El enfoque ecológico
Mapa 2. Mapa hidrográfico del Perú
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63 deterioro en la capacidad agrícola y la fertilidad del suelo desde los días de la conquista» (Cook 1949: 39-41).
En un estudio más reciente, William T. Sanders examina el potencial agrícola del área que mejor conoce: el valle de Teotihuacán. Más conservador en su evalua- ción que Cook, Sanders concluye, luego de comparar la agricultura prehispánica y contemporánea, que el sistema indígena era por lo menos tan productivo como el actual.
Asumiremos un uso continuo de la tierra a lo largo de las 5.400 hectáreas que conforman el valle bajo, el delta y las partes septentrionales adyacentes de la pla- nicie de Texcoco, con un rendimiento promedio de alrededor de 1.400 kilogra- mos. Asumiendo una dependencia del ochenta por ciento del maíz, la ración media del mismo por año sería de alrededor de 200 kilogramos por cada persona. Esto quiere decir que una hectárea de tierra alimentaría a siete personas (Sanders 1976: 139).
Sanders señala que otros tipos de tierra producían menos. Las tierras en declive sin una irrigación adecuada probablemente no superaban una producción de 600 kilogramos por hectárea. Sanders duda que más de 150 mil a 175 mil personas hayan podido ser mantenidas por el sistema agrícola en todo el valle de Teotihuacán. Él concluye que 135 mil personas es el número probable, una cifra que permite un excedente de cultivo. Borah y Cook habían estimado 320 mil habitantes para la misma región, cifra que Sanders cree es demasiado alta (Sanders 1976: 139-142).
El enfoque ecológico del tamaño de una población aplicado a dos valles mexi- canos muestra la naturaleza de las dificultades que debemos enfrentar si desea- mos usar el modelo de la capacidad de acarreo en la región andina. La actual productividad agrícola no es indicativa de la capacidad de la tierra en el siglo XV. En algunas áreas los cambios ecológicos han sido sustanciales y en muchos casos el impacto fue negativo. Las tierras de pastoreo erosionadas no pueden mantener a la misma población que los campos que no han sido gastados tras años de cultivo. Es más, el consumo calórico promedio es difícil de estimar y es tema de diversas interpretaciones. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, se intentó aplicar en el Perú el enfoque de la capacidad de acarreo, sobre todo para el sector costero.
La lista de plantas cultivadas en el Perú en 1492 es larga (véase el cuadro 1). Me parece que los antiguos residentes de los Andes tuvieron una ventaja definitiva sobre sus parientes mesoamericanos en los productos alimenticios disponibles.
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Además de cultivar todos los productos norteamericanos, los sudamericanos te- nían la papa blanca, que puede sembrarse a grandes alturas. Las variedades de la papa fueron procesadas para convertirlas en chuño, secado al frío, que luego podía almacenarse por largos periodos. Los peruanos también tenían la quinua y la cañihua, cereales de gran altura sumamente nutritivos, así como tubérculos muy productivos como la oca y el olluco. Además, el mundo andino contaba con dos importantes fuentes de proteína animal: los cuyes —conejillos de indias— y las llamas y alpacas. El cuy es ubicuo en los Andes, se reproduce rápidamente y actúa como un excelente animal basurero; todos los hogares los crían. La llama fue usada como bestia de carga —la única en las Américas— y ocasionalmente como alimento (Lanning 1967: 16-17, Rowe 1946: 210-221 y Bennett 1946: 5)4.
La multitud de cultivos, la naturaleza de la producción, el almacenaje y la distri- bución en los Andes, así como la diversidad y proximidad de los nichos ecológi- cos en esta área, contribuyeron a una relativa abundancia. Hay varias fuentes que mencionan los frecuentes periodos de hambruna, carestía y muerte en México Central. La preocupación por el hambre es menos visible en el mundo andino, salvo como consecuencia de los catastróficos cambios ocurridos luego de la con- quista española. Examinaremos algunos de ellos en la segunda parte.
Todo modelo ecológico que se aplique al Perú debe tomar en cuenta el potencial de varios distintos patrones productivos; la pesca y la extracción de mariscos en la costa, la agricultura en hoyas, los sistemas de valles costeros irrigados, el pastoreo en las lomas, la irrigación en los valles de la sierra, la agricultura en terrazas en la cordillera y el nomadismo pastoril en la puna. Cada tipo de patrón de subsistencia presenta distintos desafíos a los pobladores andinos y provocó distintas respuestas. La estructura económica peruana fue y sigue siendo compleja. Hubo una signifi- cativa distribución de productos, de modo que cada grupo étnico tenía acceso a productos agrícolas provenientes de diversos sistemas ecológicos5.
A los arqueólogos les ha intrigado durante años la posibilidad de estimar las po- blaciones de los valles costeros antes del arribo de los europeos con la cantidad de tierras en uso y ya hay una extensa bibliografía sobre el tema. El valle de Virú, en particular, ha sido bien estudiado. La cantidad de tierras cultivadas a lo largo de la costa es mucho más fácil de calcular que la de la sierra. La línea divisoria entre el desierto y el campo irrigado es precisa y unas excelentes fotografías
4 Para México véase Gibson (1964: 316, 554-555).
5 Para la organización económica véase Murra (1956); Wachtel (1973); y Rostworowski de Diez
Cuadro 1. Las principales fuentes andinas de alimentación
Vegetales Animales
Sierra Alta papa guanaco
quinua vicuña cañihua alpaca oca llama ollucus anu pescado mashua
Valles templados (1.500-3.200 m) maíz conejillo de Indias
tarwi pato
molle vizcacha
calabaza ciervo o venado ají
amaranto pescado pacay
lúcuma
Valles costeños maíz pescado y mariscos
calabaza
frijol conejillo de Indias maní calabaza manioca batata achira jíquima ananá guanabana chirimoya guayaba aguacate pacay lúcuma pepino algodón ají cacao
Montaña (ceja de la selva) maíz pecarí
mandioca coca tabaco
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aéreas, así como una cuidadosa agrimensura, permiten efectuar una cuenta relativamente exacta de las hectáreas. Aún más, los estudios hidráulicos han sumi- nistrado información sobre el flujo de los ríos para cada valle, un factor clave en la productividad agrícola. Las variaciones anuales en el flujo del agua vienen reci- biendo una creciente atención de los historiadores de la agricultura. La mayoría de los estudiosos de esta actividad en la costa concluyen que la tierra bajo cultivo a comienzos del siglo XVI era en general similar a la de mediados del siglo XX (Willey 1953 y Kosok 1965).
Robert G. Keith estableció densidades de población para los valles costeños uti- lizando diversos informes tempranos del número de familias que había en ellos, conjuntamente con las hectáreas hoy cultivadas (véase el cuadro 2). Las cifras de la población total de cada valle se basan en una familia estimada de seis a diez personas antes de la conquista, que Keith cree es plausible dada la categoría de edad incaica de los hatunrunas, de aproximadamente 30 a 50 o 60 años (1976: 23). Se pueden derivar estimados costeños totales extendiendo la densidad por hectárea de los tres valles estudiados por Keith, al monto total de tierras cul- tivadas a lo largo de la costa en los veintiún sistemas agrícolas ribereños más importantes. Para establecer las densidades máxima y mínima empleé un rango permisible de densidades de dos a doce para los tres sistemas de valles que Keith analizó detenidamente. En el cuadro 3 aparecen las cifras resultantes para cada valle y los totales máximos y mínimos para toda la región costera. El rango va desde poco más de un millón a casi 6,5 millones. Debe tenerse en cuenta que el monto total de tierra irrigada depende de la disponibilidad del agua y también de la superficie. Por ejemplo, en los valles de Tumbes, Chira y Santa hay una gran cantidad de agua disponible pero insuficientes tierras para utilizarla; por lo tanto, las aguas excedentes se descargan en el mar.
Cuadro 2. La densidad de población en la costa central, c. 1530
Valle Familias Población total
(miles) Tierra de riego (hectarias) Densidad (por hectarias) Chincha 30.000 180-300 24.291 7,4-12,4 Lima-Pachacamac 25.000 150-250 72.874 2,1-3,4 Huarmey-Huaura 30.000 180-300 60.729 3,0-4,9
Fuente: Keith, (1976: 23). Las cifras medias son de Romero, (1966: 175), y los multiplicantes por la población total son 6
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67 Cuadro 3. Tierra y agua en los principales valles costeños, hacia el año 1960,
y estimados de población de 1520
Valles Area de riego
(hectáreas en miles) Promedio del flujo de agua
(m3/segundo) Densidad poblacional (en miles) 2 12 Tumbez 6 216 12 72 Chira 27 344 54 324 Piura 60 69 120 720 Lambayeque y La Leche 87 44 174 1.044 Saña 19 13 38 228 Jequetepeque 30 72 60 360 Chicama 40 42 80 480 Moche 20 14 40 240 Santa 9 192 18 108 Pativilca 21 55 42 252 Huaura 32 32 64 384 Chancay 22 12 44 264 Lima (Rímac y Chillón) 39 48 78 468 Cañete 24 60 48 288 Chincha 24 36 48 288 Pisco 25 34 50 300 Ica 21 15 42 252 Acarí 7 24 14 84 Camaná 8 72 16 96 Vítor 13 -- 26 156 Moquegua 3 2 6 36 Total 1.074 6.444
Fuente: Romero (1966: 62, 174-176); Keith (1976: 8).
El estudio preciso de la tierra bajo cultivo en los valles andinos de la sierra es mucho más difícil que el examen de los campos irrigados de la costa. El riego no es ubicuo en la sierra. Las lluvias estacionales en muchas áreas brindan una hu- medad adecuada para los cultivos, pero las diferencias anuales en la precipitación total tienen como resultado variantes en la producción total agrícola. Ello no
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obstante, las tierras buenas en la sierra pueden ser excepcionalmente productivas y algunas áreas pueden cosecharse dos veces al año. En la costa es relativamente fácil calcular el número de hectáreas cultivadas; después de todo, solo hay vein- tiún grandes sistemas a analizar. Sin embargo, los cultivos pueden sembrarse por toda la sierra, allí donde la altura no sea excesiva, haya suficiente agua durante parte del año y se cuente con suficiente suelo bueno y plano para merecer los esfuerzos de los agricultores. Dada la extensión geográfica del Perú, el cálculo exacto de todas las tierras de cultivo sembradas en la sierra es una tarea compleja. Las laderas aterrazadas y el fondo de los valles de la zona montañosa proporcio- nan un medio ambiente variado para la producción de diversos cultivos. El maíz puede prosperar en casi cualquier lugar del Perú hasta los 3.300 metros de altura. En las laderas inferiores y protegidas del lago Titicaca podría crecer a casi 4.000 metros. En zonas mejores el maíz producirá 1.200 a 1.600 kilogramos por hectá- rea. El rendimiento de la papa es aún mayor: 7.000 a 9.000 kilogramos por hec- tárea. El almacenaje de cultivos andinos a largo plazo es posible. Los tubérculos como el olluco, la oca y la mashua pueden guardarse durante un año. El chuño secado por congelamiento puede guardarse por un lapso aún mayor (Browman 1947: 190). Las habas, ricas en proteínas, crecen a alturas de 3.200 metros. La quinua crece a mayor altura. Los fertilizantes, ya sea excremento de aves de la costa —guano— o las heces secas de los cameloides, conjuntamente con el rico suelo natural, permite el uso agrícola de la misma tierra durante siglos. De hecho, para mantener un máximo de producción agrícola, los habitantes migraban más debido a las lluvias y a las variaciones en la temperatura que por agotamiento del suelo (Lanning 1967:14-18).
En los Andes, la población no está limitada a las áreas de menor altura. Ella se ha adaptado fisiológicamente a la vida a grandes alturas y sus sistemas económicos han sido modificados para permitir asentamientos en áreas por encima de los 4.500 metros de altura. La vida andina a gran altura se basó en el pastoreo nómada. Este estilo de vida permite la existencia de poblaciones totales razonablemente grandes, dispersas sobre vastas extensiones de tierras de otro modo inutilizables6. La estrategia de supervivencia de los pastores incluye
el intento de maximizar el número de animales como capital en momentos de crisis y el desarrollo de alternativas de subsistencia, tales como el uso de los animales para el transporte, la lana para el comercio y cierto uso de la
6 Véase Monge (1948) y el estudio conjunto del mismo autor, High Altitude Diseases: Mechanism
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69 horticultura (Browman 1974: 188 y Flores Ochoa 1968). La pregunta es: ¿cuánta gente puede ser mantenida con un ecosistema tal? La clave de la respuesta es el número de cameloides que puede mantenerse. Browman estudió el problema en la región de las punas de Jauja-Huancayo, en la sierra central. Allí, un kilómetro cuadrado mantendrá 50 a 125 alpacas, requiriendo las llamas un espacio ligeramente más grande. Después de sopesar cuidadosamente las evidencias, Browman estimó que el área podía mantener 125 mil a 1,25 millones de animales (Browman 1974: 195). Este rango ilustra al mismo tiempo el potencial ecológico del pastoreo en la puna y los problemas que hay para efectuar estimados precisos de la población humana sobre esta base. Si la familia podía mantenerse con un rebaño de al menos 125 animales y la economía familiar era complementada con una horticultura de pequeña escala, entonces podría haber habido entre mil y diez mil familias en las punas de Jauja-Huancayo en el momento en que llegaron los españoles. El rango de 1:10 para la población estimada es demasiado grande para proyectar el número total de personas que podrían haberse mantenido con el pastoreo nómada en la puna peruana.
Debe mencionarse otro tipo de agricultura serrana. En el Perú se han encontrado camellones, empleados en las planicies para que se drene el exceso de agua, sobre todo en la región del lago Titicaca. Tan solo en esta área, unas 82.056 hectáreas alguna vez estuvieron parcialmente cultivadas en camellones levantados hasta de dos metros de altura y veinticinco metros de ancho. De este modo pudo usarse buena parte de las tierras planas o levemente inclinadas de la orilla occidental del lago Titicaca, a pesar de las inundaciones periódicas. Los campos drenados están asociados con poblaciones densas. En este caso se recuperaron tierras mar- ginales con fines agrícolas, gracias a una fuerte inversión de trabajo. El pastoreo reemplazó el cultivo intensivo en la cuenca del lago Titicaca durante el colapso demográfico del siglo XVI. Solo en la actualidad hubo algunos intentos de cul- tivar sembríos en los camellones, tal vez un indicio de la presión poblacional del siglo XX. Denevan, quien examinó esta región, cree posible que la población pre- hispánica haya tal vez sobrepasado la capacidad de acarreo de las mejores tierras. «De este modo, las poblaciones anteriores a la conquista en el área del Titicaca podrían haber sido incluso más grandes que las actuales poblaciones densas» (Denevan 1970: 653). Como veremos en el segundo capítulo, la agricultura en hoyas en algunos valles de la costa también indica una presión poblacional sobre los recursos.
La conversión de las cifras de las hectáreas bajo cultivo en poblaciones máximas que podían mantenerse es un evidente ejemplo de manipulación matemática.
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Un breve ejercicio ilustra el proceso. La Organización de Alimentación y Agri- cultura de las Naciones Unidas estimó que en 1961, el monto total de las tierras cultivadas en Perú —tanto en la costa como en la sierra— era de 1.956 millones de hectáreas. Podemos convertir esta cifra en una población total, basada en el número de personas que podrían ser mantenidas con cada hectárea de tierra cul- tivada. El problema principal es llegar a una cifra razonable para la capacidad de acarreo de cada unidad de tierra. Por cierto, es asimismo necesario asumir que el examen de 1961 fue preciso y lo que es más importante, que la tierra cultivada en 1961 se aproximaba a la que producía en el Perú incaico. Algunos investigadores están tentativamente dispuestos a aceptar la segunda generalización (Production Yearbook, 1962 1963: 23). Si el número de hectáreas de costa y sierra puede esta- blecerse, ¿qué hay de la densidad por hectárea? Steward y Faron reportan que las tierras aterrazadas, irrigadas y bien fertilizadas de los habitantes incas del Perú, cuya agricultura fue tan intensiva como la de cualquier otra parte del Nuevo Mundo, podían mantener una familia en medio acre, aproximadamente la mitad de lo requerido para Mesoamérica (Steward y Faron 1959: 121). Si el tamaño promedio de una familia era de cuatro personas, entonces ocho podían mante- nerse con cada acre de suelo cultivado. Hay 2,47 acres por hectárea, de modo tal que la población total peruana teóricamente podría haber sido de 38.650.560 (2,47 x 1.956.000 x 8) (Steward 1949: 656). Un método tan simple involucra numerosas limitaciones. Por ejemplo, ¿son correctas las cifras de 1961?, ¿qué tan cerca es el número de hectáreas en este año en comparación a 1521?, ¿la productividad de los cultivos se ha incrementado o ha disminuido desde la era posincaica?, ¿es posible cosechar dos veces los mismos campos cada año?, ¿cuál es el tamaño de la familia? La lista de preguntas es larga. La cifra de veinte personas —8 x 2,47— por hectárea es mucho más grande que el máximo de doce que empleamos en los cálculos para las poblaciones de los valles costeros. Tal vez los cálculos que Steward y Faron hicieron de la productividad andina son demasiado optimistas, o son aplicables únicamente en pequeños sectores excepcionalmente fértiles del país.
Podemos derivar cifras más conservadoras utilizando el modelo de la capacidad de acarreo si aplicamos las densidades probables mínima y máxima de la costa a los 1,9 millones de hectáreas de tierra actualmente cultivada. El método arroja totales que van de 3,8 a 22,8 millones de habitantes para el Perú. Considero que la primera cifra es mínima y la segunda irrazonablemente elevada. Luego de revisar los estudios de densidad poblacional, creo ahora que la cifra de siete personas por hectárea que Sanders calculó para la planicie aluvial mejor irrigada
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71 del valle bajo de Teotihuacan, en México, es más apropiada para las densidades máximas de las áreas de alta cultura de las Américas (Sanders 1976: 139). La cifra de siete cae a mitad de camino entre las densidades costeras peruanas de dos a doce. Aplicando siete al 1,9 millones de hectáreas alcanzamos una capacidad de acarreo aproximada de 13,3 millones de habitantes para el Perú inca. Esta cifra es admitidamente especulativa y obviamente se basa en una serie de supuestos que es difícil verificar. En el sétimo capítulo volveremos a evaluar la cifra de una capacidad de acarreo de 13,3 millones a la luz de otros modelos empleados para estimar la población anterior a la conquista.
¿Acaso la tardía población incaica del Perú alcanzó los límites de la capacidad de acarreo para mantenerla? Si el número de personas superaban la capacidad del ecosistema para mantenerlas, entonces los «controles maltusianos» debieran haberse puesto en movimiento para limitar un mayor crecimiento poblacional. Sin embargo, no hay razón alguna para creer que la población del Imperio in- caico había alcanzado una «densidad crítica» antes del arribo de los europeos. Los cronistas españoles no reportan ninguna de las hambrunas devastadoras que frecuentemente asolaban México Central. En el Perú sí hubo hambrunas locales, pero fueron el resultado de condiciones regionales temporales.
Cuando el hambre azotaba partes del Perú prehispánico se podían redistribuir los excedentes de áreas no afectadas. El Estado inca en teoría recolectaba de sus súbditos y almacenaba —en los tambos— un tributo que podía usarse durante las emergencias. Sin embargo, y como Murra señala, los bienes eran usados pre- dominantemente por la familia real, el ejército y los trabajadores de los grandes proyectos estatales —mitayos—. Con todo, en una grave emergencia los incas