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Marcas con toque antroposófico

In document #59 - Las huellas del estrés (página 93-95)

La «sabiduría del hombre» (traducción literal de antroposofía) irradió durante

la vida de Rudolf Steiner sobre todo a la pedagogía, la medicina y la agricultura mediante conceptos alternativos de enseñanza, tratamiento médico y cultivo, ta- les como los métodos biodinámicos. Sociedades anónimas, entre ellas Futurum, fundada en 1920, y Der Kommende Tag, debían formar una base económica sólida de la corriente, cometido en el que, sin embargo, Steiner fracasó en un inicio. El dinero que se necesitaba para la construcción de la sede principal en Dornach surgió sobre todo de mecenas adinerados y otros donantes.

Hoy por hoy, la antroposofía, o empresas allegadas, está presente en el mundo moderno con marcas propias: escuelas Waldorf, productos Weleda y Demeter. La universidad alemana privada más antigua, fundada en 1983 en Witten/Herdecke, también tiene raíces antroposóficas.

A nivel mundial existen unas 1000 escuelas Waldorf. El ideario esotérico de Steiner y de los antropósofos tempranos ha cedido en parte ante una interpre- tación libre. Una de las promesas principales de las instituciones antroposóficas radica en favorecer el despliegue del individuo. Si realmente lo cumplen y cómo lo cumplen difiere mucho según el caso.

RETÓRICO TALENTOSO En el transcurso de su vida, Steiner dio varias decenas de miles de conferencias en las que difundió sus ideas. Los apuntes llenan gran parte de sus obras completas, las cuales abarcan más de 300 volúmenes. D O MIN IO P ÚB LI C O

o científicas. Entusiasmaba a su público. No obs- tante, el estilo de sus discursos, sostenido por el fuego de sus convicciones, no era del agrado de todos los gustos. Kurt Tucholsky, quien escuchó a Steiner en 1924, comentó el «enorme retumbo» del antropósofo con las palabras: «A uno le tienta gritar: ¡gracias, no compro nada!».

Por otro lado, Steiner llenó un vacío de sen- tido que tanto entonces como hoy en día agita a muchas personas. Experimentan de manera poco satisfactoria las limitaciones de la ciencia académica que tiende a dejar excluidos tantos enigmas de la existencia humana. Sea la psico- logía, la medicina o la fe, Steiner pudo darles consejo sobre todas estas áreas. Y hasta el final no cesó en ello.

En numerosas ocasiones llegó al límite de sus capacidades, hasta más allá de las mismas. «Lo dio todo», apunta el historiador de las religiones Helmut Zander. Steiner escribió incansablemente, impartió conferencias e intervino a favor de la causa antroposófica. El día 30 de marzo de 1925 llegó al final de sus fuerzas. Murió a los 64 años en Dornach.

Según su biógrafo, Zander, la última compa- ñera de Steiner, la médica Ita Wegman, posible- mente falsificó el certificado de defunción con el objetivo de ocultar la presunta causa de su muerte: cáncer de próstata. No habría cabido en el concepto, que el propio padre de la antro-

posofía había proclamado repetidamente, de que el cáncer podía superarse con preparados de muérdago. Dentro de la comunidad conspi- radora de los «iniciados», algunas convicciones eran inmunes a la crítica.

La fe en el renacimiento y la reencarnación, la telepatía y la clarividencia, se asocian aún hoy estrechamente con el nombre de Steiner. Tanto entonces como ahora las mismas tensiones carac- terizan su visión del mundo. «Para aquellos que preguntaban por ciencia, sus resultados resulta- ban demasiado místicos —afirmaba Friedrich Rit- telmeyer, teólogo y contemporáneo de Steiner—. Y para aquellos que preguntaban por religión, su manera de hablar no fue lo bastante mística.» En eso ha quedado el asunto.

En el incendio de esa Nochevieja de 1922, una figura de madera de más de ocho metros de altura del así llamado «representante de la humanidad» escapó por los pelos de las llamas. Debía adornar un salón de columnas que se reservaba para los ritos, entre ellos, la «iniciación» de miembros nue- vos. Con un brazo alzado hacia el cielo, el otro es- tirado hacia abajo con gesto de agarrar, la estatua representa a un Cristo moderno que eleva a los humanos a esferas espirituales superiores.

El rostro de madera exhibe rasgos de un hom- bre enjuto de una profunda vida interior que a lo largo de su existencia tuvo el mando riguroso del movimiento antroposófico. «Todo induce a creer que Steiner se perpetuó a sí mismo con el “Cristo”», escribe Zander.

Steiner creó la escultura monumental en un trabajo de talla de varios años junto con la antro- pósofa Edith Maryon, con quien se sintió «kármi- camente unido». No obstante, en 1922 la figura aún permanecía incompleta, razón por la que no se hallaba en el interior del edificio envuel- to en llamas. Hoy en día puede admirarse en el edificio sucesor, el Goetheanum, sobre la colina de Dornach.

UN TIPO DE CRISTO La escultura del «Represen- tante de la Humanidad» se encuentra en la actualidad en el Goetheanum en Dornach (Suiza). Exhibe un llamativo parecido con la fisonomía de Steiner.

INCANSABLE

Rudolf Steiner no solo filosofó y escribió, también pintó, esculpió, creó misterios y se comprometió como maestro, médico y en la agricultura. Asi- mismo estuvo implicado de manera decisiva en la planificación y construcción de la sede principal de los antropósofos en Dornach (en la imagen, un modelo del edificio de San Juan calcinado la Nochevieja de 1922).

Para saber más

Vom Jenseits der Seele. M. Dessoir. Enke, Stuttgart, 1967.

Von Seelenrätseln. R. Steiner. Editorial Rudolf Steiner, Dor- nach, 1983.

Rudolf Steiner — die Biogra- fie. H. Zander. Piper, Múnich, 2011. PI C TU RE A LL IA N C E / K EY ST O N E / M A RT IN R U ET SC H I PI C TU RE A LL IA N C E / A KG I M A G ES

va especie morbosa, la enfermedad ner- viosa, a lo largo de los dos últimos siglos. La adopción del enfoque neurológico en los trastornos psiquiátricos se remonta a 1845. Lo iniciaron el internista alemán Wil- helm Griesinger (1817-68), quien declaraba: «Hemos de reconocer que los trastornos psíquicos son trastornos del cerebro», y el médico austriaco Ernst von Feuchtersleben (1806-49), para quien: «Cada psicosis es al mismo tiempo una neurosis, porque sin la participación de la actividad nerviosa no se manifiesta ningún cambio psíqui- co». Los médicos de la época victoriana y eduardiana creyeron que la constitución del paciente era determinante en las en- fermedades nerviosas y mentales. Por los mismos años, William Gull, profesor de fisiología, había unificado los trastornos de las jóvenes relacionados con la comida en una clasificación nosológica coherente: anorexia nervosa, que vinculaba una orga- nización nerviosa debilitada con principios fisiológicos. El enfoque fisiológico dominó el pensamiento psiquiátrico hasta finales

del siglo xix, apuntalado en buena medida

durante la edad de oro de la neuroanato- mía, en la segunda mitad de la centuria. Los trastornos se suponían alteraciones de funciones localizables en áreas discretas del tejido cerebral. Los avances técnicos posibilitaron una investigación más fina de la estructura cerebral.

En 1855, John Russell Reynolds advertía que la tarea esencial en el diagnóstico de una enfermedad del cerebro, espina dorsal y nervios consistía en localizar el sitio, la naturaleza y la lesión en el paciente. En los años ochenta aparecieron los primeros ma- nuales que ofrecían una detallada nomen- clatura de las condiciones nerviosas y men- tales y un medio de diagnosticarlas. Un decenio después, se publicó el manual de Charles Beevor sobre las enfermedades del sistema nervioso. Apareció en 1886 el exce- lente Manual of Nervous Diseases, escrito

por William Gowers, profesor de medicina clínica en el University College, de Londres; fue el primero en intentar sistematizar el conocimiento de las enfermedades ner- viosas y mentales en un esquema com- prehensivo (en dos volúmenes). Se cuenta también entre los primeros textos en es- forzarse por hacer visibles las condiciones nerviosas que podían ser diagnosticadas con certeza a través de la inspección post mórtem. En el capítulo sobre «Síntomas y su investigación», Gowers señalaba que el sistema nervioso era inaccesible a la ob- servación directa, salvo para los ojos. Pese a ello, defendía la posibilidad de vincular síntomas frecuentes con procesos reales y elaborar un diagnóstico. Gowers dividía, además, los síntomas del paciente en sus estados mentales, motores y sensoriales. El manual de Gower sirvió de modelo para los subsiguientes.

Con todo, la institucionalización de la neurología coincidió con guerras del si-

glo xix y xx. Parece evidente que los pro-

yectiles o las balas creaban situaciones novedosas para la medicina: abrían heri- das que ponían al descubierto lo que las heridas habituales solían dejar oculto en el sistema nervioso central y periférico. Silas Weir Mitchel y William Hammond se apoyaron en ese tipo de desgarros para observar y categorizar un amplio elenco de funciones desconocidas. En Europa, el impulso hacia la especialización favoreció la creación de clínicas dedicadas a trastor- nos nerviosos. El hospital de la Salpêtrière de París albergaba numerosos pacientes con esa patología. Los estudiantes de Euro- pa y de América acudían allí a formarse bajo la dirección de Jean-Martin Charcot. Había este entrado en la Salpêtrière en 1862. Hacia 1892 detentaba una cátedra de enfermedades del sistema nervioso en la facultad de medicina de París. Para Charcot, sin un conocimiento amplio de anatomía, fisiología y patología sería im-

THE NEUROLOGICAL PATIENT IN HISTORY. Coordinado por L. Stephen Jacyna y Stephen T. Casper. University of Rochester Press, Rochester, 2012.

E

l párkinson, el alzhéimer, el tourette,

la esclerosis múltiple y otras enfer- medades neurológicas crean dis- funciones, tensión e incapacidad. Con sus síntomas, que se extienden desde la altera- ción del movimiento y parálisis hasta las alucinaciones y la demencia, los pacientes neurológicos presentan miríadas de tras- tornos desconcertantes, que constituyen retos médicos. Tradicionalmente, los histo- riadores han tendido a utilizar una concep- ción esencialista y ahistórica del paciente en análisis y exposiciones. Pero, desde los años sesenta y, en particular, desde que en 1976 Charles Webster lanzara su manifiesto en pro de una historia social de la medici- na, el papel del paciente, antes irrelevante o reducido a objeto de estudio, ha pasado a ocupar un primer plano. Sin él no se en- tiende la neurología.

Los ensayos aquí agavillados recrean la construcción y categorización de una nue-

Neuropatología

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