4. El Paseador de Perros
4.1. El Madrid de nadie
Respecto a Música de Cañerías (1987) de Charles Bukowski, el periódico Los Angeles Times (ctd. Editorial Anagrama) publica:
61 Los Ángeles de Bukowski se parece más al París de Miller que al de Hemingway, pero nuestro guía a través de este submundo está más próximo al lacónico estoicismo de Hemingway que a las rapsodias apocalípticas de Miller. Vidas de tranquila desesperación explotan en actos de violencia aparentemente fortuitos e inmotivados. En cada relato aparecen impulsos homicidas nacidos de frustraciones para las que no hay cura posible.
Aclaremos aquí que los cuentos cortos de Música de Cañerías son totalmente desesperanzadores y crueles desde sus títulos. Es el punto más bajo al cual podría caer la sociedad. Por ejemplo, “Decadencia y Caída”, la historia que le cuenta un hombre (Mel) a un camarero (Cari) sobre una pareja que asesina a un trotamundos, lo descuartiza y se lo da de comer a él, a quien realmente invitan a un trío.
—No, no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así.…. Cuando Cari se inclinó hacia la izquierda, Mel agarró la botella de cerveza y le atizó con
ella en la cara.…. Mel cogió la Luger, apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una
vez,…salió al Boulevard. El indicador del parquímetro de junto a su coche ya estaba en rojo. Subió al coche y se alejó del lugar. (Bukowski, “Decadencia y Caída”)
Al ser Bukowski una gran influencia para el autor, se quiere hacer notar que hay una relación evidente entre la referencia de Los Angeles Times al escritor alemán, y lo que respecto a Paseador de Perros (2009) El Dominical escribe:
Tras su arraigo como cuentista dentro de lo que él mismo llamó alguna vez el "realismo sucio peruano", Sergio Galarza ha sabido labrar su constancia literaria…. Tentando los combates de las ligas mayores, ahora nos entrega Paseador de perros, una novela corta, la primera en su haber, no por ello sin pegada.... Galarza se aparta de la rutina de la mayoría
62 de escritores peruanos en el exterior: mirar el país desde el lente de la distancia. Él, aquí, escribe sobre Madrid, donde vive, y lo hace a partir de su realidad, la de un hombre joven que busca adaptarse a España como paseador de perros, gatos y hasta de un mapache. Pero no se despeña en la anécdota. Lo que hace Galarza es relatar la dinámica historia de la adaptación de un migrante a través de las estampas de gentes y lugares que poco a poco van plegándose a su vida, auscultados con sinceridad y pertinencia. (Paseador de Perros: Dossier Candaya)
Son dos críticas en años distantes pero que se relacionan en su fundamento. Ambos escritores tienen a la ciudad como el centro de su historia. En el caso de Bukowski, la ciudad tiene como fondo la miseria conocida de Chinaski, la ruina del ser humano, el alcoholismo, la estupidez que rodea al mundo de la cultura, el odio al padre, la prevención frente al éxito y la preparación para el inminente fracaso. Y en el caso de Galarza, la ciudad lo va a empujando hacia el límite, debido a la desesperación que refleja la rutina del trabajo de lunes a domingo inmerso en sus calles. Una ciudad donde ambos, de algún modo son inmigrantes. Y es que Bukowski nunca se sintió totalmente americano, debemos recordar que nació en Andernach, Alemania; y Galarza es peruano. Su visión de incomprendidos en ese laberinto en constante movimiento se plasma en el desconcierto que se lee en las calles de Los Ángeles y Madrid. Ciudades enfermas, ciudades infierno.
Ahora bien, debemos tener presente que el espacio humano siempre ha sido significante, el de Chinaski y el de Galarza; no sólo es el espacio urbano el que significa. Desde la Atenas del Siglo
63 VI se veía a la ciudad como un centro de encuentros significantes26, y es desde allí dónde partiremos para el análisis de la ciudad en Galarza, no sólo como un centro utilitarista (visión que se establece con el capitalismo). Si bien, Galarza usa a Madrid como la entrada a múltiples oportunidades, se transmite en la novela un Madrid más como el lugar de encuentros y desencuentros, de crecimiento, de aprendizaje, de miedos, de soledades. Un Madrid laberíntico donde las salidas y las entradas son accesibles para quienes se pasean por ellas, ya no existen héroes o minotauros (Hermosilla, “El Laberinto Rizomático de Sergio Pitol: Confluencia y Abismo de Signos en un Mundo sin Fronteras”).
Debido a que el 38% de las personas nacidas fuera de España que viven en Madrid son Latinoamericanas (García, Jiménez y Redondo, "La Inmigración Latinoamericana En España En El Siglo XXI"), y por su posición geográfica, a España se le considera la puerta de Europa tanto para latinoamericanos como para africanos, principalmente; ello, ha devengado en un país pluricultural, lastimosamente, en uno de los menos tolerante con los inmigrantes. En algún momento, durante su mala suerte en el trabajo y en el amor, el autor extraña a Lima:
Esto ponía en duda mi capacidad para vaciar la amargura que sentía al haberme equivocado al marcharnos de Lima, donde nos protegíamos de los problemas abrazándonos bajo la frazada de la seguridad de estar en casa. (Galarza, Paseador de Perros 20)
26 Definamos aquí significante, como la materialización de mi pensamiento, pero donde siempre por debajo de un lenguaje habrá otro posible. Éste se encuentra en el plano de expresión constituido por una sustancia (fónica, articulada, no funcional) y una forma (reglas paradigmáticas y sintácticas). Ver Barthes.
64 Es amargura, más que nostalgia, pues ambas son megalópolis, pero en Madrid, nadie le conoce y al momento de separarse de Laura Song, empieza un viaje interminable por diferentes habitaciones y casas en busca de la seguridad perdida.
El haber escogido Madrid no será al azar, el autor no se circunscribe sólo a mencionar la periferia y el centro como puntos estáticos y estratégicos donde se desarrolla la historia. La ciudad es acá un espacio abierto en constante construcción, es un sujeto vivo que desborda los límites que el mismo escrito le impone, es un laberinto.
He realizado toda clase de trabajos desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos. (Galarza, Paseador de Perros 7).
Como paseador de perros, el autor debe recorrer toda la ciudad madrileña, de Alcorcón hasta La Moraleja y desde Malasaña (o Barrio Universidad) hasta Coslada, buscando las mascotas para pasear, buscando las vivencias/anhelos que le permitirían escribir. Pronto, esta idealización de un nuevo hogar, de una nueva vida con Laura Song, se empieza a desvanecer.
…la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua. (Galarza, Paseador de Perros 11)
Y es ese desempleo de Laura, esa desubicación económica que fracciona su relación hasta la ruptura, la cual “sucedió al comienzo de esta primavera” (Galarza, Paseador de Perros 20), dejándolo sólo como paseador de perros, en cuyos recorridos conocemos a la Madrid periférica real, no sólo la histórica para postales de calles en piedra. La ciudad es también un escrito, y sus
65 habitantes son lectores que va actualizando su concepción de la misma a partir de la trayectoria que hace en su cotidianidad (Barthes, 264).
Sus calles (refiriéndose a la entrada a Alcorcón) con basura desparramada al lado de los contenedores, los parques con más latas y botellas rotas que flores, la gente vestida con ropa que parece donada por la Cruz Roja del Este…los españoles que uno confunde con los rumanos, los latinos peleando por dinero…me recordaban el Cono Norte de Lima y a su imperio Pacharaco. (Galarza, Paseador de Perros 19).
Se debe notar acá, a parte del tono melancólico y amargado característico de Galarza, la constante en estas descripciones: la imposibilidad del autor de separarse de su natal Lima, y la decepción de encontrar una ciudad que no esperaba, una ciudad derrumbada; pasa de la euforia a la disforia en términos greimascianos. Es importante señalar en este punto que nos referimos a las categorías tímicas de Greimás, las cuales son esos preceptos afectivos que sustentan la percepción que de su cuerpo (de su ciudad, y como se ve en ella, en este caso) tiene el ser humano; estas son la euforia y la disforia, el positivo o el negativo según sea (Greimás, 94). Por ende, en un estado de disforia, negativo –como en este caso-, el juego semántico bajo el cual el autor se acercará al mundo, será el de una mirada desesperanzadora, cruel, solitaria, huraña de Madrid.
Esta es la primera vez que vive fuera del país, y el único punto de referencia que el escritor tiene a la hora de relatar lo vivido será el puerto de Lima, su parecido con la capital española es inesperado. Ahora bien, también se puede ver en este párrafo de apertura que desde el principio de la novela se cae en la dicotomía de lo centro/periferia. El autor se desplaza siempre del centro seguro de la ciudad, y sus calles empedradas, su ambiente bohemio en tanto es un barrio
66 universitario, hacia los suburbios, donde la enfermedad, los ancianos, los inmigrantes y el abandono predominan.
Al principio la Latina me deslumbró. Calles apretadas, empedradas, y los
balcones…- Lima no tiene balcones como Madrid, los que aún resisten…. (Galarza,
Paseador de Perros 11).
Mientras acerca de Coslada dice el narrador:
Coslada, otro pueblo lejano convertido en ciudad, igual de deprimente que Alcorcón, un imperio de edificios de ladrillo, con parques de tierra regados de mierda y jóvenes mascando gritos mientras exhibían sus cadenas y pulseras de fantasía... Coslada era, como la mayoría de pueblos de la periferia madrileña, la versión española de aquellos suburbios estadounidenses donde los jóvenes se matan por exceso de aburrimiento y fantasía…. Pero en Coslada no había gringos. (Galarza, Paseador de Perros 39-0)
Vemos el contraste entre el deslumbramiento del centro y la suciedad de la periferia, donde la cultura oficial se mueve versus donde los inmigrantes invaden. No se puede olvidar que las ciudades nacen por alternancia, por yuxtaposición (Lynch, 10) y de acuerdo a sus habitantes serán diferentes discursos los que se aproximen a cada esfera citadina. Un discurso de cohesión, poder, capital e historia se vive en el centro, mientras un discurso de desarraigo, fragmentación y olvido se vive en la periferia. Pues el centro, es el “punto de reunión de toda ciudad (…) el lugar privilegiado donde está el otro y donde nosotros mismos somos ese otro, como el lugar donde se juega.” (Barthes, 265), y en tanto ello, es la concentración de los significantes, de las historias, es el espacio de muchos otros, es donde se encuentra la alteridad. Es por esto, que como
67 migrantes, nos sujetamos a los centros de las ciudades que visitamos, allí no estamos tan solos y podemos ser re-conocidos. Es en el centro en donde vive el Galarza de Madrid.
Tenemos entonces autores que no pueden desligarse completamente de su ciudad natal o adoptiva, en este caso Sergio Galarza y Lima, en otros casos Charles Baudelaire y París, Franz Kafka y Praga, James Joyce y Dublín, Charles Bukowski y Los Ángeles, Fernando Pessoa y Lisboa, Andrés Caicedo y Cali, Efraím Mejía y Barranquilla, Enrique Larreta y Buenos Aires, Santiago Gamboa y Bogotá, entre otros. Siempre tendrán su punto de referencia, pero siempre hablarán entre sus ciudades. Estas últimas, las ciudades exilio/de migración, hacen parte de lo que Augé llama los NO lugares (Auge, 50-1), esos espacios propiamente contemporáneos de confluencia anónimos, donde las personas se encuentran en un constante tránsito y deben permanecer allí por un tiempo. Son espacios de encuentros furtivos que convierten a los ciudadanos en sujetos del azar. “Espacio(s) donde ni la identidad ni la relación ni la historia tienen verdadero sentido, donde la soledad se experimenta como exceso o vaciamiento de la
individualidad” (Auge, 92).
Y es por ese vaciamiento que en esa acción de pasear perros el autor se sumerge en la función imaginaria del paseo (Barthes, 264), donde es posible imaginar lo que pasa en todos los cuerpos que se observan, donde se construye la realidad de los otros a través de la propia, donde no tienen que afectarse físicamente, para consumar un encuentro que queda circunscrito en la mente de quien lo imagina.
Pasear un perro o cuidar cualquier animal es como leer el diario de su familia. Cuando te dan las llaves de una casa entras en un matorral de recuerdos, en un cementerio donde la fuerza del olvido trata de destruir las lápidas que puedan
68 llevarte por rutas de abismos, porque el pasado es un agujero negro. Ahí están el padre que mantiene a un mapache como único recuerdo de su hijo…. (Galarza, Paseador de Perros 43).
El narrador paseaba a tres perros, Colt, Tarah y Luk:
El Golden vino moviendo a la cola sin que, pese a mi advertencia, su dueña lo llamara, y Colt, sin mediar ningún ladrido, lo mordió en la oreja….La dueña una señora con gafas y de unos cincuenta años, corrió jadeando….Me disculpé con la señora, que lloraba abrazada a su perro y me fulminaba con su cara de odio….La señora se atoraba al gritarme. No la entendía…era sordomuda. Juraría que bufaba como un mapache. (Galarza, Paseador de Perros 42).
La primera cita es una comparación tanática entre los recuerdos, los vivos y los que no se encuentran; donde su dueño se haya lejos de suponer que quien cuida a su mapache lo observa con tanta lástima. Es la entrada a la casa, a esa morada desconocida para el autor
desde que salió de Lima, y es que la casa, la “habitación no es un objeto, una ‘máquina de
residir’, es el universo que el hombre se construye imitando la creación ejemplar de los
dioses, la cosmogonía. Toda construcción y toda inauguración de una nueva morada equivale en cierto modo a un nuevo comienzo, a una nueva vida”(Eliade, 54). Así como una nueva casa implica un nuevo comienzo, estas casas momificadas en el pasado, donde todo permanecía intacto, sólo dejaban ver las implicaciones del sedentarismo, la muerte en vida, el desasosiego, el conejillo de indias que corre sin parar sobre la rueda para llegar al mismo punto. Galarza se encuentra lejos de tener ya una casa, pero se re-conoce en aquellas visitadas, quizá buscando un halo de la seguridad perdida, quizá para re-afirmar
69 cómo la estática nos mata en vida, y las moradas son sólo lugares de refugio necesariamente pasajeros para que el depredador del consumismo, el mercado y el tedio no te encuentren.
La segunda cita es una comparación cruel que deja entrever ese apego entre el humano y su mascota, la única compañía en una ciudad de desavenencias y anónimos. Un encuentro sin resonancia que se produce en un No lugar, en un no-ser donde ni siquiera se reconoce al otro.
El abordar la ciudad, y en este caso una nueva ciudad en un país totalmente diferente, implica dentro de ese azar que plantea un lugar nuevo, la pérdida del yo, la desorientación y la alienación, para quienes ahora habitan en ella. Por ello, como Odo, -el mapache que cuida y que es el único animal al cual se le da relevancia durante toda la novela-, usa un “antifaz”, se protege de ser visto por los otros, por los dueños de las mascotas, por sus compañeras de cuarto, por todos.
Trabajo paseando perros, también cuido gatos y limpio la jaula de un mapache (Odo), ese mamífero gris plata que lleva un antifaz negro como los osos panda. (Galarza, Paseador de Perros 7).
La desaparición de Odo, será peor que la imagen mental que de su muerte se hace el protagonista, ello le da el valor que necesitaba para hacer realidad su idea de huir a París.
El viejo camina a mi lado hacia la jaula del mapache. Alucino: al llegar me enseñará el cuerpo del animal aplastado por una vara de fierro, y a continuación procederá conmigo.
70 -Se me escapó.
La confesión del anciano al aparecer la jaula con la puerta abierta, me molesta porque se trata de una mentira mal pensada…la jaula está vacía y limpia, como si un sicario hubiese borrado las huellas del delito… ¿Dónde estará Odo? ¿Sobrevivirá? Odo no tiene una tía que lo acoja en Londres, está obeso y ha pasado demasiado tiempo en cautiverio…Todo queda en un suspiro de impotencia….Salgo de la mansión sin despedirme. (Galarza, Paseador de Perros 128-9)
Cuando se vieron por primera vez, el narrador se preguntó así mismo por el tiempo de cautiverio, si a Odo27 le gustaría viajar. En este punto se trata del camino que el protagonista debe tomar, que continúa. La vida del mapache y el Galarza narrador se entrelazan, no sólo por su relación de cuidador-cuidado, sino por sus semejanzas. Ese mapache aprisionado, solitario en medio de una lujosa mansión abandonada, que bien podría representar Madrid, se escapa. El personaje principal hará lo propio, huirá de esa jaula donde se veía obligado a sobrevivir sin ser anhelado por nadie, seguirá su camino, su odós.
La ciudad a la cual Galarza se ensancha no es la misma que ve Jota o Pauline; y no es la misma que veía junto a Laura Song. Es por ello, que el narrador termina huyendo, termina recorriendo
“lisamente” las calles de Madrid sin un objetivo más claro que el de estar bien. Aclaro que acá,
con lisamente, se refiere a la definición de Deleuze y Guattari sobre cómo: “el espacio liso…no
quiere decir homogéneo, al contrario: es un espacio amorfo, informal y que prefigura el op’art.”
(Deleuze y Guattari, 485), donde no encuentra Galarza un asidero, pues su informalidad le impide predecir lo que pueda suceder. Es evidente, que no nos remitimos a que el recorrido de la
71 ciudad sea liso, pues las líneas aquí están subordinadas a los puntos, y ello sería espacio estriado -arquitectónicamente hablando; nos referimos aquí a la forma como el autor aborda la ciudad, pues es el Galarza paseador callejero que no tiene a dónde ir, y se dirige al azar un pie después del otro, sin tener una referencia certera del espacio recorrido que le permita su manipulación, sino en la incertidumbre total que es el no saber hacia dónde se dirige.
…tengo que seguir corriendo hasta que anochezca y luego amanezca, y así hasta que sepa que nada malo me pasará. (Galarza, Paseador de Perros 131)
Huye de la ciudad en tanto se ha convertido en el náufrago, en el sobreviviente de su propia tragedia de desencuentros y pérdidas. Es la ciudad que ve la representación de su alma, de sus miedos, de sus deseos, como dice George Santayana (ctd en Llavador 42), “las ciudades son como un segundo cuerpo para la mente humana”.
Después de siete meses, el protagonista termina con su novia, Laura Song, y ese colectivo unificador que le proponía una ciudad de conciertos, de obras de teatro, de caminatas, de descubrimiento, de calles empedradas, desaparece: “…de no tener dinero para ir a los conciertos cuyos anuncios me decían a cada rato que no tenía ni una moneda y tampoco una Laura Song
que compartiera mi felicidad frente al escenario” (Galarza, Paseador de Perros 74). Ahora es