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INVESTIGACIONES PRECEDENTES

1. MARCO TEÓRICO

Algunas consideraciones sobre la cadena operativa

El concepto de “cadena operativa” fue desarrollado en Francia y recibió contribuciones desde la Antropología, referidas fundamentalmente a los aspectos cognitivos del comportamiento y desde la Arqueología a través de trabajos de replicación. Este concepto fue introducido a la Arqueología por Leroi-Gourhan (1993) en el año 1964, momento a partir del cual fue utilizado por diversos autores y definido como “…el rango de los procesos que ocurren en forma natural desde que se selecciona y formatiza la materia prima hasta que se la convierte en productos culturales” (Schlanger 2007:433). Su estudio permite documentar los pasos y secuencias de operaciones materiales desarrolladas por los grupos humanos en el pasado, lo que posibilita avanzar en la comprensión tanto de las actividades dinámicas desarrolladas y su contexto, como en el conocimiento de las dimensiones sociales, ecológicas y cognitivas de esas actividades.

Como ya señalamos ut supra, la noción de cadena operativa ha sido abordada de diferentes maneras desde la Antropología y la Arqueología; dentro de la primera se acentuó el estudio tecno-psicológico de la tecnología, mientras que desde la Arqueología, se profundizó en los aspectos tecno-económicos. A pesar de que ambas aproximaciones son complementarias, el estudio tecno-psicológico enfocó sus investigaciones sobre los conocimientos y capacidades cognitivas que intervienen en la práctica tecnológica; por otra parte, el estudio tecno-económico se interesó en las

materias primas, el análisis de su distribución espacial, las zonas de aprovisionamiento y circulación de las mismas y el uso diferencial de los materiales (Boëda et al. 1990).

No obstante, desde el enfoque de la cadena operativa, también se ha señalado que los sistemas técnicos no sólo están constituidos de “…instrumentos, materias primas, energía, posibilidades físicas y ambientales…”, sino que además lo están de “…conocimiento, habilidades, valores y representaciones simbólicas […], así como de los marcos sociales (incluyendo género, edad o diferenciación étnica) que formaron parte de la producción y reproducción de la vida cotidiana.” (Schlanger 2007:437)

Una concepción alternativa, que busca dar cuenta del proceso de producción artefactual, es la de constelación de conocimientos, entendiendo que dicha constelación está constituida por cuatro elementos, cada uno de los cuales lleva un saber implícito (Sinclair 2000). Estos elementos son las técnicas e implementos utilizados en la fabricación de los instrumentos, así como las materias primas y el proyecto, al cual el artesano busca arribar (desired end-point). Cada instrumento posee una constelación de conocimientos que le es propia y que está relacionada con la manufactura y el uso de esos instrumentos. Así, por ejemplo, para saber qué técnicas pueden ser o no empleadas sobre ciertas materias primas, no sólo se deben conocer distintas técnicas, sino también la respuesta de las diferentes rocas a la implementación de las mismas. Siguiendo este razonamiento podemos observar que la constelación de conocimientos es reflexiva y que las decisiones de los individuos pueden cambiar a partir del monitoreo realizado por los fabricantes de los instrumentos, así como por los mismos usuarios. Esas decisiones pueden estar vinculadas no sólo a criterios funcionales, como puede ser la búsqueda de un determinado filo y/o un peso, sino también a criterios que tienen que ver con el proceso mismo (eg. formas de preparación de plataformas de percusión, peso de percutor), con aspectos estéticos (eg. simetría, forma, regularidad del retoque) y estilísticos (eg. formas de diseños regionales). A través de esta propuesta se ha intentado superar formulaciones que, desde perspectivas ecológicas (eg. Torrence 1989), toman en cuenta principalmente criterios de eficacia o efectividad.

Asimismo, se ha señalado que con el tiempo el uso de estas constelaciones de conocimientos, comunes a un determinado grupo humano, pueden parecer situaciones carentes de reflexión o automáticas, debido a que la composición y relación entre los elementos de la “constelación” se vuelven rutinarios y habituales (Sinclair 2000). Esta última reflexión se vincula con un aspecto relevante, que es el referido al aprendizaje de

cuanto a la transmisión de los conocimientos tecnológicos en las sociedades preindustriales, que difieren de lo que sucede en las sociedades industriales modernas, debido a que la transmisión de conocimientos en las primeras se hace fundamentalmente por imitación. Según este autor, otra diferencia consiste en que la tecnología en las sociedades preindustriales crea personas como productos, tanto la visión del mundo de un aprendiz como su persona son moldeadas por el aprendizaje; sostiene que “Technologies in these societies are embedded within social relations, and thus the study of technological chaines operatoires can potentially be an important source of evidence for social beliefs and practices.” (Killick 2004:573).

Dentro de estas tendencias, Dobres y Robb (2000), plantean la necesidad de contar con una teoría social de la agencia humana, que permita contextualizar la cadena operativa poniendo el foco de interés en las relaciones que los individuos crean a través de la producción material de la vida cotidiana.

La cadena operativa y la tecnología

Si bien las clases de materias primas elegidas y explotadas por los grupos humanos, la disponibilidad de las mismas en el medio ambiente ocupado y/o explorado y la manera en que fueron obtenidas por el grupo constituye información relevante para el estudio tecnológico (Ericson 1984, Nelson 1991), debemos tener presente que el aprovisionamiento es una práctica social y como tal, se da dentro de un contexto económico, social y político particular. Estas cuestiones se pueden tener en cuenta ubicando a la cadena operativa en el marco de conceptos más englobadores, tales como el de tecnología.

El estudio de la tecnología ha sido abordado desde distintos enfoques; según Lechtman y Steinberg (1979), la tecnología reproduce activamente a la sociedad, porque la sociedad la utiliza como herramienta adaptativa. Para Lechtman (1977), quien desarrolló el concepto de “estilo tecnológico”, la tecnología es parte de un subsistema cultural y en los objetos, además de decisiones tomadas en base a un conjunto de alternativas, hay actitudes de naturaleza tecnológica por parte de los artesanos tanto hacia los materiales como hacia los objetos resultantes. Al igual que Lechtman (1993), otros autores (e.g. Ridington 1982; Ingold 1990) han formulado definiciones de la tecnología que intentan ir más allá del soporte material y las secuencias operativas, pero se mantienen dentro de la concepción de sistemas adaptativos.

Durante mucho tiempo el concepto de “tecnología” fue considerado como sinónimo del término “cultura material” y su análisis consistió en la descripción y medición de atributos de objetos materiales pertenecientes a sociedades pasadas; este tipo de estudios no brindaba información acerca de los aspectos sociales de las sociedades en el seno de las cuales se habían producido y/o utilizado esos instrumentos (Dobres y Hoffman 1994). Además, el concepto de tecnología estuvo fuertemente vinculado a factores económicos y al desarrollo de instrumentos, métodos o técnicas que permitieran aumentar el control humano sobre la naturaleza.

Pierre Lemonnier (1989, 1992) plantea que la actividad tecnológica consiste en un interjuego entre cinco elementos separados: materia, energía, objetos, secuencia de gestos y conocimiento. Según Lemonnier (1993), tecnología es producción social y afirma que en muchos casos las elecciones técnicas son estrategias dinámicas relacionadas con identidades y diferencias sociales.

Por otra parte, Pfaffenberger (1988) ha criticado el enfoque denominado Determinismo Tecnológico, argumentando que encierra un significado implícito de tecnología, que además de focalizarse en la fabricación y uso de instrumentos, nos hace creer que los actores sociales, como autómatas, acatan las normas impuestas, sin ningún tipo de reflexión, elección o cuestionamiento acerca de ellas; de esta manera, las elecciones y decisiones humanas aparecen enmascaradas y la tecnología, fetichizada

What is so striking about both naive views of technology, the view that emphasizes disembodied ways of making and doing (Technological Somnambulism) and the other that asserts technology’s autonomy (Technological Determinism), is that they both gravely understate or disguise the social relations of technology. (Pfaffenberger 1988:241).

En el mismo texto, sostiene que a pesar de que nuestra tecnología pueda parecer inhumana, no es más que un proceso social y un producto de elecciones humanas y explica un segundo significado implícito en la definición occidentalista de tecnología, al que denomina Sonambulismo Tecnológico. Este es un concepto usado para caracterizar la visión que separa la producción y uso de los objetos, del conjunto de creencias y la agencia en la cual están inmersos (Pfaffenberger 1988, tomado de Winner 1986). El ocultamiento de las redes de relaciones políticas y sociales, en las dos concepciones

mencionadas por Pfaffenberger (1988), remite a la visión occidentalista de la cultura material, una visión sin cuerpo (disembodied), vacía de relaciones sociales y compuesta casi enteramente de instrumentos y productos materiales.

Este concepto occidentalista de tecnología había sido anticipado por Marx (1989 [1867]) y retomado por las teorías estructuralistas marxistas francesas (Godelier 1974; Meillasoux 1985), al formular el concepto de “fetichismo”.

Dobres y Hoffman (1994) rescatan el concepto de tecnología para acceder al conocimiento de las sociedades del pasado, ya que consideran que las dimensiones sociales de la tecnología prehistórica son modeladas por estrategias sociales y visiones del mundo “Technological acts, whether mundane or spectacular, are a fundamental médium through which social relationships, power structures, worldviews, and social reproduction are expressed and defined.” (Dobres y Hoffman 1994:212)

Para dar cuenta de la variabilidad que se produce en el registro arqueológico, las autoras tienen en cuenta diversos factores, como: escala, contexto, materialidad y teoría social. Se enfocan particularmente en lo que denominan como micro escalas, que cubren las interacciones cotidianas de la manufactura de artefactos y comprenden uso, reparación y descarte; operaciones que involucran interacciones en pequeños grupos. Se interesan específicamente en esta escala porque es la que les permitiría dilucidar la dinámica de la producción como un conjunto significativo y negociado de prácticas. Esta orientación hacia la micro escala posibilita dar cuenta de la variabilidad, en el sentido de modelar los procesos involucrados en el día a día y considerar la participación diferencial de los individuos involucrados.

Tecnología y teoría social

Durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX, dentro de diferentes marcos de la teoría arqueológica -eg. particularismo histórico, arqueología procesual-, “lo social” ha sido considerado como parte de un dominio mayor, la “esfera cultural” (Hodder 2004). En las últimas décadas se observa un cambio de lo cultural a lo social, que conlleva a que diferentes conceptos -mente, cuerpo, sexo, economía, medio ambiente- así como todos los aspectos de la vida diaria, pasen a ser considerados como parte del proceso social.

Esta tendencia hacia lo social tuvo múltiples causas (Hodder 2004), que se habrían originado en un cambio dentro del enfoque marxista iniciado en la década de

1960, que ubicó a las relaciones sociales de producción en el centro de las explicaciones de la evolución de las sociedades hacia la complejidad. Este creciente interés en las relaciones sociales condujo a la exploración de prácticas de pequeña escala, de ocurrencia en la vida diaria, relacionadas al poder, que habían sido hasta el momento poco consideradas. Otro factor influyente, según Hodder (2004), fue la crítica al Positivismo y a las explicaciones de la Nueva Arqueología, por parte de las tendencias postprocesuales, bajo la influencia de los movimientos postmodernos.

También algunas corrientes sociológicas ejercieron su influencia sobre la arqueología; particularmente la denominada como Teoría de la Acción, Teoría de la Práctica o Teoría de la Agencia, surgida en la década de 1970, la cual trataba de examinar la relación que une a las sociedades y sus miembros. Esa doble composición de la estructura social -sociedad y agente-, que pretende sintetizar las posturas objetivistas y subjetivistas, tiene su orígen en el concepto de habitus desarrollado por Pierre Bourdieu (1995 [1977]) y en la Teoría de la Estructuración de Anthony Giddens (1984 [1979]).

Bourdieu (1995) define al habitus como un esquema individual de disposiciones internas e inconscientes, que determinan cómo el individuo percibe y actúa en el mundo y que están estructuradas y estructurando el sistema externo.

La Teoría de la Estructuración de Giddens (1984), establece la relación entre la estructura social y la acción individual. Sugiere que el individuo tiende a entender y utilizar las reglas sociales, modificarlas y estructurarlas de forma creativa. De este modo el individuo puede robustecer o transformar las reglas de la estructura social a partir de la creatividad y la innovación. Este autor define el concepto de conciencia práctica, que según su pensamiento, permite la acción en el seno de la estructura. Esta conciencia práctica es definida como un conocimiento “no-discursivo” de las instituciones sociales, pero a diferencia del habitus, no seria inconsciente.

Estas teorías abordan la forma en que el individuo interactúa en el marco de la estructura, definiendo que son algo más que sujetos pasivos y concibiéndolos como agentes que contribuyen a las condiciones que aseguran la reproducción o transformación social.

En referencia a la utilización arqueológica de estos conceptos, Hodder (2004) señala que es posible rastrear el mayor énfasis dado a lo social en los inicios de la arqueología postprocesual a partir de dos ideas: una de ellas concibe a la cultura

material como constituida de significado; la otra sostiene que la cultura material es activa.

La idea de que la cultura material tiene significado más allá de su fisicalidad, derivó de las ideas semióticas y estructuralistas según las cuales ese significado está relacionado con la red social en la que se halla inmersa. Esto quiere decir que el significado de las cosas no es estable, sino que depende del contexto y del entramado social y que se origina en las prácticas mismas. Por otro lado, la idea de que la cultura material es activa fue ilustrada a través del trabajo etnoarqueológico realizado por Hodder durante las décadas de los setenta y ochenta (Hodder 1982).

En la discusión sociológica de fines de los años 1980, que influyó en gran medida en la discusión teórica de la arqueología, Latour (2008 [2005]) explora qué se entiende por “social” y quiénes participan en la acción social. Este autor sostiene que el término “social” debe ser considerado en el sentido de “asociación

no designa un dominio de la realidad o algún artículo en particular, sino que más bien es el nombre de, un desplazamiento, un movimiento, una transformación, una traducción, un enrolamiento. Es una asociación entre entidades que de ninguna manera son reconocibles como sociales en el sentido habitual, excepto en el breve momento en que son reorganizadas. (Latour 2008:97)

El papel de los objetos consiste en volver estas “asociaciones” trascendentes y duraderas. El establecimiento de vínculos duraderos permite conservar asimetrías, establecer relaciones de poder e imponer desigualdades.

Latour (2008) desarrolló la Actor-Net Theory, según la cual toda ciencia social debe explorar en primera instancia quién y qué participa en la acción, aunque esto signifique la incorporación de elementos llamados no-humanos. La introducción de los objetos como participantes de la acción plantea el problema de la aparente inconmensurabilidad de sus modos de acción, que es superada en la medida de considerar que “no existe relación alguna entre “el mundo material” y “el mundo social”, porque esta división misma es una completa invención.” (Latour 2008:112); si bien los humanos y las cosas son claramente distintos, una diferencia no es una divisoria. En tal sentido afirma “Ser tanto materiales como sociales no es una manera

de existir propia de los objetos: es sólo una manera de dividirlos artificialmente y de volver completamente misteriosa su agencia particular.” (Latour 2008:123).

Para Latour (2008), entender la materialidad de los objetos implica considerar a la cultura material como una dimensión activa; esto significa dejar de tomar a los objetos en forma pasiva, como simples reflejos de la cultura y devolverles su papel activo en la constitución de los sujetos, de las relaciones sociales y de los paisajes.

Ahora bien, si consideramos que los objetos tienen agencia, ello a su vez implica que tengan intencionalidad porque traen a la mente asociaciones que son significativas para la persona afectada por ese objeto. Sin embargo, como argumenta Hodder (2004), algunas de esas intenciones pueden ser no-discursivas, es decir que los actores pueden no estar totalmente conscientes de ellas.

Los conceptos tomados de este cuerpo de teoría social se usaron para reestablecer la relación perdida entre los conceptos de tecnología y sociedad; a través de ellos fue posible relacionar el conocimiento y la acción técnica con el conocimiento y la acción social y de esta manera comprender la reproducción social.

La teoría de la práctica, que hace explícito el rol de los individuos y de los pequeños grupos en la continuidad o el cambio de las estructuras sociales constituyó una base de teoría idónea para ello. Desde este punto de vista, Sinclair expresa los aspectos sociales de la tecnología

It is a suite of technical gestures and knowledge that is learned and expressed by individuals in the course of social practices. Technology is one of the social processes by which individuals negotiate and define their identities, in terms of gender, age, belief, class and so on. Sometimes these actions may be explicitly formulated; more often than not they are habitual and tacit...technical action...should be understood as social agency (Sinclair 2000:196)

Una de las razones por las cuales la tecnología es accesible al análisis de la agencia social del pasado, según Sinclair (2000), es que el registro material por sí solo, permite la identificación de acciones, así como también la determinación de los materiales usados y las técnicas implementadas para la manufactura de determinados instrumentos. En otras palabras, nos permite realizar interpretaciones acerca de la

agencia de los individuos, es decir acerca de sus decisiones y reflexiones a lo largo de la secuencia de producción.

Killick (2004) observa que a diferencia de otras corrientes, como la arqueología comportamental y la arqueología evolutiva, los constructivistassociales no responden a un cuerpo común de teoría, pero están de acuerdo en dos cuestiones fundamentales

first, that there is usually more than one technology that satisfies the minimum requirements for any given task; and, second, that the choice of a particular technology from a pool of satisfactory alternatives may be strongly influenced by the beliefs, social structure and prior choices of the society or group under study. (Killick 2004:571).

Las visiones desde la fenomenología

Las tendencias fenomenológicas han contribuido a entender las formas espaciales como representaciones de sistemas de pensamientos, creencias o visiones del mundo; han estudiado los mecanismos sobre cómo se producen y son posibles estas experiencias por parte de los humanos (Thomas 2006). Sus antecedentes se remontan, entre otros, a la filosofía de Heidegger (2000) y Husserl (1993).

Heidegger (2000) sostenía que las cosas están inmersas y se hacen comprensibles en una compleja red de relaciones que incluye a las personas; las cosas se nos pueden mostrar de modos diferentes, dependiendo de cómo nos involucremos con ellas.

Husserl (1993) reducía la experiencia a sus átomos fundamentales, poniendo entre paréntesis el mundo cotidiano y proponía que la cotidianeidad es constitutiva de lo que este autor denominaba intencionalidad.

El desarrollo de la fenomenología produce una influencia que se expresa en la aparición de los estudios sobre cultura material y se relaciona con un interés creciente por lo cotidiano, ampliando la comprensión de este concepto hasta abarcar totalidades, contextos, proyectos, relaciones y no sólo objetos aislados.

Los aportes de la fenomenología se han aplicado a estudios sobre arqueología del paisaje, en los cuales el espacio no se define por la geometría de las formas, sino que se configura en una experiencia sensorial en la cual la percepción se integra con valores culturales.

El paisaje está contenido en la noción de habitar el mundo; la distancia entre dos lugares se vive como el movimiento corporal de desplazarse entre ambos, de tal modo