Como lo planteamos anteriormente, durante el ejercicio de prácticas itinerantes, o visitas itinerantes, como prefiera llamársele, concurrimos seis sitios en donde se encuentra la
48
infancia y se agrupa alrededor de proyectos educativos complejos y particulares, de acuerdo a las necesidades específicas del contexto de los niños y niñas. Estos sitios fueron: la fundación ASEBI, en el barrio Cazucá, jardín La Esperanza, en el Bronx, la experiencia de Casita de niños en Villarrica Cauca, la Casa de pensamiento Payacua en la localidad de Los mártires, la fundación Pequeño trabajador en Patiobonito y por último el jardín Aeiotú en Suba.
Si teníamos en cuenta que partiríamos de una pregunta que orientaría una reflexión pedagógica respecto a la infancia y al quehacer maestro y que por lo tanto se constituyó en una pregunta investigativa, habríamos de encauzar esta investigación precisamente desde las exigencias de un método de investigación social.
El método planteado desde la licenciatura y muy cercano a la etnografía social sería el de la cartografía social, es decir que la pregunta la resolveríamos a partir de la indagación por categorías que pudiéramos hallar en el camino alrededor de la pregunta por el maestro y la infancia para de esta manera construir un entramado que nos permitiese desvelar las imágenes que subyacen en los contextos alrededor de dos sujetos particulares: el infante y el maestro. La cartografía social, una especie de trazado metodológico para responder a una pregunta de investigación de carácter cualitativo y social fue el método que a lo largo del semestre abordamos. Y esta cartografía, ciertamente, sólo fue posible a través del hallazgo de categorías de análisis que encontramos coincidían o subyacían a todos los sitios que visitamos. Categorías que empezaremos a desvelar en este escrito, para cuando plantemos la discusión que el grupo generó podamos finalmente llegar a la forma en que definimos al maestro, creamos una identidad profesional y, además, construimos a los sujetos a quienes se orienta nuestra labor: los niños y niñas.
La práctica como experiencia de construcción de sentido nos lleva a visitar sitios en los cuales el contexto social y cultural se erige como elemento trasversal a la práctica educativa del maestro. Es así como nos hallamos en cada una de las visitas frente a maestros y maestras que se ven en la necesidad de realizar un ejercicio de análisis cultural, social e
incluso económico. La educación como espacio en el cual convergen no sólo contenidos sino sujetos que sienten, piensan y que por ende se hallan en un entramado complejo de relaciones de toda índole es un concepto que es apropiado por los maestros que pudimos observar. ¿Cómo saber esto? ¿Cómo construir este sentido desde lo observado en la práctica itinerante?
Fundación ASEBI (Cazucá)
Esta fundación, cofundada por una de las egresadas de la licenciatura en Educación infantil de la Universidad Pedagógica Nacional, construye un jardín infantil en una de las zonas más complejas y con más altos índices de pobreza en las afueras de Bogotá dentro de los límites con Soacha: Cazucá. Podemos concebir un jardín infantil como el espacio en donde se halla la primera infancia institucionalizada y en donde se realiza una labor educativa con niños de hasta cinco años de edad. Sin embargo, llegamos a Cazucá, al jardín infantil, y nos hallamos en un diálogo con la maestra en donde encontramos una nueva comprensión de su profesión y con ello incluso una comprensión específica de lo educativo.
La maestra realiza conversatorios con madres de familia y mujeres en las cuales pretende realizar proyectos de gestión en la comunidad y disminuir a través de un proceso de toma de conciencia la alta tasa de natalidad en condiciones tan desfavorables como sucede en Cazucá, un barrio de invasión.
Allí, la maestra ha emprendido iniciativas no sólo alrededor de mejorar las condiciones de los niños dentro del jardín, sino que ha generado propuestas que puedan beneficiar a la comunidad. Es así como por ejemplo las maestras del jardín y familias lograron aumentar la disponibilidad de agua potable para el barrio.
50
El Bronx, como lo diría Marc Augé, se constituye dentro de la ciudad de Bogotá como un no lugar: un espacio en el cual confluyen identidades concretas sin embargo excluidas y silenciadas completamente por la sociedad dentro de la cual ya no parecen habitar, pues a pesar de estar inmersos en el espacio dentro de la misma, las prácticas que lo constituyen y las personas que lo habitan se hallan inmersas en una atmósfera de exclusión social y miseria absoluta.
Es en este contexto de los oprimidos, del Nadie, es en donde durante la alcaldía del alcalde Gustavo Petro se construye un jardín infantil que antes recibía el nombre de la Libelulosa y hoy en día de la Esperanza. Y es allí, ciertamente, en donde la labor de las maestras traspasa el espacio físico del jardín y su labor se erige como labor social. Las maestras, a partir de una lectura crítica y objetiva de la realidad que toca a los niños y a sus familias, en medio de un contexto de droga y miseria, se proponen emprender un trabajo con las familias y los niños que permita mitigar las duras condiciones de vida y de exclusión social que viven, entendiendo esta no como un fenómeno individual y producto de realidades particulares sino como la consecuencia de un sistema económico y social que endilga a los individuos las responsabilidades que el estado debería albergar en tanto este como responsable de la garantía de derechos, oportunidades y posibilidades de una vida digna de ser vivida.
Las maestras se han convertido en la posibilidad de las familias de mitigar sus condiciones de exclusión social en la ciudad organizando paseos a aquellos sitios que muchos antes parecían vedados para ellos, como centros comerciales o incluso sitios a las afueras de la ciudad. Por otro lado, se han convertido en garantes de derechos de los niños y niñas que albergan en el jardín, teniendo el pleno convencimiento de que un contexto social de difíciles relaciones y complejas formas de subsistencia no deben ser la imposibilidad de los niños de recibir una educación digna. Es decir, ello debe ser un impedimento para que los infantes reciban una educación con base en los pilares y con esto ya hay un postulado político y ético fundamental que está impreso en la labor de estas maestras: la educación ha de ser una herramienta de lucha y trabajo constantes por búsqueda de la igualdad social de aquellos desprotegidos de la historia.
El arte, el juego, la literatura y la exploración que, como lo vimos constituyen los pilares de la educación infantil en el distrito, no han de ser el privilegio de pocos niños sino el derechos de todos. Sobre este principio ético político se erige la labor de las maestras del jardín de la Esperanza, en el Bronx.
Casita de niños (Villarrica, Cauca)
Esta visita itinerante, la más larga de las seis realizadas a los largo del semestre, nos permitió conocer de primera mano una propuesta surgida directamente desde las necesidades culturales de la comunidad de Villarrica, Cauca. Es una propuesta educativa dirigida a niños desde el jardín infantil hasta la primaria que lleva construyéndose varios años y que surge de la necesidad que la propia comunidad observa en cuanto a la preocupación surgida debido a la pérdida de las tradiciones culturales propias de su cultura de pueblo negro.
La pérdida de estas tradiciones que la misma comunidad se ve en la obligación de preservar, debido a que son constituyentes primarias de su identidad, aboca a toda la población a discutir y dialogar en torno a la forma en que la identidad cultural ha de preservarse. Aparecen entonces unos sujetos particulares, quienes desde las reflexiones de su quehacer tanto humano como profesional, permiten a la comunidad en general concluir que la manera en que ha de preservarse esta identidad cultural es la educación desde los primeros años. Es por ello que los maestros, escuchando las necesidades específicas de la comunidad, es decir de la cultura y del territorio, crean todo un proyecto educativo enfocado al conocimiento y reconocimiento de la herencia cultural africana y no sólo de ello, sino de las particularidades del territorio y de las necesidades que la comunidad permanentemente tiene respecto a la economía, la cultura y los planos éticos y políticos. Casa de pensamiento Payacua (Patiobonito)
52
Observamos en esta oportunidad al maestro como trabajador de la cultura. ¿Por qué? Esta experiencia, que surge con el fin de realizar un proyecto de multiculturalidad desde lo educativo, permite la convergencia de varias culturas indígenas quienes se encuentran a través de la educación de sus niños y niñas. Se busca un elemento unificador pero a la vez se construye la propuesta desde una visión cosmológica y multicultural que se traduce en un trabajo del maestro con la comunidad, la cultura y la infancia. Las maestras del centro leen diferencias culturales, las convierten en la riqueza de su acción educativa y a partir de ello se hacen garantes de derechos de niños, niñas y sus familias.
Fundación mi pequeño trabajador (Localidad de los Mártires)
El maestro parte de una realidad para realizar su trabajo pedagógico, educativo y humano. La realidad concreta le exige y lo penetra al mismo tiempo. Depende de él o ella qué hace con esta realidad: si la ignora, la rechaza o, pese a su dureza, construye a partir de ella un trabajo humano, social y educativo. El trabajo infantil ha estado en la mira de los entes policiales y gubernamentales, no para observar a fondo esta problemática desgarradora, sino para señalarla, juzgarla y penalizarla sin antes haber sido contextualizada. Esta es la realidad de la cual partieron los maestros de la fundación del niño trabajador, quienes, leyendo objetiva y críticamente la situación de las familias de los niños trabajadores no optaron por juzgar a priori y tomar una actitud castigadora, sino que, en cambio, decidieron tomar la realidad difícil de estos niños y construir a partir de ella una propuesta emprendedora de desarrollo comunitario y agrícola en la cual no sólo los niños y sus familias se ven beneficiados sino la comunidad entera.
Este jardín, que toma la pedagogía de Loris Malaguzzi para ahora optar por una propia, es posible gracias a una actitud de los maestros hacia la infancia de profundo respeto. Tomando como base los pilares de la educación infantil, cada uno de ellos se convierte en un posibilitador de experiencias y en un garante de derechos a los niños y niñas que concurren diariamente el centro educativo.
Los maestros, en constante actitud de disponibilidad y escucha, les permiten a los niños y niñas desarrollarse desde todos los ámbitos a plenitud.