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Capítulo 2. Consideraciones Metodológicas

2.1. Marco referencial

Una de las fuentes indagadas para el marco metodológico ha sido la sociología del conocimiento, corriente inaugurada por Max Scheler en la década del ‘20 en Alemania. Con esta denominación intenta dar cuenta de la relación del pensamiento con el contexto que lo origina.

Berger y Luckman (1997:23) afirman que luego de Scheler, Karl Mannheim hizo sus aportes a la sociología del conocimiento, donde centró su preocupación en el fenómeno de la ideología. Distinguía entre los conceptos particular, total y general de la ideología: la ideología que constituye sólo una parte del pensamiento de un adversario; la ideología que constituye la totalidad del pensamiento de un adversario (similar a la falsa conciencia en Marx) y la ideología como característica, no sólo del pensamiento del adversario, sino también de uno mismo. A partir de este último concepto Mannheim sostiene la idea que no hay pensamiento humano que esté inmune a las influencias ideologizantes de su contexto social.

La sociología del conocimiento se ocupará de todo lo que se considere “conocimiento” en la sociedad; de lo que la gente conoce como realidad en su vida cotidiana, ya que el conocimiento del sentido común más que el de las ideas constituye la trama de significados, sin la cual ninguna sociedad podría existir. De esta forma la sociología del conocimiento se ocupará de la construcción social de la realidad.

En el plano teórico, Schutz, sin pertenecer a la sociología del conocimiento, aporta importantes definiciones a partir de sus trabajos sobre la estructura del mundo del sentido común en la vida cotidiana, lo que permite la redefinición de la sociología del conocimiento. Schutz (1995:150) dirá: “Todas las tipificaciones del pensamiento del sentido común son de por sí elementos integrales del Lebenswelt22

concreto, histórico, sociocultural, dentro del cual prevalecen como establecidos y como aceptados socialmente. Su estructura determina entre otras cosas la distribución social del conocimiento y su relatividad y relevancia para el ambiente social concreto de un grupo concreto en una situación histórica también concreta. He aquí los problemas legítimos del relativismo, del historicismo y de la así llamada sociología del conocimiento. (...) El conocimiento se halla distribuido socialmente y el mecanismo de esta distribución puede constituirse en objeto de una disciplina sociológica”.

Berger y Luckmann (1997:36) desde esta perspectiva plantean que el conocimiento que orienta la conducta en la vida cotidiana será lo que nos va a llevar a hacer un análisis de la realidad de la vida cotidiana. La vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada por los hombres y que para ellos tiene un significado subjetivo de un mundo coherente. Se toma como fundamento del conocimiento en la vida cotidiana, las objetivaciones de los procesos (y significados) subjetivos por medio de los cuales se construye el mundo intersubjetivo del sentido común. La vida cotidiana es de fundamental importancia pues se impone sobre la conciencia misma. Se tiene una actitud natural hacia la vida cotidiana pues en ella se ha nacido y se ha aprehendido la realidad. Esta realidad se presenta ordenada de antemano a partir de pautas que se muestran independientes a la propia decisión e impuestas de antemano, antes que se apareciera como persona.

El lenguaje va a ser el camino principal a través del cual se va a poder abordar la vida cotidiana. El lenguaje permitirá conocer al otro en su realidad, conocer su ubicación en tiempo y espacio, su red de relaciones. En definitiva marca los ejes de la

vida en sociedad y da significados a objetos que son fundamentales en esa vida a partir de las palabras.

En el mismo sentido Bourdieu (1990) (citado por Garcia Canclini, 1990:45) trata de reconstruir el proceso por lo que lo social se interioriza en el individuo y logra que las estructuras objetivas coincidan con las subjetivas. El autor sostiene que el habitus genera prácticas individuales dando a la conducta esquemas básicos de percepción, pensamiento y acción. El habitus programa aquello que el individuo va a sentir como necesario. Son maneras de elegir que no son elegidas y que tienden a reproducir las condiciones objetivas que lo engendraron. En esa estructuración de la vida cotidiana se arraiga la hegemonía. Si bien Bourdieu no plantea la contrahegemonía, si se puede deducir su presencia como una posibilidad de cambio, a partir del reconocimiento que él hace de la existencia de la hegemonía.

Por otra parte se tomaron las contribuciones del paradigma indiciario de Ginzburg (1994:140). Estos aportes nos permitieron comenzar a dilucidar cuáles son los elementos que aparecen como nuevos y relevantes en la construcción de la masculinidad en el actual contexto, prestando atención a los indicios y señales secundarias para captar una realidad más profunda. Este autor toma como antecedentes para construir su teoría a tres referentes de distintos campos, en los tres casos se trata de encontrar vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una situación de otro modo inasequible. Los tres antecedentes refieren a: Freud a través del hallazgo de síntomas, Conan Doyle (Sherlock Holmes) al ir encontrando indicios, y Morelli en cuanto a la detección de rasgos pictóricos ínfimos que hacen particular a un pintor de otro. Este paradigma nos fue muy útil, por ejemplo, en lo referente a violencia familiar, homosexualidad y travestismo, todos temas que no estaban en los planes de entrevistas iniciales, y pudieron ser abordados a partir de comentarios secundarios por parte de algún entrevistado, tornándose luego en ejes importantes de análisis.

Desde lo específico de nuestro tema, consideramos antecedentes importantes los aportes de Connell (2006,185) quien tras relevar varias investigaciones en Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil, Japón y Australia rescata el estilo etnográfico

basado en la observación, entrevistas abiertas y análisis del discurso, permitiendo hallar una diversidad de masculinidades, entendiendo el contexto particular de análisis.

Idiota. Tanto hablar contra las pobres locas y nada que les hacemos... y cuando me sujetó con los otros hombres me dio sus buenos agarrones, bien intencionados, no va a darse cuenta una con lo diabla y lo vieja que es. Y tan enojado porque una es loca, qué sé yo lo que dijo que iba a hacerme. A ver nomás, sinvergüenza, estafador. Me dan unas ganas de ponerme el vestido delante de él para ver lo que hace. Ahora, si estuviera aquí en el pueblo, por ejemplo. Salir a la calle con el vestido puesto y flores detrás de la oreja y pintada como mona, y que en la calle me digan adiós Manuela, por Dios que va elegante mijita, quiere que la acompañe... Triunfando, una. Y entonces Pancho, furioso, me encuentra en una esquina y me dice me das asco, anda a sacarte eso que eres una vergüenza para el pueblo. Y justo cuando me va a pegar con esas manazas que tiene, yo me desmayo... en los brazos de don Alejo, que va pasando. Y don Alejo le dice que me deje, que no se meta conmigo, que yo soy gente más decente que él que al fin y al cabo no es más que hijo de un inquilino mientras que yo soy la gran Manuela, conocida en toda la provincia, y echa a Pancho para siempre del pueblo. Entonces don Alejo me sube al auto y me lleva al fundo y me tiende en la cama de Misia Blanca, que es toda de raso rosado dice la Ludovinia, preciosa, y van a buscar el mejor médico de Talca mientras Misia Blanca me pone compresas y me hace oler sales y me toma en brazos y me dice mira Manuela, quiero que seamos amigas, quédate aquí en mi casa hasta que te sanes y no te preocupes, yo te cedo mi pieza y pide lo que quieras, no te preocupes, no te preocupes, porque Alejo, vas a ver, va a echar a toda la gente mala del pueblo. (…) —¿Al médico, don Alejo? Pero si está tan bien... —Me acabas de decir que tengo mala cara. Mala cara vas a tener tú también en cuanto te alcance Pancho. —Pero si no está. —Sí. Sí está. Los bocinazos, entonces, anoche. No, no iba a misa. No estaba para aguantar impertinencias en la calle. Hacía demasiado frío. Dios la perdonaría esta vez. Se iba a resfriar. A su edad, mejor acostarse. Sí. Acostarse. Olvidarse del vestido de española. Acostarse si la Japonesita no le decía que hiciera algo, qué sé yo, algún trabajo de esos que a veces le gritaba que hiciera. El año pasado Pancho Vega le retorció el brazo y casi se lo quebró. Ahora le dolía. No quería tener nada que ver con Pancho Vega. Nada. —No te vayas, mujer... —Claro. No va a ser a usted al que le va a pegar. —Espera. —Ya pues don Alejo, diga lo que quiere. ¿No ve que estoy apurada? Tengo las patas empapadas. Si me muero usted me paga el funeral porque usted tiene la culpa. De primera, ah... (…)