirós. Su expedición, a finales de 1605, se dirigió al descubrimiento de las tie- rras e islas australes de la Nueva Guinea y Java Mayor. La relación que presentó a la finalización del viaje a Felipe III hacía presagiar la existencia de nuevas tierras incógnitas australes (Australia).

Pero de nuevo el punto de mira para la Corona española estaba otra vez en los territorios de la Baja California y en los aledaños de Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México, zonas que habían dado pie a numerosos relatos, crónicas y descripciones. En California, precisa- mente, se había formado una compañía para el descubrimiento de pes- querías de perlas. Tras las primeras expediciones, con resultado incier- to, Francisco de Ortega y su piloto Esteban Carbonel regresaron en 1632 con una remesa de perlas lo suficientemente importante como para exci- tar la codicia de otros descubridores. Nicolás de Cardona capitularía con la Corona el título de adelantado, gobernador y capitán general de California, pasando a poblar aquel territorio. Los rumores de los indios de aquella zona habían dejado entrever a Cardona la existencia de teso- ros y riquezas, como el conquistador relataba en 1632 en carta al propio conde-duque: “Y [dicen] que hay gente barbada con vestidos que tienen caballos y arcabuces; que hay muchas ciudades torreadas y una que lla- man Quibira, que tiene rey, que es muy grande y populosa”.

Los apuros financieros por los que empezó a pasar el Imperio desde finales del siglo XVIy a lo largo del siglo XVIIreactivaron la imaginación

de aquellos que seguían buscando, sin encontrar, las Cíbolas, Ofir, Tarsis y otras islas de oro y plata, cuya geografía mental todavía no había pasado al plano de ningún mapa. En 1640, Pedro Porter y Casanate, un militar que había servido a la Corona española en Fuenterrabía y Guetaria, obtuvo la licencia en exclusiva para explorar California. Aunque realizó distintas exploraciones (1644, 1648 y 1649), tampoco cabe poner en su haber logros de relieve. Sin embargo, la Corona le recompensó con el oficio de gobernador de Sinaloa, que ejerció hasta finales de 1651. A finales del siglo XVII fue la ambición

evangélica de la orden de San Ignacio, establecida en la misión de Dolores, la que ejerció una tarea evangelizadora en Sonora y, desde allí, a otras zonas de California.

Lo mismo sucedería con Andrés de Medina Dávila, un militar que había luchado en Chile, que en 1647 proponía un plan para socorrer a las Filipinas, asediada por los holandeses, y dirigirse a las islas Salomón, poblarlas, y conseguir finalmente llevar “el Thesoro escondi- do hasta las dichosas eras de la Monarchía grande de Vuestra Majestad”.

La propuesta de Medina Dávila no fue atendida en momentos tan espe- ciales para la Corona, cuyos objetivos eran más realistas. En medio de un tornado de rebeliones y conspiraciones, desde Portugal a Cataluña y desde Nápoles a Sicilia, sin contar las supuestas tramas golpistas que se desarrollaban en Andalucía, Navarra o Aragón, la monarquía de Felipe IV, desatendió expediciones quiméricas como la planteada por Medina. Aunque el proyecto de Medina durmiera el sueño de los justos durante más de dos décadas, un memorial del jesuita Diego Luis de San Vítores (1665) pretendió recuperarlo nuevamente sin éxito. En 1675, fray Ignacio Muñoz, un cosmógrafo dominico residente en las cercanías de Madrid, recibió una consulta desde el Consejo de Indias para elaborar un informe sobre la propuesta de Medina Dávila y San Vítores. Su dictamen ofrecía tantos reparos a la expedición que el plan, definitivamente, que- daría archivado dada la delicada situación de la Hacienda Real.

Un siglo más tarde y durante el virreinato peruano del activo Manuel de Amat (1761-1776), amigo de grandes ideas y proyectos, se llevaron a cabo una serie de expediciones por los Mares del Sur, donde ingleses y franceses llevaban una ventaja considerable en el terreno científico. La búsqueda de la isla de David, de los tesoros de las Salomón o de las Palaos fueron, una vez más, una quimera. Sin embargo, abrieron el camino a otras salidas con un interés distinto: el científico. En este sentido, a finales del siglo XVIII se produjo el últi-

mo descubrimiento español del Pacífico: las islas de Mayorga (archi- piélago de Tonga). La expedición científica posterior, dirigida por Alejandro Malaspina, del archipiélago de Vavao, del que había habla- do Cook, permitió conocer mejor sus condiciones geológicas.

Los falsos Dorados

El proceso de la conquista partió, por lo regular, desde unas pla- taformas-base en América. Los principales focos de difusión fue- ron los tres siguientes:

– La isla de La Española, desde la que partieron las expediciones a Puerto Rico (1508), Jamaica (1508), Cuba (1511), desde donde par-

tiría la conquista de México en 1519, y Tierra Firme (Santa María la Antigua del Darién, 1510), base para la conquista de Castilla del Oro (Panamá, desde donde Pizarro saldrá para la conquista del Imperio Inca) y del Nuevo Reino de Granada (1536).

– México fue la catapulta de expansión hacia el sur. Desde 1523 se conquistan: Guatemala (1524), Honduras y Nicaragua, Yucatán (1527).

– Perú: a partir de 1532, se procede a las conquistas de Quito (1534), Chile (1535), Río de la Plata (fundación de Buenos Aires, 1536) y Tucumán (1549). Desde Buenos Aires se penetró posterior- mente hacia el Paraguay, donde se funda Asunción (1537).

A mediados del siglo XVI, quedaban solo cinco conquistas im-

portantes: Nueva Vizcaya (1554), Costa Rica (1560), Filipinas, (1564), Florida (San Agustín) (1564), y Nuevo México (1598).

Sin embargo, sobre estas bases, numerosas expediciones españolas en busca de ciudades imaginarias se encontraron con un medio natu- ral hostil y desconocido. Desde su llegada a las Indias Occidentales en el archipiélago antillano, los descubridores fueron azotados por verdaderas catástrofes meteorológicas, con devastadoras tormentas y violentos huracanes. Ya en el continente, el contraste climático y oro-

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