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“¿Quién es el hombre maduro? El que es capaz de amar y trabajar”. S. Freud.

Introducción

En la vida cotidiana nos encontramos con frases como éstas: • “Es un inmaduro”.

• “No está en condiciones para afrontar compromisos”. • “Es un bebé”.

O por el contrario, con estas otras: • “Es una persona madura”.

• “Con él/ella me arriesgo a cualquier empresa”. • “Es todo un hombre”, “es toda una mujer”.

¿Qué nos lleva a emitir estos juicios? ¿En qué señales o conductas nos basa- mos para tener estas opiniones?

En este apartado trataremos de analizar estas características y extraer los índices o criterios de madurez. Esta reflexión nos parece fundamental por las repercusiones que producen en la capacidad de vincularse y establecer relaciones amorosas estables.

En este apartado abordaremos, en concreto, cómo se desarrolla y cómo se adquiere la madurez psico-afectiva. En la primera parte trataremos un tema cru- cial: el apego y los vínculos en la infancia y su repercusión en el desarrollo psico- afectivo. En la segunda parte explicitaremos los índices de inmadurez y en la tercera concluiremos con los criterios y los índices de madurez psicoafectiva.

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El apego y los vínculos

“Nacemos preorientados afectiva y socialmente pero necesitamos de personas significativas estables que nos ayuden a desarrollar esa afectividad”.

O. Martín

Introducción

Al entrar al mundo de los afectos nos encontramos con situaciones muy dispares: afectos no desarrollados, emociones incontrolables, carencias afectivas, violencias, etc. Para aclarar esto, nos hacemos varias preguntas:

• ¿Cómo surgen los afectos?

• ¿Tienen raíces biológicas/instintivas? • ¿Cómo se desarrollan?

• ¿Qué factores intervienen en su evolución?

Esquemáticamente veremos algunas teorías sobre el surgimiento de esta dimensión humana:

• Teoría del imprinting. • El apego.

• Conducta de apego y conducta sexual.

La teoría del imprinting o de la “impronta”

En el libro El vínculo afectivo (Bowlby J., 1993, 191-199) se presenta un aporte fundamental a esta teoría.

En sentido estricto, hablamos de una conducta afectiva centrada rápida- mente en un objeto particular (Lorenz, 1935). No es un aprendizaje; en el mundo animal se da en las aves. De hecho, los mamíferos no tienen imprinting en el sentido estricto (aunque sí lo tienen en un sentido más amplio y atenuado). El imprinting se produce en un período crítico y de forma irreversible. Es un aprendizaje supraindividual de la especie y afecta otras conductas.

Siguiendo a Bowlby, tomamos un sentido más genérico y amplio de la impronta: procesos de conducta filial del pichón o cachorro con preferencia y de modo estable hacia figuras discriminadas. Por extensión, en el ser humano, la impronta implica esa preferencia social en la relación madre-hijo, y en el compañe- ro sexual o pareja.

Sheckin afirmó, en 1960, que esta impronta implica un aprendizaje tem- prano y también:

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• Un desarrollo de preferencia clara y definida. • Un desarrollo rápido en una fase del ciclo vital.

• Es relativamente fija, estable, un vínculo que no se olvida.

En síntesis, podemos agrupar estas conductas primarias del siguiente modo:

Conducta de apego: el vínculo que une al niño con su madre

¿Qué es el apego? “Es un vínculo afectivo entre el niño y quienes le cuidan, que implica sentimientos (seguridad y bienestar cuando están juntos, angustia ante la separación, etc.), conductas (búsqueda de proximidad y contacto senso- rial, abrazos, etc.) y un conjunto de expectativas que se forman durante el primer año de vida”. Este vínculo con una o varias personas tiene gran importancia en la infancia y a lo largo de todo el ciclo vital.

Pues bien, tanto en la formación como en el mantenimiento y desarrollo de este vínculo juegan un papel importante algunos aspectos que están íntima- mente relacionados con la sexualidad.

En efecto, ese vínculo se forma y mantiene gracias a un sistema privilegiado de interacciones entre el niño y quienes le cuidan, las cuales suponen:

• Contacto íntimo (proximidad y contacto piel a piel).

• Desformalizado (las normas sociales no han llegado a codificar este vínculo intimo).

• Constante (con las mismas personas).

• Frecuente (dado que los niños necesitan una total dedicación).

• Absorbentes para el adulto (éste debe dedicarles gran cantidad de tiempo). • Asimétricas (es el adulto el que tiene el control y se puede adaptar al niño). • Permisivas para con el niño (dado que éste no es considerado aún como

alguien que puede obedecer).

Esta experiencia es imprescindible en esta etapa de la infancia. Es imposible suplir esta carencia en otra etapa de la vida. Posteriormente, no hay prácticamen-

Conducta Instintiva

Conducta específica de especie

Imprinting Conducta grabada, no específica, que incluye lo instintivo: TRIEB Teoría de los Instintos Ă Ă Ă Ă

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te contacto corporal entre las personas, la comunicación es mucho más formali- zada y las relaciones son más independientes y esporádicas.

¿Por qué es importante el apego para la sexualidad? Es en esta relación con

las figuras de apego donde aprendemos a tocar y a ser tocados, mirar y ser mirados, comunicar y entender lo que nos dicen los demás, sentir y ser sen- tidos. Todos ellos, elementos esenciales del intercambio sexual. De hecho, cuan-

do tenemos relaciones sexuales, también nos tocamos, miramos, sentimos y hablamos de forma íntima y desformalizada.

También es en las relaciones de apego donde se adquiere la seguridad emo- cional básica que nos permite abrirnos confiadamente a los demás, creer en nuestras posibilidades y superar, si fuera necesario, las decepciones afectivas que podamos tener a lo largo de la vida.

Por consiguiente, estamos convencidos de que algunos aspectos esenciales de las relaciones sexuales dependen de la historia de los vínculos afectivos infan- tiles. Según sea esta historia, éstas serán cálidas o frías, confiadas o desconfiadas, etc. (Cfr. López y Fuertes, Para comprender la sexualidad, 50-51).

Hay distintas consideraciones sobre el apego: • Apego primario

 Parto y primera etapa de la cría humana.  Bonding- holding- handling.

 La primera separación: la marca del vinculo. • Tipos de apego  Apego seguro.  Apego evitativo.  Apego ansioso.  Apego desorganizado.  Apego a lo negativo.  Apego fóbico.

 “La madre muerta” (A. Green).

• Formas de conductas de unión relacionadas con el apego:  El llanto.

 La succión.

 El aferrarse a la madre.  El seguimiento.  La sonrisa.

Las figuras hacia las cuales el niño dirige esa conducta despiertan amor en el mismo, el cual saluda su llegada lleno de alborozo. Mientras el pequeño se

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halla en presencia de una figura de apego importante, o cerca de ella, se siente seguro. Pero la perspectiva de perderla le causa angustia, y su pérdida real lo sume en el dolor; además, ambas circunstancias provocan su ira.

En base a esta teoría del apego, podemos sacar las siguientes conclusiones: • Los niños nacen preorientados socialmente y necesitados de vínculos afec-

tivos estables con algunas personas (hoy se habla de “prosocialidad”). • Si algunos adultos (normalmente sus padres) le ofrecen un repertorio de

conductas adecuadas (íntimas, desformalizadas, frecuentes, duraderas, etc.) se vinculan a ellos (se genera el apego).

• En esta experiencia relacional con las figuras de apego, los niños adquieren:  Confianza básica y seguridad que les permite abrirse a contactos con

el entorno físico y social. De hecho, los niños usan a sus figuras de apego como base de seguridad desde la que exploran el mundo físico y establecen contactos confiados con otras personas. Esta es la base emo- cional necesaria para que puedan tener relaciones sociales adecuadas (las relaciones sexuales están incluidas en estas).

 Uso y significado de las formas de comunicación íntimas, desforma- lizadas, etc. Formas de comunicación que juegan un papel decisivo en las relaciones sexuales y afectivas.

 Uso y significado de las expresiones emocionales.

 Capacidad de demandar cuando se sienten necesitados y de satisfacer las necesidades de los demás.

• Los niños con el tiempo generalizan estas experiencias y usan estos apren- dizajes en otras relaciones sociales, especialmente en aquellas que impli- quen afectos y formas de comunicación íntima, desformalizadas, etc., como son el enamoramiento, las relaciones sexuales, la amistad, etc. • Los niños que han tenido una historia de apego negativa que los ha hecho

ansiosos e inseguros, o fríos y distantes, ponen de manifiesto cambios emo- cionales bruscos, miedo a la intimidad u obsesión por la posible pérdida del otro, celos relacionales especialmente agudos y, en general, se sienten poco satisfechos en sus relaciones. Estos, por otra parte, suelen tener una idea más negativa de los demás y de lo que puede esperarse de las relaciones humanas. (O. Martín).

Todo esto nos indica que el apego infantil es un vínculo básico fundamen- tal, tan necesario para vivir como el oxígeno y la leche. Pero esto nos indica que este vínculo primordial puede encauzarse posesiva, obsesiva o indiferentemente; tierna o fóbicamente; el modo de desarrollar el apego tiene una incidencia futu- ra trascendente.

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• La dependencia indica el grado en que un individuo se halla subordinado

a otro para asegurar su supervivencia, y por tanto, implica una connotación funcional. Esto es muy diferente a estar apegado a una figura materna por un vínculo de afecto; un niño de tres años puesto al cuidado de extraños puede dar signos de que continúa unido afectivamente a la madre, aunque en ese momento no dependa de ella. Por tanto, vínculo de afecto es un término que se refiere a una conducta; mientras que la dependencia es absoluta al nacimiento y disminuye gradualmente hasta la madurez. El vínculo afectivo no se ha forjado al nacer y se evidencia después de los 6 meses de vida. (Bowlby, Los cuidados maternos y la saludo mental, 254)En general, se estima la independencia. La dependencia con respecto a rela-

ciones interpersonales suele connotar menosprecio. Por el contrario, se admi- ra que los miembros de una familia estén unidos por un vínculo de afecto, y se critica al individuo que en las relaciones personales es “desapegado”. • El término “afiliación” fue introducido por Murray (1938) como “mani-

festación de amistad y buena voluntad, deseo de hacer cosas en compañía de otros”. El inconveniente es que es un término mucho más amplio, no cubre la conducta dirigida hacia una o algunas figuras en particular, carac- terística central de la conducta afectiva. Además a afiliación se lo concep- tualiza en función de necesidades.

Conducta de apego y conducta sexual: una distinción conceptual

La conducta sexual es un sistema de conducta diferente a la conducta afecti- va, con una ontogenia distinta y por supuesto, una función también distinta. ¿Significa ésto que no existiría relación alguna entre conducta de apego y conduc- ta sexual? Si bien son dos sistemas de conductas diferentes, la conducta de apego y la sexual se hallan estrechamente vinculadas. De hecho, la teoría psicoanalítica tradicional explica que la conducta infantil y la adulta son expresiones de una única fuerza libidinal, dando por sentada la relación e influencia existentes entre ambas. Lo que aquí explicaremos, en cambio, son las razones para mantener la distinción conceptual entre conducta de apego y conducta sexual (Bowlby, ib., 257-260). • Se activan de modo independiente.

El apego es inmediato, se produce en el bebé a nivel muy intenso. En la edad adulta, esta conducta afectiva suele activarse en menor intensidad. La conducta sexual, por otro lado, supone maduración sexual; si se expresa en un ser inmaduro aparece de manera fragmentaria y no funcional.

• Objetos diferentes.

Por ejemplo, un perro puede tener apego hacia el hombre, pero el objeto de su conducta sexual es cualquier perra. Pero pueden superponerse apego y conducta sexual hacia un mismo objeto.

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La conducta de apego y la conducta sexual comprenden una serie de pautas características; en el hombre los abrazos y besos son pautas características de ambos tipos de conducta. Puede ocurrir, en realidad, que las conductas de apego y las sexuales no solo compartan ciertos elementos y mecanismos causales, sino que también la conducta paterna las comparta a ambos frag- mentariamente, y existen ejemplos de esto en el mundo animal (por ejem- plo, las aves macho alimentan a las hembras durante el cortejo), y entre los seres humanos es un lugar muy común: no es insólito que un individuo trate a su pareja como si fuese uno de sus padres, y la pareja, a su vez, adopte una actitud similar.

Conclusión

Estas reflexiones nos llevan a sacar algunas conclusiones prácticas:

• Si no desarrollamos los vínculos afectivos (apego, ternura, caricias) puede darse una conducta sexual disociada del afecto. ¿No fue éste el acento de la cultura machista al promover un impulso sexual desconectado de la ternu- ra? La mujer, que trabajó más el afecto, no puede entender lo sexual sin palabras y sin cariño.

• Si trabajamos obsesivamente lo afectivo, como un “apego desordenado” ¿no generamos acaso personas dependientes, inseguras e inmaduras? Las consideraciones precedentes nos introducen en la necesidad de reflexio- nar, ¿cuándo es uno maduro o inmaduro, desarrollado o no en el orden emocio- nal y afectivo? Es el tema que abordamos a continuación.

La inmadurez

Descripción

¿Cuáles son las características de una persona afectivamente inmadura? René Trosero nos aporta algunos elementos para la reflexión:

1. No se estima, no se valora y no se acepta a sí misma: Infantilmente necesi- tada de la aprobación ajena, vive esclavizada a la opinión de los otros, y se derrumba ante las críticas negativas, porque no tolera ver sus defectos y sus limitaciones. O, al contrario, se sobrevalora creyéndose perfecta, despre- ciando a los demás y rechazando sus críticas.

2. Se siente insegura de sí misma: No confía en su capacidad para enfrentar y construir su propia vida. Carece de criterios propios, de convicciones per- sonales y de una escala de valores libremente elegida. Por eso cae en uno de dos extremos: encubre su inseguridad en actitudes rígidas e incomprensi-

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vas, con actitudes fanáticas y despóticas; o se comporta volublemente, sometida a juicios, opiniones y deseos de los otros. Idealiza y admira irrea- listamente a los otros o los descalifica.

3. No se ama a sí misma o es víctima de una egolatría narcisista e infantil: Por esto carece de parámetros para amar al prójimo, a quien nunca descubre como distinto y diferente, ya que solo puede mirarlo como espejo para verse y encontrarse a sí misma. Su “amor” es posesivo y no tiene capacidad de entrega. Carece de vínculos afectivos profundos y estables. Considera a los demás como rivales, con quienes compite, desconociendo actitudes de solidaridad. “Usa” a los demás para satisfacer sus propias necesidades, por- que, aunque no los ame, los necesita.

4. Vive instalada en la duda y en la indecisión permanente: Teme enfermiza- mente equivocarse, y aún después de haber definido algo, se cuestiona y reprocha interminablemente. O reacciona víctima de decisiones compulsi- vas e inmaduras, tomadas por cansancio con un impulso irreflexivo, o bajo la presión de los otros, sin analizar los intereses y los valores en juego. 5. Desconoce sus sentimientos en cada momento porque los silencia o deforma,

o se somete a sus impulsos, confundiendo descontrol con autenticidad: Privada de la información que los sentimientos brindan a cada instante sobre la realidad interna y externa, reacciona y obra conforme a una visión fanta- seada. Por momentos es víctima de sentimientos que no quiso reconocer, y que se expresan en actitudes y conductas de las que no se siente responsable. 6. No se reconoce y no se vive a sí misma en su identidad de persona sexuada:

Silencia su sexualidad como inexistente o juega con ella como fuente de placer sin llegar a integrarla en el rico dinamismo de una persona capaz de amar y crear vínculos hondos, tiernos, maduros y estables. Vive en “solita- riedad”, o se pierde en un gregarismo anónimo y masificante, o en una simbiosis anuladora de su identidad y de la ajena.

7. Carece de un proyecto de crecimiento personal: O invierte su tiempo en “tener más”, o en un activismo evasivo, que la aleja del centro de sí misma. Huye de la soledad y del silencio porque el desencuentro consigo misma le deja un vacío intolerable, que intenta llenar en vano, aturdiéndose con la superficialidad del exterior.

8. Padece la vida como un sufrimiento ante el que se somete pasiva y resigna- damente, o rebelándose con la queja resentida. Ante la inevitabilidad del dolor, el sufrimiento y la frustración, reacciona de manera inmadura y capri- chosa. No sabe postergar gratificaciones y lo exige todo para el momento presente.

9. Vive y defiende su libertad como pura posibilidad de elegir: Toda respon- sabilidad le parece un atentado contra su libertad, y no un índice del grado de libertad alcanzado. Oscila entre la rebeldía y el sometimiento, sin cono-

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cer el compromiso libre y responsable. Se siente víctima de su pasado y así evade su responsabilidad de crecer y hacerse cargo de su propia vida. Puebla su futuro con sueños e ilusiones, pero no con proyectos. Su presente se reduce a un instante solitario y no se constituye en un eslabón en la conti- nuidad de una cadena, para la unidad de la historia personal.

10. No toma conciencia de su condición de criatura: Elude el desafío de inte- rrogarse sobre el sentido de su vida. Se instala en la superficie y en las apariencias, desoyendo los reclamos que le llegan desde lo profundo de su ser. Evita mirar la certeza de su propia muerte, porque no logra insertarla en una vida con sentido.

11. Silencia los reclamos de trascendencia. Se instala en la banalidad de lo cotidiano, vivido sin grandeza y sin esperanza. O, al contrario, responde a la sed de transcendencia mediante una religiosidad infantil, pasiva y depen- diente, para apoyarse en un “dios paternalista”, cuyos favores puede com- prar con sus “prácticas religiosas”. Con la rebeldía y el desencanto subsi- guientes, cuando sus deseos no son satisfechos, pasa a sentirse culpable y temerosa ante un “dios castigador” y lejano.

Criterios de inmadurez

Los podemos agrupar en las siguientes áreas. Corporal

• Preocupación exagerada por el cuerpo, vitalidad y salud. • Dificultad para aceptar problemas físicos.

• Dificultad para aceptar su sexualidad, sus órganos, sus ciclos, su tamaño. • Dificultad para aceptar la evolución biológica, la edad, las limitaciones

corporales, la ancianidad.

Emociones y sentimientos

• Expresión de emociones de manera negativa y destructiva. • Interpretación muy subjetiva de las emociones.

• Negación, rechazo de la propia historia afectiva.

• Condicionamientos por motivos y miedos infértiles, que no han sido tra- bajado.

• Desconocimiento del curso y proceso de las propias emociones, obrar en función de fantasías e ilusiones.

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Mental, espiritual y social

• Prisa en juicios y opiniones debido a impulsos emotivos.

• Experiencia inmediata y superficial del mundo, de la vida y de las relaciones • Posición conflictiva frente a sí mismo.

• Inestabilidad de la vida emocional, que es oscilante entre los extremos: ira o indulgencia, intolerancia o generosidad, depresión o entusiasmo, felici- dad o tristeza.

• Falta de anclaje emocional.

Falta de sentido y de responsabilidad en la propia existencia (neurosis noó- gena).

• Dependencia muy fuerte del mundo circundante, del “qué dirán”, intentos de cumplir con los estándares de correcto e incorrecto, o, en contraposi- ción, un rechazo fuerte a los mismos.

El Síndrome del “amor negativo”

Cuando se da esta incapacidad de amar y de establecer vínculos amorosos de un modo autónomo y maduro expresamos una serie de síntomas que “parecen amor” pero en realidad no lo son. Hoffman, en El Proceso Intensivo, los ha agru- pado en el Síndrome del amor negativo.

El amor negativo es el impulso humano más paralizador. Es la adopción de conductas, estados de ánimo, características y mensajes negativos (abiertos o encubiertos) de nuestros padres. En la infancia adquirimos estos comportamien- tos a fin de:

• Evitar superar a nuestros padres, con la esperanza de que ellos nos acepten y nos amen.

• Castigarlos subconscientemente como venganza por habernos reducido a su propio nivel.

¿Cuál es el resultado? Vergüenza, culpa y autocastigo. Se manifiestan cuan- do reflejamos a nuestros padres sus propios errores, los molestamos, los enfure- cemos, los hacemos sufrir y sentirse culpables: es la venganza por no recibir su amor y aceptación constantes. Por supuesto, en la balanza final, los que más sufren de vergüenza, culpa y autocastigo somos nosotros. El amor negativo es una serpiente que se muerde la cola: solo se gana cuando se pierde.

En este síndrome, hay tres modos básicos de reaccionar: