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MAURO OTRA VEZ PRIMERA VOZ EN EL ESPEJO

In document Adalberto Ortiz - El Espejo y La Ventana (página 136-139)

XII MAURO

148 EL ESPEJO Y LA VENTANA

XI. MAURO OTRA VEZ PRIMERA VOZ EN EL ESPEJO

Si me amaras, alguien podría adelantar mis funerales.

Por tenerte entre mis manos bien quisiera llegar retrasado al día de mi muerte.

Miró detenidamente la sábana arrugada. Un bichito cosquillante que recorre todo el cuerpo apesadumbrado e iluminado por la luna, la luna que es un ave blanca, hija del sol y del agua. Bien puede ser también que sea hija de una piedra blanca y de una flor. Y esos constantes sueños de aguas turbias y embravecidas, esos mares tormentosos, esas olas gigantescas que se venían encima de uno, no eran otra cosa que la orfandad de la infancia— pesadilla. Si siquiera fueran sueños premonitorios. Cuento los dedos de mi mano, sorprendente, sólo tengo cinco, bien podrían ser siete o nueve, algunos lucen más, pero no son cinco sino veinte. Más sorprendente aún: veintiuno, según se mire. Duermo... Pero duermo sin dormir en la hamaca, porque las hamacas son sacudidas por las ánimas en pe nación en las noches de menguante. No hay que descuidarse con los muertos vagabundos, a quienes debemos una misa siquiera. Y la comadrona timorata y compadecida no cortó el ombligo, siquiera de medio metro... Otro gallo cantaría... Pa' que tú veas si te quedas pegada a la

SEGUNDA VOZ EN LA VENTANA Despierto ya.

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La sábana arrugada y sensual.

Monstruos fabulosos y bellos. Solamente uno concreto y tangible: Claribel. Claribel que resurgía de las fontanas más cristalinas de la infancia, allá en la lejanía de la hacienda La Campana.

Hacía un rato que la esperaba parado en aquella esquina. Recordaba su nerviosidad, cuando se atrevió a llamarla por teléfono. Fue una desesperante lucha contra su timidez. Combate sordo y sombrío. Quedó un tartamudo atravesado por el hilo de Graham Bell. Ella se entusiasmó al identificarlo: —"Creí que ya te habías olvidado de mí" ¿Cuándo nos podremos ver? Si ella no hubiera hablado de ese modo, tuteándolo, él habría cortado la comunicación, pues que era un tormento sostener esa plática. Cuando se encontraron por primera vez, el estómago se le contrajo como si quisiera evitar una patada. Pálido y nervioso, apenas si pudo darle un saludo de rutina. Hasta hoy se habían visto varias ocasiones espaciadamente, en ese mismo lugar. Ella llegaba, lo recogía en su auto y se lo llevaba a pasear al carretero. Una situación un tanto embarazosa, con esto de los papeles invertidos, porque ella era la que ponía el automóvil y no él. Una vez que entraba en el coche se sentía más a gusto y cuando recordaba sus travesuras infantiles, y ella relataba sus viajes por ciudades de los Estados Unidos, le renacía la antigua confianza que su hibridez estropeara. Cosa rara, junto a ella no poseía esa brutal excitación que lo quemaba en otros días con otras mujeres. Era un sentimiento profundo y diverso, una pizca de melancólica ternura y sólo un tanto de refrenado deseo.

Esa mañana permanecía allí, esperando más de lo acostumbrado, con un indefinible aburrimiento de todo y de todos. Una especie de pena biológica y universal. Como estudiante de Jurisprudencia, en la universidad ocupaba un puesto destacado. Sin gustarle esa clase de estudios, su receptividad y poder de asimilación le facilitaban el aprender las teorías del Derecho, su Historia, los códigos, pero en ellos encontraba algo injusto que lo descorazonaba. Las leyes estaban, pues, hechas para proteger a los dos de arriba. Además, tener que defender causas inicuas en el futuro y cometer deshonestidades en la vida profesional, lo hacían

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perder el entusiasmo. Seguramente, nunca llegaría a ejercer semejante carrera. Su angustia aumentaba con la tragedia de su padre, la huida de Roberto, la preñez de Delia y el viaje de regreso de la vieja abuela, a quien compadecía y disculpaba ahora, le hacían ver que todo se desmoronaba en derredor de los suyos. No quería ser un sentimental, pero desgraciadamente lo era sin remedio. Iba a tener dentro de algunos meses un nuevo hermano y primo a la vez. Rara parentela. En eso pasó un panadero en bicicleta, conduciendo sobre su cabeza y la roleta, prodigioso equilibrio, un chato y enorme cesto de calientitos panes olorosos. Entonces recordó que no había desayunado todavía. En el reloj de El Telégrafo dieron las diez de la mañana.

El convertible frenó a su lado, con brusquedad. Ella lo miró sin sonreír y no como en otros días, al igual que él mismo. Claribel traía un gran pañuelo de seda alrededor de la cabeza a modo de turbante, que le daba un aire enigmático. "Seguramente ha ido al peluquero para hacerse la permanente", pensó.

El abrió la portezuela y subió sin decir palabra. Ella puso el carro en marcha y sorteando, con una inseguridad desacostumbrada, las calles cruzadas de peatones indisciplinados, salieron, al fin, al carretero que va hacia Playas.

—Te noto demasiado callada --dijo él— ¿Te sucede algo? —Yo diría .lo mismo de ti —repuso ella, mientras disminuía la velocidad.

Pararon a la sombra de un ceibo, musculadas y humanizadas formas de verdoso cardenillo, retorcidas hasta el paroxismo.

Cuando él se acercó para besarla, ella lo detuvo con un gesto y en sus ojos brillaron dos lágrimas.

—¿Sabes? —dilo— me voy a ir de casa. Ya no puedo soportar más. Creo que mi padre está loco...

—¿Por qué dices eso?

Hubo un momento de tensa espera.

Violentamente ella se llevó la mano al turbante y se lo arrancó con un gesto de indignación recordación en el fulgor de los ojos.

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