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Manejo ancestral de suelos en terrazas prehispánicas

In document GUIA TERRAZAS (página 34-36)

Un beneficio agrícola adicional a la importancia del manejo de terrazas es la profundidad de los sue- los, ya sea producto de la acumulación paulatina o de la creación de un relleno13. Ambos sistemas de ma-

nejo de suelos se constituyen en técnicas de conservación para su uso agrícola o ganadero. La profundidad del suelo en las terrazas prehispánicas varía de acuerdo a su antigüedad y al tipo de terrazas en cues- tión, sin embargo, podemos presumir un mínimo de 20 cm en cualquiera de los casos y un máximo de 1.50 m. La productividad de las terrazas se relaciona con la fertilización de los suelos mediante una gran variedad de técnicas antiguas que, en muchos de los casos, fueron descritas por los cronistas españoles.

Fotografía 14. Producción de abono en corrales. Puna alto andina, Bombeo (Julio Ballivián).

Fotografía 15. Estiércol de llama para abono en grandes cantidades. Lagunillas, Oruro (Julio Ballivián).

Muchos estudios han probado mediante el análisis de fosfatos que los sitios arqueológicos tanto de la Amazonia como de los Andes poseen grandes proporciones de fósforo en su superficie, producto de las actividades domésticas, litúrgicas o ceremoniales (Denevan 2006, Michel 2008a). Ocurre lo mismo en las terrazas agrícolas que fueron cultivadas en base a una continua dinámica de fertilización de suelos por in- corporación de materia orgánica. De este modo, es común encontrar, a través de excavaciones arqueoló- gicas en las áreas de cultivo de las terrazas, grandes proporciones de restos óseos en su mayoría procedentes de camélidos y posiblemente otro tipo de desechos orgánicos asociados con materiales como la cerámica y artefactos de hueso, metal y piedra (Michel 2008b).

Siguiendo la clasificación de terrazas prehispánicas de Bolivia propuesta por Chilón (1997), podemos interpretar que éstas son alimentadas mediante una gran variedad de actividades que se llevan a cabo du- rante su construcción y su posterior uso, como lo demuestran las terrazas para vivienda y labranza, corral o cancha y aquellas ceremoniales. Las fechas del calendario agrícola se suman a esta extraordinaria gama de actividades desarrolladas en las terrazas, cuando la fiesta se apodera de los campos de cultivo, nutriendo el suelo con los desechos depositados en ofrendas y pagos, así como con la comida y bebida consumidas. Si acaso la fertilización de los suelos en terrazas por las actividades domésticas resulta ser una exter- nalidad al sistema, en el valle de Yura, en Potosí y en el sitio Huari de la cuenca del Poopó (Lecoq 2002, Michel 2008a), se han descrito entierros funerarios colocados de manera irregular en las plataformas de cultivo, lo que nos lleva a proponer una estrecha relación entre la vida y la muerte. Citando a Bouysse

Cassagne (Lecoq 2002) con relación al término mallqi que designa a la vez, los cuerpos de los difuntos y el jardín en el cual se cultivan las semillas. Enterrar al muerto puede ser lo mismo que plantar una semilla y esperar a que esta crezca y renazca entre los vivos.

La agricultura andina no sólo se desarrolló en las tierras más aptas para la siembra sino también en sue- los marginales que fueron mejorados a partir de su fertilización. La fertilidad fue alcanzada mediante la aplicación de materia orgánica, descanso, rotación de cultivos y la siembra múltiple cultivando dos o más especies en un mismo campo o terrazas, cuyo crecimiento y maduración pueden ser sincrónicos o no (De- nevan 2001). En el siglo XVI se menciona que el guano de aves, rico en nitrógeno y fósforo, era trasladado desde las costas marítimas, para ser colocado manualmente junto con la semilla en los campos de cultivo. Cieza de León apunta que el guano es utilizado como abono de maíz y que lleva a una rica producción, aun si el suelo fuese estéril (Ibid). Algunos Señoríos o Reinos aymaras que tenían su capital en el altiplano, disponían de acceso a tierras en la costa y por lo tanto derecho sobre el guano costeño en el siglo XVI.

Otro abono muy utilizado y mencionado en el siglo XVI, era el pescado o las cabezas de pescado para la siembra del maíz, sobre todo, en los valles costeros. Los pescados eran quemados y colocados con las semillas de maíz. Aunque la referencia es más larga para la costa, la técnica puede estar difundida entre los habitantes de los lagos, en el altiplano boliviano, donde es común encontrar restos óseos de pescado en contextos arqueológicos.

Otros abonos usados localmente fueron el estiércol de camé- lido para el cultivo de papa –algunas veces colocado por debajo del suelo y otras en la superficie–, la ceniza, la hierba, las hojas y los rastrojos de la cosecha que se deposita en corrales y que son luego transportados a lugares con suelos pobres.

Un sistema muy difundido de nutrición del suelo en los Andes es la fijación de nitrógeno. Se utiliza en la rotación de cultivos o en el cultivo múltiple para poder adherir nitrógeno en el suelo. Se conoce que en tiempos precolombinos, las terrazas de banco ubicadas en las partes altas eran cultivadas con algún tipo de leguminosa como el tarwi (Lupinus mutabilis) y las partes inferiores y medias con maíz, ya sea por irrigación o por el

drenaje de las lluvias, el nitrógeno proveniente de las partes altas desciende y nutre las terrazas de maíz (Donkin 1979). En la actualidad muchas leguminosas introducidas en la Colonia, como las habas, cumplen el mismo propósito. Finalmente, existe una técnica descrita por Denevan, proveniente de la provincia Anta de Cuzco, que incrementa el rendimiento hasta en un 20% y consiste en sumergir las semillas en una mezcla putrefacta y fermentada de estiércol seco de llama, sal y chicha o cerveza de maíz; algunas veces incluye jugo de la fruta del molle. Como resultado bioquímico, los elementos inorgánicos del suelo son asimilados más fácilmente, los parásitos y organismos aeróbicos son destruidos y se expanden aquellos anaeróbicos. El estiércol provee de nutrientes a las semillas y al sistema de raíces, el fermento de la chicha vuelve el almidón de la semilla en forma de azúcar, lo cual favorece el desarrollo de las raíces (Denevan 2001: 38).

Gracias a la etnohistoria se conoce otras técnicas para mejorar los suelos de las terrazas, existen muchas noticias del siglo XVI sobre suelos orgánicos transportados desde partes muy lejanas hacia las terrazas (Cronistas Juan de Matienzo y Sarmiento de Gamboa), inclusive se dice que el suelo del valle de Cuzco fue traído de otros lugares debido a que los suelos existentes eran improductivos. En Machu Picchu, un experto examinó el suelo de las terrazas y cree que procede de los bancos del río Vilcanota (Ibid). Fotografía 16. Cultivo de papa con abono de estiércol en terrazas. Río Pilcomayo, Potosí (Julio Ballivián).

Actualmente, en las comunidades de los valles altos de La Paz, en Choquetanga Chico y Grande, es común cultivar suelos negros en las partes altas donde normalmente hay ganado, para luego cosecharlo y transportarlo con los organismos y raíces que contiene hasta las zonas de cultivo.

También es usual quemar la hierba de los campos de cultivo antes de la siembra para dejar una capa de ceniza rica en carbonatos, fosfatos y silicatos en la superficie como abono, una práctica similar se realiza cuando se utiliza canales para desviar los ríos y así inundar los campos de cultivo con lodo o barro para fertilizar el suelo (Soria Lens 1954: 89).

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